Lutero y la Oración

Juhani Forsberg

Uno de los temas con el que la Reforma luterana lidió fue la oración. Fue estudiada en relación con otras creencias vitales de la fe, como el Dios Trino, la Palabra de Dios, la justificación por la fe, fe y buenas obras y los sacramentos. Este ensayo se enfoca en algunos aspectos cruciales de la teología de la  oración de Lutero. Aún más, busca explorar el rol de la oración en la teología de Lutero. Muchos de los asuntos tratados aquí fueron olvidados en el Luteranismo posterior y es de esperar que este ensayo aliente a las comunidades luteranas a reflexionar sobre estos caminos olvidados para su renovación espiritual.

Mientras que Lutero no escribió un tratado teológico especial sobre la oración, él sí publicó un pequeño librillo de oraciones, Betbüchlein, en 1522, y en 1535, a petición de su peluquero Peter, un pequeño libro-guía espiritual para la oración. Lutero reflexiona sobre la oración a través de sus extensos escritos y sermones. Las fuentes primarias de este ensayo son: Cautividad Babilónica de la Iglesia, Tratado sobre las  Buenas Obras, El Gran Catecismo, Comentario a Gálatas y Comentario a Génesis.

Sacramento y Oración

Lutero rechaza la interpretación de acuerdo a la cual la Misa, esto es, el sacramento de la Eucaristía, es un sacrificio oficiado por el sacerdote, o una buena obra. La Misa es completa y exclusivamente una promesa y una alianza (testamento), y por lo tanto, un regalo que sólo puede ser recibido mediante la fe. “Si la Misa es una promesa, como se ha dicho, entonces el acceso a ella no puede ser ganado con ninguna obra o poder, o méritos propios, sino solamente mediante la fe”. Lutero defiende su visión refiriéndose a la discrepancia lógica entre dar y recibir:

La misma cosa no puede ser recibida y dada al mismo tiempo, ni tampoco puede ser tanto dada como recibida por la misma persona, del mismo modo que nuestra oración no puede ser lo mismo que lo que nuestra oración obtiene ni el acto de orar puede ser lo mismo que el acto de recibir aquello por lo cual oramos.

Si existiera aún una pequeña posibilidad de que un ser humano presente algo como mérito ante Dios, “perderemos el Evangelio completo y todo su confort”. Dado que la Misa es un regalo (don), la única precondición necesaria y suficiente para recibir este regalo que es la oración. La Misa ciertamente es válida si se completan otros requisitos, pero el “beneficio” de la Misa, esto es, la promesa y bendición, sólo pueden ser recibidas por fe. En la Cautividad Babilónica y en el Sermón sobre las Buenas Obras, Lutero habla tan enfáticamente sobre el rol de la fe para recibir el regalo de Dios, que uno se inclina a pensar que sólo una fe imbatible e infalible puede hacerlo. Esto, sin embargo, es una interpretación incorrecta, ya que “la Misa fue provista sólo para aquellos que tienen una conciencia triste, afligida, perturbada, perpleja y errante”.

En este sentido, la fe es la única precondición necesaria y suficiente para la promesa y bendición del sacramento a realizar. La fe es tan importante, que aún el bautismo de un infante puede ser mantenido con la fe sólo del infante. Esta era la opinión del Lutero tardío, aunque tiempo antes, en la Cautividad Babilónica había hablado en una manera tradicional sobre la fe “extraña” de los padrinos y la Iglesia.

Al enfatizar la necesidad de la fe, Lutero no implica que si el administrador del sacramento no tiene fe, el sacramento no es válido. Por el contrario, como el sacramento es una promesa y una alianza (testamento), no deja de ser válido por la deficiencia, incapacidad o pecado del administrador. Naturalmente, Lutero sabe que esta enseñanza tradicional puede ser malinterpretada. De todas maneras, cuando se la interpreta correctamente, es una parte indispensable de la verdadera doctrina de los sacramentos.

