Propio 19-C - 16 de septiembre de 2007

El pastor

El Señor dijo a Moisés: "Baja en seguida, porque tu pueblo, ese que hiciste salir de Egipto, se ha pervertido. Ellos se han apartado rápidamente del camino que yo les había señalado, y se han fabricado un ternero de metal fundido. Después se postraron delante de él, le ofrecieron sacrificios y exclamaron: "Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto". Luego le siguió diciendo: "Ya veo que este es un pueblo obstinado. Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación".
Pero Moisés trató de aplacar al Señor con estas palabras: "¿Por qué, Señor, arderá tu ira contra tu pueblo, ese pueblo que tú mismo hiciste salir de Egipto con gran firmeza y mano poderosa? ¿Por qué tendrán que decir los egipcios: "El los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?". Deja de lado tu indignación y arrepiéntete del mal que quieres infligir a tu pueblo.  Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: "Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia".  Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo (Ex. 32: 7-14).

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,
por tu gran compasión, borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado!

Porque yo reconozco mis faltas
y mi pecado está siempre ante mí.
Contra ti, contra ti solo pequé
hice lo que es malo a tus ojos.

Por eso, será justa tu sentencia
y tu juicio será irreprochable;
yo soy culpable desde que nací;
pecador me concibió mi madre.

Tú amas la sinceridad del corazón
y me enseñas la sabiduría en mi interior.
Purifícame con el hisopo y quedaré limpio;
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.

Anúnciame el gozo y la alegría:
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta tu vista de mis pecados
y borra todas mis culpas (Sal. 51, 1-11).

Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque  me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio  a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús.  Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos.  Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en él para alcanzar la Vida eterna.  ¡Al Rey eterno y universal, al Dios incorruptible, invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos! Amén  (1 Tim. 1: 12-17).

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.  Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola: "Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría,  y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido".  Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse".
Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido".  Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte” (Lc. 15, 1-10).

Jesús nos invita a ponernos en las sandalias de este pastor. Si alguien tiene cien ovejas... Imaginemos que tenemos cien ovejas y una se pierde. ¿Qué haríamos si notamos que falta  una oveja? Algunos proferiríamos algunas maldiciones. Ya trabajos demasiado cuidando estos animales de... para que una se vaya por ahí, se extravíe, incluso caiga en un barranco, se mate o quede estropeada. ¿No podía tener el sentido de quedarse segura con el rebaño?

A continuación, ¿qué sucede? ¿Dejamos las noventa y nueve en el campo y buscamos  la extraviada? No sé, quizás no. Al fin y al cabo donde se perdió era una zona de colinas y de rocas, arduo para transitar y difícil de divisar al animal extraviado. Noventa y nueve en el campo, quizás a campo abierto, no dice aprisco, redil.  ¿Y si se pierde otra o la roban? O, ¿si todas salen en distintas direcciones y se pierden? Bueno, perdí una, me quedan noventa y nueve, para qué buscarla. Fin del relato.

Pero, el pastor, en la parábola que Jesús nos presenta, no reacciona de esa forma. Arriesga las noventa y nueve por buscar a la que se extravió. Abandona todo lo que posee, por la que no tiene.

Vayamos con él en la búsqueda de perdida, aunque pensemos que es algo tonto dejar las noventa y nueve solas. Eventualmente, encuentra su oveja. ¿Qué hará entonces? La empujará rudamente camino al rebaño, lo hará acompañándola con algunos bastonazos y un rosario de dichos acerca del resultado de su acción: Me hiciste perder el día entero buscándote, tuve que dejar a las otras sin atención por culpa tuya... Pero, el pastor de la parábola cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría. ¡Realmente sorprendente!

Y cuando llega a casa, ¿qué dirá a sus vecinos? ¿Suponemos que se lamentará por todo el problema que le causó su animal y cómo le duelen los músculos de trepar y bajar de las colinas el día entero? No, no este pastor. Les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido.

Creo que cuando Jesús comienza diciendo: Si alguien..., lo hace con picardía. Pocos de sus oyentes o de nosotros mismos habría actuado como el pastor del relato. Y esto es lo que Jesús desea señalar.

El pastor es símbolo de Dios: El Señor es mi pastor (Sal. 23, 1). Dios no nos trata según  nuestra lógica y nuestros valores, lo hace a la manera del pastor de la parábola.

Dios está dispuesto a entregar todo lo que tiene, su Hijo único, para lograr lo que no tiene, a nosotros. No nos maldice porque nos extraviamos, se alegra porque nos encuentra y redime. Es tan feliz por eso que hace fiesta para celebrarlo.

 Jesús narró esta parábola ante lo crítica por recibir a los pecadores y comer con ellos (Lc. 15, 2).  Así señala que Dios es distinto de lo que imaginan sus críticos y que si comprendiera a Dios, entenderían por qué Jesús se conduce como lo hace, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido (Lc. 19, 9).

Si imaginamos a Dios a nuestra propia imagen, temeremos que nos encuentre. Si aceptamos lo que Jesucristo nos dice acerca de su Padre, estaremos deseos que nos encuentre, no importa lo extraviados que estemos. djc