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LA LITURGIA ENTRE LOS LUTERANOS Declaración sobre la Liturgia. Northfield, 1983 Informe de Tantur sobre Liturgia, 1981. Eugene L. Brand, Editor. Departamento de Estudios de la Federación Luterana Mundial. Ginebra 1983. INTRODUCCIÓN. Los dos documentos comprendidos en esta publicación del Departamento de Estudios de la Federación Luterana Mundial, son de naturaleza diferente. El primero es la declaración de una consulta internacional sobre liturgia y ministerio, cuyos participantes fueron designados por sus propias iglesias. El segundo es el informe de un seminario en el cual participaron profesores y pastores de Africa y de Asia. “La Declaración de Northfield sobre Liturgia” es la conclusión de una serie de conferencias que comenzaron poco después de la Sexta Asamblea de la Federación Luterana Mundial. En 1978 un pequeño grupo se reunió con el objetivo de analizar los resultados de un cuestionario que se había recibido de las iglesias miembros, y para discutir cómo la Comisión y el Departamento de Estudios podían responder mejor al mandato de la asamblea y conceder una renovada atención a la liturgia. Algunos meses después un grupo internacional se reunió en Cret-Berard, Suiza. Sobre la base de un documento bosquejado en el encuentro previo, este grupo, mucha más representativo, preparó la declaración titulada: “La Identidad de la Iglesia y la Naturaleza y Función de la Liturgia”. Esta declaración, junto con las ponencias presentadas durante esa consulta, fueron publicadas en 1979 como: “Temario Luterano para el Culto” (A Lutheran Agenda for Worship). Este material fue ofrecido a las iglesias como un catalizador que sirviera de base a los estudios locales. Posteriormente este pequeño libro apareció en otros cinco idiomas y se lo utilizó como material de base para varios seminarios de estudios regionales. En 1983, en el colegio St. Olaf, Northfield, Minnesota, una segunda consulta internacional revisó las respuestas a la declaración de Cret-Berard y, sobre la base del estudio y la experiencia vivida en el período transcurrido, preparó la presente declaración de Northfield. Así como ocurrió en 1979, el encuentro de St. Olaf incluyó participantes como consultantes procedentes de otras iglesias hermanas en la oikumene. Esta declaración viene a cumplir una esperanza expresada en la introducción al “Temario Luterano para el Culto”: “Si la Iglesia en cada lugar lucha con los problemas que se expresan en la Declaración, dando el debido peso tanto a su propio ambiente cultural como a su propia historia singular, entonces las iglesias quizá descubrirán que pueden afirmar todas juntas algunas cosas. Edificando sobre la variedad de la experiencia local, los estudios de la F.L.M. podrán proceder en forma inductiva” (pág. 6) De la misma manera que su predecesora, la Declaración de Northfield sobre Liturgia se la ofrece a las iglesias como una fuente y como un estímulo para los estudios y las discusiones locales. Es asimismo un informe sobre los progresos realizados en la tarea de la liturgia durante el período comprendido entre la Sexta y la Séptima Asamblea de la Federación Luterana Mundial. “El Informe de Tantur sobre Liturgia” fue elaborado por un grupo de estudio que participó de un seminario sobre: “El significado de la Herencia Judía en la Tarea de la Contextualización”, llevada a cabo en 1981 en el Instituto Ecuménico para los Estudios Teológicos Avanzados (Ecumenical Institute for Advanced Theological Studies), Tantur, Israel. Los participantes fueron profesores de seminarios y pastores procedentes de iglesias del Africa y de Asia. Incluyó consultantes tanto judíos como cristianos. Este seminario fue auspiciado conjuntamente por los secretarios de la F.L.M. para la Iglesia y el Pueblo Judío y el de la Liturgia. El objetivo del seminario fue el estudio de la tradición judía en la cual la liturgia cristiana tiene sus raíces y, especialmente descubrir qué tipo de ayuda puede brindar tal clase de estudios a la actual tarea de la contextualización. No era el propósito de ese encuentro el producir una declaración conjunta judeo-cristiana sobre la liturgia. La tarea de nuestro Departamento en relación con la liturgia ha sido bien recibida por las iglesias. Obviamente esta tarea se dirige a un interés y una actividad central. Reconocemos que este es solamente un comienzo en aquello que nuestra época nos pide como un servicio permanente. Noviembre de 1983 Yoshiro Ishida Director. DECLARACION DE NORTHFIELD SOBRE LITURGIA, 1983 EL CENTRO DE LA LITURGIA COMUNITARIA. A través del Evangelio de Jesucristo, proclamado con el poder del Espíritu Santo, Dios llama a todos los pueblos a la vida y a la salvación, transformádolos en una comunidad por medio del Bautismo. En la asamblea de este pueblo de bautizados –su predicación y sacramentos, sus oraciones y cánticos- los cristianos han escuchado y gustado de los actos misericordiosos de Dios en la creación, del sustento y la salvación, y de la conquista de los poderes del caos y de la muerte. Ellos han encontrado a este Dios misericordioso y todos los grandes hechos de Dios al hallar al Señor Jesucristo crucificado, en el cual todos están escondidos, y habiendo llegado a la fe que El es su vida. Los cristianos han aprendido que el proclamar, adorar y rogar a este amoroso y trino Dios en el espíritu de la acción de gracias es el objetivo de la liturgia. El Señor Jesucristo, crucificado y resucitado, el que da la vida está presente en la asamblea de los creyentes a través de la proclamación de la Palabra. Cristo está presente en la purificación del Bautismo. Cristo está presente en la comida que proclama su muerte hasta que Él vuelva (1º Corintios 11: 26). Cristo está presente en la comida a través de los creyentes quienes están también presentes físicamente unos para con los otros, en sus cánticos y oraciones (Mateo 18:20, Colosenses 3:16). El núcleo y centro de esta celebración comunitaria, por lo tanto, es el siguiente: el reunirse alrededor de Jesucristo, quien está presente en la comunidad a través de su Espíritu –fuente de poder en los medios de gracia (Confesión de Augsburgo 7), una reunión en Jesucristo para alabar y agradecer a Dios. Pero la asamblea litúrgica dominical no está aislada del resto de la vida cristiana. Junto con las reuniones familiares y grupales estructuradas con salmos y lecturas, himno y oraciones –la plegaria diaria de la Iglesia- constituye el más amplio rito de la acción de gracias. La liturgia comunitaria depende y a la vez hace posible la oración privada. Está íntimamente conectada a los actos de misericordia, justicia y amor, y de la misma forma celebra y proclama la vida de aquellos que han testimoniado la Verdad. También se relaciona al consuelo mutuo y el confortamiento de los santos y al ministerio de la Iglesia en aquellas transiciones y ocasiones que estructuran la vida de los pueblos, un ministerio que actualmente experimenta renovación. La verdadera identidad de la Iglesia esta constituida y revelada por esta asamblea en Jesucristo: la Iglesia “es la asamblea de todos los creyentes entre los cuales se predica genuinamente el evangelio y se administran los sacramentos de acuerdo con el Evangelio (Confesión de Augsburgo 7). Predicar genuinamente y administrar de acuerdo con el Evangelio no es otra cosa que predicar y administrar de acuerdo con el Espíritu y la presencia de Cristo para que el pueblo pueda vivir. La asamblea dominical en sí misma, y toda la liturgia cristiana está marcada por la “anamnesis”, el recuerdo de los hechos de Dios, y la “epiclesis”, la plegaria por el Espíritu de Dios. Estos están estrechamente relacionados. Anamnesis tiene