Propio 13-C - 5 de agosto de 2007

Riqueza

¡Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!
Yo, Cohélet, he sido rey de Israel, en Jerusalén, y me dediqué a investigar y a explorar con sabiduría todo lo que se hace bajo el cielo: es esta una ingrata tarea que Dios impuso a los hombres para que se ocupen de ella.  Así observé todas las obras que se hacen bajo el sol, y vi que todo es vanidad y correr tras el viento.
Y también detesté todo el esfuerzo que había realizado bajo el sol, y que tendré que dejar al que venga después de mí.  ¿Y quién sabe si él será sabio o necio? Pero será el dueño de lo que yo he conseguido con esfuerzo y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad.  Y llegué a desesperar de todo el esfuerzo que había realizado bajo el sol.  Porque un hombre que ha trabajado con sabiduría, con ciencia y eficacia, tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo. También esto es vanidad y una grave desgracia. ¿Qué le reporta a una persona  todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol?  Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad (Ecl. 1:2, 12-14; 2: 18-23).

Oigan esto, todos los pueblos;
escuchen, todos los habitantes del mundo:
tanto los humildes como los poderosos,
el rico lo mismo que el pobre.

Mi boca hablará sabiamente,
mis reflexiones serán muy sensatas.
Voy a inspirarme para componer un proverbio,
revelaré mi enigma al son de la cítara.

¿Por qué voy a temer
en los momentos de peligro,
cuando me rodea la maldad de mis opresores,
de esos que confían en sus riquezas
y se jactan de su gran fortuna?

No, nadie puede rescatarse a sí mismo
ni pagar a Dios el precio de su liberación,
para poder seguir viviendo eternamente
sin llegar a ver el sepulcro:
el precio de su rescate es demasiado caro,
y todos desaparecerán para siempre.

Cualquiera ve que mueren los sabios;
necios e ignorantes perecen por igual,
y dejan a otros sus riquezas:
la tumba es su residencia perpetua,
su morada por los siglos de los siglos,
por más que hayan poseído muchas tierras (Sal.  49: 1-11).

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde  Cristo está sentado a la derecha de Dios.  Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra.  Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste  Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.
Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría. Estas cosas provocan la ira de Dios.  Ustedes mismos se comportaban así en otro tiempo, viviendo desordenadamente.  Pero ahora es necesario que acaben con la ira, el rencor, la maldad, las injurias y las conversaciones groseras.  Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del ser humano viejo y de su sobras y se revistieron del ser humano nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador.  Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni persona libre, sino sólo    Cristo, que es todo y está en todos  ((Col. 3: 1-11)..

Uno de la multitud le dijo a Jesús: "Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia". Jesús le respondió: "Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?".  Después les dijo: "Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas".
Les dijo entonces una parábola: "Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho,  y se preguntaba a sí mismo: '¿Qué voy a hacer?
No tengo dónde guardar mi cosecha'.  Después pensó: 'Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes,  y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida'.  Pero Dios le dijo: 'Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?'.  Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios"  (Lc 12: 13-21).

Esta parábola puede ser difícil de aceptar paras alguien que se gana la vida y pretende mejorar su situación económica. Hoy que mantenerse a la par de la inflación, luchar frente a la suba de precios. Temblar frente a la estabilidad precaria del trabajo. Pareciera que Jesús condenara a quien planifica con tiempo.
La realidad es que el hombre de la parábola hace bien lo que hace. El problema no está en lo que hace, sino en lo que no hace. Son sus motivaciones y actitudes las que están bajo el juicio crítico de Jesús. Este hombre consideraba que la riqueza era suya, que no debía nada a nadie, ni a Dios siquiera. Que con su riqueza podía hacer lo que le viniera en gana. Que podía llevar de ahora en más una vida cómoda y sin sobresaltos, complacerse en su riqueza.
Jesús señala la ilusión de creer que la riqueza provee seguridad y felicidad. No importa el monto de nuestra cuenta bancaria o de nuestras inversiones, las propiedades que poseamos, nada de esto puede asegurarnos la vida. Nuestras vidas están en las manos de Dios y esto es un a frustración para quien, como el hombre de la parábola, quiere ser totalmente independiente. En cambio, para alguien que está dispuesto a confiar en Dios es algo que produce alivio, que construye esperanza.
Más adelante, en el mismo texto de Lucas, Jesús afirma que los paganos persiguen la satisfacción de sus necesidades físicas. Esto no significa que vamos a comer menos que los paganos, que vamos a necesitar menos trabajo que ellos, o que hemos de tener graneros más pequeños que los del hombree de la parábola. Antes bien, que lo todo lo que hagamos, lo haremos con la certeza de que nuestro Padre celestial ha de brindarnos lo que necesitemos.
El rico de esta parábola no se proponía usar de sus bienes para otro beneficiario que él mismo. Aquí Jesús no nos habla del compartir con los necesitados, lo hace en otros lugares. A otro rico, joven, se le dijo que repartiera sus bienes entre los pobres. El buen samaritano es modelo del ayudar sin pedir nada a cambio. Un refrán dice que el mejor modo de guardar seguro un tesoro es repartirlo en limosnas.
El hombre rico de esta parábola piensa sólo en sí mismo. Quizás se hubiera esperado que dijera algo así como: Esto es lo que haré, modestamente ampliaré mis graneros para guardar está enorme cosecha. Pero, después, repartiré entre los pobres lo que supera mis necesidades y la de mi familia. Y, entonces, diré, alégrate en Dios que ha sido tan generoso en su bendición. Ya que no necesito trabajar tanto, pasaré más tiempo con mi esposa y mis hijos, con mis amigos.
Nuestro primer paso en aprender el sentido de esta parábola es reconocer que hay algo que en verdad necesitamos. Necesitamos a Jesucristo, que él sea Señor de nuestra vida; no podemos separar lo que poseemos, nuestras metas económicas, de su señorío redentor. djc