COMISION MIXTA CATOLICO-LUTERANA

6 DE MAYO DE 1983

DOCUMENTO: MARTIN LUTERO - TESTIGO DE JESUCRISTO

La siguiente es una declaración de la Comisión Mixta Católicorromana-­Luterana nombrada en 1973 por el Se­cretariado para la Promoción de la Uni­dad Cristiana, Roma, y la Federación Luterana Mundial, Ginebra, en ocasión del 500º aniversario del nacimiento de Martín Lutero; y está firmada por los co­presidentes de la Comisión, Obispo Hans Martensen, católico, Dinamarca y Profesor George A. Lindbeck, luterano, Universidad de Yale, EE.UU. Fue dado a conocer después de la sesión men­sual de diálogo en Kloster Kirchberg, en el estado de Wuerttemberg, Repú­blica Federal Alemana, el 6 de mayo de 1983.

I. DEL CONFLICTO A LA RECONCILIACION

Este año nuestras iglesias celebran el 500º aniversario del nacimiento de Martín Lutero. Los cristianos, sean ca­tólicos o evangélicos, no pueden me­nos que tomar en cuenta la persona y el mensaje de este hombre. Ubicado al umbral de los tiempos modernos, ha tenido y aun tiene una influencia crucial en la historia de la iglesia, la sociedad y el pensamiento.

Durante siglos, las opiniones de unos y otros sobre Lutero fueron dia­metralmente opuestas. Los católicos lo veían como la personificación de la he­rejía y lo tacharon de ser la causa prin­cipal del cisma entre las iglesias occi­dentales. Ya durante el Siglo XVI los evangélicos comenzaron a glorificar a Lutero como a un héroe religioso y, no muy infrecuentemente, como héroe nacional. De todos modos, Lutero fue considerado a menudo el fundador de una nueva iglesia.

El juicio hecho a Lutero estaba es­trechamente vinculado con el punto de vista que cada iglesia tenía de la otra, se acusaban mutuamente de haber abandonado la fe verdadera y la iglesia verdadera.

En las iglesias y en la teología de la Reforma, el redescubrimiento de Lute­ro se inició en los primeros días de es­te siglo. Inmediatamente después co­menzó, por el lado católico, un estudio intensivo de la persona de Lutero y su labor. Este estudio ha hecho notables contribuciones eruditas a la investiga­ción sobre la Reforma y Lutero; junta­mente con la creciente comprensión ecuménica, ha posibilitado una actitud católica más positiva hacia Lutero. En ambas partes vemos una disminución de las imágenes anticuadas y polémi­camente desfiguradas acerca de Lute­ro. Se comienza a honrarlo en común como testigo del evangelio, maestro de la fe y heraldo de la renovación espiri­tual.

Las recientes celebraciones del 450º aniversario de la Confesión de Augs­burgo (1980), han brindado una contri­bución esencial a esta perspectiva. Es­ta confesión de fe es inconcebible sin la persona y la teología de Lutero. Aun más, la comprensión de que la Confe­sión de Augsburgo refleja "un acuerdo pleno sobre las verdades centrales y fundamentales" (S.S. Juan Pablo 11, 1980, FLM, Informe Nº 10, 1982, pág. 64), entre católicos y luteranos, facilita la afirmación común de las percepcio­nes fundamentales de Lutero.

El llamado de Lutero a la reforma de la iglesia, el llamado al arrepentimiento, es todavía relevante para nosotros. Nos llama a escuchar de nuevo el evan­gelio, a reconocer nuestra propia infi­delidad al mismo y a ser testigos con­fiables de éste. Hoy esto no puede su­ceder sin poner atención a la otra igle­sia y su testimonio, y renunciar a los es­tereotipos polémicas buscando la re­conciliación.