Existe una diferencia decisivamente básica entre el sacramento (Misa) y la oración. A diferencia del caso del administrador del sacramento, el que ora tiene que creer de modo que su oración sea escuchada por Dios. La Misa “desciende” de Dios como un regalo para nosotros. Aún el más incapaz de los administradores no puede invalidar la Misa, si el / ella la administra de acuerdo a la institución de Cristo. Tampoco puede el receptor, que no tiene fe, frustrar el sacramento, a pesar de que sus efectos sobre el receptor difieran dependiendo de la fe o el descreimiento del receptor. A diferencia de esto, la oración “asciende” desde nuestros corazones y bocas hacia Dios. Por eso, la oración que es escuchada por Dios, proviene de la fe, y dicha plegaria puede ser intercedida sólo por un sacerdote “pío y abocado a Dios”,  porque “Dios no escucha a los pecadores”. Ciertamente no es un accidente que Lutero use la siguiente distinción:

“Una [la Misa] viene de Dios a nosotros a través del ministerio (servicio) del sacerdote (per ministerium sacerdotis) y requiere nuestra fe”, mientras que la oración “procede de nuestra fe hacia Dios a través del sacerdote (per sacerdotem) y requiere que Dios escuche. La primera desciende, la última asciende”. La sofisticada distinción entre las dos expresiones es de gran significación. La Misa es un sacramento y una alianza (testamento) de arriba hacia abajo, pero la oración es una acción y un sacrificio desde abajo.

La oración como buena obra

Lutero enfatiza la oración como una acción. El acepta el concepto de opus operatum en el contexto de la oración, mientras que lo rechaza en el contexto de la Misa. Aún más, Lutero no acepta la idea medieval de la eficacia del sacramento ex opere operato en caso de que el receptor no ponga ningún obstáculo a la efectividad del sacramento. Por la eficacia de la oración de la Iglesia, un bebé puede recibir “fe infusa” (fides infusa). La fe de la Iglesia que sacrifica y ora puede transmitir gracia aún a aquellos que no sólo ponen obstáculos en su camino, sino que realmente “hacen presente un obstáculo lo más obstinadamente posible”.

Como la oración es la obra de un cristiano y de la Iglesia, presupone cooperación (sinergia) entre Dios y el ser humano. En el Sermón sobre las Buenas Obras Lutero describe esta cooperación dividiendo entre el poder absoluto e intermedio de Dios (potencia absolutapotencia ordinata). Dios es capaz de hacer todo sin nuestra asistencia. Sin embargo, Dios quiere que seamos partícipes en la gloria de Dios trabajando como instrumentos de la voluntad de Dios. De todas formas, la cooperación entre Dios y el ser humano no es aplicable a las cosas que requieren la obra soberana de Dios, tales como los sacramentos y la fe. En la Cautividad Babilónica Lutero afirma que aún la fe es una acción. Es la más difícil de las acciones u obras; es tan difícil que sólo Dios puede realizarla. La fe es la única acción que Dios realiza sin nosotros, mientras que la oración pertenece a aquellas obras que Dios hace con nosotros y a través de nosotros: “Las otras obras, El las realiza a través nuestro y con nuestra ayuda, pero sólo esta El la realiza en nosotros y sin nuestra ayuda”. Cuando viene al sacramento de la Eucaristía, el administrador es sólo el instrumento de Dios; el administrador “externo” e “interno” del sacramento es Dios. Por eso, sólo el ministerio del administrador es constitutivo para el sacramento, no la persona. La única persona “activa” en la administración del sacramento es el Dios trino.

En el Tratado sobre las Buenas Obras Lutero afirma que la oración puede ser considerada como una buena obra mandada por Dios. Sin embargo, la oración como obra humana puede ser una buena obra sólo en la fe porque sin fe cada buena obra es hipócrita. Mientras la fe es una acción relacionada con el primer Mandamiento, la oración es una acción que cumple el segundo y tercer Mandamientos. Existe una jerarquía de modo que las obras de la primera tabla de los Mandamientos –Mandamientos del uno al tres- son mayores que las otras obras.