el sentido de representar delante de dios un acontecimiento del pasado de tal forma que éste llega a ser operativo aquí y ahora. Comprende la llegada del futuro en el presente, concediéndole a la asamblea un pregunto del prometido gran banquete (Apocalipsis 19: 7-9). En verdad en la anamnesis y en la epiclesis –la apertura al Espíritu y a la presencia de Dios en todas las acciones de Dios que conceden la vida- el tiempo es transfigurado: pasado, presente y futuro se encuentra de una vez. Queda claro que Jesucristo es el ministro y el celebrante que reúne a la asamblea en sí misma delante de Dios, porque si bien la anmnesis y la epiclesis son partes propias de la Gran Acción de Gracias, a la vez ellas son características de la totalidad de la celebración. El Bautismo incorpora al pueblo a la asamblea de alabanza al llevarlos a todos hacia Cristo, al sepultarlos junto con él para que también ellos puedan vivir con él. El Bautismo proclama a Cristo en signo y en palabra. Es un regalo concedido a la totalidad de la comunidad, celebrado en su presencia y frecuentemente rememorado. Actualmente, la vida cristiana no es otra cosa que un retorno diario al Bautismo y sus dones, el Bautismo de Cristo es la fuente de la cual fluye la totalidad de la celebración litúrgica cristiana. La palabra de Dios –leída, predicada y cantada- está llena de la presencia de Cristo, mostrando sus heridas a su pueblo para que ellos puedan creer y vivir (Juan 20:19-31). El predicador y los lectores llevan sobre sí la responsabilidad de hacer realidad que toda la Escritura junto con todos sus tesoros “comenzando con Moisés y todos los profetas” (Lucas 24-27), se abran para hablar de Jesucristo, de su cruz y de su resurrección, de la ley que nos conduce hacia él, y de la vida que es nuestra por medio de él. La Eucaristía es el alimento en el cual Cristo se entrega a sí mismo para el sustento de la vida en la asamblea. Está claramente indicado por la acción de gracias y la alabanza, por la anamnesis y la epiclesis. Las iglesias luteranas están recuperando su centralidad y su importancia, y su lugar esencial en la asamblea dominical. Ellas están viendo nuevamente su vital relación dentro del renovado ciclo de oración diaria y con las celebraciones ocasionales. Esta recuperación de la celebración frecuente de la Santa Cena y de la plena acción de gracias eucarística es un movimiento de fidelidad para con la Confesión de Augsburgo, una nueva piedad bíblica y comunitaria, y una obediencia al mandato de que debemos dar gracias. El contexto de toda esta acción litúrgica –es decir, de esta acción de gracias- es la comunidad humana. El don de Dios en el Espíritu es transformar a los creyentes para que sena uno en Cristo. Pero si de hecho no hay una comunión humana, el compartir la Palabra y el pan permanecen como realidades formales y algunas veces inquietantes (1º Corintios 11: 17-34). La koinonía de la asamblea congregada es servida por una participación plena del pueblo, de una rica variedad de ministerios ejercidos por diferentes personas, y el liderazgo de un ministro que preside en amor y concentra la atención de todos sobre el núcleo de la asamblea. LA CELEBRACION DEL REINO DE DIOS EN UN MUNDO CONFLICTIVO. El pueblo bautizado de Dios se reúne para la celebración en un mundo dividido, un mundo plagado por el hambre, por el vicio, la desesperación y la alienación; dividido por las ideologías políticas, económicas y raciales; herida por el Holocausto y otros genocidios; oprimida por la tiranía; lastimada por la tortura y la guerra; ensombrecida por la amenazante nube de una catástrofe nuclear. En ese mundo los cristianos se reúnen para celebrar la afirmación de la maravillosa y positiva creación de Dios, y para el reconocimiento de que Dios es el creador y el soberano. Por intermedio del ministerio, muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo encarnado, Dios restaura la esperanza, la dignidad y el propósito de la comunidad humana en su totalidad, y en realidad de la creación misma. Constituida en el Bautismo, la comunidad cristiana se encuentra a sí misma en el medio del mundo, existiendo por amor a toda la creación. En la liturgia, la voluntad de Dios con relación a la humanidad es proclamada, celebrada y esto se hace evidente dentro del existente contexto social, político, económico y cultural de nuestro tiempo. La liturgia es formada e informada por el encuentro de la Iglesia con su contexto. Este encuentro da como resultado una tensión profética en la cual cada comunidad de alabanza, en su propio y particular contexto, está llamada a afirmar la creación de Dios, mientras que al mismo tiempo denuncia sus dimensiones demoníacas. En la medida que ella es ejemplo de la unidad cristiana, la comunidad litúrgica es un desafío a las desviaciones que caracterizan a la vida en el mundo. En la medida que es ejemplo de solidaridad global de la iglesia, la comunidad se une a todos aquellos que claman por la justicia de Dios y a todos aquellos que someten la esperanza humana y sus aspiraciones a Cristo. El encuentro de la iglesia con su medio ambiente también produce una tensión en la oración de intercesión y el lamento por el mundo caído y la acción de gracias por la creación de Dios. Como pueblo mismo que está comprendido en esta tensión, los cristianos, en su debilidad confían en el Espíritu Santo quien “intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Romanos 8: 26). Y aún así la iglesia está llamada a unirse al propio ministerio de oración de Cristo (Hebreos 4: 14-16), 7: 23-29), el cual otorga voz al arrepentimiento en nombre del mundo cuando aún éste no se arrepiente, a agradecer en el nombre del mundo aún cuando éste se niega a agradecer, a interceder por toda la creación cuando el mundo no puede o no quiere orar, a lamentarse cuando el mundo escoge la muerte antes que la vida, y a alegrarse aún cuando el mundo no conoce la alegría de la actividad salvadora de Dios. En su adoración la asamblea participa proféticamente en la promesa futura de Dios, en esto brinda un testimonio profético de la voluntad de Dios para con el mundo. Algunos ejemplos de ello lo encontramos en el brindar lo necesario al pueblo en su ministerio diario como una forma de realización del bautismo en la obediencia cotidiana; en la realización de una forma anticipada de la destrucción de las divisiones, la opresión, la desigualdad y la discriminación en la sociedad; en el proclamar el reino de Dios como desafío a los poderes seculares que piden para sí una completa sumisión; en el celebrar y proclamar la esperanza escatológica de tal forma que coloca toda esperanza humana y toda ideología como lo penúltimo. La liturgia cristiana, en contradicción al testimonio del mundo, celebra y realza el testimonio del futuro de Dios: paz en lugar de guerra, hospitalidad en lugar de hostilidad, esperanza y no desesperanza, amor en lugar del odio, justicia en vez de opresión, vida y no-muerte. El celebrar el reino de Dios en un mundo conflictivo es también admitir que los cristianos contribuyen a esta división, y lo hacen al participar de la maldad del mundo. Si la liturgia de la asamblea ha de ser un espejo del futuro de Dios en el cual los cristianos examinan sus vidas, tanto individual como comunitaria, ésta debe ser un claro testimonio del Evangelio. Los elementos del lenguaje, arte, símbolos, espacio, gestos y la inclusiva participación del pueblo, deben ser repetidamente reconsiderados, probados para conocer si defienden o confunden el testimonio del Evangelio. Los esfuerzos de renovación de la liturgia en un mundo dividido deben ser comprendidos teniendo en cuenta el trasfondo del centro de la celebración comunitaria (ver 1-9 precedentes), pero también estos esfuerzos deben ser entendidos a través de su adecuación en la comprensión de la vida humana en su totalidad y en la variedad total de la creación de Dios. Un espíritu de hospitalidad que se arriesga en el escoger a todos y en el desconocer las barreras de raza, el color, la edad o el nivel social, en el respeto por la belleza y el uso honesto de los materiales en la edificación y en el amoblamiento, en el interés en la calidad y la cantidad de los elementos sacramentales, que funcionan a la vez como signos de nosotros mismos y de nuestro mundo, y como portadores de la gracia de Dios –estos son algunos de los caminos por los cuales la liturgia revela la nueva y radical visión tanto del mundo como de la vida humana. Cuando la liturgia alienta al pueblo en la fe, les concede una nueva esperanza para sus vidas y los mueve a actuar en amor para con los demás, los está capacitando y fortaleciendo para vivir su fe bautismal como instrumento de la misión de Dios en el mundo. Tal testimonio es costoso, requiere el sacrificio de uno mismo en el servicio, en la acción social y en la defensa de los derechos de los demás. En el poder del Espíritu Santo, la liturgia es a la vez la asamblea del pueblo bautizado de Dios convocado en la unidad alrededor de la Palabra y de los sacramentos, y enviado por Dios a un mundo conflictuado para testimoniar el amor de Dios, su redención y su reino. LA LITURGIA CRISTIANA EN SU CONTEXTO CULTURAL. Cada iglesia local es una instancia concreta del cuerpo de Cristo, es una encarnación de la presencia de Cristo y su misión. Por un lado, cada iglesia comparte la catolicidad y la universalidad de la Iglesia. Por el otro lado, cada iglesia existe y debe vivir en un medio cultural, económico y político específico. Esta tensión es reflejada en la liturgia. Para ser autentica, la liturgia de la Iglesia debe comprender el núcleo de la proclamación y compartir el alimento que procede de Jesús y de la Iglesia del Nuevo Testamento, el cual ha sido el centro de virtualmente todas las tradiciones litúrgicas. La continua observancia de este núcleo es la recordación de que cada congregación celebra junto con todos los santos de Dios, en el pasado y en el presente. La autenticidad por lo tanto, preserva a la comunidad en la catolicidad y la capacita para la universalidad. La liturgia cristiana debe poder ser reconocida como tal por cualquier cristiano en cualquier parte. Para ser relevante, la liturgia de la Iglesia debe sentirse como en su hogar en su contexto particular. Los cristianos no tienen acceso a otros medios de expresión –idioma, gestos, música, arquitectura, arte- que aquellos de los que se dispone en sus propias culturas. El uso exclusivo de expresiones culturales llegadas de otras regiones se las puede justificar solamente como una solución provisoria o cuando los elementos culturales sean juzgados totalmente incompatibles con el testimonio del Evangelio. Una nueva misión inevitablemente puede llegar a ser una instancia de estas medidas de lo provisorio, excepto, y así es de esperar, en el idioma. En la medida que la comunidad de los creyentes crece y se difunde, el período de provisionalidad debe ser superado. La relación entre autenticidad y relevancia se suscita claramente cada vez que el Evangelio produce una nueva comunidad de fe y al mismo tiempo es también este un tema permanente para la iglesia en todas partes. El constante flujo de la cultura promueve periódicas evaluaciones de las formas litúrgicas y musicales. Las formas que una vez fueron relevantes pueden perder su significación. En los últimos años el problema se ha hecho mucho más complejo a causa de la yuxtaposición de culturas como resultado de las comunicaciones electrónicas y los rápidos desplazamientos. Museos, libros y grabaciones han hecho contemporánea a la totalidad del espectrum del desarrollo cultural. Estos pueblos tienen hoy un inmediato acceso a las formas, tanto de otras culturas como a las etapas previas de su propia cultura. Así como es importante el tema de la relevancia, las iglesias deben recordar que la meta final del testimonio del Evangelio es la transformación de la cultura. En sus esfuerzos por la contextualización se debe evitar llegar a ser cautivos de la cultura. Cada congregación lleva en sí el poder creativo y formativo del Espíritu Santo que posibilita la transformación dinámica del espacio, del tiempo y de la cultura. Allí donde el equilibrio con la cultura es apropiadamente asumido, la litúrgica cristiana puede reaccionar contra desviaciones o simples formas incompetentes de expresión en el contexto cultural. El carácter universal no es expresado correctamente a través de una cultura litúrgica artificial o de un lenguaje que pretende ser el mismo en todas partes. La insistencia de los Reformadores sobre la liturgia celebrada en el idioma del pueblo es un testimonio de esa realidad. La universalidad de la Iglesia requiere más bien que ella se sienta “en su hogar” en todo lugar y en todas las culturas. Por el amor al efectivo testimonio, la tarea de la contextualización es inevitable. Un estudio de los muchos cambios culturales en la historia de las tradiciones litúrgicas podría alentar a los cristianos de hoy a realizar sus propias contribuciones. Tales cambios deberían, sin embargo, no ser simplemente impuestos por los líderes. En la medida de lo posible tales cambios tendrían que nacer de la misma comunidad y ser llevados adelante con la más amplia cooperación y preparación posible. Junto con otras, las Iglesias Luteranas en muchas partes del mundo están llegando en forma creciente a estar involucradas en la tarea de contextualización. Nuevos y revisados himnarios y libros litúrgicos aparecen en todas partes. En Africa y en el Pacífico una nueva himnología nativa se está desarrollando. En algunas partes del Asia el trabajo emprendido tiende a una forma de lenguaje más accesible y apropiado de la liturgia. Se están realizando también experimentos con la música local tradicional. En América Latina, el creciente uso de música litúrgica nativa está estimulando la renovación litúrgica. En América del Norte, un lenguaje litúrgico arcaico ha sido renovado con especial atención de hacerlo inclusivo. A través de toda Europa una nueva himnología está haciendo su camino. Estos ejemplos indican que la contextualización no es meramente una idea, es una tarea real en la cual las energías de muchas personas se encuentran comprometidas. LOS MINISTERIOS EN LA COMUNIDAD LITURGICA. El Bautismo constituye al pueblo de Dios y su ministerio (párrafo 1). Dotados con el poder del mismo Espíritu que recibió Jesús en su bautismo, el pueblo bautizado de Dios está llamado a continuar el ministerio de Jesús en cada generación. El ministerio es ejercido tanto cuando se dispersa hacia su vocación, en el contexto familiar y cívico (párrafo 16), y cuando se reúne para la liturgia. Todo ministerio cristiano es la expresion individual de aquel único ministerio de Jesucristo a través del cual Dios ha llamado a la totalidad de la Iglesia. Aquí el interés está centrado en el ministerio en su relación con la liturgia comunitaria. (La cuestión total de los ministerios está mucho más desarrollado en otra declaración de la F.L.M.: “The Lutheran Understanding of Ministry”, LWF Studies, 1983). El ministerio cristiano de uno se cumple en los variados e interrrelacionados contextos de la vida (párrafo24). Es allí donde éste testimonio y amoroso servicio tiene lugar. La reunión de una congregación para la liturgia es, por lo tanto, una asamblea de ministros cristianos que traen los intereses de sus ministerios con ellos. En la intercesión estos intereses