II. EL TESTIMONIO DEL EVANGELIO

Al criticar varios aspectos de la tradi­ción teológica y de la vida de la Iglesia de su tiempo, Lutero se consideraba un testigo del evangelio, un "indigno evan­gelista de Nuestro Señor Jesucristo". Apelaba al testimonio bíblico apostóli­co, el cual le fue encargado interpretar y proclamar, como "doctor en Santa Es­critura" que era. Se basó consciente­mente en la confesión de la Iglesia pri­mitiva del Dios Trino y la persona y obra de Cristo, y vio en esta confesión una expresión autoritativa del mensaje bíbli­co. En su esfuerzo por hacer reformas, las que le trajeron persecución externa y tribulación interior, encontró seguri­dad y aliento en el llamado de la iglesia a estudiar y enseñar las Escrituras. En esta convicción se sintió sostenido por el mismo Señor de la Iglesia.

Al conocer su responsabilidad como profesor y pastor, experimentar perso­nalmente, al mismo tiempo la angustio­sa necesidad de la fe, fue llevado por su intenso estudio de las Escrituras a un renovado descubrimiento de la gracia de Dios en medio de los temores e in­certidumbres de su tiempo. De acuer­do con su propio testimonio, este "des­cubrimiento de la Reforma" consistió en reconocer que la justicia de Dios es, a la luz de Romanos 1 :17, un don de jus­ticia, no una demanda que condena al pecador. "El que es justo por la fe vivi­rá", esto es, vive por la gracia dada por Dios por medio de Cristo. En este des­cubrimiento, que confirmó Lutero en el Padre de la Iglesia Agustín, el mensaje de la Biblia llegó a ser uno lleno de ale­gría, es decir "evangelio". Le abrió, co­mo él mismo dijo, "las puertas al paraí­so".

En sus escritos, así como en su pre­dicación y enseñanza, Lutero llegó a ser testigo de este mensaje liberador. La "doctrina de la justificación del pe­cador sólo por la fe" fue el punto cen­tral de su pensamiento teológico y de su exégesis de las Escrituras. Aquellos cuyas conciencias sufrían bajo el domi­nio de la ley y las ordenanzas humanas, que eran atormentados por sus fraca­sos y por su preocupación por la salva­ción eterna, podían lograr la seguridad a través de la fe en el evangelio de la promesa liberadora de la gracia de Dios.

La investigación histórica ha mostra­do que ya era aparente el comienzo de un acuerdo, sobre este asunto funda­mental para Lutero, en las discusiones teológicas durante la época de la Re­forma. Pero este entendimiento no fue efectivamente aceptado por cada una de las partes, y las polémicas posterio­res lo oscurecieron y anularon.

En nuestra época, las investigaciones sobre Lutero y los estudios bíblicos realizados por ambas partes han abier­to nuevamente el camino para un mu­tuo entendimiento de las preocupacio­nes centrales de la reforma luterana. La toma de conciencia en cuanto al con­dicionamiento histórico de todas las formas de expresión y pensamiento ha contribuido a un reconocimiento más amplio entre los católicos de que las ideas de Lutero, particularmente las re­ferentes a la justificación, son una for­ma legítima de la teología cristiana.

Así, al asumir lo ya afirmado en for­ma conjunta por teólogos católicos y luteranos en 1972 ("El Evangelio y la Iglesia"), la declaración católico-lutera­na sobre la Confesión de Augsburgo di­ce que "Un amplio consenso emerge en la doctrina de la justificación, la cual fue de importancia decisiva para la Re­forma; ésta es únicamente por la gra­cia y por la fe en la obra salvadora de Cristo y no por algún mérito en noso­tros que somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo, quien re­nueva nuestros corazones y nos equi­pa para y nos llama a las buenas obras." ("Todos bajo un Cristo", 1980).

Como testigo del evangelio, Lutero proclamó el mensaje bíblico del juicio y la gracia de Dios, del escándalo y el poder de la Cruz, de la perdición de los seres humanos y del acto de salvación de Dios. Como un "evangelista indigno de Nuestro Señor Jesucristo", Lutero señala más allá de su propia persona a fin de confrontamos a todos en forma totalmente ineludible con la promesa y la demanda del evangelio que él confesó.