La oración como ejercicio de la fe

La fe es una buena obra que da cumplimiento al primer Mandamiento y, como tal, es la mayor entre las buenas obras. El segundo Mandamiento viene a continuación en la jerarquía: “Desde la fe no podemos realizar mayores obras que alabar, predicar, cantar y exaltar y magnificar de cualquier modo la gloria, el honor y el nombre de Dios”. La primer obra del segundo Mandamiento es la alabanza de Dios: “La primer obra de este Mandamiento es, entonces, alabar a Dios en todos sus beneficios, que son innumerables, de modo que dicha alabanza y acción de gracias no debe, de derecho, cesar o terminar”. La segunda obra es el rechazo a la búsqueda del honor temporal y la alabanza a uno mismo. No es fácil reconocer este pecado, que es más grave que los crímenes serios: “Este pecado es más gravoso ante Dios que el asesinato y el adulterio; pero su debilidad no es vista tan claramente como la del asesinato, por su sutileza, porque no es realizada en la carne tosca, sino en el espíritu”. La tercera obra del segundo Mandamiento “es invocar el nombre de Dios en toda necesidad”. Es inseparable de la primera obra porque invocar el nombre de Dios en tiempo de necesidad y adversidad significa mantener el nombre de Dios santo y honrarlo. Este énfasis en las necesidades y adversidades no indica que la oración es sólo para gente infeliz:

Porque esta es la prueba más difícil de todas, cuando no hay prueba y todo está y va bien, porque el hombre es tentado a olvidar a Dios, volverse demasiado osado y hacer mal uso de los tiempos de prosperidad. Ea, aquí él tiene diez veces más necesidad de invocar el nombre de Dios que cuando está en adversidad.

En la exposición de Lutero del tercer Mandamiento la oración y la adoración tienen un lugar central. “Las primeras obras de este Mandamiento son simples y externas, lo que nosotros comúnmente llamamos adoración, tales como ir a Misa, orar, y escuchar un sermón en días santos”. El mayor peligro al dar cumplimiento a este Mandamiento es la superficialidad de la adoración. Los obispos y los sacerdotes deben ser inculpados por este tipo de mal uso de la adoración, “porque no predican el Evangelio y no enseñan a la gente como deben comprender la Misa, escuchar la predicación y orar”.

Lutero rechaza una manera superficial y mecánica de orar enfatizando que la mente debe concentrarse en una necesidad concreta: “Debemos orar, no como es la costumbre, contando muchas páginas o cuentas (como el rosario), sino fijando nuestra mente sobre alguna necesidad particular”. El repite que la fe y la oración van juntas y se alimentan mutuamente:

La oración, es por tanto, un ejercicio especial de fe, y la fe hace a la oración tan aceptable que seguramente va a ser concedida o se nos dará en su lugar algo mejor de lo que pedimos. ... Porque cuando esta fe y confianza no se encuentran en la oración, la oración está muerta, y es nada más que una labor y obra penosa.

Fe no se refiere acá a una fe firme e imbatible en un sentido psicológico. En cambio, “una débil chispa de fe” es suficiente. Aún el apóstol Pedro tuvo que lamentar la debilidad de su fe y orar: “Señor, aumenta nuestra fe”.

La oración está relacionada no sólo al segundo y tercer Mandamientos sino también al primero, esto es, la práctica de fe, confianza, esperanza, expectación y amor. La falta de fe, esperanza y amor, que es una situación peor que la muerte, compele a un ser humano a orar:

Por lo tanto, si encuentras en ti una fe débil, poca esperanza y escaso amor hacia Dios; y que no alabas y honras a Dios, pero amas tu propio honor y fama, piensas mucho en el favor de los hombres, no escuchas Misa y el sermón gustosamente, eres indolente en la oración, en la cual todos tienen faltas, entonces debes pensar más acerca de estas faltas que acerca de todos los daños corporales a los bienes, honor y vida, y creer que ellos son peores que la muerte y todas las enfermedades mortales.

