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Lectura meditativa de la Escritura Jonathan W. Linman Introducción En gran parte, la vida congregacional está organizada alrededor de las Escrituras sagradas. Esto es especialmente evidente en la liturgia principal el domingo cuando los fieles se reúnen alrededor de la Palabra y el sacramento, observando el ordo clásico, la forma fundamental de la liturgia de la Iglesia de occidente. De la forma en que esta liturgia es celebrada típicamente, los creyentes encuentran cada domingo directamente textos de las Escrituras hebreas, las Cartas del Nuevo Testamento y los Evangelios (y en el curso de ciclos de tres años, si se emplean los leccionarios actuales, obtendrán una amplia exposición del canon bíblico). Los bautizados se reúnen y son enviados, cantando himnos que normalmente son paráfrasis de textos bíblicos, así como canciones litúrgicas que habitualmente son tomadas directamente de las Escrituras. Se ofrecen sermones y oraciones como interpretaciones de y respuestas a los temas y textos bíblicos indicados para ese día. Se celebra la comida eucarística, y cuando el ministro que preside guía la gran acción de gracias, se repasa nuevamente la historia de la salvación tal como está registrada en la Biblia. Jesús, tal como está registrado de igual manera en la Escritura sagrada, instituyó la Santa Comunión misma, nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo como Palabra visible. Resumiendo, del comienzo al fin, la liturgia dominical principal de la Iglesia se embebe en los textos de la Biblia. Aparte de esta liturgia principal, la vida congregacional se encuentra enfocada también en otros programas centrados bíblicamente: educación cristiana (escuela dominical); estudios bíblicos de varias clases durante la semana para diferentes grupos dentro de la congregación; oración diaria matutina y vespertina en algunos lugares (cuyos ritos están orientados bíblicamente y que pueden incluir lecturas del leccionario diario); la práctica de devociones personales en casa (a menudo apoyadas por guías devocionales diarias para la lectura de la Biblia que son producidas por las casas de publicación de las Iglesias). Esta infraestructura de la vida congregacional derivada bíblicamente provee la base para alimentar la vida espiritual individual y colectivamente, para construir comunidad y fortalecer la misión de las congregaciones. Sin embargo, quizás rara vez se cae en la cuenta del rico potencial de esta vida comunitaria embebida en la Escritura. Ciertamente uno de los sellos de la herencia de la Reforma luterana es la recuperación de la sagrada Escritura como pieza central de la vida y piedad cristianas. Lutero impulsó la celebración litúrgica en el idioma vernáculo, y también tradujo las Escrituras a su idioma Alemán nativo, de modo que todos los bautizados pudieran ser alimentados por la Palabra de Dios. Lo que se necesita en nuestros propios días es del mismo modo un redescubrimiento del poder formativo de la narrativa bíblica. La falta de familiaridad y la carencia de encuentros profundos con la Biblia son un importante desafío para la salud espiritual y vitalidad de las congregaciones luteranas en muchas partes del globo. Entre los estudiosos de la Biblia, los pastores y otros líderes, el uso exclusivo o reduccionista de los métodos histórico-críticos de estudio de la Biblia, ha arrebatado, quizás en formas significativas, el efecto y poder espiritualmente formativos de los encuentros con los textos bíblicos. Para Martín Lutero, la Biblia no era simplemente un objeto de estudio, sino el verdadero poder de Dios para la salvación. Su recorrido por la Carta de Pablo a la Iglesia de Roma con piadoso estudio y meditación dio como resultado la experiencia que le transformó la vida por la aseveración de la gracia de Dios en la justificación. En nuestro propio día, necesitamos tal encuentro profundo, piadoso, transformador con el canon bíblico. La recuperación de la práctica de hace siglos de la lectio divina es un medio a través del cual se puede insuflar vida en la rica infraestructura bíblica de la actividad congregacional, de modo que dicha comunidad pueda ser alimentada y la