HACIA EL CUMPLIMIENTO DE LA CONFESIÓN

“La Cena del Señor en el Día del Señor”

Por Gordon W. Lathrop

“El primer día de la semana nos reunimos para partir el pan...”Así comienza un párrafo en el capítulo 20 del libro de los Hechos de los Apóstoles, un párrafo que ya suena como una fórmula indicando la celebración semanal de la Eucaristía dominical, por lo menos entre algunas comunidades cristianas primitivas. Algunos esperan que sea una fórmula característica, en breve tiempo, de todas las congregaciones luteranas.

La recuperación de la Santa Comunión, como el oficio mayor de cada domingo en todas las congregaciones, ha sido la meta principal del movimiento litúrgico en el mundo durante mucho tiempo. Es una meta que ha quedado aún está pendiente. Hay progresos evidentes (más y más congregaciones celebran todos los domingos la Eucarística de lo que ocurría hace diez años atrás), existen resistencias, se templan antiguas esperanzas, se despiertan nuevos intereses de fuentes inesperadas y los liturgistas confiesan, de mala gana, que aún tal recuperación no resolverá todos los problemas. Sin embargo, la meta permanece; la mayor recuperación y la más profunda renovación litúrgica luterana no son las vestimentas o las procesiones sino la centralidad de la Palabra y los Sacramentos en nuestras comunidades y, particularmente, la recuperación de la Cena del Señor como el corazón de la reunión semanal, todos los domingos.

Tenemos que volver a dialogar, urgentemente, y en todos los círculos luteranos, sobre las razones de celebrar la eucaristía dominical, su significación y su importancia en la renovación de la Iglesia. Quiero presentar una lista de aquellas razones y significados, tal como las entiendo, con la esperanza de que tal lista contribuya a ese diálogo. Lo que sigue, no se propone una teología exhaustiva de la eucaristía.

Brevemente, se puede decir que los argumentos para esa recuperación de la celebración semanal de la eucaristía dominical están fundados en justificaciones bíblicas, confesionales e históricas (la Iglesia del Nuevo Testamento y la Iglesia de las confesiones es una iglesia de eucaristía semanal), el significado litúrgico y las necesidades pastorales (la reunión semanal esta correctamente centrada cuando es una reunión celebrada alrededor de la Palabra y los Sacramentos) y una integridad teológica (la reunión semanal siempre trata de Jesús cuando se fundamenta en esa cena). El argumento dice que el Día del Señor, el día antiguo de la Eucaristía, el día litúrgico en el cual la comunidad se focaliza, el día del memorial de Jesús en medio de la comunidad, es el día de la Cena del Señor. El Día del Señor y la Cena del Señor deben estar inseparablemente unidos para nosotros.

JUSTIFICACIONES BÍBLICAS, CONFESIONALES E HISTÓRICAS.

El significado del día: Hay especialistas que de hecho afirman que la expresión “Día del Señor” (kylriaké hëmera. Apoc. 1:10), según toda probabilidad, procede del termino “Cena del Señor” (kyriakon deipnon: 1º Cor. 11:20). El “Día del Señor” no es, necesariamente, un día consagrado al Señor, un día que corresponde, en un sentido especial, al Señor, como varios dioses tienen su día. No es tampoco el nuevo “sábado” cristiano, el nuevo día de descanso para los cristianos. Tampoco es, primariamente, la anticipación semanal  del Día del Señor (hëmera kyriou) del Antiguo Testamento, ni siquiera, como día es el memorial semanal de la victoria pascual del Señor. Es simplemente el día en el cual la comunidad se reúne alrededor de la Cena del Señor. En esa reunión y en esa cena se realiza un encuentro con el Señor resucitado, la esperanza del Reino, el comienzo del profundo descanso escatológico. Por lo tanto, en la comida del el día llega a ser todas esas otras cosas que se le atribuyen. 