La oración es una parte esencial de la obra que da cumplimiento a los primeros tres Mandamientos de la primera tabla de la Ley. Lutero subraya a menudo, que aquellos que buscan hacer buenas obras, deben seguir la enseñanza de los santos padres:

¿Dónde están ahora los que desean conocer y hacer buenas obras? Que se encarguen sólo de la oración, y firmemente se ejerciten ellos mismos en la fe, y notarán que es cierto, como lo dijeron los santos padres, que no hay obra como la oración. Si no se hubiera mandado ninguna otra obra, ¿no sería suficiente la oración para ejercitar toda la vida del hombre en la fe?

Lutero describe la relación entre los tres Mandamientos diciendo que todo fluye desde el primer Mandamiento y retorna a través de los otros dos Mandamientos al primero:

...todas las obras permanecen en el primer Mandamiento y en la fe, y esa fe, por causa de la cual fueron ordenados todos los otros Mandamientos y obras, se ejercita y se fortalece a sí misma en ellos. Ve, entonces, que bonito anillo dorado forman naturalmente estos tres Mandamientos y sus obras, y como del primer Mandamiento y la fe fluye el segundo hacia el tercero, y el tercero en su momento retorna al primero a través del segundo. Pues la primera obra es creer, tener un corazón limpio y confianza hacia Dios. De este fluye la segunda buena obra, alabar el Nombre de Dios, confesar su gracia, darle todo honor sólo a El. Luego sigue el tercero, adorar mediante la oración, escuchando la Palabra de Dios, pensando y considerando los beneficios de Dios, y además corrigiéndose uno mismo y dominando el cuerpo.

Además de una buena obra, la oración es un sacrificio. El sacramento no puede ser un sacrificio porque es puro regalo. En su lugar, la oración es una obra y un sacrificio, que asciende hacia Dios. Lutero está dispuesto a permitir la celebración de una Misa votiva privada, siempre y cuando el celebrante considere las oraciones, que el / ella ofrezca por los vivos y por los muertos, como un sacrificio, en lugar de la Misa en sí misma.

La oración en el contexto de la fe cristiana

En el Gran Catecismo, Lutero reflexiona sobre la oración en el contexto de la fe cristiana. En la introducción a su exposición del Credo, Lutero describe la relación entre las diferentes partes del Catecismo:

De esta manera, hemos escuchado hasta acá la primera parte de la doctrina cristiana, en la cual hemos visto todo lo que Dios quiere que hagamos o que dejemos sin hacer. Ahora, sigue propiamente el Credo, que nos expone todo lo que debemos esperar y recibir de Dios, y, para decirle brevemente, nos enseña a conocerlo por completo. Y esto intenta ayudarnos a hacer lo que debemos hacer de acuerdo a los diez Mandamientos. Porque (como se dijo antes) están puestos tan alto que toda habilidad humana es demasiado endeble y débil para alcanzarlos o guardarlos. Por eso es tan necesario aprender esta parte como la anterior de modo que sepamos cómo alcanzarlos, de dónde y por medio de qué obtener tal poder.

En la introducción a la Oración del Señor continúa afirmando:

Hemos escuchado qué debemos hacer y creer, en qué cosas consiste la mejor y más feliz vida. Ahora continúa la tercera parte, cómo debemos orar. Pues como estamos situados de tal manera que ningún hombre puede guardar perfectamente los diez Mandamientos, aún cuando haya comenzado a creer, y debido a que el demonio con todo su poder junto con el mundo y nuestra propia carne, resiste nuestros esfuerzos, nada es tan necesario como que nosotros recurramos al oído de Dios, lo invoquemos  y le oremos, que nos de, preserve e incremente en nosotros la fe y el cumplimiento de los diez Mandamientos, y que El aleje todo lo que esté en nuestro camino y nos oponga en ese sentido. Pero para que nosotros podamos saber qué y cómo orar, nuestro Señor mismo nos enseñó tanto el modo como las palabras, tal como veremos.