son reunidos y presentados delante de Dios, uniendo en ello la oración y el servicio. La presentación de dinero es un símbolo de la entrega de si misma en el ministerio y es utilizado, al menos en parte, para servir a aquellos que están en necesidad. Pero la liturgia no es solamente la ocasión para dar una expresión ritual al ministerio de la asamblea, es también una ocasión para otorgar directivas y un nuevo coraje y celo a aquellos que sirven. La liturgia expresa tanto el ministerio de la comunidad como también alimenta a ese mismo ministerio. La liturgia comunitaria debiera incluir a diferentes personas en el liderazgo de los ministerios litúrgicos, tales como la lectura de las lecciones, el conducir las oraciones, asistir en la distribución del pan y del vino, recibir las ofrendas, el canto coral y la planificación de los servicios. La variedad de los ministerios litúrgicos expresa la variedad de los dones en la comunidad, y simboliza el carácter participativo de la Iglesia congregada. Algunos de estos ministerios, por ejemplo, organista, director de coro, artesanos litúrgicos, pueden ser compromisos vocacionales. Los ministerios del liderazgo litúrgico pueden ser conferidos en un servicio de dedicación de aquellos cuyo entrenamiento y habilidad les hace aptos para esta obra particular. Dentro de la variedad de ministerios está ubicado el ministerio ordenado de la Palabra y el Sacramento, un ministerio de servicio a la comunidad total, concedido a la Iglesia por Cristo mismo. En virtud de su llamado a servir, el ministerio ordenado conlleva una especial responsabilidad en la celebración comunitaria y preside en los servicios (Confesión de Augsburgo 14). Este ministerio de presidir focaliza y coordina el liderazgo de varios ministerios (párrafo 26), y comúnmente incluye la declaración del perdón de Dios y la bendición, la predicación y la enseñanza de la Palabra, y le concede su voz a la Gran Plegaria de Acción de Gracias en la Eucaristía. A causa de que han sido ordenados para el servicio de la Iglesia toda, los ministros de la Palabra y el Sacramento constituyen un núcleo de unidad para la comunidad local. Su mandato le asegura a la comunidad que su liturgia eucarística está apostólicamente enraizada y ecuménicamente relacionada. Cada comunidad cristiana tiene derecho de celebrar la Eucaristía y, por ello, tiene derecho a un ministro ordenado (“The Lutheran Understanding of Ministry”, 19). De la misma forma que el Bautismo, la Ordenación se la celebra en nombre de la Iglesia toda. Por lo tanto es especialmente importante que tanto litúrgicamente como en lo relacionado a la disciplina de la Iglesia, la práctica de la ordenación debe reflejar el consenso ecuménico general prevaleciente. La ordenación inaugura el ministerio de la Palabra y del Sacramento a través de la oración pidiendo los prometidos dones del Espíritu Santo y la imposición de las manos. Este es un servicio en el cual el ordenado promete fidelidad, y se compromete la ayuda del pueblo de Dios. Las oraciones y las promesas constituyen un sólido soporte para el ministro ordenado y pueden ser una fuente de fortaleza y consuelo en tiempos de ansiedad o de dudas personales. El ministerio de la ordenación está reservado al obispo y otros ministros a quienes se les ha confiado el ministerio de supervisión (episcopé). Las implicaciones litúrgicas del ministerio del episcopé forman parte de la discusión ecuménica sobre ministerio, y este aspecto de la discusión está urgiendo a muchas iglesias luteranas a considerar éste tema por primera vez. En un sentido las funciones litúrgicas de proclamar y presidir pertenecen al obispo de la misma forma en que éstas pertenecen a cualquier ministro de la Palabra y Sacramento (Párrafo 27). Pero esto sin embargo, está condicionado por el amplio campo de acción del ministerio y las responsabilidades episcopales como pastor de la comunión de las congregaciones (“The Lutheran Undestanding of Ministry” 28). Esto está mucho más condicionado por la forma preeminente en la cual el obispo ejerce un ministerio de unidad. A menos que el ministerio de la Palabra y Sacramentos sea directamente ejercido en ésta más amplia comunidad, el ministerio del obispo estará severamente limitado. El efectivo ejercicio de todo liderazgo en el ministerio litúrgico requiere un entrenamiento inicial y una educación permanente. Estos se pueden realizar mejor a través de una comprensión del desarrollo histórico de la liturgia cristiana y de la rica y variada tradición que de dicho desarrollo se ha heredado. Uno no puede servir libre y naturalmente en tales ministerios sin haber desarrollado un claro concepto de aquello que la liturgia es y de cuál es el propósito de este particular ministerio. Las escuelas de teología y los centros de educación continuada debieran conceder a tal educación una prioridad mayor ya que la misma está relacionada al mismo corazón de la vida de la Iglesia. EL DESAFIO ECUMENICO. Las formas de la liturgia utilizadas entre los luteranos no le son peculiares, forman parte de la principal corriente en la tradición de la iglesia católica. Los libros luteranos de liturgia son similares a aquellos utilizados por otras comunidades reformadas, y en verdad, a los de la Iglesia Católica Romana. Ya que esto ha sido siempre verdad, una marcada convergencia en materia litúrgica ha ido emergiendo recientemente, la cual es el resultado de los contactos ecuménicos y de las investigaciones bíblicas y patrísticas en común. La herencia luterana de la liturgia, por lo tanto, abarca y afirma la totalidad de la tradición cristiana, su desarrollo no puede estar limitado por una adopción no crítica de las estructuras de la iglesia en el siglo XVI. Aún los órdenes litúrgicos de Lutero no tenían la intención de ser una norma ejemplar de la liturgia luterana. La liturgia luterana puede comprender diversos elementos de la tradición litúrgica de todo el pueblo de Dios, es libre de incorporar y reflejar la experiencia cristiana de todos los tiempos. La dimensión ecuménica de la liturgia conlleva en sí ciertas obligaciones. Esta dimensión obliga a los luteranos a no cambiar unilateralmente las formas litúrgicas a menos que haya en ello una razón compulsiva. Aquello que es propiedad común debe ser tratado en común en la medida de lo posible. Además, esto obliga a los luteranos a cambiar las formas litúrgicas en consonancia con las iglesias hermanas a menos que exista una razón compulsiva para no hacerlo. En este último caso, la creciente convergencia ecuménica en lo litúrgico desafía a los luteranos a reconsiderar los modos habituales en el llevar a cabo estas realidades. El Santo Bautismo debe ser visto como el paso decisivo en el proceso de integración a la comunidad cristiana. Este proceso obliga a la Iglesia a establecer formas litúrgicas, catequísticas y de procedimiento que acompañen al pueblo en el camino a través de dicho proceso. La administración del Bautismo obliga a la comunidad a preparar a sus nuevos miembros para la vida cristiana y la celebración. La comprensión de los bautizados como miembros plenos de la comunidad es especialmente importante en el caso de los niños y se debe dar una cuidadosa consideración para ayudarlos a encontrar su lugar como miembros participantes de la liturgia comunitaria, particularmente en la celebración semanal de la Eucaristía. La visión luterana de que el Bautismo no es un acontecimiento momentáneo rápidamente relegado al pasado sino que más bien éste establece la dinámica de la vida cotidiana (Catecismo Menor 4.4. [1] y el párrafo 6), pueda encontrarse compatible con el acento ecuménico de proceso. La comprensión del Bautismo como aquello que establece