Comunión con la Iglesia de la Cena: Si la derivación del término “Día del Señor” de la expresión “Cena del Señor” es correcta o no, no cabe duda que el primer día fue un día de reunión y no fue un día sagrado o de descanso (fue de hecho un día laboral). Mucho del material neotestamentario relacionado con la investigación acerca del primer día de la semana como el día para la reunión comunitaria, se vincula claramente con la comida de la comunidad. La iglesia primitiva se establece como una comunión alrededor de una comida, continuando las comidas comunitarias de Jesús hasta los tiempos posteriores a la Pascua. Hechos 2:42 refleja esa realidad, y Hechos 20:7 ya aclara la práctica continua de, por lo menos, la comida semanal de algunas comunidades posteriores.

Comida de la Resurrección: Además, en los Evangelios,  donde el primer día de la semana se une inseparablemente con la resurrección de Cristo, se une también con la reunión de la comunidad (Juan 20:16, 26) y con la comida de la comunidad (Lc. 24:28-35, 41-43; Mr.16:14; Jn.21:1-14;Hch.10:41). El Jesús crucificado se manifiesta como el Señor de la reunión; él que fue ejecutado se lo conoce como el Resucitado en la fracción del pan. El día de la reunión cristiana y de la cena comunitaria es el día de la resurrección, el día de reunirse con el Resucitado y de conocerlo en el primer día de la semana.

Congruencia con el relato de Emaús: El relato fue utilizado, por lo menos en parte, para interpretar las costumbres cotidianas de las iglesias que escuchaban ese relato. Se reconoce al Señor resucitado en la Comida comunitaria. Del hecho que la infraestructura del relato (Palabra, Lucas 24:25-27 y Comida Lucas 24:28 y siguientes) y el acontecer en el primer día de la semana en Hechos 20 (Palabra v.7 y Fracción del Pan v.11) se puede considerar como evidencia de que el relato de Emaús fue utilizado en el círculo del evangelio de Lucas con una conexión intencional y evidente entre la reunión de todos los domingos y la Palabra y la Cena. Allí también lo reconocen en el pan. Un texto como aquel es más accesible a nosotros cuando la costumbre del “primer día” también incluye la Cena.

Congruencia con los textos de Juan: No es difícil imaginar que el relato del encuentro entre el Señor lastimado y resucitado en Juan 20, en el medio de una reunión celebrada en dos domingos consecutivos (primer día de la semana), se cuenta igualmente para interpretar las reuniones del “primer día” de “los que creen sin haber visto” (Juan20:29). Aunque Jn.20 no menciona una comida, se puede suponer que el hecho de mostrar sus manos y su costado (vers.20, 27) en efecto interpreta, en forma narrativa, la Cena de la Iglesia, las manos heridas de Cristo extendidas hacia nosotros, quienes no vemos la sangre de Cristo todavía derramándose y dando testimonio (Juan19:34; 1º Juan 5:8)

Día de Reunión – Día de la Cena: Aunque sea difícil conocer los orígenes y las costumbres del primitivo culto cristiano, podemos decir con cautela y sin exageración que la reunión del “primer día” y la Cena se reconocen en el material del evangelio de Lucas y se repiten en la conclusión de Marcos y tal vez en la literatura de Juan. No hay evidencia de una reunión en el “primer día” sin la Cena. Si recibimos la antigua costumbre cristiana del “primer día” debemos saber que no recibimos un “sábado” cristiano ni un día sagrado sino la reunión y el tiempo de la cena de aquellos que se reunían con la esperanza de “proclamar la muerte del Señor hasta que vuelva”.

Comunión con la Iglesia a través de los siglos: En el transcurso de la historia eclesiástica ese “primer día”, por supuesto, fue observado. Lo que se puede decir con cuidado de la evidencia neotestamentaria se puede decir con mucha más seguridad y con mayor fuerza de la iglesia primitiva: el domingo ha sido universalmente el día de la eucaristía. Ya en el segundo siglo Justino Mártir (1º Apología 67) describe la reunión semanal un domingo en Roma alrededor de la Palabra (o alternativamente el bautismo) y de la Cena de Acción de Gracias. Por ese modo hace constar el bosquejo de la forma de las reuniones celebradas en domingo con posterioridad tanto en el oriente como en el occidente. El domingo es el día de la Gran Acción de Gracias por todas lo recibido alrededor de la mesa, en el nombre del Cristo resucitado. El autor de la “Didajé” exhorta a sus lectores: “En el día del Señor, reúnanse, partan el pan y hagan la eucaristía...”(14:1). Así, por cierto, continua la costumbre de la iglesia.