misión congregacional fortalecida. En lo que sigue, exploraré la dinámica de la lectio divina, la sagrada o piadosa lectura meditativa de la Escritura, y sugeriré medios prácticos a través de los cuales los encuentros devocionales con la Biblia pueden enriquecer la vida espiritual y construir comunidad cristiana en la congregación. La lectura ha sido una disciplina espiritual central entre los practicantes de la fe cristiana desde tiempos antiguos. Específicamente, la lectura piadosa de textos escriturísticos, patrísticos y otros, por ejemplo, ha sido un elemento básico de la vida y disciplina monásticas durante siglos, y la lectura devocional de la Escritura ha sido común entre los cristianos, clérigos y laicos, al menos desde la Reforma. Enfocando en la lectura de la Escritura como la fundación de la vida espiritual cristiana, el monje Cartusiano, Guigo II, articuló en el siglo XII lo que vendría a ser conocido como la estructura de cuatro partes de la lectio divina: lectio, meditatio, oratio, contemplatio [lectura, meditación, oración, contemplación], una estructura similar a la propia meditatio, tentatio, oratio de Lutero. En su tratado, La Escala de los Monjes, Guigo resume la naturaleza cuatripartita de la lectura sagrada en esta forma: Un día, cuando estaba ocupado trabajando con mis manos, comencé a pensar sobre nuestro trabajo espiritual, y todas de una vez, las cuatro etapas del ejercicio espiritual vinieron a mi mente: lectura, meditación, oración y contemplación. Estas hacen una escala para los monjes mediante la cual son elevados de la tierra al cielo... La lectura es el estudio cuidadoso de las Escrituras, concentrando todos los poderes de uno en eso. La meditación es la aplicación completa de la mente para buscar con ayuda de la propia razón el conocimiento de la verdad oculta. La oración es el tornarse del corazón devoto a Dios para alejar el mal y obtener lo que es bueno. La contemplación tiene lugar cuando la mente es elevada de algún modo a Dios y mantenida sobre sí misma, de modo que prueba los gozos de la dulzura sempiterna. Lectio Uno de los supuestos confesionales que refuerzan la lectio divina es que la presencia y el poder de Dios son conocidos y experimentados en el contexto de la lectura de la Escritura. La presencia de lo Sagrado esta íntimamente asociado con la experiencia la significación, pues Dios es la fuente última de significación para los seres humanos. O, como escribe el teólogo Católico Romano del siglo XX, Karl Rahner: Dios es ensalzado por nosotros como el significado integral de nuestra existencia, resolviendo todos nuestros dilemas en forma última, siendo el único en el cual las experiencias parciales de significación encuentran su verdadero lugar y su integración. Dios ilumina, combina, organiza, resuelve discordias, es la torre refugio que mora en una bendita, pura unidad... el reducto en el cual podemos refugiarnos de todo lo que no está reconciliado en la vida y el conocimiento... [Dios] es significación pura y simple. Si Dios puede ser caracterizado, en parte, como el contexto superior dentro del cual la significación humana encuentra su expresión más completa, entonces la experiencia o evocación de significado en los contextos de lectura se correlaciona cercanamente con la experiencia religiosa, y la evocación de significado y la experiencia de la presencia de Dios están íntimamente entrelazadas. Y acá uno necesita realizar una distinción entre revelación única y para siempre, el significado teológicamente objetivo de los textos bíblicos, y revelación continua, el significado que las historias bíblicas pueden tener pro me y pro nobis, para mí, para nosotros en nuestro tiempo circunstancias particulares. Es el significado más personal de la Escritura que es crucial para la lectio divina como práctica devocional. El trabajo exegético y el estudio bíblico per se establecen el fundamento necesario para la lectio divina, de modo de protegerse contra interpretaciones indisciplinadas, desinformadas e idiosincrásicas de los pasajes de la Escritura. El estudio de la Biblia, sin embargo, debe seguirse con una lectura meditativa y piadosa si realmente se va a evocar el significado pro