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GRAN PLEGARIA EUCARISTICA El movimiento de reforma litúrgica ha recuperado la estructura que llamamos Gran Plegaria Eucarística, que encuadra a las palabras de institución de la Santa Cena en un horizonte que enfatiza la acción del Espíritu Santo para que esas palabras se hagan realidad en la comunidad celebrante. En muchas ocasiones las palabras de institución recitadas sin ningún contexto podían dar la impresión de un acto mágico que llevaba a que por su simple recitado se producía la presencia real de Cristo. “El Libro de Liturgia y Cánticos” con mucha sabiduría y un muy positivo aporte teológico nos brinda en las páginas 61 a 66 cinco plegarias eucarísticas con estructura similar pero con una riqueza de contenidos que merecen que analicemos detalladamente Esta plegaria también se la denomina “anáfora” que significa en griego ofrenda y que fue la palabra utilizada desde muy temprano para designar a la oración de consagración de los elementos del pan y el vino de la Cena del Señor. El nombre más antiguo es el de Eucaristía que luego designara no solo esta parte de la liturgia sino que designará toda la acción de la Santa Cena. También es común encontrar la designación de esta plegaria como canon. El más antiguo ejemplo de plegaria lo encontramos en el escrito de Hipolito de Roma titulado “La Tradición Apostólica” escrito alrededor del año 215 y en el cuál ya aparece en grandes rasgos la estructura de esta oración: a) dialogo introductorio; b) narración de la institución; c) acción de gracias; d) epiclesis o invocación del Espíritu Santo; e) doxología final. Esta estructura refleja su dependencia de las oraciones de la tradición judía 1. DIALOGO INTRODUCTORIO. El Señor sea con ustedes. Y también contigo. Elevemos los corazones. A1 Señor los elevamos. Demos gracias al Señor nuestro Dios. Es justo darle gracias y alabanza. Este diálogo, siguiendo los modelos judíos de oraciones de acción de gracias, comienza con el recuerdo de Dios y un agradecimiento por sus actos de misericordia para con su pueblo. Su estructura nos muestra el saludo mutuo que refuerza la relación entre el celebrante que preside la oración y el pueblo de Dios. Este saludo es un reconocimiento de la interdependencia entre estos actores del acto litúrgico y la validación de su acción. Quien preside recibe la autorización comunitaria para actuar en nombre de todos ellos y es un visible reconocimiento de la conformidad en todo lo que se va a decir y hacer. Es también una invitación a elevar los corazones a Dios y una respuesta que afirma que este gesto es justo y necesario. [1] 2. EL PREFACIO (o Primera parte de la Acción de Gracias) En verdad es digno, justo y saludable que en todo tiempo y en todo lugar te demos gracias y alabanza, . . . (sigue luego el prefacio propio, concluyendo con:) . . . alabamos tu nombre y nos unimos a su himno eterno: Este prefacio establece los fundamentos y la estructura de toda de la acción de gracias: la comunidad alaba a Dios por los actos de salvación obrados a lo largo de la historia desde el comienzo hasta la actualidad. Esta primera parte de la acción de gracias es variable y existen en la pág. 47 a 51 del “Libro de Liturgia y Cánticos” una serie de prefacios propios para cada estación del año eclesiástico y su núcleo es un agradecimiento por lo actuado por Jesucristo. 3. EL SANTO Santo, santo, santo, es el Señor, Dios del Universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en el cielo El Sanctus llegó a ser una parte integral de la Plegaria Eucarística (La Oración de Acción de Gracias) tanto en el oriente como en occidente desde antes del año 400. Con él concluye la parte variable de la oración llamada prefacio. Su texto está compuesto de dos secciones, ambas inspiradas en las Escrituras, cada uno termina con la frase: “Hosanna en el cielo”. El efecto del texto es una yuxtaposición de dos aspectos muy diferentes de Dios: la completa trascendencia y el temor que inspira el Dios del Cielo, y la humilde presencia de lo divino en Jesús el Mesías. La primera sección evoca la imagen del Dios celestial sentado en su trono y la incesante liturgia que le rodea tal como la encontramos descripta en el libro del profeta Isaías y en el Apocalipsis. En el relato de Isaías, el profeta es iniciado en su vocación carismática por medio de una terrible visión celestial. “En el año de la muerte del rey Ozias, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo. Unos serafines estaban de pie por encima de él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies y con dos volaban. Y uno gritaba hacia el otro: “¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! Toda la tierra está llena de su gloria”. “Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa se llenó de humo. Yo dije: “¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros; y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!”