Comunión con las Iglesias de la Reforma: Al recibir la tradición católica y occidental, las Iglesias de la confesión luterana no llegaron a ser diferentes: “No abolimos la misa sino que la mantenemos y la defendemos religiosamente. En nuestras iglesias la misa se celebra cada domingo y en las otras fiestas importantes, cuando el sacramento se ofrece a aquellos que lo desean después de haber sido examinados y absueltos (Apología XXIV). “Con nosotros muchos reciben la Cena del Señor en el Día del Señor” (Apología XV). No sólo fue retenida la misa semanal sino se restauró el acento sobre la comunión ya que el sacramento se lo veía como el centro de la vida misma de fe: “Para seguir esta fe, Dios ha instituido el oficio de la predicación, es decir, ha dado el evangelio y los sacramentos” (Confesión de Augsburgo V). Tal concepto exige la frecuencia y la centralidad de los sacramentos. Sólo más tarde, en la época del pietismo y del racionalismo, fue cuando se produjo la indiferencia o un temor excesivo del sacramento, y por ello se celebraba la misa sin la comunión; el cambio no fue realizado porque se tomó una decisión fundamentada de hacerlo sino a causa de la ausencia de comulgantes.

Signo de la Iglesia: La Iglesia misma, por cierto, se define como aquella “Asamblea de todos los creyentes entre los cuales se predica genuinamente el evangelio y se administran los santos sacramentos de acuerdo con el evangelio” (Confesión de Augsburgo VII). Tal definición requiere que reflexionemos sobre nuestras costumbres en cada iglesia local. Para definir a la iglesia no se requieren ceremonias uniformes y constantes pero sí se requieren estos elementos centrales. Ahora que nos movemos en nuestra confesión (y, por lo tanto, desde la misma raíz de nuestra vida) hacia toda la iglesia católica, y en especial hacia las iglesias que están en comunión con Roma, en la esperanza y en la oración pidiendo la unidad visible en el Evangelio, tenemos que ser profundamente las iglesias confesionales de la Palabra, de la Cena y del Bautismo. Si lo que somos como Iglesia es una reunión alrededor de la Palabra y Sacramentos, entonces, eso debe estar presente todos los domingos.

SIGNIFICADO LITURGICO Y NECESIDAD PASTORAL.

El Centro: ¿Qué estamos haciendo los domingos? Decir “haciendo un culto religioso” no es una respuesta adecuada en un momento de crisis en el culto, en un momento de choque entre lo antiguo y lo moderno, entre religiosidad y secularidad, entre una multitud de dioses y una variedad de formas. ¿Qué va a determinar para nosotros aquello que es central? ¿Qué enfoque común podemos tener en una reunión para que ella encuentre su centro, de la misma forma como un ceramista centra la arcilla sobre el torno de alfarero o cómo un bailarín equilibra sus movimientos?. “Culto” no es una respuesta adecuada. ¿Cuál culto? ¿Cómo se centra el culto para hacer de nosotros una comunidad que hace memorial?. Para contestar podríamos agregar algunos principios estéticos o ritualistas de la liturgia. Se dice, “menos es más”, “la forma viene después de la función” o “deja que los símbolos hablen”. Sin embargo, ¿qué es más para nosotros? Y ¿cuál función debe preceder a la forma? ¿cuáles son los símbolos que deben hablar. La respuesta es clara, la asamblea dominical de los cristianos podría esta centrada en la Palabra y en la Cena. Si fuera adoptada esta estructura, tendríamos efectos posteriores sobre nuestras reuniones y el lugar en el cual se reúne el pueblo que está congregado alrededor de los medios de gracia; concentrándose en las personas, la Cena, la Palabra y la fuente de bautismal con una grande y profunda simplicidad. Además, si esa estructura fuera adoptada, tendría efecto sobre el núcleo del tiempo; cada Día del Señor se reúne el pueblo focalizado claramente en el Bautismo, la Palabra y la Cena.