me o pro nobis. Por supuesto, el rol del lector en estas dinámicas es indispensable. Traemos la plenitud de quienes somos al acto de leer piadosamente la Biblia: cada pensamiento, memoria, sentimiento, relación, experiencia, nuestras esperanzas y anhelos, consciente e inconscientemente. Esta es nuestra oferta para el encuentro con las Escrituras, y es una expresión de nuestra co-creatividad con el Espíritu Santo en la evocación del significado personal al involucrarnos en la lectio divina. Por eso, el significado en este sentido no puede ser reducido al texto de las Escrituras. Tampoco puede ser reducido este tipo de significado a la subjetividad del lector. Más bien, el lector hace una petición al texto bíblico y de la misma forma, el texto bíblico le hace una petición al lector. El significado personal, informado en forma última por el estudio bíblico, es el resultado de la interacción dinámica entre el lector y el texto. La interacción entre el lector y el texto es el locus de la actividad del Espíritu Santo en el fenómeno de la lectio divina. Y en el espacio elusivo [difícil de encontrar] entre el lector y el texto, el Espíritu Santo no puede ser capturado o puesto en categorías fáciles de manejo conceptual. “El viento [también espíritu] sopla donde quiere: tu oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va” (Jn 3:8a). Existe una cualidad felizmente casual para leer en el contexto de la lectio divina. El significado personal es evocado, pasado en adelante, no elucubrado. Hablando prácticamente, cuando lees la Biblia y una palabra, una imagen, una idea o una frase “salta de la página hacia ti”, cuando te mueve tanto como para ver conexiones entre tu vida y las afirmaciones del texto, el Espíritu Santo bien puede estar hablando y esto, entonces, coloca el fundamento para la meditación. Este tipo de acercamiento a la lectura y meditación sobre los textos sagrados no le era poco familiar a Martín Lutero. Al compartir con su peluquero su estilo de oración, Lutero escribió, Suficientemente a menudo sucede que me pierdo tanto en los ricos pensamientos de una parte o petición [del Padrenuestro, por ejemplo] que dejo a todo[as] lo[as] demás... ir. Y cuando vienen tales ricos y buenos pensamientos, uno debe dejar ir a las otras oraciones y dar lugar a esos pensamientos. Escúchalos en silencio y de ningún modo los suprimas, porque acá el mismo Espíritu Santo nos está predicando, y una sola palabra de su predicación es más valiosa que mil de nuestras oraciones. A menudo aprendí más en una oración de lo que podría haber obtenido de mucha lectura y meditación. Meditatio Una vez que la experiencia de significación es evocada en el lector involucrado en la lectio divina, comienza el proceso de meditación. Nuevamente, para Guigo, “la meditación es el uso intensivo de la mente para buscar con la ayuda de la propia razón el conocimiento de la verdad oculta”. Empleando la analogía de comer para este proceso, Guigo sugiere que la meditación implica llevar comida a la boca para masticarla y desmenuzarla. Esta visión de la meditación recuerda el antiguo tema de la rumiación, literalmente, masticar el bolo alimenticio en latín. La meditación en este sentido es un proceso activamente inquieto e imaginativo en el cual el lector mastica las palabras de los textos sagrados una y otra vez, buscando aún más profunda y minuciosamente el conocimiento y la experiencia de los divino. Y este conocimiento y experiencia es del tipo que está en el centro de la vida espiritual. Donde la lectura, por ejemplo, “trabaja sobre lo exterior”, de acuerdo con Guigo, la meditación trabaja sobre el “meollo”, el tejido fino en el centro del tronco de la planta que es tan crucial para la vida de la planta, o en términos de lectio divina, el aspecto esencial del texto en relación con el lector, el quid, o como sugerí, el significado personal. Y este quid, este significado personal de los textos sagrados, para Guigo, “tiene que ver con la comprensión interior”, esto es, una apropiación interior del lector del significado más pleno y rico de un texto, el sensus plenior. Este sensus plenior; el fruto de la interacción dinámica entre el lector y el texto, consiste