III. EL CONFLICTO Y EL CISMA EN LA IGLESIA

La interpretación y predicación de Lutero de la justificación por la fe sola, entró en conflicto con las formas pre­dominantes de la religiosidad que os­curecían el don de la justicia de Dios. Lutero creía que sus protestas estaban de acuerdo con la enseñanza de la Igle­sia y que, de hecho, aun defendía esa enseñanza. Cualquier idea de dividir a la Iglesia estaba fuera de su mente y la rechazaba con determinación. Pero no hubo comprensión para sus preocupaciones entre las autoridades eclesiásti­cas y teológicas ni en Alemania ni en Roma. Los años que siguieron a las fa­mosas "95 Tesis" en 1517 estuvieron marcados por crecientes polémicas. Con la intensificación de las disputas. las cuestiones primariamente religio­sas de Lutero se entremezclaron cada vez más con cuestiones referentes a la autoridad de la Iglesia y también fueron sumergidas bajo cuestiones referentes al poder político. No fue la compren­sión de Lutero del evangelio en sí mis­mo lo que trajo conflicto y cisma en la Iglesia, sino antes bien las implicancias políticas y eclesiásticas del movimien­to de la Reforma.

Cuando Lutero fue amenazado con la excomunión y llamado a revocar lo que para él eran convicciones teológi­cas esenciales, vio en esto la negativa de las autoridades eclesiásticas y secu­lares a discutir su pensamiento teológi­co. El conflicto se centró más y más en la cuestión de la autoridad final en cuestiones de fe. En esta disputa Lute­ro apeló a las Escrituras y llegó a dudar de que todas las decisiones doctrinales de los Papas y Concilios fueran obliga­torias para la conciencia. Sin embargo, todo su énfasis en la "sola scriptura" y en la claridad de la Escritura incluía la aceptación de los credos de la Iglesia primitiva y el respeto a las tradiciones que estaban de acuerdo con la Escritu­ra. Mantuvo durante todos los conflic­tos su confianza en la promesa de Dios de llevar a su Iglesia en la verdad.

En la misma medida en que creció la hostilidad de las autoridades de la Iglesia, así también la actitud polémica de Lutero. El Papa fue rechazado como el Anticristo y la misa condenada como idolatría. Por su parte. Lutero y sus se­guidores fueron calificados de herejes y a veces incluso de apostatas. La es­peranza de que un acuerdo pudiera ser alcanzado en la Dieta de Augsburgo de 1530. no se cumplió. Lutero consideró el rechazo que enfrentó, como un sig­no de la cercanía del apocalipsis. No pudo ver manera de volver atrás en la actitud de mutua condena.

Lutero fue reivindicado por gran va­riedad de grupos y tendencias en la Iglesia y en la sociedad, en prosecu­ción de sus intereses especiales (anti­clericales, revolucionarios o entusias­tas). El mismo luchó contra estas pre­siones, pero su imagen sufrió distorsio­nes que aun hoy persisten.

Estos acontecimientos históricos no pueden ser revertidos ni deshechos. Pero podemos, sin embargo, esforzar­nos por remover sus consecuencias negativas, investigando sus orígenes y admitiendo fracasos culpables. En últi­ma instancia. sólo se sanarán cuando los objetivos positivos de la Reforma lleguen a ser preocupación común de luteranos y católico romanos.

IV. RECEPCION DE LAS PREOCUPACIONES DE LA REFORMA

Las iglesias luteranas han tratado durante siglos, de conservar las pers­pectivas teológicas y espirituales de Lutero. Empero, no todos sus escritos han influido de igual modo en las igle­sias luteranas. A menudo ha habido una tendencia a dar más importancia a sus trabajos polémicos que a sus escri­tos teológicos y pastorales. Aquellos escritos que recibieron el status de do­cumentos confesionales tienen un sig­nificado eclesial preponderante Entre ellos ocupan un lugar especial en la vi­da de las iglesias, los dos catecismos. Junto con la Confesión de Augsburgo, forman una base apropiada para un diálogo ecuménico.