Sin violar la exposición de Lutero podemos ilustrar su “sistemática” con el siguiente esquema:

Diez Mandamientos (Ley)

El Credo (Evangelio)

Oración y Sacramentos

Lo que Dios requiere de nosotros

Lo que Dios nos da, de modo que podamos dar cumplimiento a lo que Dios requiere de nosotros

Cómo obtenemos lo que Dios nos da, de modo que podamos dar cumplimiento a lo que Dios requiere de nosotros

 

Los diez Mandamientos, la Ley, expresa lo que Dios requiere de nosotros. Sin embargo, esto no puede ser satisfecho por las mismas obras de la ley, sino sólo por el Evangelio, siendo el Credo el resumen del Evangelio. La oración y los sacramentos son los medios de gracia a través de los cuales el Evangelio es transmitido a nosotros. Al mismo tiempo, la oración es una buena obra, basada en los Mandamientos de Dios (segundo y tercer Mandamientos) que sólo pueden ser cumplidos en y a través de la fe en el Evangelio.

Oración de intercesión

De acuerdo con  Lutero, la adoración consiste en la invocación, la alabanza, la proclamación de la Palabra de Dios y la celebración de la Misa. Además de la oración comunitaria, Lutero enfatizó el significado y la práctica de la oración personal. Sus propias oraciones eran personales, aún individualistas por naturaleza.

Lutero da por sentado que la oración espiritual es dicha en voz alta. Cuando escribe sobre la continua oración espiritual del corazón (oratio continua), nos da a entender que la oración es normalmente dicha en voz alta. La oración silenciosa no es sólo tarea de los sacerdotes, sino que es la vocación diaria de cada cristiano.

No, no existe ningún cristiano que no tenga tiempo para orar sin cesar. Pero me refiero a la oración espiritual, esto es: nadie está tan atareado con su trabajo, que no pueda, mientras trabaja, hablar con Dios en su corazón, presentar ante El su necesidad y la de otros hombres, pedir ayuda, hacer petición, y en todo esto ejercitar y fortalecer su fe.

El peligro de la hipocresía no yace en el largo de la oración, sino en la falta de oración espiritual del corazón, que es el prerrequisito para la oración exterior. La oración exterior es necesaria para el cumplimiento del segundo y tercer Mandamientos:

Pues debemos también practicar la oración exterior en su propio tiempo, especialmente en la Misa, como requiere este Mandamiento, y en cualquier momento que sea de ayuda para la oración interior y la fe, ya sea en la casa o en el campo, en este trabajo o en aquel...

Lutero enfatiza la importancia de la oración de intercesión.

Pero la oración que realmente pertenece a este Mandamiento [el tercero] y es llamada obra del Día Santo, es mucho mejor y mayor, y debe ser hecha por toda la Cristiandad, por toda necesidad de todos los hombres, de enemigos y amigos, especialmente por aquellos que pertenecen a la parroquia o al obispado.

La intercesión es la razón para reunirse juntos para la adoración comunitaria:

La oración comunitaria es preciosa y la más poderosa, y es a causa de ella que nos reunimos. Por esta razón también la Iglesia es llamada Casa de Oración, porque en ella estamos como una congregación con el acuerdo de considerar nuestra necesidad y las necesidades de todos los hombres, presentarlas ante Dios, e invocarlo por misericordia.

Sólo la intercesión sincera por toda la congregación, por toda la Cristiandad y por todo el mundo “justifica” la oración como una petición individual, y por el contrario, si todos “hacen (sólo) sus propias bonitas oraciones” en la adoración comunitaria, tornará la oración individual en egoísmo. Si no hay intercesión en la Misa, es preferible omitir la Misa completa.

