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ORDO
BAUTISMAL Y RITOS DE TRANSICIÓN EN LA IGLESIA Gordon
W. Lathrop. En el estudio de la Federación Luterana Mundial sobre culto y cultura, hemos constatado que la reflexión acerca de la forma u ordo litúrgico ha constituido uno de nuestros instrumentos más provechosos. Este ordo se puede considerar como vínculo de unión entre nuestras iglesias, por encima de fronteras culturales, al mismo tiempo que nos vincula hoy día con las comunidades de confesión cristiana en épocas pasadas. Además, este ordo nos proporciona un punto de partida en común al abocarse cada una de nuestras iglesias a la tarea de adaptación local, valiéndose especialmente del método de equivalencia dinámica o al enriquecer el ordo mediante la asimilación creativa. Por cierto, el ordo proporciona a las iglesias una vinculación transcultural, una base para la contextualización, apoyo para una cierta resistencia contracultural, y un marco para el intercambio intercultural de dones. Hasta este momento en nuestro estudio hemos puesto nuestra atención mayormente en el ordo de la asamblea dominical de los cristianos, la forma de la liturgia eucarística. [1] Pero, ¿hay también una forma del bautismo? ¿Puede un ordo bautismal ayudarnos a encontrar la unidad que tenemos unos con otros y la manera en que se pueda expresar localmente la identidad cristiana? ¿Y podemos percibir el modo como esa forma puede contribuir también a nuestra discusión sobre las maneras en que los cristianos señalan transiciones en el ciclo de la vida humana? El más grande “rito de transición” [2] cristiano –la aplicación de agua y la Palabra que proclama el tránsito de la comunidad “desde el poder de las tinieblas... hacia el reino del amado Hijo de Dios, en quien tenemos la redención, la remisión de los pecados” (Colosenses 1:13-14)-- ¿tiene alguna repercusión en todos los demás ritos de transición con los que los cristianos, al igual que todos los seres humanos, distinguimos las situaciones cambiantes en nuestras vidas? Y ¿cómo hemos de celebrar estos ritos –especialmente la transición de quienes se casan o dan a luz, de quienes están enfermos, de quienes están moribundos o lloran a los muertos– de tal manera que expongamos tanto la dignidad de las culturas localistas como la dignidad de nuestra identidad bautismal en Cristo? Ordo bautismal Es realmente posible descubrir un antiguo y muy difundido ordo para el bautismo. Se encuentran fuertes indicios de él en la obra de Justino, llamado “el mártir”, un laico o catequista que ejercía la docencia en la Roma de mediados del segundo siglo. [3] Tenemos en la obra de Justino la primera descripción completa de lo que sucede en el bautismo cristiano. La descripción aparece en la primera Apología de Justino, una defensa de la fe y práctica cristiana dirigida a Antoninus Pius, a la sazón emperador romano. Lo que aparece en ese libro se puede resumir como sigue: A las personas que atienden a lo que los cristianos enseñan y creen, a las personas que llegan a creer estas cosas ellas mismas, y que prometen vivir de conformidad, se les enseña a orar. La comunidad ora y ayuna con esas personas. Luego se lleva a estos candidatos a un lugar donde haya agua y se los baña en el Nombre Trino de Dios, en un lavamiento que se denomina “iluminación”. Luego se los lleva al lugar donde ya está congregada toda la asamblea, haciendo intercesiones. Se concluyen estas oraciones –y se recibe a los recién bautizados– con el beso de la paz. Luego se celebra la eucaristía, y los nuevos bautizados también participan de la comida. Luego prosigue Justino: Luego nosotros siempre nos lo recordamos unos a otros; y los que son acaudalados ayudan a todos los menesterosos en un espíritu de perfecta solidaridad. Y a causa de todos los [hombres] que tratamos, alabamos al Creador de todas las cosas, por su Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo. En el día que tiene su nombre el sol, todos los [hermanos] que habitan las ciudades o la campiña, se reúnen en un lugar común... [4] Luego sigue el relato de la eucaristía dominical, del reparto de la comunión a las personas ausentes y de alimentos y ayuda a los pobres, y del significado del domingo. Podríamos resumir este proceso bautismal con el siguiente enunciado: formación en la fe o conversión; lavamiento con agua en relación con la Palabra y con el nombre del Dios trino; y participación en la vida de la comunidad, incluyendo ahora la continua recordación mutua del bautismo, acordarse de los pobres, las reuniones comunales, comida de acción de gracias, y, como acto que incorpora todo lo anterior, la eucaristía dominical. Así pues, la proclamación y la enseñanza preceden al agua, pero también la siguen; en efecto, “una continua recordación” forma parte significativa del ordo. Los sucesos bautismales se producen en la comunidad y conducen a la participación en la vida de la comunidad; la comida eucarística se encuentra en el centro de dicha participación. Este significado para toda la vida del bautismo y esta resonancia comunal son características de amplia difusión en el bautismo antiguo, características que fueron recobradas especialmente en las enseñanzas sobre el bautismo por parte de