la comunidad eucarística afecta el entendimiento que la Iglesia tiene de la Confirmación. Cada vez más los luteranos están rompiendo los antiguos lazos entre la Confirmación y la Primera Comunión y observando en la Confirmación un momento en el permanente proceso de llegar a ser cristiano. Más y más, la Confirmación es entendida como un rito que marca la conclusión de un período de instrucción básica y, quizás, el momento en el que se imparte una bendición en el pasaje hacia la madurez. El corolario de esto ha sido el disminuir la edad habitual de la primera comunión. La estructura de la liturgia implica en la tradición del Nuevo Testamento y los tiempos apostólicos es el servicio eucarístico íntegro, celebrado con el objetivo tanto de la participación semanal y la comunión de la totalidad de la comunidad de bautizados (párrafo 8). La restauración de este concepto y práctica ha de requerir el vencer una equivocada comprensión del concepto paulino de mérito (1º Corintios 11: 27-30), alcanzar una mejor integración de la predicación en el servicio litúrgico total, y terminar con la práctica de dividir la liturgia eucarística en dos partes separadas. En algunas iglesias luteranas se han realizado grandes progresos tendientes a la celebración semanal de la Eucaristía, pero en la mayoría de las iglesias aún falta mucho por hacer. Un factor clave en la renovación de la práctica eucarística es la restauración de la Gran Plegaria de Acción de Gracias u Oración Eucarística. Sin ella, aquello que justamente se pretende como la acción de gracias y la alegría escatológica quedan sin poder expresarse. Existe un consenso con relación a la estructura fundamental de la Gran Plegaria de Acción de Gracias: “agradecimiento al Padre, memorial (anamnesis) de Cristo, invocación (epiclesis) del Espíritu” (“Bautismo, Eucaristía y Ministerio”, 2.2-18; y párrafo 5). Esta Acción de Gracias establece una afirmación trinitaria que une a la comunidad en la fe común de la Iglesia. Ella concede voz al futuro de Dios y nos guía como celebrantes hacia la adoración doxológica. Esta proclamación de la muerte y resurrección de nuestro Señor que viene, es como un eco de las lecturas previas y del sermón. Ella es al mismo tiempo una oración de alabanza, de agradecimiento y una proclamación del núcleo del Evangelio. Algunas iglesias luteranas trabajan en sociedades que han llegado a una avanzada etapa de secularización. Allí no se presenta la pregunta de cómo celebrar sino el porqué celebrar. En tales circunstancias es importante presentar la Eucaristía y el misterio pascual que une a Cristo y a su cuerpo, la Iglesia, en la celebración y hacer esto en términos de la experiencia humana básica y de la expectación presente del pueblo. Entonces sí que la vida de Cristo llega a ser una invitación a unirse en la celebración y en la transformación del gozo y la esperanza, del trabajo y sufrimiento a la luz de la nueva creación de Dios. Si bien la Iglesia está atada a realizar aquello que Jesús le ordenó en la noche en que él fue traicionado, es también libre en el Espíritu para buscar otras formas y modelos para la proclamación del Evangelio, curando y reuniendo al pueblo, adorando y alabando a Dios. No hay que olvidar que es responsabilidad de la Iglesia el cuidado tanto de los creyentes no bautizados como de los bautizados que no practican su fe. La iglesia debe ser comprendida no sólo en el círculo de aquellos que están altamente motivados y comprometidos, sino también por la multitud que busca la salud en el Evangelio. Esto sugiere una doble estrategia en lo relacionado con la liturgia, una estrategia no limitada a la comunidad eucarística, sino aquella que le permita hacer real el abrazo total de Cristo en el mundo por el cual él ofreció su vida. LAS PUBLICACIONES A LAS QUE SE HA HECHO REFERENCIA SON: “The Lutheran Understanding of Ministry”. LWF Studies, 1983. Geneva: Lutheran World Federation. “Bautismo, Eucaristía, Ministerio”. Documento Final de Lima. Convergencias doctrinales en el seno del Consejo Ecuménico de las Iglesias. Comisión Ecuménica Popular. Argentina, Regional Cuyo, Mendoza. 1983. “Bautimo, Eucaristía, Ministerio”. Convergencias doctrinales en el seno del Consejo Ecuménico de las Iglesias. Ediciones de la Facultad de Teología de Barcelona, 1983. INFORME DE TANTUR SOBRE LITURGIA, 1981. LA DESCRIPCIÓN DE LA LITURGIA CRISTIANA. La liturgia cristiana es el sacrificio de alabanza y de acción de gracias. En el Espíritu Santo los cristianos responden al llamado y a la acción salvadora de Dios en Jesucristo, y a través de este medio reconocen su dependencia con respecto a Dios. Esta respuesta tiene dos aspectos interrelacionados: un aspecto litúrgico y otro diacónico, ambos incluidos en el testimonio y la misión de la Iglesia. En la expresión litúrgica es primaria la dimensión “vertical” de dicho encuentro. Ambas expresiones afectan a los cristianos tanto comunitaria como individualmente. Una de estas expresiones sin la otra es como una inadecuada respuesta a Dios. Esta interrelación se manifiesta en el Servicio de la Palabra y del Sacramento el cual incluye la expresión litúrgica del servicio diacónico (especialmente en la intercesión y en la ofrenda), y es un estímulo para el continuo servicio a los demás. A la entrada tanto de la comunidad cristiana como de su celebración comunitaria encontramos el Servicio del Santo Bautismo (el cual puede ser precedido por un catecumenado). Sin embargo, la liturgia es comúnmente utilizada más para referirse al tipo de encuentro “vertical”, cuyos elementos fundamentales son el escuchar/leer las Escrituras, las oraciones de acción de gracias, la alabanza (tanto de la Palabra como en acción), y las peticiones (incluyendo el pedido de perdón), salmos e himnos, meditación, la participación sacramental. Esta clase de celebración tiene la estructura dialógica del llamado de Dios y de nuestra respuesta. Esta celebración puede ser llevada a cabo tanto por individuos, familias u otros pequeños grupos y también por las congregaciones estructuradas. La liturgia congregacional es el centro de la celebración cristiana, y la principal celebración dominical del Servicio de la Palabra y del Sacramento se encuentra en el centro mismo de la liturgia comunitaria. Esto es así tanto por el mandato de Cristo y en razón de que el Servicio de la Palabra y del Sacramento es la plenitud y la más adecuada expresión de todos los aspectos de nuestra relación con Dios. La celebración dominical es el paradigma ritual de nuestra vida en Cristo, tanto en su aspecto comunitario como individual. Otras celebraciones (por ejemplo: los servicios cotidianos de oración y alabanza, los diversos tipos de servicios de predicación, los servicios especiales de confesión y absolución) pueden ser mejor apreciados si se los ve como girando alrededor de la principal celebración dominical. Lo mismo se puede decir de los otros servicios (las celebraciones ocasionales) relacionados con momentos importantes de transición en la vida humana (por ejemplo: matrimonio o funeral). La Confirmación ha sido algunas veces considerada dentro de estos ritos de pasaje, pero fundamentalmente ella es la recordación/afirmación del Bautismo. La celebración personal y familiar culmina y se nutre en la liturgia comunitaria de la congregación reunida. SIGNIFICACIÓN DE LA HERENCIA JUDIA. Es claro desde el mismo Nuevo Testamento (por ejemplo: Hechos2:42, 46 y siguientes) que los primeros cristianos estructuraron su liturgia comunitaria sobre los modelos del judaísmo de los primeros siglos. Además el Cristo a quien ellos celebraban era en sí mismo el lazo de unión con la herencia litúrgica de Israel. Ellos veían su propia Eucaristía