en la evocación de percepción consciente expandida de un lector (reminiscencia) así como, potencialmente, la rememoración de un lector de auto-conocimiento anteriormente inconsciente (anamnesis). El conocimiento consciente expandido del cual hablo, implica las operaciones inmediatamente conscientes y pre-conscientes de la mente humana, la percepción de pensamientos y sentimientos, la capacidad mental de involucrarse en los poderes del razonamiento, memoria, imaginación y la capacidad de anticipar (nuevamente, ya sea consciente o pre-conscientemente, traemos la plenitud de nosotros mismos al acto de lectura piadosa). Este conocimiento consciente expandido puede, por ejemplo, implicar hacer conexiones con otros textos bíblicos, himnos, otras historias en la literatura espiritual, etc., así como conexiones con eventos personales de la historia de un lector, todos los cuales pueden elevar la experiencia de sentido o significación personal. En el curso de la meditación, como sugeriré, el hacer conexiones entre los textos y los eventos de la experiencia del lector pueden profundizar al punto de golpetear en el auto-conocimiento y la experiencia inconscientes. Retomando la visión de la meditación sobre textos de Guigo, la mente inquieta involucrada en meditatio entendido en el contexto de la lectio divina hace conexiones entre lo que se lee y rememoraciones de textos previamente leídos. Una palabra o frase puede recordar al lector palabras o frases similares en otros textos sagrados. Una evocación tal puede llevar a otros, y esto crea un tapiz imaginativo de conexiones entre textos sagrados en la memoria y la imaginación del lector. En el contexto de la práctica monástica medieval, este fenómeno es llamado “reminiscencia”. Jean Leclercq [1] , en un tomo importante sobre el monasticismo, escribe sobre la reminiscencia en relación a la lectio divina: Esta forma de unir la lectura, la meditación y la oración... tuvo gran influencia en la psicología religiosa. Ocupa e involucra a la persona completa en quien se enraíza en la Escritura, para producir fruto más tarde. Es esta profunda impregnación con las palabras de la Escritura que explica el fenómeno extremadamente importante de la reminiscencia adonde los ecos verbales excitan tanto la memoria que una mera alusión evocará espontáneamente citas completas y, a su vez, una frase de la Escritura sugerirá muy naturalmente alusiones en algún otro lado de los libros sagrados. Cada palabra es como un gancho, por decir así; toma el agarre de una o varias otras que se encuentran entrelazadas y elaboran el tejido... El proceso de rumiar los textos y al hacerlo, tal vez aún memorizarlos, crea una infraestructura en la parte del lector, estableciendo la posibilidad de hacer ulteriores asociaciones más complejas. Y estas asociaciones no necesitan estar limitadas a los textos sagrados, sino que, como dije, pueden involucrar otros trabajos de literatura tanto como la propia experiencia e historia del lector. Tales asociaciones y el proceso de evocaciones siempre en expansión forman la base para y el contenido de la evocación del sentido personal siempre en crecimiento que es el fruto de la meditación. Hay un sentido en el cual el lector pensante, profundamente involucrado en tal meditación, se vuelve una concordancia viva y respiradora de experiencia e integración bíblica y personal. Y tales asociaciones no necesitan estar lógicamente conectadas mutuamente. Como escribe Leclerqc, el mero hecho de escuchar ciertas palabras, que resultan ser similares en sonido a ciertas otras palabras, establece una suerte de reacción en cadena de asociaciones que juntarán palabras que no tienen más que una conexión fortuita, puramente externa, una con la otra [2] . Este proceso de involucrarse en asociaciones textuales libres es claramente evidente en la historia de la lectura devocional de la Escritura, como está evidenciado en particular en los escritos patrísticos, y en los de los místicos cristianos a través de los siglos. Lejos de ser meras digresiones, tales asociaciones inquietas constituyen el combustible, la energía que maneja el proceso meditativo en la lectio divina. Cuanto más ocurre este proceso, más