Martín Lutero. Pero aquí, en Justino, todo el asunto se pone en movimiento, incluso en procesión, y va acompañado de oración. La pauta resultante se podría catalogar de esta manera: Enseñanza de la fe y averiguación de conducta oración y ayuno de la persona aspirante y de la comunidad procesión hacia el agua lavamiento con agua procesión al lugar de oración comunitaria eucaristía rememoración continua, en la eucaristía dominical y en el cuidado de los pobres. [5] En realidad, este orden primitivo de hacer cristianos deviene finalmente en el orden del “catecumenado”, que se conoce desde el siglo tercero en adelante por muchas fuentes: averiguación sobre disposición de cambiar de conducta; escuchar el evangelio/enseñanza de las palabras para la fe; oración (y ayuno); lavamiento con agua; acceso a la comida, a la “mistagogia”, aprendizaje de los misterios en los que ahora se participa, y la resultante asamblea semanal, testimonio y cuidado de los pobres. Un proceso de esta índole se llegó a asociar con la celebración cristiana de la pasja y, por ende, a influir profundamente en la configuración en ciernes de la cuaresma y pascua. Este propio proceso quedó representado en última instancia por la conformación del “catecismo” cristiano occidental, especialmente en su forma luterana, en el cual textos centrales específicos llegaron a aparecer como símbolos de partes del procesos y como instrumentos para una continua reinserción en la fe bautismal: los Diez Mandamientos; los credos; la Oración del Señor; el bautismo (e.g., la gran comisión); la Santa Comunión (e.g., las verba institutionis); confesión y perdón/oración cotidiana/deberes Además, nuestros testigos del tercer siglo (la Tradición Apostólica, Tertuliano, las Actas de Tomás) comienzan a mostrar que en esos tiempos se estaban añadiendo al proceso algunos signos rituales del derramamiento del Espíritu en el bautismo –o algunos signos de que las personas bautizadas llegaban a ser un pueblo de sacerdotes y reyes– en diferentes lugares y con leves diferencias de significado. El más frecuente de tales signos era la unción con aceite. No conocemos realmente la edad o procedencia de esta práctica: ¿Se sacó de las antiguas religiones de misterio o del gnosticismo? ¿Se trata de un agregado intencional de un agente impuro (aceite) al baño de la pureza, a fin de señalar el nuevo y radical significado de esa ablución en Jesucristo? ¿Se trató de un signo cultural de hospitalidad y recibimiento, trasladado a la práctica bautismal de las costumbres gastronómicas o de prácticas balnearias? ¿O se trató simplemente de una puesta en práctica de las palabras bíblicas sobre el Espíritu? ¿O tratóse de todo esto y algo más? En cualquier caso, reviste importancia señalar que, independientemente de cualquier teoría preferida, esta unción viene a interpretar el propio proceso, a marcar su movimiento, al momento que una persona cristiana nueva es trasladada de “las tinieblas” al “pueblo sacerdotal de Dios”, y no a constituirse en algo totalmente diferente, no a crear una nueva estructura. Es este mismo siglo tercero que comienza a dar evidencias del bautismo de “quienes no pueden responder por sí mismos”. Con antelación a esta época, los bautismos de que tenemos evidencias son todos bautismos de adultos. Pero también para el caso del bautismo de infantes se conserva la misma estructura básica del bautismo. Se da instrucción y formación en la fe a quienes traen a los niños, a los que responden por ellos, antes de la ablución. Los niños son recibidos en la vida de la comunidad. En efecto, la evidencia del tercer siglo respecto de tales niños bautizados demuestra que también eran traídos para que participen en la eucaristía. Y la pauta de “rememoración continua” era, por supuesto exactamente lo que se necesitaba en la permanente catequesis de los infantes bautizados. También es importante advertir que la estructura radical –formación en la fe, el agua, la participación en la comunidad–podía evolucionar de diferentes maneras, incluso en el mundo antiguo. En el cristianismo sirio y, seguidamente, en el armenio, por ejemplo, hay indicios de leves diferencias de acento, un papel diferente para la comunidad y una gran importancia en la instrucción post-bautismal. [6] 32 La pauta primitiva se puede resumir como sigue: se produce una conversión, milagrosamente, a veces en un encuentro con un solitario apóstol; el apóstol ora por la(s) persona(s) que se convierte(n); se verifica un ayuno de siete días; en el octavo día se produce la unción de la cabeza, la inmersión, la eucaristía; seguida por el ingreso a la comunidad y la instrucción en la ética. Por supuesto, un bautismo de esta índole se parece mucho más al bautismo del eunuco etíope (Hechos 8) o a la orden de Mateo 28 –“bautizándolos” seguido de “enseñándoles ... lo mandado”– que a los bautismos del día de Pentecostés (Hechos 2). Pero incluso en este caso, la estructura del núcleo, aunque con peso diferente, es la misma: encuentro/proclamación/conversión/formación en la fe, lo cual lleva a la ablución en agua que lleva a la comida/vida comunitaria/instrucción adicional. ¿Pero tendrá la propia estructura del núcleo un origen bíblico? ¿Se puede encontrar en las Escrituras? Desde