Unidad y Diversidad: Además, si fuera adoptada la centralidad de la Palabra y la Cena, tal vez podríamos encontrar el camino para salir del callejón de los estilos contradictorios de culto. Podríamos encontrar tal vez nuestra unión de unos con otros y nuestra continuidad de domingo a domingo, no tanto en la melodía del Gloria in Excelsis ni, tampoco, en el carácter de la ceremonia en sí sino en la plena confianza que una reunión luterana en cualquier domingo sería una reunión donde se leen las Escrituras y se predica el leccionario de la Iglesia, donde el lavamiento de regeneración podría realizarse y sería recordado y donde se realizaría la Cena. No se juzgaría, tal vez, la gran diversidad de ceremonias desde el punto de vista de su divergencia con relación a alguna norma singular de la celebración sino por su claro servicio a los temas centrales de la comunidad: Palabra, Lavamiento y Cena.

Comunidad: Tal sentido de una continuidad semanal podría dar su fruto mayor en la comunidad. Necesitamos, urgentemente, en estos días, una visión comunitaria y una experiencia de una comunidad autentica. La comunidad de la Cena compartida es una comunidad auténtica donde todos comparten, donde cada uno es honrado y donde el énfasis central no está en la búsqueda de unos a otros sino en los dones misericordiosos de Dios. No es cualquier comunidad, es la “communio sanctorum”, la comunidad compartida en los santos dones de Dios. Hay una diversidad de roles y ministerios pero todos participamos; cada uno igual al otro, con manos abiertas, en necesidades y con talentos.

Ministerios: Una parte de los problemas patológicos del oficio pastoral en nuestros círculos se debe tal vez a la pérdida de esa clase de comunidad. Nuestro modelo de reunión dominical es más ciertamente un salón de conferencias que el de una Cena compartida. Podría ayudarnos nuestra necesidad de ubicar la Comida restituida a una hora o al menos, si simplemente nos requiriera usar diversos ministros para la distribución del pan y la copa y, tal vez, muchas más personas que tienen dones de liderazgo dentro de la comunidad. El rol del pastor sería mucho más claro en una comunidad donde participa, domingo tras domingo, una variedad de líderes en la comida compartida, porque esa comunidad todavía estaría en evidente necesidad del ministerio de un presidente hospitalario, quien centra y dirige la reunión, quien predica y, especialmente, preside la reunión alrededor de la mesa, pero que no es el que hace todo.

Imagen completa de la Salvación: Si la comunidad  debe permitir que comencemos a imaginar el Reino de Dios, la imaginación no debe estar constituida solamente por los clérigos que hablan y el pueblo que escucha, no debe estar integrada sólo por palabras sin gestos, acciones u obras. Asís es demasiado fácil comunicar la idea que Dilos salva sólo nuestra mente, nuestro espíritu o a seres religiosos. En el completo equilibrio semanal de Palabra y Cena vivirá la tensión entre palabra y silencio, palabra y gesto, el acto de escuchar y de comer, cuerpo y mente como una pequeña imagen de la gran harmonía de todas las cosas, la gran salvación que se manifestará en Cristo.

Puente hacia la vida cotidiana: La tensión y la promesa de harmonía tal vez podrían atraer al mundo entero de silencio y palabra, de palabra y gesto. Los puentes entre el culto y la vida cotidiana podrían ser más claros cuando el acto central de la reunión semanal de los cristianos es la Cena, no obstante hecha con estilo, con una cuidadosa atención, que sin embargo, continua siendo una comida que, por su pan y su copa, por su oración y por su don concedido a todos por igual, está todavía en contacto con lo que conocemos en nuestras mesas simples y con lo que esperamos que esté presente en todas las mesas de un mundo tremendamente hambriento.

INTEGRIDAD TEOLOGICA.