. (Isaías 6: 1-5) Al final de esta escena uno de los serafines utiliza una brasa ardiente que había tomado de encima del altar y quema la culpa de Isaías purificando sus labios. El vidente del libro del Apocalipsis sufre una experiencia similar y hace una consciente alusión al pasaje de Isaías: En ese mismo momento, fui arrebatado por el Espíritu y vi en el cielo un trono, en el cual alguien estaba sentado. El que estaba sentado tenía el aspecto de una piedra de jade y de ágata. Rodeando el trono, vi un arco iris que tenía el aspecto de la esmeralda. Y alrededor de él, había otros veinticuatro tronos, donde estaban sentados veinticuatro Ancianos, con túnicas blancas y coronas de oro en la cabeza. Del trono salía relámpagos, voces y truenos, y delante de él ardían siete lámparas de fuego, que son los siete Espíritus de Dios. Frente al trono, se extendía como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono y alrededor de él, había cuatro Seres Vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. El primer Ser viviente era semejante a un león, el segundo, a un toro; el tercero tenía rostro humano; y el cuarto era semejante a un águila en pleno vuelo. Cada uno de los cuatro Seres Vivientes tenía seis alas y estaba lleno de ojos por dentro y por fuera. Y repetían sin cesar, día y noche: “Santo, santo, santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, el que es y el que vendrá” (Apocalipsis 4: 2-8) La segunda parte del Sanctus tiene su origen en la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. El relato describe la sorprendente imagen de un solitario llegando a la Ciudad Santa montado en un asno en medio de las aclamaciones del pueblo que clamaba salvación: Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos Y si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a devolver enseguida"” Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Digan a la hija de Sión: Mira que tu rey viene hacia ti, humilde y montado sobre un asna, sobre la cría de un animal de carga. Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas. La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! (Mateo 21: 1-9) La aparente contradicción en el retrato de Dios en las dos secciones del Sanctus se debe a la naturaleza profética de la primera y la naturaleza escatológica de la segunda. Jesús puede aparecer como siendo una humilde persona que llega a una ciudad que le rechazará y le ejecutará. Pero también es el vocero de Dios que anuncia el nuevo tiempo, y que desgarra el cosmos al destruir la distinción entre lo puro e impuro. Entra al espacio del Templo y hecha a los cambiadores de monedas que hacían posible el sacrificio cultico y luego admite al ciego y al rengo, a quienes cura en el espacio del templo. Si el pueblo no hubiera gritado su alabanza, seguramente las piedras mismas lo hubieran hecho. (Lucas 19:40) PLEGARIA EUCARÍSTICA I 4. EL SEGUNDO PREFACIO Santo Dios, gran Señor, Padre de infinita bondad; sin límites es tu misericordia y eterno es tu reino. Tú has infundido luz y vida en toda la creación; cielo y tierra están llenos de tu gloria. Por Abraham prometiste bendecir a todos los pueblos. Rescataste a Israel, tu pueblo escogido. Por los profetas renovaste tu promesa; y, en estos últimos tiempos enviaste a tu Hijo, quien con palabras y obras proclamó tu reino, y se sometió a tu voluntad, aún hasta ofrendar su vida. Este es el segundo prefacio posterior al Santo, al cual se relaciona a través de las primeras palabras con las que se inicia este relato de la intervención de Dios en la historia de salvación, desde la creación, las promesas y el pacto hecho con Abraham y a Sara, el éxodo, los profetas y la culminan con la Encarnación de Jesucristo. Esta economía de la salvación es el contexto en el cuál se ubica la plegaria de la iglesia, es el fundamento de la fe y de la esperanza en que Dios volverá a actuar de la misma forma aquí y ahora con su pueblo. Establece una transición ordenada entre una acción de gracias verbal hacia una acción de gracias ritual al actualizar con gestos visibles el mandato de Cristo. 