luego, el Nuevo Testamento no es un ritual, ni ofrece evidencia clara sobre antiguas prácticas cristianas. Pero, en la medida en que se puede recoger evidencia indirectamente, la estructura más íntima en este caso es también la misma. Esta pauta nuclear puede, en efecto, advertirse en pasajes ampliamente divergentes del Nuevo Testamento. Así, los bautismos del día de Pentecostés (Hechos 2:42) se dan como consecuencia de la predicación de Pedro y llevan a las personas bautizadas a “mantenerse firmes en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en la oración” (Hechos 2:42), como también a dedicarse a repartir bienes a todas las personas que “tuvieran necesidad”(Hechos 2:45). También Pablo se basa en el bautismo cristiano que conduce a la comida eucarística para establecer su analogía con el cruce del mar que lleva a comer el maná y a beber de la roca (1 Corintios 10). Además, si 1 Pedro se puede considerar una catequesis bautismal y un orden eclesiástico, entonces en ese caso el orden para hacer cristianos es también el mismo. La proclamación de la resurrección y la instrucción sobre la transformación ética (1:3-21) lleva a la “purificación”(1:22) y a un “nuevo nacimiento” (1:23). Esta purificación por medio de la Palabra de Dios, que puede ser una referencia al agua ablutoria del bautismo, conduce a su vez al amor comunal (1:23; 2:1); a comer y beber(2:2-3); a la participación en la comunidad, al sacerdocio real, al pueblo de Dios (2:4-10); y a la instrucción moral (2:11sigs.). El orden de 1 Pedro también se puede considerar como formado por el proceso del ordo bautismal. De los lavamientos que rodearon el origen de la ablución bautismal cristiana se puede inferir que ese orden es significativo, que no es simplemente el modo obvio de realizar el bautismo. Ya hemos analizado estos asuntos cuando examinamos el tema del bautismo en el Nuevo Testamento y su marco cultural. [7] 33 Así pues, parece que varios grupos del primer siglo practicaban una ablución de cuerpo entero, en agua corriente o aguas profundas, con el propósito de lograr la pureza ritual y con el fin de estar preparados para –o incluso con el fin de impulsar– la venida del Día de Dios. En medio de estas abluciones, la de Juan Bautista parece haber operado como una proclamación asombrosa de la inminencia del reino de Dios, por el signo profético que ejecuta al realizar él mismo el lavamiento, en vez de inducir a otras personas a tomarse el baño ellas mismas. Juan Bautista señaló la cercanía del Dios que vendría a lavar a su propio pueblo. A semejanza de estas abluciones, también los cristianos practicaban un lavamiento en función del Día de Dios. Al igual que la ablución de Juan, la de los cristianos no la ejecutaba la propia persona. Pero a diferencia de todas estas abluciones, el bautismo cristiano no se repetía, y no apuntaba en última instancia a la pureza. Su escatología era nueva y sorprendente. Inducía a participar de Jesucristo, llevaba a la muerte y resurrección, y por ende a lo que se consideraba “impuro”, a la comida del cuerpo y sangre de Cristo, a un compromiso con los pobres y extraños, no a la vida pura, separada de otros. No se trataba de pureza personal, sino de participación comunitaria en Cristo. Llevaba al Día de Dios al incorporar a los bautizados en la comunidad que paladeaba el anticipo de ese día en presencia del crucificado-resucitado y en el Espíritu que era derramado como consecuencia de su cruz y resurrección. Era en sí misma una realidad escatológica por ser introducida en la propia vida y nombre del Dios trino. Todas las imágenes del bautismo en el Nuevo Testamento, que son muchas –morir y resucitar, lavarse para la boda, iluminación, perdón, entrar al templo, sobrevivir al diluvio, revestirse de Cristo, etc.– se pueden considerar como celebraciones de esta realidad escatológica. Así pues, todo bautismo en Cristo participa del significado de las narraciones sobre el bautismo del propio Cristo (Marcos 1:9-11 y paralelos): el candidato entra en el agua con Cristo, el Espíritu desciende y la voz del Padre proclama que este es un hijo amado, una persona partícipe del cuerpo de Cristo. [8] Este es un bautismo “en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Pero la persona cristiana no surge de estas aguas para ayunar y ser tentado, lo cual es la sombra que prefigura la cruz de Jesús en lo que sigue al relato del Jordán, sino para participar con la comunidad de la comida y misión de Cristo. Y todo bautismo en Cristo participa del significado de las narraciones sobre su muerte y resurrección, su “bautismo” final (Marcos 10:38; Lucas 12:50). El candidato es sepultado en estas aguas juntamente con todos los que están en él. Por lo tanto, el bautismo cristiano no es un rito de pureza que pueda repetirse y repetirse. El bautismo cristiano es un acto en el nombre de Dios, pletórico de la presencia de Dios (Mateo 28:20). A diferencia de las abluciones que lo rodeaban, el bautismo cristiano, pues, convocaba a la instrucción y formación en ese nombre. Y llevaba a rememorar el significado de este nuevo lavamiento y a enseñar sus consecuencias éticas. Llevaba a la asamblea que rendía culto. La nueva índole de este lavamiento se podía expresar con el