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¿Cómo podemos celebrar sin palabras? Dios nos creo como seres físicos. En cuanto tales nos encontramos con el mundo a través de nuestros sentidos, y como Dios se revela en la creación, también experimentamos a nuestro Dios a través de nuestros múltiples sentidos. Con certeza, nuestra liturgia debe reflejar el hecho de que somos seres físicos. En la liturgia, Dios se aproxima a nosotros no solamente por medio de la Palabra hablada o cantado, sino también utilizando el gusto, el tacto, y sintiendo el pan, el vino, el agua en los sacramentos. Aquellos que planifican la liturgia harían muy bien en seguir el ejemplo de Dios cuando nos comunicamos por mediación de una saludable experiencia sensorial. La comunicación por intermedio de todos nuestros sentidos es especialmente importante si queremos alcanzar a los niños. Una simple pero muy poderosa expresión litúrgica no verbal es el hacer el signo de la cruz, una práctica fuertemente alentada por Martín Lutero y otros. En la introducción a su Oración Matutina, Lutero dijo: “ En la mañana cuando te levantas, harás el signo de la santa cruz, y dirás, ‘En el nombre del Padre...’” En sus Sermones sobre el Evangelio de Juan, Lutero dijo, “Todos aquellos que creen en el Hijo han de tener vida eterna. Agárrate a su cuello o a sus vestimentas; esto es, cree que el se ha hecho ser humano y sufrido por ti. Haz sobre ti el signo de la cruz y di: “Soy un cristiano y he de vencer”. En “El Costo del Discipulado”, Dietrich Bonhoeffer escribió: “El caminar nuestro propia ruta bajo el signo de la cruz no significa miseria o desesperación, sino paz y ánimo para el alma, este es el supremo bien”. En 1974, la Comisión de Liturgia Interluterana escribió: “El Signo de la Cruz marca al cristiano como unido con el Crucificado. Cada vez que el cristiano subsecuentemente se persigna o es marcado con la cruz, reconoce que su lugar en el Reino le ha sido concedido desde la perspectiva de la muerte de Cristo. Descansa en seguridad en la fidelidad de Dios, reconocido por Dios como verdaderamente su propio hijo o hija”. Tocarse con la punta de los dedos la frente, el pecho y luego los hombros sucesivamente, constituye el signo de la cruz. El persignarse es una forma de recordar nuestro propio Bautismo y expresar la confianza en la esperanza de la resurrección. El signo es efectuado normalmente cuando la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es nombrado en una invocación, absolución o bendición; en la última frase del Credo Apostólico o Niceno (“la resurrección de los muertos / la resurrección del cuerpo y la vida eterna...); en el “Bendito el que viene en el nombre del Señor” en el Santo; y antes y después de recibir la Santa Comunión. Los gestos pueden efectivamente reforzar palabras y acciones. Muchos luteranos se arrodillan como un signo de humildad al entrar en un espacio sagrado para prepararse para la celebración, cuando confiesan los pecados o al ofrecer plegarias de intercesión, y cuando reciben la Santa Comunión. Nos sentamos para recibir instrucción por medio de la lectura de las Escrituras y la predicación. Cuando nos paramos para cantar –la mejor postura para respirar bien y cantar confiadamente. El ponerse de pie también habla de respeto y atención, por lo tanto nos paramos para escuchar la lectura del Santa Evangelio. El estar de pie nos permite una participación activa, por lo tanto nos paramos cuando recitamos el Credo y oramos juntos. Muchos cristianos siguen la sugerencia de San Agustín de no arrodillarnos durante los 50 días gozosos del tiempo de Pascua, y estar de pie en todo momento de oración, acto de confesión, y para recibir la comunión. “Todas las naciones que has creado vendrán a postrarse delante de ti, y glorificarán tu Nombre, Señor” (Salmo 86:9). Estas palabras tomadas del salmista han inspirado un gesto muy simple entre los participantes de la celebración litúrgica que ha permanecido como una parte del culto a través de la historia cristiana. En muchas culturas postrarse es una expresión de humildad, respeto y reverencia. Los cristianos muy a menudo demuestran físicamente esta reverencia para con Dios inclinándose hacia el altar tanto al entrar y salir de un espacio litúrgico, también hacia la cruz cuando ella pasa en procesión, o cuando el nombre de Jesús es pronunciado, y en las palabras: “Gloria al Padre...” Postrarse (y aún el arrodillarse) durante el Credo Niceno al pronunciarse las palabras: “ que por nosotros y nuestra salvación...se encarnó...”es una forma de expresar la humildad que Cristo asumió al hacer humano por nuestro bien. Ya que nuestra liturgia terrenal esta unida simbólicamente y musicalmente con la liturgia celestial cuando se pronuncian las palabras: “Santo, Santo, Santo...Hosanna