fundamentada en la propia transformación que Cristo había cumplido de la comida pascual hebrea celebrada con sus discípulos en la noche en que fue traicionado. En su sacrificio en la cruz, ellos veían la culminación de la liturgia sacrificial de Israel. En las discusiones de este seminario, relacionadas con las presentaciones sobre oración, liturgia del Templo, liturgia de la sinagoga, los factores formativos en la liturgia cristiana, la Pascua, la Eucaristía de la Iglesia Primitiva y el calendario, surgieron una lista de siete áreas temáticas, las cuales fueron luego tópicos para las discusiones en grupos. Las sesiones que se transcriben a continuación resumen los resultados de esas discusiones grupales y las modificaciones introducidas por el seminario en plenario. ORACION: La oración es un término utilizado algunas veces para referirse a la liturgia en general. Aquí se la utiliza con un sentido limitado de acción de gracias (berakah), intercesión, petición. La primitiva oración cristiana continua reflejando la tradición judía de acción de gracias y esto domina la oración ofrecida en cualquier contexto: congregacional, familiar, personal. En cada circunstancia de la vida, Dios es bendecido o se le agradece por sus bondades de tal modo que toda la vida está conectada con alguna acción de Dios o con algún atributo que Dios ha revelado. La clásica oración cristiana de la plegaria colecta continua la tradición de alabanza y de agradecimiento a Dios, recordando lo que él ha hecho previamente, antes que pedirle que vuelva a actuar. La oración eucarística primitiva también fue estructurada de acuerdo con la oración de acción de gracias judía. La oración como petición tiene profundas raíces tanto en la tradición judía como cristiana, pero para algunos ésta ha llegado a ser el único contenido de la oración. Cuando esto ocurre, la oración llega a depender del reconocimiento de la necesidad. Cuando aumenta la riqueza y el sentido de autonomía, esta oración disminuye. La oración de petición aparece como muy vulnerable al abuso y al abandono. El tomar conciencia del énfasis en la acción de gracias en la tradición judía ayuda a los cristianos a una mejor comprensión de su propia tradición clásica de la oración litúrgica, y les ayuda a alcanzar un saludable equilibrio en su oración personal. Un reconocimiento de la tradición judía y de la tradición cristiana que de ella nació, ha de ayudar a los cristianos de hoy a vivir su existencia cotidiana en un contexto de oración. La liturgia del Templo de Jerusalén no tenía una tradición de oraciones codificadas. En el judaísmo rabínico las oraciones espontáneas llegaron a codificarse en el Siddur (Libro de oraciones). Estas oraciones, escritas con la intención de abarcar tanto a la mayoría de las ocasiones como también para el uso cotidiano a intervalos específicos, comprenden toda la vida y funcionan como una escuela en la cual uno aprende a orar. Ellas también forman una base importante tanto para la cultura religiosa como para la estructura de la conciencia religiosa. Una similar evolución de las oraciones espontáneas hacia las oraciones codificadas se produjo en la tradición cristiana y con efecto similar. La oraciones preformuladas pueden ser la columna vertebral de una disciplinada vida de oración, pero ellas no deben nunca hacer imposible la oración espontánea. De hecho la oración espontánea puede ser estimulada por oraciones preformuladas. Una saludable vida de devoción está marcada por un equilibrio entre estos dos modos de oración. La posición en la oración y los gestos no son meros elementos auxiliares; ellos son parte del acto mismo de la oración. Posiciones y gestos apropiados pueden variar de una cultura a otra, y aún de un tipo de oración a otro. Por ejemplo, el arrodillarse puede ser más apropiado para una oración penitencial, mientras que el permanecer de pie es más apropiado para una oración de alabanza o de acción de gracias. En algunas culturas el arrodillarse puede no tener significación alguna y por ese motivo puede ser reemplazado por otras posiciones. En sus esfuerzos por renovar y revitalizar la oración, las iglesias debieran estudiar los modelos judíos y aprender de ellos el énfasis en la alabanza y el agradecimiento. Sin embargo, la estructura trinitaria de la oración cristiana debe ser mantenida. A pesar de que los cristianos tienden a orar a Cristo y al Espíritu Santo, la mayoría de las oraciones cristianas están dirigidas al Padre, a través del Hijo, en el poder del Espíritu Santo. CELEBRACION DE LA LIBERACIÓN: La observancia de la Pascua y de Pentecostés son centrales en la comprensión judía de la identidad y de la liturgia, celebrando como ellos lo hacen la liberación de Egipto y la entrega de la Torah (se utiliza la palabra hebrea porque Ley puede traer connotaciones no del todo apropiadas). Estas prácticas tienen obvios paralelos en la celebración cristiana de la Pascua y Pentecostés, y que las recientes reformas del calendario han tratado de reimplantar. La resurrección de Cristo y el derramamiento del Espíritu Santo son celebrados durante esos “sobresalientes cincuenta días” que comienzan con el día de la Pascua y concluyen con Pentecostés. Celebramos en respuesta a los hechos creadores y redentores de Dios. La renovación de la liturgia eucarística entre los cristianos puede recibir una ayuda a través de un mejor entendimiento de cómo los temas de la recordación y la expectación, que dominan la celebración pascual, llegaron a dominar en la Eucaristía. Tal enseñanza puede ayudar a los cristianos en la comprensión de cómo cuando ellos celebran la Eucaristía participan en la liberación obrada por Dios en la muerte y resurrección de Cristo Jesús. La relación que existe en la fiesta judía de Pentecostés entre el ofrecer los primeros frutos y el recibir la Torah, puede servir mucho más en el enriquecimiento de la dimensión creadora y redentora de la Eucaristía. Todo esto sirve para iluminar el fundamental espíritu de alegría y agradecimiento que concede al sacramento su nombre de Eucaristía. La tendencia occidental de hacer de la Eucaristía un servicio penitencial está claramente fuera de toda armonía con sus orígenes judíos (y con la primera tradición cristiana). Una más clara comprensión de la Eucaristía como un banquete de comunión puede obtenerse a través de un reconocimiento de sus raíces en la comida pascual. En ella, tanto la relación divino-humana, y la relación interhumana son formuladas y fortalecidas. La participación de los varios miembros de la familia (incluyendo a las mujeres y a los niños) puede servir de modelo para la distribución de roles en el liderazgo entre los distintos miembros de la congregación cristiana y para una mejor integración de los niños en la liturgia congregacional. Un adecuado énfasis bíblico en el compartir el pan y la copa concede expresión al carácter comunitario de la celebración eucarística, así como en el compartir los recursos con los cuales se alivia el hambre y las necesidades. Una visión individualista o clerical de la Eucaristía (tal como se ha desarrollado en las culturas occidentales) no tiene fundamentos en los orígenes eucarísticos. La Pascua es celebrada por las familias, pero como una liberación de Israel de la esclavitud. De forma semejante la Eucaristía, aún cuando ella es celebrada por una congregación particular, tiene un alcance católico y universal. Como un signo de la humanidad redimida, la Iglesia celebra la Eucaristía en la esperanza de la salvación final de todo el mundo. Cualquier espíritu parroquial o sectario es, por lo tanto, extraño al espíritu de la Eucaristía. CELEBRANDO LA CREACION: El lugar central que tiene en la oración judía