La oración de intercesión nos protege contra el demonio y todos los espíritus malignos pero también contra la cólera y el castigo de Dios.

Pues, de hecho, la Iglesia cristiana en la tierra no tiene otro poder u obra mayor que tal oración comunitaria contra todo lo que se le puede oponer. Esto lo sabe bien el espíritu maligno, y por eso hace todo lo que puede para prevenir dicha oración.

La Iglesia necesita protección no solo contra el demonio sino también contra Dios.

Luego verás que habría necesidad de orar con lágrimas de Sangre a Dios, que está terriblemente enojado con el hombre, en cualquier lugar a cada hora y sin cesar... Pero todo ha sido dicho de antemano, de modo que cuando la ira de Dios es mayor y la Cristiandad sufra la mayor necesidad, los peticionarios y suplicantes ante dios no sean encontrados... Dios nos indica cómo quiere que lo soportemos y evitemos su ira el uno al otro...

En el Comentario a Génesis, Lutero describe a los santos de la Iglesia como “verdaderos Atlas”, como héroes que conllevan al mundo en sus hombros, esto es, que con sus oraciones cargan el firmamento y previenen que se caiga sobre el mundo pecador.

La oración intercesora es una obra por la cual un cristiano se ubica en la posición del prójimo y lleva sus necesidades y pecados a Dios. Esta obra no puede ser sustituida por ninguna acción milagrosa o heroica porque si fallamos en la oración, seríamos encontrados culpables de habernos despreocupados de las necesidades de nuestro prójimo. Si en lugar de orar, despreciamos, difamamos y juzgamos a nuestro prójimo por sus necesidades o pecados, seremos llamados “...una raza perversa y maligna, que no hace nada más que acumular abusos sobre aquellos por quienes deberían orar”.

De acuerdo con Lutero, la oración es una tarea de toda la Cristiandad. La tarea especial de un sacerdote es juntar las oraciones del pueblo de Dios y traerlas a Dios.

La respuesta de Dios a las oraciones

Lutero casi no reflexiona sobre si y como Dios responde a las oraciones. Dones buenos como crecimiento espiritual y una vida pacífica en comunidad son las respuestas de Dios hacia nosotros. Sin embargo, Lutero experimentó como Dios parece no siempre oír a nuestras oraciones. Especialmente en el Antiguo Testamento leemos sobre muchos santos que lloraron y gritaron a Dios en vano. Por ejemplo, cuando Moisés se detuvo en el Mar Rojo, con el bramante en frente a él y el Faraón con sus tropas detrás de él (cf. Ex 14), no pudo esbozar una simple palabra de oración. Pero Dios le habló al Moisés aterrado y le preguntó: “¿Por qué me invocas con esos gritos?” (Ex 14:15). Moisés había estado afligido y silencioso pero Dios había oído su oración sin palabras como si fuera un grito fuerte. Pablo nos ayuda a entender este pasaje, describiendo como el Espíritu Santo intercede por los santos “con gemidos inefables” (Ro 8:26). De acuerdo con Lutero, el Espíritu Santo había estado en el corazón de Moisés verdaderamente, no especulativamente. El Espíritu se había vuelto casi como otra realidad en Moisés, quien no había percibido mediante sus sentidos los gemidos del Espíritu.

La oración pertenece al verdadero coro de la teología de la fe de Lutero. La fe no es sólo una “relación” entre Dios y un ser humano. En cambio, Cristo mismo está verdaderamente presente en la fe. La oración del Espíritu es una señal de esta realidad. En este sentido, la oración no es sólo una acción humana; es una realidad sacramental. Como tal, no puede ser percibida por los sentidos o manipulada como una herramienta espiritual. La oración del Espíritu tiene lugar bajo la cruz de Cristo.

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