siguiente ordo: instrucción, ablución, participación en la comunidad, o, dicho de otra manera, la conversión, el agua, la comida. Esta ablución se constituyó en adelante en agua que habla con la voz de Dios, y no simplemente nuestro grito de socorro. Esta ablución se hacía en adelante en agua que había sido lavada ella misma por Jesucristo y consecuentemente por el Dios trino. Es de advertir, por lo tanto, que “bautizar en el nombre” no significaba siempre que realmente se recitara una fórmula como la de Mateo 28:19 o Hechos 2:38 al aplicar el agua. Tal concepto atribuye a la frase un significado demasiado estrecho. Parece improbable que la frase significara “recitación de una fórmula” en el Nuevo Testamento (cf. 1 Corintios 1:13-15). Más aún, tenemos evidencia clara de bautismos antiguos en que no existió fórmula alguna. [9] Si bien el nombre recitado ha venido a operar en el bautismo cristiano como elemento constitutivo, el uso de un texto de esa índole es realmente un símbolo que sintetiza todo el ordo. El bautismo en el Nombre Trino implica aprender a confiar en Dios al ser objetos de una inmersión en el Cristo crucificado y ser resucitados para vivir en la comunidad del Espíritu. El ordo es trinitario en sí mismo. El ordo representa al Nombre. El bautismo en el Nombre Trino no es otro que esa ablución que ya no es un rito de pureza, una súplica a Dios, un grito de socorro, sino más bien una participación de la propia vida del Dios presente del evangelio, el Dios que se ve en el Jordán, que se conoce en la resurrección, que se derrama como Espíritu. El “nombre” es tanto el contenido de la instrucción que debe yuxtaponerse a la ablución como la poderosa presencia del misericordioso Dios que hace de nuestra agua el umbral del día escatológico. Por ese motivo, el bautismo en el nombre de Jesucristo, el bautismo en el nombre trino y el bautismo en el Espíritu son exactamente la misma cosa. Son un antiguo rito humano de ablución transformado para que sea un hacedor de cristianos en comunidad. Son el acto de hacer cristianos realizado de tal manera que el propio acto se constituye en un modo de vida para toda la vida. En el Nuevo Testamento, pues, el bautismo no ofrece diferencia con respecto al resto de la humanidad necesitada. Es más bien una identificación franca con todos en Jesucristo y con una misión que se realiza por medio de él. Es el lavamiento que hace que los cristianos sean “impuros” para con Cristo, quien recibe a los impuros (Marcos 2:15) y a los no lavados (Marcos 7:2) y a los que no están limpios (Juan 4,5,9) y a los muertos (Juan 11). Es la ablución lo que se ha constituido en sus testigos en el mundo. La vieja pauta, que se encuentra en Pablo (1 Corintios 10) y en Pedro (1 Pedro 1-2), debiera seguirse aplicando por parte de los cristianos en su práctica bautismal y en la catequesis. La antigua asamblea del pueblo de Dios, la comunidad de sacerdotes reales para el mundo, se formó al hacerle atravesar el mar, a fin de escuchar la Palabra de Dios en el Sinaí y, entre los ancianos, comer y beber con Dios (Exodo 19-24). Este antiguo pueblo fue re-formado al ser conducido a través del desierto en flor, para escuchar la Palabra de Dios, comer juntos y mandar comida a los pobres (Nehemías 8). Así pues, ahora en Cristo, la nueva asamblea, el real pueblo sacerdotal, se forma haciéndolo pasar por el agua en camino a la mesa de la Palabra y la eucaristía, y de este modo a una vida de testimonio en el mundo, a identificarse en amor con todos los pueblos. El 0rdo Ecuménico En décadas recientes, muchas comunidades cristianas diferentes han descubierto de nuevo algo del vigor de esta antigua pauta de bautismo. Las iglesias han estado reconociendo que el bautismo es un proceso, un acto continuo, al mismo tiempo que un acontecimiento que se produce de una vez para siempre; que la catequesis y la proclamación pertenecen al bautismo; que el bautismo implica la aplicación vigorosa de agua que cambia la identidad; que el bautismo se realiza en la asamblea que rinde culto y que lleva a la participación en comunidad y al testimonio de toda la vida. Este reconocimiento también ha llevado a los cristianos de una iglesia a percatarse de la presencia de la misma pauta recuperada en otras iglesias. Se nos invita a encontrar unos en los otros la pauta viviente y trinitaria de los bautizados. Y estamos invitados, en cada una de nuestras iglesias, a renovar esta forma del bautismo al mismo tiempo que buscamos que adquiera una fuerte expresión local. En la consulta de Fe y Constitución del CMI, celebrada en 1997 en Faverges, Francia, sobre el tema de las implicaciones ecuménicas del bautismo, la declaración redactada colectivamente, incluyó los siguientes párrafos sobre el ordo, empezando con una reflexión sobre una consulta anterior, celebrada en Ditchingham, Inglaterra: [10] 19. Conforme a la consulta de Ditchingham, este ordo del culto cristiano incluye el amplio bosquejo del bautismo, concebido como “el conjunto de formación en la fe y bautismo en agua, lo que lleva a la participación en la vida de la comunidad”. Estos actos vinculados del bautismo se consideran en ese informe como parte de las pautas antiguas, y no obstante siempre nuevas, que las iglesias ya poseen, y que se les invita a reconocer unas en las otras y a renovarlas. 