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Propio 16 - C - 26 de agosto de 2007 Jesús nos trae libertad Si
eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna
si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu
luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.
El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto
y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como
una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan. Reconstruirás las
ruinas antiguas, restaurarás los cimientos seculares, y te llamarán "Reparador
de brechas", "Restaurador de moradas en ruinas". Bendice
al Señor, alma mía, El
perdona todas tus culpas El
Señor hace obras de justicia El
Señor es bondadoso y compasivo, Ustedes, en efecto, no se han acercado a algo tangible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, tempestad, sonido de trompeta, y un estruendo tal de palabras, que aquellos que lo escuchaban no quisieron que se les siguiera hablando. Porque no podían soportar esta prescripción: Cualquiera que toque la montaña será apedreado, incluso los animales. Este espectáculo era tan terrible, que Moisés exclamó: Estoy aterrado y tiemblo. Ustedes, en cambio, se han acercado a la montaña de Sión, a la Ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, a una multitud de ángeles, a una fiesta solemne, a la asamblea de los primogénitos cuyos nombres están escritos en el cielo. Se han acercado a Dios, que es el Juez del universo, y a los espíritus de los justos que ya han llegado a la perfección, a Jesús, el mediador de la Nueva Alianza, y a la sangre purificadora que habla más elocuentemente que la de Abel. Tengan cuidado de no desoír al que habla. Porque si los que rehusaron escuchar al que promulgaba oráculos en la tierra, no pudieron escapar al castigo, ¿cómo podremos escapar nosotros si volvemos las espaldas al que habla desde el cielo? Aquel que en esa ocasión hizo temblar la tierra con su voz, ahora nos ha hecho esta promesa: Una vez más haré temblar no sólo la tierra, sino también el cielo. Estas palabras una vez más quieren decir que las cosas que se conmueven van a cambiar –porque son creadas- para que permanezcan las que son inconmovibles. Así, habiendo recibido la posesión de un Reino inconmovible, aferrémonos a esta gracia, y con piedad y temor, tributemos a (Heb. 12: 18-29). Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. Había allí una mujer poseída de un espíritu, que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera. Jesús, al verla, la llamó y le dijo: "Mujer, estás curada de tu enfermedad", y le impuso las manos. Ella se enderezó enseguida y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: "Los días de trabajo son seis; vengan durante esos días para hacerse curar, y no el sábado". El Señor le respondió: "¡Hipócritas! Cualquiera de ustedes, aunque sea sábado, ¿no desata del pesebre a su buey o a su asno para llevarlo a beber? Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser librada de sus cadenas el día sábado?". Al oír estas palabras, todos sus adversarios se llenaron de confusión, pero la multitud se alegraba de las maravillas que él hacía (Lc. 13, 10-17). Jesús nos trae libertad. Libertad del pecado y del temor, de la muerte y la desesperación. La conducción religiosa de su tiempo, aferrada a la letra del mandamiento, se mantiene y mantiene al pueblo esclavizado. Donde en cambio de servir la Ley al despliegue y desarrollo de la vida, sólo sirve para aherrojarla e inmovilizarla. En la sinagoga de Nazaret toma otro texto del profeta Isaías para anunciar su tarea: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del señor (Lc. 4, 128-19, comp. Is. 61, 1-2). El Evangelio es proclamación de libertad. Esto contrasta fuertemente con la visión común de nuestra época que afirma el dominio sobre los demás, incluso el uso de la violencia y la explotación para satisfacer fines egoístas. Esto contrasta fuertemente con la visión personal egoísta de nuestra época: mientras me satisfaga, mientras “yo” me sienta bien, y nos encadena y esclaviza a la auto-satisfacción sin pensar con responsabilidad en nuestra relación con los que nos rodean, con el mundo en que vivimos, con la naturaleza puesta a nuestro cuidado. Muchas libertades hemos ganado, muchos han perdido sus libertades. Somos libres para hacer lo que se nos venga en gana, pensamos. Y, a la vez, somos esclavos de estados todopoderosos, de los medios de comunicación, de las modas, de la comodidad propia, de la droga y la corrupción política, social y personal, del que dirán, de la autocomplacencia, de la enfermedad, de nuestro propio orgullo y egoísmo. Podemos identificarnos con la mujer que el pasaje del evangelio nos presenta. También nosotros nos vemos esclavizados por situaciones que nos hacen vivir una vida contrahecha. Encorvados sobre nosotros mismos tenemos una visión distorsionada de la vida. ¿Qué enfermedad del espíritu, qué visión estrecha, nos impide ver el horizonte a lo lejos, tener una visión amplia de la vida y el mundo? Incluso somos, como la mujer, incapaces de cambiar de perspectiva, de renovar nuestra visión. Es Jesús, el ungido, el Cristo, quien se acerca a la mujer, a nosotros, para darnos la libertad. Somos incapaces de darnos la libertad a nosotros mismos. Incluso muchos nos sentimos derrotados por completo, incapaces de cambiar nuestro presente y futuro. Necesitamos ayuda para salir de la prisión en que nosotros y todos nos hemos encerrado, la de la enfermedad, la violencia, la explotación y la injusticia, el hambre de alimento y el hambre de vida digna, el ser plenamente personas. Jesús ve a la mujer y la llama, ella viene. Ella vino hacia donde él estaba, la sinagoga era el lugar donde recibía el mensaje de esperanza y es allí donde Jesús la llama. J34sús está allí, esperando nos acerquemos en la esperanza. Vacilante la mujer se acerca y Jesús afirma que está curada y la bendice. Es llamada y viene; es llamada, viene y es sanada, salvada. Recibe la libertad. Ella se enderezó en seguida y glorificaba a Dios (Lc. 13, 13). Jesús está te espera para darte la libertad de hijo e hija de Dios. Jesús le impuso las manos (Lc. 13, 13), cuando Jesús nos bendice jamás volvemos a ser los mismos. La mujer que no podía enderezarse de ninguna manera (Lc. 13, 11) se endereza y ve al mundo que la rodea y ve a su sanador y libertador, Jesucristo. Jesús nos conoce a cada uno, sabe de nuestra realidad personal, vino a morir por todos nosotros, resucitó por cada uno de nosotros. Hubiera sido posible que la mujer no atendiera al llamado de Jesús. ¡Al fin y al cabo había convivido con su enfermedad ya tantos años...! Ser sanada implicó cambiar su perspectiva de vida, no sólo física, sino mental y espiritualmente. Cambió su manera de ver a Dios. Podía haberse dado y regresado por donde había venido, así hubiera perdido la nueva dimensión de salud que entró por obra de Jesús en su vida. Jesús nos llama, hemos de elegir escucharle, mirarlo a la cara, o darle la espalda y alejarnos de él. Era sencillo para la multitud el aclamarlo, no había en ello riesgo alguno; era como salir a la puerta, darnos la mano o intercambiar un beso, y seguir adelante sin cambio alguno. No es sencillo responder al llamado de Jesús en forma personal. Cuando se nos dice: Jesús te ama, decimos que sí; cuando se nos dice: Ama a tu prójimo, decimos que sí. Pero cuando Jesús lo transforma en algo personal: Morí y resucité por ti... y hoy, ayer, me ignoraste... Hemos de admitir, entonces, nuestra necesidad de perdón, de libertad, de salvación, hemos de escuchar y aceptar la bendición salvadora y liberadora de Cristo. Por eso, hoy, tengo un desafío para ti. La próxima vez que escuches hablar a Cristo Jesús, toma conciencia de que te habla personalmente, que te ama, te perdona y te libera a ti: personalmente. Bendice
al Señor, alma mía, |