rica es la meditación. Cuanto más rica es la meditación, más elevada es la experiencia del sentido personal y la presencia sagrada en la interacción dinámica entre el lector y el texto. En el proceso de libre asociación meditativa, la memoria inconsciente y la afectividad pueden emerger igualmente a la experiencia de lectura y meditación en la lectio divina. El lenguaje es una vasta red de interconexiones y significados potenciales, y esta red forma la base lingüística para las evocaciones y asociaciones libres inquietas que son características de la meditación en la lectio divina y cuyo resultado es la reminiscencia . La reminiscencia evocativa no se detiene el conocimiento consciente de sí mismo y del mundo, sin embargo, sino que se extiende a lo largo de la red de asociaciones potenciales al auto-conocimiento inconsciente y la memoria de un lector (anamnesis). En la interacción dinámica entre el lector y el texto, los textos bíblicos existen como redes increíblemente complejas de significados posibles interrelacionados, y como tal, un mundo, una frase, una imagen, o una idea particular encontrada en un texto puede estimular la imaginación y la memoria de un lector al asociar libremente en su mente. En esta asociación libre, como la imaginación del lector opera a lo largo de la compleja red que es la totalidad del lenguaje, pueden emerger en la consciencia focal, memorias inconscientes, pensamientos y sentimientos, o lo que se puede llamar consciencia meditativa en la lectio divina – como un tipo de “desliz freudiano” fundado espiritualmente y provocado por la lectura. A menudo, en la interacción entre el texto y el lector, la dislocación imaginativa resultante del sentido literal, convencional puede quebrar la relación significante/significado comúnmente mantenida y puede establecer de igual manera nuevas significaciones o sentido en respuesta a la memoria inconsciente del lector. El resultado de este nuevo significado es la anamnesis, la rememoración, o más precisamente, el traer al presente elementos antes inconscientes o reprimidos de la propia historia. Esta anamnesis forma la base para el “discurso completo”, o discurso sobre el yo que está integrado con el auto-conocimiento antes inconsciente, un discurso que potencialmente comienza a sanar y liberar a uno de la sujeción a la propia historia de sufrimiento. Y es precisamente esta historia de sufrimiento, emanando de nuestras profundidades personales –profundidades de las cuales de otra formas nos protegeríamos o contra las que nos defenderíamos, que Dios buscaría para dirigirla en vías de perdón, de sanación y de salvación cuando leemos y meditamos sobre las Escrituras. Y mientras la Palabra de Dios pueda actuar como bálsamo para nuestro sufrimiento y para lo que nos mantiene sujetos o esclavos del pecado y la ruptura, entonces los procesos de transformación más profunda o conversión pueden comenzar. Los frutos de la rememoración profunda, cuando la Palabra de Dios se intersecta con los aspectos más íntimos de nuestras vidas y experiencias personales, pueden evocar una experiencia de la presencia de Dios, en su intimidad, que es palpable. En el lenguaje sacramental de la tradición cristiana, la anamnesis es entendida como el proceso mediante el cual la acción pasada de Dios es traída al presente, como Cristo está presente para nosotros en la Eucaristía. Es esta rememoración que es igualmente constitutiva de la naturaleza tal vez sacramental de la lectio divina (sacramental en el sentido de mediadora de la presencia y poder divinos). Como la presencia de Cristo es pro me (para mí) en la Eucaristía, así el poder efectivo de Cristo como Palabra en al Escritura es pro me en el fruto meditativo de la lectio divina. Y es el encuentro sacro que dirige al lector meditativo a la oración. Oratio La oración es entendida de diversos modos como petición, intercesión, confesión, lamentación, alabanza, adoración, oblación, recogimiento, ruego, etc. La oración profunda de la lectio divina comienza con la anamnesis del auto-conocimiento antes inconsciente, y continúa con la compunción (un sentimiento de ser atravesado, pinchado, cortado en el centro, implicando una liberación