20. Pero esta gran pauta de bautismo (formación en la fe, bautismo en agua y vida en la comunidad) no es un simple descubrimiento de las conversaciones ecuménicas modernas. Ya se encuentra en el testimonio de las Escrituras. En Pentecostés, según Hechos 2, los bautismos siguen a la predicación de Pedro y llevan a quienes son bautizados a ingresar en la vida en comunidad. “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la convivencia, a la fracción del pan y a las oraciones”(2:42), como también a participar en la distribución de bienes a las personas necesitadas (2:45). Las personas que escuchaban, que eran bautizadas e ingresaban en la vida de la comunidad, eran hechas testigos y partícipes de las promesas de Dios en cuanto a los días postreros: el perdón de los pecados y el derramamiento del Espíritu Santo sobre toda carne (2:38). De manera semejante, en lo que bien puede ser una pauta bautismal, 1 Pedro atestigua que la proclamación de la resurrección de Jesucristo y la instrucción sobre la nueva vida (1:3-21) llevan a la purificación y a la nueva vida (1:22-23). A esto, a su vez, le sigue el comer y beber la comida de Dios (2:2-3), la participación en la vida de la comunidad –el real sacerdocio, el nuevo templo, el pueblo de Dios (2:4-10)– y a la formación moral adicional (2:11sigs.). Al comienzo de 1 Pedro, el autor coloca este bautismo en el contexto de la obediencia a Cristo y la santificación por el Espíritu(1:2). Así pues, el bautismo en Cristo se considera como un bautismo en el Espíritu (cf. 1 Corintios 12:13). En el cuarto evangelio, el discurso de Jesús con Nicodemo señala que el nacimiento por agua y el Espíritu se constituye en el medio de gracia para entrar al lugar donde gobierna Dios (Juan 3:5). 21. Una lectura del Nuevo Testamento de esta índole nos facilita interpretar las prácticas bautismales de las iglesias locales de los primeros siglos de historia cristiana. Las pautas del Nuevo Testamento se convirtieron en el ordo de las iglesias. La predicación y la enseñanza conducentes al bautismo han dado forma al catecumenado: aspirantes, maestros y padrinos participaban de la formación en la fe. El gran lavamiento con agua y el Espíritu, que lleva a los que ha sido lavados a participar en la eucaristía y en la vida de la comunidad, devino en el acto central del bautismo, que frecuentemente se realizaba en vísperas de pascua o en epifanía u otras grandes festividades, acompañado a menudo de señales del Espíritu actuante en el bautismo. Y la permanente vida en comunidad se llegó a experimentar en cada eucaristía dominical, como asamblea de los bautizados, y en la ejecución del testimonio y la misión, y en la atención de los pobres. Las personas bautizadas en Antioquía reconocían a las que habían sido bautizadas en Cartago y en Roma como miembros del cuerpo de Cristo. Esta pauta no era simplemente un programa educativo de las iglesias, sino un testimonio y una participación en la promesa escatológica de Dios. Era permanentemente acompañada de oración, de ayuno como atención de Dios, de bendiciones y exorcismos pronunciados sobre los aspirantes, y de una gran oración de gracias por la propia agua. Expresaba y promovía el persistente sentido de que aquí actúa el Dios trino. 22. Además, el largo proceso de formación en la fe (el catecumenado), el bautismo y la incorporación en la comunidad eran sintetizados en los actos centrales del rito bautismal. El renunciamiento al mal y la confesión de fe –el credo– resumían y representaban todo el catecumenado. La recepción de aspirantes en la comunidad, el beso de la paz y la primera eucaristía podían anticipar toda la vida cirstiana. Más aún, el ordo del catecumenado, bautismo e incorporación se reverbera persistentemente en la existencia cristiana. En el aprendizaje de la fe de Cristo durante toda la vida se perpetúa el catecumenado. Al morir y resucitar diariamente los cristianos reivindican su bautismo en la muerte y resurrección de Cristo. Por la repetida reconciliación en la iglesia los bautizados son restaurados a la comunidad. Este reflejo de la vida cristiana, de la vida en Cristo, en el proceso bautismal y esta síntesis y anticipo del proceso de los actos centrales del bautismo, demuestran un fenómeno conocido en los estudios rituales como “recapitulación”. El bautismo recapitula el ordo. El ordo recapitula la vida cristiana. Los cristianos encuentran la realidad más profunda de esta recapitulación bautismal en la fe de que el Dios trino, que crea y salva todas las cosas, está activo y presente aquí. Por medio de la persistente gracia y presencia de Dios, el bautismo es proceso y acontecimiento escatológico de una vez para siempre y pauta para la vida en su totalidad. 23. La historia cristiana ha sido testigo a veces de un aparente desmembramiento de cosas que Hechos 2 y 1 Pedro conservan unidas. Con frecuencia se ha separado el bautismo de la catequesis y de la vida eucarística y comunitaria. La propia ablución y la admisión a la mesa del Señor se desconectaban frecuentemente. La confirmación se realizaba a veces años después del bautismo, sin referencia bautismal. El proceso del bautismo ha conocido muy pocas veces relación con la vida en sus multiples dimensiones, y no en menor medida la dimensión ética. En muchos casos, el bautismo de agua y el don del Espíritu han sido desconectados, constituyéndose con frecuencia en dos “bautismos”. Los procesos bautismales de las diferentes iglesias no han sido capaces de reconocer, en la práctica de la otra, el bautismo único en Cristo. 