en el cielo”, una profunda inclinación física es apropiada. Los colores pueden ayudar a interpretar el espíritu de una estación en particular. El blanco, el colar de la luz y de la alegría de Cristo, es utilizado en todas las fiestas de nuestro Señor: Navidad, Epifanía, Transfiguración, Resurrección, Ascensión, y en la de Cristo Rey, al igual que lo utilizamos en todas las celebraciones de los santos que no murieron mártires, y en el Día de Todos los Santos. El rojo, el color del fuego y de la sangre, es utilizado en el Día de Pentecostés como símbolo del poder del Espíritu Santo enviado sobre los discípulos; en el Día de la Reforma, una celebración de la renovación de la iglesia; en la conmemoración de los santos que fueron martirizados a causa de su fe; en las ordenaciones y en la dedicación y el aniversario de la iglesia. El rojo intenso o violeta es utilizado algunas veces durante la Semana Santa como el color de la crucifixión. El verde representa crecimiento, tal como se lo ve en la naturaleza. Es utilizado durante el tiempo cuando la iglesia se centra en el crecimiento espiritual por intermedio de las enseñanzas de Jesús, mas que centrarse en los acontecimientos de su vida. El azul, el color del cielo, es un signo de esperanza y es utilizado durante el Adviento. El color púrpura acompaña usualmente la peregrinación de la iglesia a lo largo de Cuaresma, reflejando la naturaleza penitencial de esta estación. El color resalta nuestro sentido de paciente espera tal como esperamos la venida de nuestro Señor como un niño en Belén, a través de la Eucaristía semanal, y al final de los tiempos. El color oro es utilizado algunas veces para el Día de Pascua como un símbolo extravagante y desenfrenada alegría en esta que es la “reina de todas las fiestas”. El negro, el color de las cenizas, es utilizado algunas veces para el Miércoles de Cenizas. En el mismo momento en que Jesús fue despojado de sus vestimentas en el camino hacia la cruz, el espacio litúrgico es despojado de todo color el Viernes Santo. El amoblamiento del espacio litúrgico puede tener una gran fuerza de comunicar importantes verdades en la celebración. En la liturgia luterana, pueden haber tres áreas centrales (La Palabra, La Cena del Señor, y el Bautismo), y un lugar para el ministro que preside y los asistentes desde donde se pueden conducir aquellas partes de la liturgia no directamente relacionadas con la Palabra y los Sacramentos. Es especialmente apropiado que la fuente bautismal tenga dimensiones importantes (que contengan suficiente agua como para realmente ahogar el pecado), quizás ubicada próxima a la entrada del espacio litúrgico, como un recuerdo de que el Bautismo es nuestra entrada en la iglesia. Siguiendo la cruz de Cristo, los cristianos son un pueblo peregrino, que está en esta tierra solo por un breve tiempo. Las procesiones son una forma simbólica de presentar esta verdad y marcar momentos importantes en la liturgia: la entrada, el evangélico, el ofertorio, la comunión, el envío. Ellas no necesitan ser meras formas de mover a los celebrantes de sus lugares y no pueden ser los mismos en todo tiempo. Por ejemplo, una espléndida procesión de Pascua puede ser muy bien equilibrada por una muy simple entrada durante Cuaresma. En la liturgia, uno de nuestros sentidos pobremente utilizado es el del olfato. Tenemos el suave aroma de la fragancia del aceite utilizado en el bautismo y en la unción de sanación. Los salmos nos presentan muy fuertes imágenes en las que se evoca tanto la vista como el olfato: “”Que mi oración suba hasta ti como el incienso”. Incienso ha sido largamente utilizado como un símbolo de nuestras oraciones, mezclada con las oraciones de los santos, ascendiendo delante del trono celestial. Por lo tanto, algunas veces se utiliza el incienso en la liturgia de la oración cotidiana, especialmente en la oración de la tarde (vísperas), cuando el Salmo 141 (“Que mi oración suba hasta ti como el incienso”) es cantado. Muchas culturas también han utilizado el incienso u otras substancias similares como una forma de honrar, preparar, o santificar espacios, elementos, y personas para su uso sagrado. Por lo tanto, en el servicio de Santa Comunión, el incienso ha sido tradicionalmente utilizado para consagrar el espacio de la entrada, para honrar la Palabra de Dios en el evangelio, y, como preparación para la Santa Comunión, son incensados el altar, el pan y el vino, los ministros, y los más importante, la asamblea entera. Mientras que el lenguaje y otros modos de expresión siempre están evolucionando y siendo contextualizados, aquellos que organizan la celebración litúrgica deben resistir la tentación de querer maquillar símbolos y acciones para acomodarlas a gustos y preferencias locales. Los elementos