1º Adviento – A - 2 de diciembre de 2007  

Ya es hora, hay que partir

Palabras que Isaías, hijo de Amós, recibió en una visión, acerca de Judá y de Jerusalén: Sucederá al fin de los tiempos, que la montaña de la Casa del Señor será afianzada sobre la cumbre de las montañas y se elevará por encima de las colinas. Todas las naciones afluirán hacia ella y acudirán pueblos numerosos, que dirán: "¡Vengan , subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob! El nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas" Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén, la palabra del Señor. El será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!  (Is. 2, 1-5;)

¡Qué alegría cuando me dijeron:
"Vamos a la Casa del Señor"!
Nuestros pies ya están pisando
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén, que fuiste construida
como ciudad bien compacta y armoniosa.
Allí suben las tribus,
las tribus del Señor -según es norma en Israel-
para celebrar el nombre del Señor.

Porque allí está el trono de la justicia
el trono de la casa de David.
Auguren la paz a Jerusalén:
"¡vivan seguros los que te aman!

¡Haya paz en tus muros
y seguridad en tus palacios¡"
Por amor a mis hermanos y amigos,
diré:"La paz esté contigo".

Por amor a la Casa del Señor, nuestro Dios,
Buscaré tu felicidad (Salmo 122).

 

Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz. Como en pleno día, procedamos dignamente: basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseo de la carne  (Rom. 13, 11-14).

Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada.
Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora menos pensada (Mt. 24, 36-44).

Señal de partida

Ya es hora, nos dice San Pablo, estén preparados, nos dice el Señor en el Evangelio, caminemos a la luz del Señor, nos dice el profeta Isaías. Y el salmo para hoy: ¡Que alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor!”, un canto de los peregrinos en marcha hacia el templo en Jerusalén.

Así el nuevo año de las fe se abre con la urgencia de despertar y ponernos en camino. No nos engañemos, no estamos esperando a que llegue la Navidad ni a la espera del último día que anuncia el Evangelio, aunque esperamos que tarde lo más posible.  Estar preparados no es quedarnos quietos a la espera de lo que ha de venir, es ponernos en marcha.

La tarea urgente es sacarnos de la cama

Pablo no es nada diplomático cuando escribe a los cristianos en Roma. No se preocupa de la bienvenida que, sabemos, merece. Escribe a una comunidad a la que nunca antes había visitado aunque tiene claras noticias acerca de ella. Y sin muchas vueltas les dice que es hora de despertarse, de estar listos. No sé como habrán recibido su carta estos cristianos, aunque el texto de ella ha sido reconocido como parte de nuestro Nuevo Testamento, tiene que haber sido muy valorada.  Además, el sueño no afecta sólo a aquellos creyentes en Roma, no hay aún un despertar general de la Iglesia, no hay un aprestarse porque ya llega el día del Señor y olvidamos revestirnos con las armas de la luz, el mismo Señor Jesucristo.

Estén prevenidos no saben el día

Cristo señala que uno puede estar muy activo pero dormido, lo ejemplifica con las actitudes de los contemporáneos del patriarca Noé. Seguían en lo suyo y no atendieron a las demandas de cambio en sus vidas, los tragó la inundación.

Es no darse cuenta de lo que pasa, no captar el significado del presente y la demanda que nos plantea de conversión y justicia, la catástrofe nos lleva entonces por delante. El uso satánico del poder, el eficientismo que no atiende al valor de la persona humana, el no respetar al diferente, el luchar por espacios de poder, el egoísmo y el arribismo, etc. Hay que despertar y dejar de andar a lo loco, hay que darse cuenta que el mal está dentro nuestro y no sólo fuerza, que el riesgo mayo es que el tren de la vida me pase por encima y viva sin sentido ni esperanza, hoy es la ocasión de escuchar a Dios en Cristo Jesús.

El sueño, no el dormir, como esperanza que se realiza

Isaías nos presenta un cuado muy especial que, para nosotros, pertenece al mundo de los sueños. Una Jerusalén misionera, pero misionera de un tipo muy particular. Todos se sentirán atraídos hacia ella por su belleza. El mundo será, entonces, un mundo de paz, sin guerras, y los instrumentos de la guerra se convertirán en herramientas de paz. Sí, lo sé, demasiado lindo para ser verdad, pero también demasiado hermoso para no serlo. Creo que las personas de fe hemos de ser soñadores como el patriarca José (G. 37, 19) la fidelidad al sueño del mundo como Dios lo quiere es ser realista. El sueño es, paradójicamente, lo que nos despierta y pone en macha hacia el nuevo mundo, la nueva realidad prometida por gracia. Y ese sueño no nos permite quedarnos dormidos, amodorrados, huyendo, si no que nos pone alerta, en marcha, peregrinos  del Evangelio hacia el cumplimiento de la promesa divina en Cristo Jesús. djc