24. Mediante la recuperación del ordo, como también la recuperación de la perspectiva de Hechos 2 y 1 Pedro como basamentos de la práctica eclesial, se nos asiste en la procura de una renovación común y un reconocimiento mutuo. De estas afirmaciones pueden brotar muchas reflexiones para nuestra común tarea. Será preciso preguntarse si la renovación y adaptación local de la práctica del bautismo no es una tarea que debiéramos realizar ecuménicamente en cada localidad, al paso que recuperemos juntos el catecumenado. Será preciso que nos preguntemos si el marco arquitectónico del bautismo en nuestras iglesias está en consonancia con su significado. ¿No es hora de que comencemos a construir –tal vez todas las iglesias de una localidad juntas [11] – pilas de inmersión? Y será preciso que constatemos si los ritos de bautismo que en realidad practicamos sintetizan verdaderamente –en la acción de gracias por el agua, en los renunciamientos y el credo, en la ablución de agua y su consecuente acto de entregar la túnica y en el acto de iluminación, en la unción y en el recibimiento en la comida– el proceso pleno de integrarse a Cristo. Pero por lo menos dos de los asuntos específicos en el orden del día que la Declaración de Faverges introduce en la agenda de las iglesias ocuparán nuestra atención aquí en forma especial. La primera es el encarecimiento de encontrar “signos renovados de nueva vida en Cristo” en los muchos “contextos locales”, signos que puedan enriquecer “el concepto generalizado del bautismo entre los cristianos” mediante el desenvolvimiento y enriquecimiento del ordo transcultural. Deberemos tener en mente la necesidad de renovar el propio ordo, en cada uno de nuestros lugares, a fin de llevar a cabo la tarea de contextualización, contracultural e intercultural. Ritos de transición La segunda tarea, empero, consiste en descubrir la relación entre el bautismo y su contextualización, por un lado, y todos los ritos de transición humana, por el otro. Según la enunciación de Faverges: “el ordo del catecumenado, el bautismo y la incorporación se reverberan constantemente en toda la existencia humana”. ¿Cómo sucede esto y cómo nos auxilia en el examen de ritos de curación, matrimonio y sepelios? Importa señalar que los antropólogos y estudiosos del rito humano ya han detectado un ordo tipo que, según consideran ellos, caracteriza virtualmente a todos los ritos humanos de transición. [12] Valiéndonos de la terminología de viaje, creen que podemos averiguar lo siguiente en cuanto a los ritos de esta índole: - Estos “tránsitos” de un “estado” a otro –de “no casado” a “casado”, por ejemplo, o de “viva” a “muerta”– se caracterizan por tres fases consecutivas: separación (indicios de desligadura de un estado), transición o fase “liminar” (un lapso que no corresponde ni a uno ni a otro estado), y reafiliación o incorporación (recepción social o comunal y reconocimiento del nuevo estado). - En cada fase pueden darse ritos simbólicos que recapitulan todo el proceso. - La fase liminar se caracteriza frecuentemente por demostrar y comunicar a los “pasajeros” los valores más profundos y los símbolos más importantes de la comunidad. Los ritos de tránsito están, pues, profundamente inmersos en una cultura y son un medio primordial de transmitir los valores de una cultura. - A veces este peligroso estado liminar de “entre medio o intermedio” también se protege con mucho cuidado y se caracteriza por la presencia de valores de la “communitas”, la nivelación de las distinciones de estado que operan en el devenir cotidiano de una sociedad. [13] La fase final del rito, la incorporación en la comunidad con un nuevo estado al cual la persona ha ingresado, se rubrica y perfecciona frecuentemente con una comida comunitaria. Nos será provechoso aplicar este esquema a lo que ya sabemos sobre matrimonios y sepelios o el cuidado de los enfermos en las culturas de nuestra procedencia, para determinar si el esquema es aplicable, y para profundizar y concretizar nuestro conocimiento en la materia. Pero, en cierto sentido, podemos descubrir este esquema en lo que hemos dicho sobre el ordo bautismal. La recepción en el catecumenado es un rito de separación. El propio catecumenado es la fase liminar, en la que los catecúmenos aprenden los valores y símbolos más profundos de la comunidad cristiana. El rito de bautismo propiamente dicho recapitula el proceso de hacerse cristiano e incorpora a esa persona cristiana en la comunidad. La comida de la eucaristía demuestra y estampa su sello a esa incorporación. Pero hay significativas maneras en que el propio bautismo se sale de este esquema. Por un lado, para los cristianos el rito en realidad nunca se acaba. Somos, como nos enseñó Martín Lutero, catecúmenos de por vida. Bautizamos a infantes y adultos, y seguimos instruyéndolos a todos. En efecto, no