no verbales que hemos discutido aquí son dones que proceden de nuestra tradición. Al abrazarlos y hacerlos nuestros, los que participan hoy en la liturgia están conectados físicamente ellos mismos con los cristianos de todos los tiempos. Las personas experimentan sus mundos de muchas formas. Cada liturgia debería ofrecer una rica variedad de expresiones. Aquellos que participan de la liturgia deberían ser alentados a explorar esa variedad de posibilidades. Es por ello que, se debe poner mucha atención en esto de forma tal de permitir a los celebrantes la libertad de escoger aquellas expresiones que ellos puedan abrazar. Revisada en Diciembre 2002. Traducción y adaptación del Pastor Lisandro Orlov. Mayo 2003 Copyright © 2003 Evangelical Lutheran Church in America Este documento puede ser reproducido para su uso en su congregación siempre y cuando la información sobre el derecho de autor aparezca en cada copia. How Can We Worship Without Words?God created us physical beings. As such we encounter the world through our senses, and as God is revealed in creation, we also experience our God through our varied senses. Certainly, our worship should reflect the fact that we are physical beings. In worship, God comes to us not only through the spoken and sung Word, but also through the taste, touch, and feel of bread, wine, and water in the sacraments. Worship planners do well to follow God’s example as we communicate through a wealth of sensory experiences within the liturgy. Communicating through all our senses is especially important if we want to reach children. A simple yet powerful nonverbal worship expression is making the sign of the cross, a practice strongly encouraged by Martin Luther and others. In the introduction to his Morning Prayer, Luther said, "In the morning when you rise, you shall make the sign of the holy cross, and say, ‘In the name of the Father . . . .’" In his Sermons on the Gospel of John, Luther said, "Whoever believes in the Son will have eternal life. Cling to his neck or to his garment; that is, believe that he became man and suffered for you. Cross yourself and say, ‘I am a Christian and will conquer.’" In The Cost of Discipleship, Dietrich Bonhoeffer wrote, "To go one’s way under the sign of the cross is not misery and desperation, but peace and refreshment for the soul, it is the highest good." In 1974, the Inter-Lutheran Commission on Worship wrote, "The sign of the cross marks the Christian as united with the Crucified. Each time the Christian subsequently signs himself or is signed with the cross, he acknowledges that his place in the kingdom has been given him in view of the death of Christ. He rests securely in the faithfulness of God, known by God as God’s very own son or daughter." Touching the tips of the fingers to the forehead, the breast, and then the shoulders in turn makes the sign of the cross. Crossing oneself is a way of remembering one’s Baptism and expressing confidence in the hope of the resurrection. The sign is normally made when the Trinity (Father, Son, and Holy Spirit) is named in an invocation, absolution, or benediction; at the last phrase of the Apostles’ or Nicene Creed ("resurrection of the dead/body, and the life..."); at the "Blessed is he" in the Sanctus; and before and after receiving Holy Communion. Postures can effectively reinforce words and actions. Many Lutherans kneel as a sign of humility upon entering sacred space to prepare for worship, when confessing sins or offering intercessory prayer, and when receiving Holy Communion. We sit to receive instruction through the reading of Scripture and preaching. We stand to sing– the best posture for breathing well and singing confidently. Standing also speaks of respect and attention, so we stand to hear the reading from the Holy Gospel. Standing enables active participation, so we stand as we recite the Creed and pray together. Many Christians follow St. Augustine’s suggestion to refrain from kneeling during the 50 joyous days of Easter, standing for all prayer, acts of confession, and to receive communion. "All the nations you have made shall come and bow down before you, O Lord, and shall glorify your name" (Psalm 86:9). These words from the psalmist have inspired a simple gesture among worshipers that has remained a part of worship through the Christian era. In many cultures, bowing is an expression of humility, respect and reverence. Christians often physically show this reverence for God by bowing toward the altar upon entering and exiting the worship space, toward the cross as it passes in procession, whenever the name of Jesus is spoken, and at the words, "Glory to the Father . . .." Bowing (or even kneeling) during the Nicene Creed at the words "For us and for our salvation...he became