5. LAS PALABRAS DE INSTITUCION (1ª Carta a los Corintios 11) La noche en que fue entregado, nuestro Señor Jesús tomó pan y dio gracias; lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomen y coman; esto es mi cuerpo, dado por ustedes. Hagan esto en memoria mía. De igual manera, después de haber cenado, tomó la copa, dio gracias y la dio a beber a todos, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, derramada por ustedes y por todo el mundo para el perdón del pecado. Hagan esto en memoria mía. Pues cada vez que comemos de este pan y bebemos de esta copa, proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva. La narración de la institución de la Santa Cena aparece como el corazón de todas las plegarias eucarísticas. En la reforma del canon realizada por Lutero es la única parte que subsistió pero cambiando su significación ya que perdió su carácter de oración dirigida a Dios para ser un elemento de catequesis hacia el pueblo. Es de notar la dificulta que subsiste en la expresión: “Hagan esto en memoria mía” ya que esta palabra memoria no pone de manifiesto el concepto teológico que subyace y que podría dar lugar a una interpretación muy subjetiva y racional. Quizás hubiera sido mejor utilizar palabras como memorial o conmemoramos, que si bien no eliminan el problema se aproximan un poco más a la idea de hacer presente realmente a la persona o el acontecimiento del cual se hace memoria. La frase final de las palabras de institución, tomadas de 1º Corintios 11:26 es un resumen de la acción de gracias motivada por la historia de la salvación, al nombrar los momentos capitales de la pasión y de la segunda venida que son centrales al misterio pascual. Esta frase coloca a la celebración en el horizonte escatológico, al igual que todas las aclamaciones que pronuncia la asamblea. 6. ACLAMACIÓN. Cristo ha muerto. Cristo ha resucitado. Cristo vendrá de nuevo. Las palabras de institución son acompañadas por esta aclamación tan importante de la asamblea litúrgica, que resalta este momento capital de la plegaria eucarística. La intención final de todo el memorial del Señor, es el pedido insistente y fervoroso de su regreso en gloria y de la manifestación del Reino de Dios, del cual la iglesia es un anuncio y un pregustar esa fiesta. Los primeros cristianos ya cantaba una aclamación litúrgica muy parecida: “El Señor viene” (1º Corintios 16:22) , y en el libro del Apocalipsis, haciéndose eco de una liturgia primitiva tiene una expresión muy parecida: “El Espíritu y la Esposa dicen”: ¡Ven!”... “El que garantiza estas cosas afirma:” ¡Sí, volveré pronto!”. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Apocalipsis 22:17 y 20) La comunidad hace memoria de la acción de Cristo en el pasado (muerte), en el presente (su resurrección) y en el futuro (la segunda venida). 7. ANAMNESIS (Memorial de la vida y Pasión de Jesucristo). Por tanto, Padre de gracia, con este pan y esta copa recordamos la vida que nuestro Señor ofreció por nosotros. Y, creyendo el testimonio de su resurrección, esperamos su regreso con pode para compartir con nosotros el gran banquete prometido. Amén. Ven, Señor Jesús. Detrás de la expresión “recordamos” existe el concepto de anamnesis que refleja un concepto semita que ninguna palabra en castellano logra reflejar acertadamente. La palabra “recordamos”, que aparece en todas estas plegarias eucarísticas, pareciera que da a entender que hacemos memoria de un hecho del pasado que no está ocurriendo en el presente. Justamente anamnesis es todo lo opuesto. A través de este memorial la persona o el acontecimiento se hace contemporáneo y actual. Aquello de lo cual se hace memoria ocurre delante de nuestros ojos en la fe. Aquello de lo cual se hace anamnesis se hace presente e irrumpe en el reino del aquí y ahora y se hace eficaz para aquellos que participan del memorial. La suplica de la comunidad con la que responde a este memorial dirige su mirada hacia la consumación de los tiempos y pide que Jesús como Señor acelere su retorno y congregue a todos en la fiesta que no tendrá fin.
8. INVOCACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO. (Epiclesis). Te rogamos, ahora, que envíes tu Espíritu Santo, el espíritu de nuestro Señor y de su resurrección, para que nosotros que recibimos el cuerpo y sangre del Señor vivamos para alabar tu gloria y recibir nuestra herencia con todos tus santos en luz. Amén. Ven, Espíritu Santo. La invocación del Espíritu Santo sobre la comunidad tiene la finalidad de colocar toda esta acción litúrgica en la perspectiva de Pentecostés. Esta invocación pide que el Espíritu Santo para que la comunión del cuerpo eclesial con el Cuerpo de Cristo en el sacramento lleve los frutos de la unidad y de la santificación y así nos una a los coros de los arcángeles que se unieron a esta celebración en el Santus. Esta invocación del Espíritu Santo, o epiclesis de comunión que se realiza sobre la comunidad nos conduce a la manifestación del Cuerpo de Cristo. De la misma forma que la epiclesis de consagración que se realiza sobre los elementos, y que ha está ausente en estas plegarias, que se decía con anterioridad a las palabras de institución, y que tenía como objetivo que en la fe el pan y el vino ofrecidos sean para nosotros el cuerpo y la sangre de Cristo, esta invocación pide que la comunidad se transforme sacramentalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo en el mundo. Ambas invocaciones del Espíritu Santo tenían el mismo objetivo: que el Cristo Resucitado se haga presente en los elementos a través de la fe y se haga presente en la comunidad para que sea signo vivo de Cristo en la historia y en el aquí y ahora. La estructura de esta petición es siempre muy semejante: primero se ruega por el envío del Espíritu Santo para que realice una acción determinada: que envíes tu Espíritu Santo, el espíritu de nuestro Señor y de su resurrección, 2) La descripción de los efectos de esa intervención: para que nosotros que recibimos el cuerpo y sangre del Señor 3) Los frutos que se esperan de esa acción del Espíritu Santo: vivamos para alabar tu gloria y recibir nuestra herencia con todos tus santos en luz. 9. INTERCESIONES O DIPTICO Une nuestras oraciones con las de tus siervos de todo tiempo y de todo lugar y recógelas con las súplicas perpetuas de nuestro gran sumo sacerdote hasta que él venga como Señor triunfante de todo. En la Eucaristía el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, llega a su plena realización y en el corazón de esa identidad está la intercesión por todos aquellos que vivieron en el pasado en fidelidad al Evangelio y que es la Iglesia triunfante en el cielo, a la cual se une la iglesia peregrina en este mundo en un esfuerzo por eliminar el tiempo y el espacio transformando a todos en participes del triunfo de Cristo. Esta intercesión se fundamente en el único sacrificio y en la única intercesión de nuestro Sumo Sacerdote: Jesucristo. Técnicamente podemos definir estas oraciones o díptico como la intercesión o conmemoración de personas específicas, vivas o muertas que forman la comunidad de los santos y que se ofrecen en íntima relación con la acción eucarística. La comunidad antes de compartir el pan del cielo considera que aún subsiste una tarea importante que hace a su identidad: la oración de intercesión. 10. DOXOLOGIA FINAL. Por él, con él, en él, a ti Dios Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria, ahora y siempre. Amén La anáfora o plegaria eucarística termina como comenzó, con alabanza y acción de gracias en la fórmula de una solemne doloxología trinitaria. Esta respuesta comunitaria tiene una gran importancia porque expresa la comunión de intención de todos los participantes y con el celebrante que preside la oración, que ha realizado en nombre de todos esta oración. 