de afecto en respuesta al creciente conocimiento tanto de las propias fallas como de los anhelos de encuentros más profundos con lo divino). Comprendida en esta forma, la compunción no es diferente a la noción de tentatio de Lutero, el auto-escudriñamiento profundamente moral y espiritual que forma el impulso para la oración en respuesta a la meditación. La oración, en respuesta a tal auto-escudriñamiento, deviene en la expresión de las propias aspiraciones más profundas e intensas. Guigo II articula esta piadosa etapa de la lectio divina de la siguiente forma: Así el alma, viendo que no puede atenerse por sí misma a esa dulzura de conocer y sentir que desea, y que cuanto más “se humilla el corazón”, tanto más “Dios es exaltado”, se humilla a sí misma y acude a la oración, diciendo... Señor, durante largo tiempo he meditado en mi corazón, buscando ver tu rostro. Es la visión de Ti, Señor, la que yo he visto; y durante todo el tiempo en mis meditaciones el fuego del deseo, el deseo de conocerte más plenamente, se ha incrementado. Cuando partes para mí el pan de la Escritura, Tu te mostraste a Ti mismo a mí en ese partir el pan, y cuanto más te veo, tanto más deseo verte, no más desde fuera, en el envoltorio de la carta, sino desde dentro, en el significado oculto de la carta. Es claro que la actividad meditativa de Guigo ha resultado en una experiencia profundizada y personal en relación a la revelación de Dios en el partir el pan de la Escritura, y esto, nuevamente, es sugestivo de la anamnesis, del discurso completo. Tal rememoración sirve como fundamento para el impulso de la oración y está también íntimamente asociada con la afectividad, las pasiones y los deseos evidentes en la descripción de Guigo. El es consciente de un vacío espiritual, la ausencia de una experiencia más plena de la presencia divina, y esto le da auge a su deseo de un conocimiento mayor y más íntimo de esa presencia, dos lados de la misma moneda de compunción. Este proceso de oración culmina en la expresión de las aspiraciones más profundas del corazón. O, como sugiere Guigo, el incremento del fuego del deseo. ... Por eso dame, Señor, algún anticipo de lo que espero heredar, al menos una gota de lluvia celestial con la cual refrescar mi sed, pues estoy en un fuego con amor. La oración en el contexto de la lectio divina emerge claramente desde profundos niveles de la experiencia y la rememoración. Dicha oración no es materia de una intercesión apresurada, demasiado a menudo el contenido de la vida de oración personal y comunitaria. La oración que emerge del encuentro significativo entre lectores y textos, reúne a los lectores con sí mismos, con Dios, mutuamente, en la profundización de lazos de participación y unión. Y esto establece la etapa para el don del Espíritu Santo de la contemplación. Contemplatio La expresión de las aspiraciones más profundas de un lector en la oración puede resultar en una experiencia contemplativa de aparente unión con la presencia divina y un fortalecimiento del sentido de conectividad con todas las personas y con la creación completa. En contraste con la meditación, la contemplación en el contexto de la lectio divina está caracterizada por descansar con y permanecer en la presencia amorosa y unificadora de Dios. Y es un don del Espíritu Santo. A menudo pensada como una experiencia que está más allá de las palabras, categorías e imágenes conceptuales, la contemplación es a menudo descripta en formas sorprendentemente gráficas, empleando lenguaje visceral encarnada, tal como la imaginería de enfermería y sexual comunes en los escritos místicos. El advenimiento de la experiencia contemplativa puede estar asociada también con actividad real encarnada, tal como la catarsis. Tales elementos de la contemplación son sugeridos nuevamente por Guigo en sus reflexiones sobre este cuarto elemento de la lectio divina: Pero, Señor ... ¿cuál será la señal de tu venida? ¿Puede ser que los heraldos y testigos de esta consolidación y alegría [de la contemplación] sean suspiros y lágrimas?... Cuando lloras así, oh alma mía, reconoce a tu esposo, abraza a El a quien deseas, emborráchate con este torrente de delicia, y lame la miel y