se trata simplemente de que el bautismo propiamente dicho recapitula el proceso de llegar a ser una persona cristiana, sino que más bien el rito recapitula toda la vida cristiana. Más aún, el rito no nos introduce a un nuevo “estado”. En la medida en que se trata de un bautismo en Cristo, quedamos unidos a esa Persona que se identifica con toda la humanidad. No se trata de un rito para distinguir a unos pocos “pasajeros”, sino para re-fundarnos a todos en el bautismo único que nos vincula con la totalidad del menesteroso género humano. En todo caso, el rito marca el tránsito o paso del mundo entero de “la vieja era” a “la nueva”. Se insta a los cristianos a vivir conforme a valores de communitas en todo momento, y no solo cuando se encuentren en un período específico llamado “catecumenado”. El “misterio” principal que se nos enseña es el evangelio de la muerte y resurrección de Cristo, proclamado en Palabra y sacramento, de tal modo que se nos reinserta continuamente en la misión del Dios trino. Y la congregación cristiana, donde tiene lugar el bautismo, no es ella misma una cultura, no es una realidad étnica que, para asistir a su gente a arbitrar los cambios de vida , transmite el legado de su estructura de estados sociales. Estas formas por las cuales el proceso bautismal es al mismo tiempo semejante y radicalmente diferente de un rito de transición pueden ser de utilidad para nosotros cuando consideramos la aplicación cristiana de estos ritos que señalan transiciones vitales. Los cristianos también son partícipes de la culturas. Se casan, dan a luz, se enferman, se mueren ... y se abocan a cientos de otros cambios de estado que se reconocen y distinguen en sus propias culturas. Si bien estas transiciones y su celebración no constituyen los ritos fundamentales del cristianismo, no son inherentemente cristianos, sí son culturalmente importantes, caros a los cristianos que aman la tierra que Dios ha hecho, y poderosamente significativos para la gente vulnerable que está pasando por los cambios y las transiciones. Son ocasiones inmensamente importantes para la proclamación de la misericordia de Dios que le da esperanza y sentido a toda la vida y la cultura humana. Las comunidades cristianas debieran tener dos preocupaciones fundamentales cuando una congregación se constituye en la base donde se efectúan estos ritos. En primer lugar, debieran preocuparse de que el rito propiamente dicho sea un saludable rito de tránsito, aplicando plenamente todas las etapas de transición y aportando los mejores dones y valores creados por la cultura de la que son expresión. La antigua preocupación cristiana de que ambas partes de un matrimonio deben consentir libremente al acto contractual, de que las personas enfermas no deben ser estigmatizadas y aisladas, que las honras fúnebres deben expresar tristeza pero también esperanza: estos son ejemplos de tales preocupaciones. Es posible que seamos capaces de hacer extensivas esas preocupaciones de antaño articulando lo bueno del regocijo comunitario, la importancia de las distintas etapas en la transición, el valor de la congoja expresada comunitariamente, y la belleza de símbolos tradicionales de cambio. En efecto, podemos hacer extensiva nuestra cuádruple dinámica [14] también al ordo de los ritos de transición. Al encarar un rito de tránsito, podemos preguntarnos si está signado por lo transcultural (la presencia de un buen esquema humano para una mutación de estado), lo contextual (una expresión localmente opulenta de ese esquema), lo contracultural (resistencia a cualquier absolutización de estructuras de estado expresadas en los ritos), y lo intercultural (iluminación del significado de “lo humano” recurriendo a expresiones de otras culturas). Con todo, en medio de estas transiciones, las comunidades cristianas debieran también tratar de proclamar el evangelio de Cristo como fuente de significado en medio de todos los cambios y crisis. Debieran empeñarse en exponer algo del significado del bautismo, algo del modo como el ordo bautismal se sale del esquema del rito de transición, algo de la verdad de que la identidad bautismal en Cristo es mucho más fundamental que cualquiera de los estados que se distinguen con ritos de transición. Esta segunda tarea puede resultar inmensamente difícil, dada la dominante importancia que se da al “estado” mismo en cualquier rito de transición o en la experiencia de enfermedad persistente o crónica. Pero el evangelio de Cristo y la significación bautismal nos darán la más profunda medida de transculturación y la base más firme para una vigorosa contextualización, como también una saludable resistencia contracultural. ¿Cómo podemos abocarnos a esta última tarea? Algunas sugestiones inciales: En la medida en que sea posible, el rito de transición debe efectuarse en el seno de la congregación. Que la proclamación de la palabra de Dios por parte de la congregación sea uno de los principales “misterios” legado a los “pasajeros” en fase liminar. Que la eucaristía, a la cual esté cordialmente invitada toda la comunidad, sea la principal comida de la fase de reafiliación. Introdúzcanse signos de rememoración bautismal en los ritos de tránsito: El óleo del bautismo puede utilizarse