11. PADRENUESTRO. Desde muy temprano el Padrenuestro se incorporó a la estructura de la Plegaria Eucarística. Testimonios del siglo IV muestran que una interpretación de dos de las peticiones del Padrenuestro hicieron que las comunidades lo relacionaran con la Santa Cena. [2] Esas peticiones son: “el pan nuestro de cada día” y “perdónanos nuestras deudas...” Pero escuchemos a los protagonistas de esta historia. Uno de los primeros documentos de la iglesia, casi contemporáneo a los últimos escritos del Nuevo Testamento, la Didache o La Doctrina de los Doce Apóstoles” nos informa que los cristianos recitaban el Padrenuestro tres veces por día. Muy pronto se utiliza la estructura de esta oración en la catequesis bautismal. Tertuliano (160-c.220) afirma en el primer comentario del Padrenuestro que la oración dominical es el mejor resumen del Evangelio. Cuando comenta la petición: “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” realiza una interpretación literal y otra espiritual. Tertuliano interpreta esta petición desde una perspectiva cristologica y espiritualmente afirma que Cristo es nuestro pan cotidiano. También desde una perspectiva cristologíca afirma que cuando pedimos nuestro pan de cada día estamos pidiendo poder vivir continuamente en Cristo y poder identificarnos con su Cuerpo. Si la comunidad de fe se puede considerar el Cuerpo de Cristo es porqué ha recibido el Cuerpo de Cristo en el pan eucarístico, que es el Cristo. Cipriano de Cartago (c.205-238) se aproxima al Padrenuestro desde una perspectiva comunitaria porque afirma que no es una oración que el cristiano puede pronunciar individualmente sino en tanto que miembro del Pueblo de Dios. El pan cotidiano de la comunidad cristiana es el Cristo y ese pan no está destinado a cualquiera porque es nuestro pan, el pan cristiano. Llamamos a Cristo nuestro pan cotidiano porque Él es el pan de aquellos que forman su Cuerpo. Orígenes (185-253) afirma que el pan verdadero es aquel que alimenta al ser humano verdadero, creado a la imagen del Creador y que crece hasta semejarse a su Creador. El verdadero alimento es el cuerpo de Cristo. Cirilo de Jerusalén en sus catequesis bautismales es el primero en testimoniar que el Padrenuestro se recita durante la celebración eucarística. Ambrosio de Milan afirma que llamamos pan a aquello que se ofrece durante la celebración eucarística pero desde el momento que se pronuncian las palabras de consagración ya no lo llamamos pan sino Cuerpo. Es el primero en apoyar la costumbre de celebrar la Eucarístía diariamente y de comulgar cada día y afirma que aquel que no es digno de recibirlo cada día tampoco es digno de recibirlo una vez por año. [3] Agustín (354-430) afirma que este Pan eucarístico es el Pan de la Palabra de Dios. Es el primero que establece una relación entre el perdón de las ofensas y la Eucaristía. Enfatiza muy fuertemente la situación pecaminosa de los seres humanos aún después del bautismo. Utiliza el Padrenuestro como una oración preparatoria a la comunión. Para el Papa Gregorio el Grande (590-604) el Padrenuestro tiene una doble función. En relación con la Plegaria Eucarística, es como una especie de prolongación, en especial a través de las tres primeras peticiones que retoman la acción de gracias. En cuanto a la comunión, el Padrenuestro es considerado como una preparación. De hecho la elevación no se realizaba durante la doxología final sino durante la recitación de esta oración. Durante este tiempo la oración dominical tenía el mismo valor que la Plegaria Eucarística, a tal punto que era recitada exclusivamente por el ministro que presidía la celebración, y la asamblea respondía con el Amén final o con el último versículo: “mas líbranos del mal”. Durante la Reforma, el Padrenuestro subsiste junto con el prefacio, el Santo y las Palabras de Institución como elemento preparatorio para la comunión. Asimismo Lutero relaciona fuertemente el Padrenuestro con el intercambio de la paz y lo considera como una confesión de pecados general y un pedido de perdón al que el gesto de la paz responde como una especie de absolución comunitaria que procede de los labios mismos de Cristo. Lutero escribe que luego de la Oración Dominical se dice: La paz del Señor sea siempre con ustedes”, y esta es una remisión pública de los pecados ofrecida a todos aquellos que comulgan. La palabra del Evangelio proclama el perdón de los pecados, es la más valida y única preparación necesaria para aproximarnos a la Mesa del Señor, siempre que sea acogida con fe como procediendo de los labios mismos del Señor. Lisandro Orlov Iglesia Evangélica Luterana Unida en Argentina y Uruguay
[1] “A New Dictionary of Liturgy and Worship” edited by J.G. Davies. SCM Press Ltd. London 1994 [2] A. Verheul OSB. “Le Notre Père et l’Eucaristie” en Questions liturgiques, p.159-179 [3] Ambroise de Milan. Des sacrements. Des mysteres. (Sources Chrètiennes 25), Paris, 1949 |