No obstante, la herencia de Lutero ha sufrido daños y distorsiones en el curso de la historia:

**a Biblia fue aislada cada vez más de su contexto eclesiástico y su autori­dad fue malinterpretada en sentido le­galista a causa de la doctrina de la ins­piración verbal;

** La alta estima que tenía Lutero de la vida sacramental, se perdió conside­rablemente durante el iluminismo y en el pietismo;

** El concepto de Lutero del ser hu­mano como persona ante Dios se ma­linterpretó como individualismo;

** El moralismo desplazó a veces el mensaje de la justificación;

** Sus reservas en cuanto al papel de las autoridades políticas en el lide­razgo de la Iglesia se silenciaron por un largo período, y

** Se usó mal su doctrina de la do­ble naturaleza del régimen divino (la doctrina de los "dos reinos") para legi­timar la negativa de la Iglesia a tomar responsabilidad en la vida social y po­lítica.

Junto con su gratitud por las contri­buciones de Lutero, las iglesias lutera­nas son concientes hoy en día de las li­mitaciones en su persona y en su obra, y de ciertos efectos negativos de sus acciones. No puede aprobar sus exce­sos polémicos; se sienten horrorizadas por los escritos antijudíos de su vejez; ven que su perspectiva apocalíptica lo llevó a juicios inaceptables para las iglesias, por ejemplo sobre el Papado, el movimiento anabaptista y la guerra de los campesinos. Además, ciertas debilidades estructurales en las igle­sias luteranas que han llegado a ser ob­vias, especialmente en la manera en que su administración ha sido llevada por los príncipes del estado, sobre lo cual el mismo Lutero pensaba simple­mente como un arreglo de emergencia.

El tener una actitud defensiva ante Lutero y su pensamiento, fue en algún aspecto determinativo para la Iglesia católico romana y su desarrollo desde la Reforma. La contrarreforma del cato­licismo desarrolló deliberadamente al­gunos rasgos: el miedo a la distribu­ción de ediciones bíblicas no autoriza­das por la Iglesia, un excesivo énfasis centralizados en el papado y la unilate­ralidad en la teología y práctica sacra­mental. Por otro lado, algunas de las preocupaciones de Lutero se tienen en cuenta en esfuerzos realizados por la reforma tridentina, como por ejemplo la renovación de la predicación, la in­tensificación de la instrucción religiosa y el énfasis en la doctrina agustiniana de la gracia.

En este siglo se ha desarrollado una intensiva re-evaluación católica de la persona de Lutero, el hombre y sus preocupaciones reformadoras, comenzando este trabajo en las zonas de habla alemana. Se reconoce amplia­mente que intentar reformar la teología y los abusos en la Iglesia de su tiempo era una actitud justificable, y que su creencia principal -la justificación que nos es dada por Jesucristo sin mérito propio- no es en modo alguno contra­dictoria con la tradición católica genui­na, tal como la encontramos por ejem­plo en San Agustín o Santo Tomás de Aquino.

Lo que dijo el cardenal Willebrands ante la 5º Asamblea de la Federación Luterana Mundial, refleja esta nueva actitud frente a Lutero: ¿Quién negaría todavía que Martín Lutero fue una persona profundamente religiosa que bus­có el mensaje del evangelio con hones­tidad y dedicación? ¿Quién negaría que a pesar del hecho de que ha lucha­do contra la Iglesia Católico romana y la Sede Apostólica -lo cual en conside­ración a la verdad no podemos callar­ él mantuvo una parte considerable de la antigua fe católica? En realidad,¿no es verdad que el Concilio Vaticano II ha implementado peticiones ya expresa­das primero por Martín Lutero entre otros. y que  como resultado de esto al­gunos aspectos de la vida y fe cristiana encuentran mejor expresión ahora que antes? Poder decir esto a pesar de to­das las diferencias es motivo para ale­grarse y tener mucha esperanza.