En Memorial de Jesús. La centralidad litúrgica y la fidelidad hacia las tradiciones llegan a tener significado cuando se centralizan en el memorial de Jesús, congruentes con la tradición de recordarlo. La razón más profunda de la regularidad semanal de la Cena tiene como finalidad que la comunidad se comprometa constantemente y con todo su corazón con El. En ese don encontramos el puente hacia lo cotidiano, la imagen completa de la salvación, el significado del ministerio de la comunidad... Es a ese don, en el corazón de nuestras reuniones, al que el texto bíblico y la tradición católica nos invitan. No es suficiente, entonces, decir “nuestro culto” porque tiene que centralizarse en Jesús. Porque “Jesús” puede significar muchas cosas en nuestra cultura y podrían ser muy diferentes del Jesús bíblico que comía con pecadores, enseñaba que el mundo tenía que transformarse, y sufrió la cruz. La Cena constantemente se ocupa de comprometer a nuestra comunidad con el Cristo histórico y bíblico de los Evangelios, con el cuerpo y la sangre de Cristo, con el Jesús que sufrió, que proclamaba y en el cual esperamos. Estos tres elementos: el pasado, el presente y el futuro, su darse a sí mismo, de una vez y para siem0pre, para la vida actual y la esperanza futura son la señal clara de la Cena del Señor y la razón para que toda la teología cristiana, ya que en efecto toda comprensión cristiana del tiempo está construida por esa Cena. La integridad teológica y la centralidad teológica nos impulsan hacia la Cena semanal. Proclamamos que la comida es su don, una interpretación de sí mismo entre nosotros, su propio memorial, su propia realidad, su cuerpo y sangre dado a todos.

En memorial de su sufrimiento. Al proclamar su muerte hasta que venga, la Cena requiere que permanezcamos abiertos al futuro. Su presencia regular entre nosotros no sólo nos consuela sino que también nos perturba, requiriendo que estemos atentos a una historia de sufrimiento que todavía espera el Día del Señor. Las heridas del Señor que se ven entre nosotros nos abrirán a todos aquellos y aquellas que no son consolados, a los nuestros pero especialmente a todos los desdichados de la tierra. Al percibir el sabor de la cruz, como el don de la “vida”, proclamaremos, semanalmente, un tipo de “anti-historia”: la historia no se escribe ni nuestra cultura gira alrededor de los afortunados o los victoriosos. Proclamamos el hecho de que el Señor crucificado reúne alrededor de sí mismo a todos los desdichados y derrotados. Esta eucaristía, ésta “fiesta de los hambrientos”, nos llenará con aquel Espíritu que clama al Padre que venga su Día, intensificando nuestra hambre y sed. Entonces el Día del Señor, señalado por la Cena del Señor, es más que una válvula industrial de seguridad, una pausa en una semana de “trabajar sin motivo para trabajar” sino en un “octavo día”, verdaderamente revolucionario –ya comenzó el nuevo mundo de Dios.

Esta lista no es, por supuesto, suficiente. Aquí lo que está escrito, es demasiado detallado en algunos aspectos e incompleto en otros. ¿Quién puede recomendar suficientemente la Cena del Señor? Permítaseme que esta lista sirva como una forma de descubrir el profundo hambre y sed que cada uno tiene con relación a esta gran comida.

“Pero debemos predicar, de un modo tal que ellos mismos se vean impulsados sin nuestra ley y que sean ellos mismos precisamente los que nos obliguen a nosotros, pastores, a administrar el sacramento” (Prefacio al Catecismo Menor). “Supongamos que digo: “¿qué debo hacer si no puedo sentir tal necesidad, ni tener tal hambre y sed del sacramento? Respuesta: que no conozco mejor consejo para quienes se consideran en tal estado y no sienten lo que hemos indicado que descender ellos mismos y preguntarse si tienen carne y sangre” (Catecismo Mayor V).

Traducción realizada por el Pastor Paul E. Kuhlman. Revisada y adaptada por el Pastor Lisandro Orlov (junio 2002)

Título Original: “Toward doing the Confession: The Lord’s Supper on the Lord’s Day” por Gordon W. Lathrop. Lutheran Forum, vol.12. number 3. Reformation. 1978) Forum Letter www.alpb-org