1º después de Navidad: Sagrada Familia-C - 31 de diciembre de 2006

Derecho a “salir” y deber de “volver a entrar”

Samuel servía en la presencia del Señor; era un niño, y llevaba ceñido el efod de lino.  Su madre le hacía un pequeño manto, y se lo traía cada año, cuando subía con su marido a ofrecer el sacrificio anual.  Entonces Elí bendecía a Elcaná y a su mujer, diciendo: "Que el Señor te conceda una descendencia de esta mujer, a cambio de aquel que fue cedido al Señor". Luego se volvían a su casa. En cambio, el joven Samuel iba creciendo, y era apreciado por Dios y por las personas (1 Sam. 2, 18-20 y 26).

¡Aleluya!

Alaben al Señor desde el cielo,
alábenlo en las alturas;
alábenlo, todos sus ángeles,
alábenlo, todos sus ejércitos.

Alábenlo, sol y luna,
alábenlo, astros luminosos;
alábenlo, espacios celestiales
y aguas que están sobre el cielo.

Alaben el nombre del Señor,
porque él lo ordenó, y fueron creados;
él los afianzó para siempre,
estableciendo una ley que no pasará.

Alaben al Señor desde la tierra,
los cetáceos y los abismos del mar;
el rayo, el granizo, la nieve, la bruma,
y el viento huracanado que obedece a sus órdenes.

Las montañas y todas las colinas,
los árboles frutales y todos los cedros;
 las fieras y los animales domésticos,
los reptiles y los pájaros alados.

Los reyes de la tierra y todas las naciones,
los príncipes y los gobernantes de la tierra;
los ancianos, los jóvenes y los niños,
alaben el nombre del Señor.

Porque sólo su Nombre es sublime;
su majestad está sobre el cielo y la tierra,
 y él exalta la fuerza de su pueblo.
¡A él, la alabanza de todos sus fieles,
y de Israel, el pueblo de sus amigos!
¡Aleluya! (Sal. 148).

Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia.  Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.  Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.  Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias.  Que la Palabra de    Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados.  Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre (Col. 3, 12-17).

En aquel tiempo, los padres de Jesús  iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua.  Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre,  y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta.  Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos.  Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.  Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.  Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.  Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: "Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados".   Jesús les respondió: "¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?". Ellos no entendieron lo que les decía.  Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón. Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los seres humanos (Lc. 2, 41-52).

El derecho de llamarse padre

Podemos empezar por José. Para él debió ser un tranquilizador rayo de luz, un momento de íntima satisfacción. Incluso podemos sospechar que dio un profundo suspiro de alivio.

No, no sólo porque al final de la búsqueda afanosa, habían encontrado al hijo. Sino también porque había recuperado un título que le pertenecía por derecho. No olvidaría jamás las palabras de María: Tu padre y yo... Una especie de consagración oficial, su esposa proclamaba en el templo lo más hermoso para él: Tu padre.

Padre y basta, sin aditamentos.

Las lecturas de hoy suponen una perspectiva patriarcal de la familia cuyo origen es anterior a la fe cristiana. Pero la sustancia, traducida a nuestro contexto cultural y social, y lo indicado por Pablo en su carta: benevolencia, humildad, dulzura, paciencia, perdón, amor, es apta para una construcción del entendimiento en la familia hoy.

Apertura sin evasión

Estamos obligados a abrirnos hacia horizontes más allá de nuestro hogar. No dejarse aprisionar por excesivos particularismos.

Pero también implica el deber de regresar, de volver a entrar.

Jesús que había roto con  los esquemas del clan, la familia, el pueblo, entra de nuevo en el espacio familiar: Regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos.

Se puede y debe estar en la casa del Padre, de todos los seres humanos, superando los límites estrechos de la familia, obedeciendo a una vocación, siendo fieles a una misión. Pero superar no es ponerse en contra.- Estar en otra cosa no nos libera de hacer partícipes también a los otros, de compartir las experiencias, de comunicarlas al menos.

La familia debiera resultar reforzada, no debilitada, por quien frecuenta otros territorios.

Vivir la solidaridad universal, darse a los demás, no nos autoriza a negarnos a los familiares. Jesús denuncia la hipocresía de la práctica del corbán, según la cual se pretendía hacer una ofrenda sagrada substrayéndola a los deberes de asistencia y mantenimiento de los padres.

En verdad, los compromisos hacia fuera, son auténticos en tanto producen un aumento de amor y fidelidad hacia dentro. djc