1º Cuaresma – A - 10 de febrero de 2008 Pero... El Señor Dios tomó al
ser humano y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo
cuidara. Y le dio esta orden: “Puedes comer de todos los árboles que
hay en el jardín, exceptuando únicamente el árbol del conocimiento
del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo
hagas quedarás sujeto a la muerte. ¡Feliz el que ha sido
absuelto de su pecado Mientras me quedé
callado, Pero yo te reconocí
mi pecado, Por eso, que todos
tus fieles te supliquen Tú eres mi
refugio, Yo te instruiré, te
ensañaré el camino que debes seguir; ¡Cuántos son los
tormentos del malvado! Por una sola persona
entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la
muerte pasó a todos los seres humanos, porque todos pecaron. En aquel tiempo Jesús
fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el
demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches,
sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres hijo
de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le
respondió: “Esta escrito: El ser humano no vive solamente de pan,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Todos los problemas empiezan con un “pero” Pero respecto del árbol..., dijo la mujer y la serpiente replicó y le allanó el camino para alejarse de Dios. Y más adelante: Pero el Señor llamó... Dios tiene un proyecto, un plan, pero al plantearse aparecen “peros” de propuestas contrapuestas. En el comienzo del Génesis Dios aparece como un jardinero y en su jardín, pues paraíso es jardín real, pone al ser humano. Y ya entonces empiezan los distintos “peros”, el ser humano no soporta vivir en esa especie de vientre materno a resguardo de todo, prefiere morder el fruto que lo aparta de ese jardín paraíso. Termina expulsado del jardín real y enfrentado al mundo de la violencia, la injusticia, la crueldad, al mundo donde Caín mata a su hermano Abel. Dios plantó los árboles y el ser humano los tala, los derriba y hace de la tierra un desierto. La vocación primera del ser humano es proteger y cuidar, la palabra que da origen a paraíso significa jardín protegido, pero prefiere estropear el jardín. Dios plantea un “pero” a la escucha del discurso de la serpiente y el ser humano termina por escucharla y seguir su consejo. Dios establece un límite, éste es la diferencia entre el Creador y la criatura. Pero el ser humano no lo soporta, mantiene su autosuficiencia, se afirma omnipotente, pretende ser como Dios. La serpiente planteó otro proyecto, inauguró otra historia, el “pero” arruinó todo. También Cristo enfrenta los “pero”, los “si” condicionales En las tentaciones también subyace el “pero”. Jesús llega al desierto para cumplir la voluntad del Padre y prepararse para cumplir la misión que él le encomienda. Pero el tentador le ofrece varios caminos alternativos copiados del triunfalismo mesiánico de su tiempo. Primero limita su misión a lo material, Luego lo alienta a hacer alarde de un poder mágico, hoy sería de la teatralidad y la ostentación, del fenómeno seudo religioso, de la copia chabacana de una auténtica relación con Dios. Y, por último, lo alienta a confiar en la fuerza y el poder. La primera es el facilismo que busca metas limitadas. La segunda busca lo prodigioso a cualquier precio –incluso el del ridículo, no vive la cotidianeidad de la fe en Dios como servicio. La tercera tienta a convertirse en un falso dios, a jugar con el orgullo y la ambición, a hacer absoluto lo relativo mediante el uso de la violencia física, social o psicológica. En verdad, el pecado original es poco original En la carta de San Pablo, aparece nuevamente el “pero” de Dios, contrapuesto al de la tentación. Existe un Adán desdichado que introduce en el mundo el pecado y la muerte. “Pero” hay un Adán que libera del poder de la muerte y trae a este mundo la vida plena y auténtica. Está la Caída, nuestras innumerables caídas. “Pero” está el don de la gracia sobreabundante que sana los desastres ocasionados por la Caída. Lo que en Adán fue una absurda pretensión, en Cristo es un don, un obsequio, que a todos se ofrece: Ser hechos hijos de Dios. Así, el único poder auténtico y real es el de la gracia, el del amor de Dios en Cristo. La única historia auténtica es la que Dios conduce. El pecado original no es muy original, la novedad es la que Cristo trae. Los santos son los que ceden a la “tentación” de Dios” . djc |