leche de la consolación desde el pecho. La maravillosa recompensa y confort que tu esposo te ha traído y otorgado son sollozos y lágrimas. Estas lágrimas son el trago generoso que te da a beber. Que estas lágrimas sean tu pan día y noche, el pan que fortalece el corazón ..., más dulce que la miel y el panal de miel. Oh Señor Jesús, si estas lágrimas, provocadas por pensar en Ti y desearte, son tan dulces, ¿cuán dulce será la alegría que tendremos al verte cara a cara? El don de la contemplación, un resultado posible y agraciado de dar piadosa expresión a los anhelos propios más profundos (de paz, de justicia, de plenitud del reino de Dios, de unión con lo divino y con toda la gente en toda la creación) en el contexto de la lectura y meditación sobre la Palabra de Dios, es finalmente, en el sentido más pleno, la forma en la cual podemos confesar que Dios está presente y activo en esa Palabra. Por eso, la lectio divina, como un acercamiento a la meditación sobre y la oración con las Escrituras, es claramente una forma práctica de profundizar grandemente el encuentro de uno con la Biblia como la Palabra de Dios para nuestra transformación y salvación. Y en tanto la Biblia constituye, como he sugerido, la infraestructura de la vida congregacional, la lectio divina como práctica tomada individualmente y en común, es también una forma significativa de enriquecer la vitalidad espiritual de la comunidad cristiana. De la Teoría a la Práctica en las Congregaciones Las exploraciones precedentes de las dinámicas de la lectio divina, que espero hayan servido para profundizar la comprensión de la experiencia de la lectura y meditación piadosas sobre la Biblia, pueden ser aplicadas como principios tanto a experiencias de oración individuales como grupales, y pueden tener el efecto de vivificar el encuentro con los textos escriturísticos y el encuentro con otros en comunidad. Esta ha sido mi experiencia cuando presenté estas reflexiones a pastores, ciudadanos mayores [ancianos], estudiantes universitarios y otros grupos de laicos en el contexto de liderar gente en la práctica de la lectio divina. Brevemente, encontré que a causa de la naturaleza significativamente personal del material evocado en los lectores, los procesos grupales que implican la práctica de la lectio divina pueden tornarse rápidamente íntimos y, con un liderazgo del grupo inteligente y empático, se puede desarrollar fácilmente un sentido de comunidad. Una clara aplicación de relevancia a ciertos contextos culturales actuales para el ministerio es que la lectura comunitaria de la Biblia, realizada de acuerdo a las estructuras de la lectio divina, puede ser una forma directa y efectiva de desarrollar pequeños ministerios grupales dentro de las congregaciones. Y los efectos de la lectio divina, lejos de implicar mera indulgencia en la subjetividad personal, tiene significativas implicaciones espiritualmente formativas. El sentido de lo sagrado que emerge en el contexto de tal compromiso piadoso con la Escritura y en respetuosa conversación entre los participantes del grupo puede ser palpable y profundo. Cuando los participantes se ofrecen a sí mismos en el proceso de lectura sagrada, sus aspiraciones más profundas para con Dios en la presencia de una comunidad reunida, las afirmaciones curativas, de perdón, desafiantes, dadoras de esperanza y salvadoras de la Palabra de Dios no sólo son oídas, sino también encarnadas. Lo que sigue es un bosquejo para el proceso grupal de lectio divina que yo he usado con un efecto bueno y formativo: Lectio y meditatio: el grupo se reúne; puede haber una breve conversación acerca de cómo han estado los participantes desde la reunión anterior; se elige un texto bíblico; un participante lee el texto en voz alta, intencionadamente, lentamente; los participantes escuchan o siguen la lectura en sus propias Biblias; sigue un período de silencio, de al menos cinco minutos, durante el cual los participantes son animados a meditar sobre esas imágenes, palabras, frases, ideas, etc., que fueron evocadas; luego del silencio, el líder del grupo facilita la conversación sobre esas evocaciones, permitiendo una gran dosis de libertad de conversación piadosa