el Creador y la creación ha sido ya mencionado previamente. Una visión positiva de la creación impregna la liturgia judía en cada una de sus etapas. La creación existe para que la humanidad disfrute con ella y la cuide, en razón de esto es que se debe por lo tanto alabar a Dios. Esta visión de la creación no puede ser aceptada sin una modificación por parte de los cristianos. La creación también espera la plenitud y la renovación como una consecuencia de la redención que Dios ha llevado a cabo en Cristo. Pero el nuevo pacto en Jesucristo libera a los cristianos en función de una nueva y positiva relación con éste mundo, aún cuando ellos aguardan con esperanza el mundo que ha de venir. Hay una perspectiva cristológica de la creación. Acción de gracias, amor y cuidado por este mundo no podrán ser desplazados por un unilateral énfasis en la redención. En el intento de restaurar un adecuado balance en la liturgia, concediendo una nueva atención a la creación, los cristianos tienen mucho que aprender de la manera en que el judaísmo ha preservado este aspecto de la fe bíblica. El contenido y la forma de la oración, el pan y el vino de la Eucaristía, los dones destinados al servicio del pobre, aún el agua del Bautismo mismo, todos son puntos de contacto con temas de la creación. El fracaso en facilitar una expresión de estos aspectos en la liturgia cristiana da como resultado la individualización y espiritualización de la redención, lo que es completamente antibíblico. No sólo esto, sino también las expresiones festivas relacionadas con el cambio de las estaciones, la siembre y la cosecha, por el gozo de las relaciones humanas, la unión sexual en el matrimonio, en el rito natural del nacimiento y de la muerte –todo esto necesita encontrar una gozosa expresión en nuestra celebración al Creador. La tendencia helenística de desvalorizar lo material y lo físico ha influido en la tradición litúrgica, especialmente en el occidente. Las iglesias en otras partes del mundo pueden encabezar el camino que lleva a vencer esta tendencia. La pasión judía por el comportamiento ético y la justicia humana están enraizadas en el concepto de creación del Antiguo Testamento y en Dios como creador. El servicio a los otros, en estos términos, puede ser relacionado con el énfasis en la creación así como con el énfasis en la redención. La motivación para un nuevo énfasis en la creación dentro de la liturgia cristiana, con todas sus implicaciones, no sólo es bíblico sino que responde también al “kairós” de la historia mundial, un momento en el cual la cuestión de la justicia humana y la ecología han sido impresas en la conciencia de los pueblos de todas las latitudes. El énfasis judío puede ayudar a los cristianos en la correcta comprensión de la escatología. No sólo debemos esperar el mundo venidero, dónde la justicia y la plenitud han de prevalecer, sino que también damos gracias por la creación que nos ha sido concedida y trabajamos por la justicia y el alivio de las necesidades humanas aquí y ahora. Nuestra liturgia debe expresar la importancia del presente y no permitir que los cristianos se refugien en un futuro esperado. EL SABATH Y EL DOMINGO: El énfasis judía en la creación (párrafo 19) nos conduce a, y encuentra su culminación en la observancia del séptimo día, el Sabath. Ese es el día en el cual uno descansa así como Dios descansó, es en ese tiempo cuando uno goza el ser la corona de la creación de Dios. Este es un santuario en el tiempo. La observancia del Sabath es a la vez familiar (centrada en el compartir la comida de la noche del viernes) y congregacional (centrada en el servicio de la sinagoga en la noche del viernes y la mañana del sábado). El libro de oración unifica estos dos aspectos de la celebración. En la noche del viernes se apunta hacia la creación, en la mañana del sábado se apunta hacia la entrega de la Torah, en la tarde del sábado hacia la redención. Todas las prohibiciones concernientes al trabajo están destinadas a liberar al pueblo de su rutina cotidiana para que así puedan gozar en la unidad con Dios y con la creación de Dios. La observancia cristiana del domingo está determinada por la resurrección de Cristo Jesús y, en sus orígenes, no tenía nada en común con la observancia del Sabath. Es a la vez el primer día de la semana (un nuevo comienzo), y el octavo día (un signo de que Cristo el escatón ha irrumpido en nuestro mundo). Sólo después de la repentina aparición del cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano, hizo que el domingo se transformara en un día de descanso. En aquellas culturas en las cuales el domingo es feriado semanal, los cristianos tienen mucho que aprender del judaísmo con relación a sus observancias. Un énfasis cristiano sobre el reposo y la liberación del trabajo, sin embargo, debe preservar la visión del trabajo diario como el campo en el cual uno sirve a Dios. Los cristianos no pueden tolerar la visión del trabajo que lo comprenda como meramente un sustento del vivir. Los temas de la creación, de la providencia y de la redención deben encontrar todos ellos una gozosa expresión en el servicio de la Palabra y el Sacramento, lo mismo debe ocurrir cuando los cristianos celebran su liberación y el inicio del reino mesiánico. El servicio dominical ha de estar marcado por la alegría del pueblo consciente del amor de Dios que perdona y de su sustento. Las familias pueden aprender mucho de los judíos en relación con la preparación de la observancia del domingo, creando expectación y comprensión de sus cambios significativos a través del ciclo de las estaciones y de las fiestas, en lugar de limitarla a la celebración congregacional. El énfasis en el descanso y el esparcimiento es el necesario antídoto contra la febril actividad común a muchas culturas modernas. JEn aquellos lugares donde se observa una semana laboral de cinco días, los cristianos pueden considerar tanto la observancia del Sabath (como un día de reposo y alegría por la creación y el domingo. LA FAMILIA: La específica inclusión de la familia dentro de la liturgia en el judaísmo ha sido ya indicada en los párrafos sobre la Pascua (Nº15) y en el dedicado al Sabath (párrafo 25). A este respecto, el judaísmo tiene muy claro los roles de todos los miembros de la familia, provee oportunidades para la educación luturgica y realiza cuidadosos preparativos para la celebración congregacional. Para los cristianos todo esto sugiere el prestar mayor atención a la dimensión litúrgica de la vida familiar misma y el apreciar en la familia un modelo para ciertos aspectos de la liturgia congregacional. El modelo familiar puede ser una ayuda para vencer el poderoso concepto individualista de la liturgia y de la vida familiar. Al hablar de la naturaleza familiar de la liturgia, los cristianos no sólo deben utilizar las instituciones sociales existentes en sus propios contextos culturales sino que deben también prestar atención a la nueva familia de Dios en Cristo, nacida de las aguas del Bautismo (se entiende por sí mismo, sin necesidad de decirlo, que este aspecto familiar de la liturgia no puede llegar a ser tan central como para que llegue a segregar a aquellas personas solas). La familia debe ser el contexto en el cual la liturgia diaria es cultivada en coordinación con la liturgia de la Iglesia total (párrafo 6). Ambos contextos deben enriquecerse mutuamente. En la estructura informal de la familia la educación litúrgica puede tener lugar de una forma natural a través de preguntas que se formulan y se responden. El uso judío de un libro de oración, tanto para la sinagoga como para el hogar, es un poderoso factor de unificación y debiera sugerir un elemento similar a los cristianos. Por