incarnate..." is a way of expressing the humility Christ endured by becoming human for our sake. As our earthly liturgy is symbolically and musically joined with the heavenly liturgy at the words "Holy, holy, holy . . . hosanna in the highest," a profound bow is appropriate. Colors can help interpret the spirit of a particular season. White, the color of the light and joy of Christ, is used on all festivals of our Lord: Nativity, Epiphany, Transfiguration, Resurrection, Ascension, and Christ the King, as well as celebrations of saints who were not martyred, and All Saints Day. Red, the color of fire and blood, is used on the Day of Pentecost as the power of the Holy Spirit was unleashed; on Reformation Day, a celebration of the renewal of the church; at commemorations of saints who were martyred for their faith; and at ordinations, and church dedications and anniversaries. Deep red or scarlet is sometimes used during Holy Week as the color of the crucifixion. Green represents growth, as seen in nature. It is used during the time when the church focuses on spiritual growth through the teachings of Jesus, rather than the events of his life. Purple usually accompanies the church’s pilgrimage through Lent, reflecting the penitential nature of the season. Blue, the color of the sky, is a sign of hope and is used during Advent. The color heightens our sense of patient expectation as we wait for the coming of our Lord as an infant in Bethlehem, weekly through the Eucharist, and at the end of time. Gold is sometimes used on Easter Day as an extravagant symbol of unbridled joy on this "queen of feasts." Black, the color of ashes, is sometimes used on Ash Wednesday. Just as Jesus was stripped of his garments on the way to the cross, the worship space is stripped of all color on Good Friday. The furnishings in a worship space can powerfully communicate important truths in worship. In Lutheran liturgy, there should be three areas of focus (Word, Lord’s Supper, and Baptism) and a place for the chairs of the presiding and assisting ministers from which those parts of the liturgy which are not directly related to Word or Sacraments can be led. It is especially appropriate for a baptismal font of substantial size (holding enough water to really drown sin!), perhaps standing within the entrance to the worship space, as a reminder that Baptism is our entrance into the church. Following the cross of Christ, Christians are a pilgrim people, who are on this earth only for a brief while. Processions (liturgical "parades") are a way of symbolically presenting this truth and marking important moments in the liturgy: entrance, gospel, offertory, communion, sending. They need not be merely ways of getting ministers to their places and should not be the same at all times. For example, an extravagant Easter procession may be balanced by a simple entrance during Lent. In worship, our most under-used sense is smell. There is the subtle aroma of fragrant oil used in baptismal and healing anointing. The psalms present us with a powerful image that evokes both sight and smell: "Let my prayer rise before you as incense." Incense has long been used as an symbol of our prayers, mingled with the prayers of the saints, ascending before the throne of heaven. Therefore, incense is sometimes used at daily prayer services, especially at evening prayer, when Psalm 141 ("Let my prayer rise before you as incense") is sung. Many cultures have also used incense or similar substances as a way of honoring, preparing, or sanctifying spaces, elements, and people for sacred use. Therefore, in the service of Holy Communion, incense has traditionally been used to set apart the worship space at the entrance, to honor God’s Word at the gospel, and, as preparations are made for Holy Communion, the altar, the bread and wine, the ministers and, most importantly, the entire assembly. While language and other modes of expression are always evolving and being contextualized, worship planners must resist the temptation simply to make up symbols and actions to suit local tastes and preferences. The nonverbal elements discussed here are gifts from our tradition. By embracing them and making them their own, contemporary worshipers are physically connecting themselves with Christians of all ages. People experience their world in many ways. Each liturgy should offer a rich variety of expression. Worshipers should be encouraged to explore a variety of possibilities. However, care must be taken to allow worshipers the freedom to choose which expressions they will embrace. Revised December 2002 Copyright © 2003 Evangelical Lutheran Church in America This document may be reproduced for use in your congregation as long as the copyright notice appears on each copy. |