para ungir a los enfermos. Parte de la ceremonia nupcial puede realizarse junto a la pila bautismal. También se puede usar óleo de unción en el casamiento; o pueden considerarse como símbolos bautismales las coronas, ofrendas florales o conopeos colocados sobre la pareja (como se hace en el rito ortodoxo o en el clásico rito luterano sueco). Vestir a los muertos con una alba bautismal y colocar el cuerpo junto a la pila bautismal y bajo un palio, que se interpreta como signo bautismal, o encender el gran cirio pascual (y bautismal) junto al cuerpo. Como quiera que sea, en medio de los ritos de tránsito, demuéstrese amor por las personas en transición, honra por los diferentes estados de su transición, pero también un profundo sentido de que todos esos estados son de valor solamente secundario, no definitivo. La Gran Boda, por ejemplo, es el casamiento de Dios con la tierra, y en el bautismo se coloca sobre mujeres y hombres, niños y adultos, casados y no casados, la que ha dado a luz y la que no tiene hijos, la indumentaria nupcial de la justicia de Cristo, en medida igual y abundante. Nada que se haga en nuestros ritos de casamiento –o en cualquiera de las otras celebraciones de transición– debe ensombrecer este don. Las personas casadas no debieran gozar de condición más o menos conspicua en la comunidad cristiana. Las mujeres no deben ser tratadas como propiedad. Somos personas bautizadas, en cumplimientode una misión en el mundo. En el proceso de recobrar el ordo de bautismo en todo su vigor, en el proceso de contextualizar ese ordo en cada localidad, nosotros también necesitaremos retomar permanentemente el bautismo y su significado. Hay muchas maneras de hacerlo. Cada una de las reuniones dominicales de la asamblea cristiana constituye un recordatorio de esta índole, y la propia eucaristía constituye la parte repetible de nuestro bautismo. Cada bautismo que se celebra en nuestra propia congregación nos retrotrae al único bautismo que todos compartimos. En la proclamación del perdón de los pecados, en el ministerio de la reconciliación, nos retrotraemos al poder del bautismo. El ciclo anual de cuaresma y Pascua, especialmente en el proceso de recuperar el significado catecumenal de la cuaresma y de utilizar la pascua como temporada primordial para bautizar, nos retrotraerá a todos al bautismo. Nuestra utilización de asimilaciones creativas en el ordo bautismal podría ofrecernos todo un abanico de pequeños símbolos que se podrían aplicar para rememorar el bautismo. Pero no será el menos conspicuo de estos recordatorios el marco de nuestra vocación bautismal en Cristo, en medio de nuestra celebración de las diferentes etapas de la vida humana que se experimentan y distinguen en nuestras culturas.
[1] Véase S. Anita Stauffer, ed., Christian Worship: Unity in Cultural Diversity (Ginebra: Federación Luterana Mundial, 1994). [2] El bautismo es, sin embargo, radicalmente diferente de un rito de transición véase más adelante la sección sobre “Ritos de Transición”. [3] El pasaje que sigue ha sido reformulado del capítulo seis de mi póximo libro, Holy People: A Liturgical Ecclesiology (Mineápolis: Fortress Press, 1999). [4] Apología 61-67. Texto griego en PG 6:420-432. Se puede encontrar una traducción del texto completo, de donde se tomó la presente traducción, en Sigfrido Huber, Los Santos Padres (Buenos Aires: DEDEBEC, 1946), 194-196. [5] Es de notorio interés que, armados con esta pauta, podemos descubrir algo similar a este ordo en el libro sirio probablemente anterior llamado Didajé o la “Doctrina de los Doce Apóstoles”.Si suponemos que este antiguo “orden eclesiástico” comienza con catequesis para quienes se presentan a ser bautizados, el consecuente orden del libro es muy familiar. Véase Aidan Kavanagh, The Shape of Baptism (Nueva York: Pueblo, 1978), 36-37. [6] Cf. Kavanagh, 40-42. Véase también Gabrielle Winkler, Das armenische Iinitiationsritual (Roma: Oriental Institute, 1979). El escrito anónimo Asenath en su retrato de la conversión y recepción en Israel de la esposa egipcia de José, también puede darnos una perspectiva de las pautas de los bautismos sirios en los siglos segundo y tercero. [7] S. Anita Stauffer, ed., versión castellana de Ernesto W. Weigandt, Diálogo entre Culto y Cultura (Ginebra: Federación Luterana Mundial, 1994), 17-38. [8] Sobre el bautismo de Jesús como modelo prístino de la teología y práctica bautismal cristiana, véase Kilian McDonnell, The Baptism of Jesus in the Jordan (Collegeville: Liturgical Press, 1996). [9] E.g. TradiciónApostólica 2. [10] “Becoming a Christian: The Ecumenical Implications for our Common Baptism,” FO/97: 13 revisado, 8-11. [11] Véase Eugene Brand, “Rites of Initiation as Signs of Unity”, en M. Root y R. Saarinen, eds., Baptism and the Unity of the Church (Grand Rapids: Eerdmans, 1998), 136-7. [12] Véase especialmente el estudio clásico de Arnold van Gennep, The Rites of Passage (Chicago: University of Chicago, 1960). [13] Con respecto a este asunto, véase Victor Turner, The Ritual Process (Chicago: Aldine, 1969). [14] Véase la Declaración e Nairobi sobre Culto y Cultura: Desafíos y Oportunidades Contemporáneas en Christian Worship: Unity in Cultural Diversity, 23-27, (FLM: 1996). |