lo menos el material litúrgico para uso familiar se lo puede derivar del libro de oración congregacional. El mismo equilibrio entre oración codificada y espontánea, que es tan deseado para la liturgia en general, es también deseado para la liturgia familiar. La familia también necesita de disciplina y de un horizonte más amplio que el de sus propias necesidades e intereses más inmediatos. Habiendo dicho esto, la variedad y la espontaneidad pueden tener un más amplio espacio en la oración de la familia que en la de la congregación. El equilibrio, sin embargo, puede variar a semejanza del proceso de maduración del niño. Aspectos del énfasis familiar en el judaísmo también pueden brindar un modelo para la liturgia congregacional. Este lazo de unión no es solamente pragmático, consiste en la conexión entre la comida pascual (una observancia judía familiar) y la Eucaristía (una observancia cristiana congregacional). El modelo familiar sugiere claros roles en la liturgia congregacinal para los miembros laicos, especialmente mujeres y niños. La relación Pascua-Eucaristía suscita en forma evidente la cuestión de la inclusión de los niños en el compartir el pan y la copa. Por supuesto, no es necesario que cada miembro de la congregación esté de igual manera involucrado en roles de liderazgo. Pero la mayoría de las congregaciones podrían hacer mucho más con respecto a la distribución entre los laicos de tareas tales como las lecturas de las lecciones, el conducir las oraciones, el presentar las ofrendas, el asistir en la distribución de la Santa Comunión. Algunas de estas tareas podrían aún ser realizadas por un grupo familiar. NORMAS: La cuestión acerca de las normas se suscita inmediatamente en cualquier discusión sobre la contextualización de la liturgia. El encuentro con la matriz judía de la liturgia cristiana y con el judaísmo rabínico han indicado un amplio espacio de libertad para incorporar elementos de culturas particulares, a la vez que se mantenga una práctica cristiana auténtica que pueda ser reconocida como tal por cristianos que viven en otros contextos culturales. Esta libertad se aplica primeramente a aquellos elementos de “forma secundaria” como ser el estilo del lenguaje, la música, la secuencia de los eventos, posturas y gestos, movimientos físicos, arreglos del espacio, vestimentas festivas. La tarea de la contextualización es una tarea permanente a causa del constante flujo de la cultura. Al poner esto en práctica, debemos ponernos en guardia con respecto a dos peligros: la introducción de costumbres que hoy pueden muy bien ser anomalías culturales, o el entender la contextualización como una nacionalización o provincialización. El aspecto de la encarnación del cristianismo requiere una seria atención al contexto cultural específico, pero sus aspectos católicos y escatológicos nos protegen de la cautividad de estos contextos. El mensaje cristiano tiene como objetivo nada menos que la transformación de la cultura y la ruptura de las barreras que dividen a la familia humana. La transformación requerida por la contextualización no significa el cambiar una esclavitud cultural por otra. El aspecto ecuménico del cristianismo requiere que la particular liturgia de un determinado lugar participe de manera obvia de la liturgia universal de la totalidad del pueblo de Dios. Esto ha llegado a ser cada vez más importante como resultado de la moderna red de comunicaciones que han reducido el aislamiento geográfico. Cuando una determinada práctica está siendo considerada, la implementación de la tarea de la contextualización suscita preguntas tales como las siguientes: ¿Es bíblicamente adecuada? ¿Puede ella funcionar como Evangelio? ¿Es aceptable para ulna iglesia local? ¿Tiene ahora el mismo significado que tenía originalmente? Es hoy inteligible para el pueblo? Estas preguntas nos ponen en guardia contra el rechazo motivado por razones equivocadas: la novedad, lo importado, la antigüedad,. En un sentido, todas estas preguntas nos ayudan a responder a la pregunta principal: ¿Es esta forma bajo consideración apropiada para la función que se espera que cumpla en la liturgia del pueblo de este lugar? La respuesta requiere una clara comprensión teológica de la naturaleza y de la función de los elementos de la “forma primaria”: lectura/proclamación de la Palabra, celebración de la cena eucarística, la purificación bautismal, la oración y la adoración. El estudio del contexto judío a partir del cual surge la liturgia cristiana puede ser una ayuda en la clarificación del núcleo auténtico. LITURGIA Y MISIÓN. La liturgia está comprometida con el testimonio-misión de la Iglesia, como ya ha sido indicado (párrafo1). La Iglesia es un testigo, la Iglesia es un testigo, la Iglesia existe para testimoniar. En ambos casos, la liturgia se encuentra comprendida. La misión tiene la tarea de alcanzar aquellos pueblos que aún no han llegado a la fe y que no han sido bautizados. Pero cada vez más la misión también tiene una tarea interna: el llegar a aquellos cristianos nominales y no practicantes dentro de la Iglesia. Desde el punto de vista de la misión, la contextualización es especialmente importante. La comunidad dentro de la cual el Evangelio convoca no debe ser percibida como algo totalmente extraño a la experiencia cultural de uno. Cuando un no cristiano participa de un servicio litúrgico debe poder descubrir que es una acción inteligible con algunas resonancias culturales familiares, un acontecimiento que apela a su interés. Esto es quizás especialmente válido para el Bautismo y aquellos “servicios especiales” tales como el casamiento y los funerales que congregan a familiares y amigos no cristianos. Pero esto no quiere decir que el Servicio de la Palabra y del Sacramento debe ser inmediata o completamente inteligible para todos. Si fuera así, éste no sería verdaderamente un alimento para la familia de Dios. Mucho más importante que la inmediata inteligibilidad para un visitante no cristiano es el sentimiento de apertura y hospitalidad junto con el sentido de alegría y de calidad de vida de la comunidad congregada. Estas son fuerzas magnéticas. La consciencia de su misión, además, debe llevar a la congregación a explorar la completa variedad de servicios disponibles para ello. Servicios que están centrados en la predicación evangelística pueden ser útiles para trabajar primariamente con aquellos que necesitan escuchar el llamado del Evangelio. Servicios centrados en la predicación didáctica (o en la enseñanza directa o total) pueden ser útiles para trabajar en primer lugar con aquellos que necesitan crecer en la comprensión de las implicaciones del Evangelio y de la naturaleza de la comunidad cristiana. Sin embargo, como ya ha sido expresado, aunque el Servicio de la Palabra y del Sacramento permanece como central (párrafo 41), la misión de la congregación sufre si éste es el único servicio litúrgico. Para que el Servicio de la Palabra y del Sacramento pueda cumplir su función de centro litúrgico en la expresión de la vida del pueblo de Dios, otras formas de vida comunitaria son esenciales: misionera, educativa, social. El servicio de la Palabra y del Sacramento puede conducir a todos estos elementos hacia su foco central, pero lo que no puede hacer es ser su sustituto.
[1] “Es la palabra que Nuestro Señor Jesucristo dice en el último capítulo del Evangelio según San Mateo: ”Id, y haced discípulos a todas las naciones bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (IV.4) “El bautismo efectúa perdón de los pecados, redime de la muerte y del diablo y da la salvación eterna a todos los que lo creen, tal como se expresa en las palabras y promesas de Dios” (párrafo 6) |