Entre las ideas del Concilio Vaticano II  que reflejan elementos de las preocu­paciones de Lutero, podemos nom­brar:

** El énfasis en la decisiva importan­cia de la Sagrada Escritura para la vida y enseñanza de la Iglesia (Constitución Dogmática sobre la Revelación Divina);

** La descripción de la Iglesia como "el pueblo de Dios" (Constitución Dog­mática de la Iglesia, cap. 11).

** La afirmación de la necesidad de la continua renovación de la Iglesia en su existencia histórica (Constitución Dogmática de la Iglesia, 8, Decreto so­bre Ecumenismo, 6).

** La acentuación en la confesión de fe en la cruz de Jesucristo y de su im­portancia para la vida de cada cristiano y de toda la iglesia (Constitución Dog­mática de la Iglesia, 8, Decreto sobre Ecumenismo, 4, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno, 37);

** La comprensión de los ministe­rios de la Iglesia como servicio (Docu­mento sobre el ,Oficio Pastoral de los Obispos en la Iglesia, 16, Decreto so­bre el Ministerio y la Vida de los Sacer­dotes);

** El énfasis en el sacerdocio de to­dos los creyentes (Constitución Dog­mática de la Iglesia, 10/11, Decreto so­bre el Apostolado de los Laicos, 2-4);

** El compromiso al derecho del in­dividuo ala libertad en asuntos religio­sos (Declaración acerca de la Libertad Religiosa) ;

Hay también otras exigencias de Lu­tero que pueden considerarse cumpli­das a la luz de la teología y práctica eclesiástica contemporánea en la Igle­sia Católica: el uso del vernáculo en la liturgia, la posibilidad de tomar la co­munión en ambas especies y la reno­vación de la teología y celebración eu­carísticas.

V. EL LEGADO DE LUTERO y NUESTRA TAREA COMUN

Hoy es posible para nosotros apren­der juntos de Lutero. "Sobre esto todos podemos aprender de él que Dios tiene que permanecer siempre como el Se­ñor, y que nuestra respuesta humana más importante siempre tiene que ser la absoluta confianza en Dios y nuestra  adoración a él" (Cardenal Willebrands).

** Como teólogo, predicador, pas­tor, compositor de himnos y hombre de oración. con extraordinaria fuerza espi­ritual, Lutero ha testimoniado renova­damente el mensaje bíblico del regalo de Dios de la justicia liberadora y lo ha hecho resaltar.

** Lutero nos dirige hacia la priori­dad de la Palabra de Dios en la vida, en­señanza y servicio de la Iglesia.

** Nos llama a la fe que es absoluta confianza en el Dios que en la vida, muerte y resurrección de su Hijo ha mostrado que el mismo es misericor­dioso con nosotros.

** Nos enseña a entender la gracia como una relación personal de Dios con el ser humano, la cual es incondi­cional y nos libera del miedo a la ira de Dios y para el servicio del uno al otro.

** Testifica que el perdón de Dios es la única base y esperanza para la vida humana.

** Nos enseña que la unidad en lo esencial permite las diferencias de cos­tumbres, orden y teología.

** Recuerda a los teólogos que el conocimiento de la misericordia de Dios se revela sólo en la meditación y la oración. Es el Espíritu Santo quien nos convence de la verdad del Evange­lio, y nos guarda y fortalece en esta ver­dad a pesar de todas las tentaciones.

** Nos exhorta a recordar que la re­conciliación y la comunidad cristiana solamente pueden existir donde no só­lo es seguida la "regla de fe" sino tam­bién la "norma del amor'; que siempre piensa bien de todos, no sospecha, cree lo mejor de su prójimo y llama san­to a todo el que haya sido bautizado" (Martín Lutero).

En su última confesión Lutero expre­só su confianza y humildad reverente ante el misterio de la misericordia de Dios. Esta confesión, como su última voluntad y testamento espirituales y teológicos, puede ser una guía para nuestra búsqueda común de una fe uni­ficada: "Somos mendigos. Esto es cier­to".