e imaginativa, pero siempre volviendo a las posibles afirmaciones de la Palabra sobre las personas y sobre el grupo como comunidad. Oratio: se lee el texto en voz alta por segunda vez; sigue otro período significativo de silencio durante el cual los participantes son animados a orar en respuesta a lo que ha sido leído y sobre lo que se ha meditado en forma conversada; la oración silenciosa puede estar seguida de oraciones habladas el uno por el otro. Dicha intercesión es una respuesta a y una expresión de profundos anhelos y aspiraciones evocadas en reflexiones meditativas, silenciosamente y en conversación. Contemplatio: se lee el texto en voz alta por tercera vez; sigue aún otro período significativo de silencio durante el cual los participantes son animados simplemente a descansar contemplativamente en la presencia de Dios, mediados a través de las Escrituras sagradas y encarnados en el grupo como una expresión del cuerpo de Cristo; la lectio divina finaliza con la Oración del Señor (Padrenuestro); Kyrie eleison o alguna otra oración breve. Como conclusión de este proceso de lectura sagrada (que debe durar de cualquier forma de una a dos horas a fin de facilitar un sentido de apertura y ocio sagrado), el espíritu en la habitación y las dinámicas grupales son a menudo significativas, palpablemente más relajadas, así como más humildes, amables y compasivas. Y en el silencio contemplativo que es fruto del cambio, el sentido de conexión mutua es profundizado, e igualmente, el sentido de comunidad es ampliado. Los principios y hasta cierto punto los métodos de la lectio divina ofrecidos de acuerdo a estas consideraciones teoréticas y prácticas puede ser aplicados también en una variedad de situaciones en el ministerio congregacional. He usado el método recién descripto en una dirección espiritual individual. También he animado a los participantes a aplicar en las celebraciones litúrgicas los principios de la lectura sagrada a su audición de las Escrituras leídas durante los servicios de adoración. Dicha aplicación tiene el potencial de profundizar significativamente la experiencia de la liturgia, al ofrecerse los mismos oyentes activamente, sus pensamientos, memorias, sentimientos, experiencias, al comprometerse con los textos bíblicos y sus respuestas –y de esta forma la liturgia se vuelve más plenamente el “trabajo de la gente”. En algunos contextos (tales como celebraciones durante la semana de la Palabra y el Sacramento), empleé la lectio divina grupal de acuerdo al bosquejo y método anterior en lugar de sermones tradicionales. Tal acercamiento, como he sugerido, puede ser aplicado claramente a la lectura devocional individual de la Biblia. Sería interesante igualmente involucrarse en la lectio divina antes del consejo congregacional y otras reuniones de comité. Los efectos de fijar la atención en un sentido más profundo de la misión de la Iglesia a través de tal lectura piadosa pueden ser profundos (y como muy mínimo, tal vez el espíritu de las reuniones administrativas podría ser más amable y compasivo en términos de las interacciones grupales así como más abierto a incitaciones del Espíritu Santo). Brevemente, los principios de la lectio divina pueden ser aplicados potencialmente a la infraestructura entera de la vida congregacional orientada bíblicamente, de modo que el poder multifacético de la Palabra de Dios de variadamente perdonar, curar, construir comunidad, promover el crecimiento espiritual y dar dirección a la misión congregacional pueda ser librado. De hecho, es Dios quien da el crecimiento. Pero la lectio divina como principio guía para la vida congregacional es ciertamente una forma significativa de honrar y celebrar el don y el poder del Espíritu Santo presente en la Palabra sagrada para transformar vidas y construir el Cuerpo de Cristo. Y honra, y es igualmente consistente con las tradiciones devocionales luteranas que toman seriamente el poder salvífico de la Palabra de Dios.
[1] Jean Leclercq: “The love of learning and the desire for God” A noted medievalist studies the monastic culture of the Middle Ages. Fordham University Press. 1961. pág. 79 Existe traducción al castellano. [2] Idem. Pág. 79 |