1º Cuaresma  – A - 10 de febrero de 2008

Pero...

El Señor Dios tomó al ser humano y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara. Y le dio esta orden: “Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín, exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte.
La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho, y dijo a la mujer: “¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?”. La mujer le respondió: “Podemos comer los frutos de todos los árboles del jardín. Pero respecto del árbol que esta en medio del jardín, Dios nos ha dicho: “No coman de él ni lo toquen, porque de lo contrario quedaran sujetos a la muerte”. La serpiente dijo a la mujer: “No, no morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal”. Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió. Entonces se abrieron los ojos de los dos y descubrieron que estaban desnudos. Por eso se hicieron unos taparrabos, entretejiendo hojas de higuera (Génesis 2, 15-17 y 3,1-7).

¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado
y liberado de su falta!
¡Feliz el ser humano a quien el Señor
no le tiene en cuenta las culpas,
y en cuyo espíritu no hay doblez!

Mientras me quedé callado,
mis huesos se consumían entre continuos lamentos,
porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí;
mi savia se secaba por los ardores del verano.

Pero yo te reconocí mi pecado,
no te escondí mi culpa,
pensando : “Confesaré mis faltas al Señor”.
¡Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!

Por eso, que todos tus fieles te supliquen
en el momento de la angustia ;
y cuando irrumpan las aguas caudalosas
no llegarán hasta ellos.

Tú eres mi refugio,
tú me libras de los peligros
y me colmas con la alegría de la salvación.

Yo te instruiré, te ensañaré el camino que debes seguir;
con los ojos puestos en ti, seré tu consejero.
No sean irracionales como el caballo y la mula,
cuyo brío hay que contener con el bozal y el freno
para poder acercarse.

¡Cuántos son los tormentos del malvado!
Pero el Señor cubrirá con su amor al que confía en él.
¡Alégrense en el Señor, regocíjense los justos!
¡Canten jubilosos los rectos de corazón! (Salmo 32).

Por una sola persona entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los seres humanos, porque todos pecaron.
En efecto,  el pecado ya estaba en el mundo, antes de la Ley, pero cuando no hay Ley, el pecado no se tiene en cuenta. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso en aquellos que no habían pecado, cometiendo una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que debía venir.
Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos.
Tampoco se puede comparar ese don con las consecuencias del pecado cometido por un solo ser humano, ya que el juicio de condenación vino por una sola falta, mientras que el don de la gracia lleva a la justificación después de muchas faltas.  En efecto, si por la falta de uno solo reinó la muerte, con mucha más razón, vivirán y reinarán por medio de un solo ser humano, Jesucristo, aquellos que han recibido abundantemente la gracia y el don de la justicia.
Por consiguiente, así como la falta de uno solo causó la condenación de todos, también, el acto de justicia de uno solo producirá para todos los seres humanos la justificación que conduce a la Vida. Y de la misma manera que por la desobediencia de un solo ser humano, todos se convirtieron en pecadores, también por la obediencia de uno solo, todos se convertirán en justos (Romanos 5, 12-19).

En aquel tiempo Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Esta escrito:  El ser humano no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito:  Dios dará ordenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”. Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”. Entonces el demonio lo dejo, y unos ángeles se acercaron para servirlo (Mateo 4, 1-11).

Todos los problemas empiezan con un “pero”

Pero respecto del árbol..., dijo la mujer y la serpiente replicó y le allanó el camino para alejarse de Dios. Y más adelante: Pero el Señor llamó... Dios tiene un proyecto, un plan, pero al plantearse aparecen “peros” de propuestas contrapuestas.

En el comienzo del Génesis Dios aparece como un jardinero y en su jardín, pues paraíso es jardín real, pone al ser humano. Y ya entonces empiezan los distintos “peros”, el ser humano no soporta vivir en esa especie de vientre materno a resguardo de todo, prefiere morder el fruto que lo aparta de ese jardín paraíso. Termina expulsado del jardín real y enfrentado al mundo de la violencia, la injusticia, la crueldad, al mundo donde Caín mata a su hermano Abel. Dios plantó los árboles y el ser humano los tala, los derriba y hace de la tierra un desierto.

La vocación primera del ser humano es proteger y cuidar, la palabra que da origen a paraíso significa jardín protegido, pero prefiere estropear el jardín.

Dios plantea un “pero” a la escucha del discurso de la serpiente y el ser humano termina por escucharla y seguir su consejo.

Dios establece un límite, éste es la diferencia entre el Creador y la criatura. Pero el ser humano no lo soporta, mantiene su autosuficiencia, se afirma omnipotente, pretende ser como Dios. La serpiente planteó otro proyecto, inauguró otra historia, el “pero” arruinó todo.

También Cristo enfrenta los “pero”, los “si” condicionales

En las tentaciones también subyace el “pero”. Jesús llega al desierto para cumplir la voluntad del Padre y prepararse para cumplir la misión que él le encomienda. Pero el tentador le ofrece varios caminos alternativos copiados del triunfalismo mesiánico de su tiempo.

Primero limita su misión a lo material, Luego lo alienta a hacer alarde de un poder mágico, hoy sería de la teatralidad y la ostentación, del fenómeno seudo religioso, de la copia chabacana de una auténtica relación con Dios. Y, por último, lo alienta a confiar en la fuerza y el poder.

La primera es el facilismo que busca metas limitadas. La segunda busca lo prodigioso a cualquier precio –incluso el del ridículo, no vive la cotidianeidad de la fe en Dios como servicio. La tercera tienta a convertirse en un falso dios, a jugar con el orgullo y la ambición, a hacer absoluto lo relativo mediante el uso de la violencia física, social o psicológica.

En verdad, el pecado original es poco original

En la carta de San Pablo, aparece nuevamente el “pero” de Dios, contrapuesto al de la tentación.

Existe un Adán desdichado que introduce en el mundo el pecado y la muerte. “Pero” hay un Adán que libera del poder de la muerte y trae a este mundo la vida plena y auténtica.

Está la Caída, nuestras innumerables caídas. “Pero” está el don de la gracia sobreabundante que sana los desastres ocasionados por la Caída.

Lo que en Adán fue una absurda pretensión, en Cristo es un don, un obsequio, que a todos se ofrece: Ser hechos hijos de Dios. Así, el único poder auténtico y real es el de la gracia, el del amor de Dios en Cristo. La única historia auténtica es la que Dios conduce. El pecado original no es muy original, la novedad es la que Cristo trae. Los santos son los que ceden a la “tentación” de Dios” . djc