1er Domingo después de Navidad.

Celebramos a Dios en lo cotidiano

 

 

Recordaré los favores del Señor, alabaré sus proezas, por todo el bien que él nos hizo en su gran bondad hacia la familia de Israel, y por todo el bien que nos hizo en su compasión y en la abundancia de su misericordia. El dijo :”Realmente son mi Pueblo, son hijos que no decepcionarán”. Y él fue para ellos un salvador en todas sus angustias. No intervino ni un emisario ni un mensajero : él mismo, en persona, los salvó ; por su amor y su clemencia, él mismo los redimió ; los levantó y los llevó en todos los tiempos pasados (Is.  63, 7-9).

 

Alaben al Señor desde el cielo,

alábenlo en las alturas ;

alábenlo, todos sus ángeles,

alábenlo, todos sus ejércitos.

Alábenlo, sol y luna,

alábenlo, astros luminosos ;

alábenlo, espacios celestiales

y aguas que están sobre el cielo.

Alaben el nombre del Señor,

porque él lo ordenó, y fueron creados ;

él los afianzó para siempre,

estableciendo una ley que no pasará.

Alaben al Señor desde la tierra,

los cetáceos y los abismos del mar ;

el rayo, el granizo, la nieve, la bruma,

y el viento huracanado que obedece a sus órdenes.

Las montañas y todas las colinas,

los árboles frutales y todos los cedros ;

las fieras y los animales domésticos,

los reptiles y los pájaros alados.

Los reyes de la tierra y todas las naciones,

los príncipes y los gobernantes de la tierra ;

los ancianos, los jóvenes y los niños,

alaben el nombre del Señor.

Porque sólo su Nombre es sublime ;

su majestad está sobre el cielo y la tierra,

y él exalta la fuerza de su pueblo.

¡A él, la alabanza de todos sus fieles,

y de Israel, el pueblo de sus amigos ! ¡Aleluya ! (Sal. 148).

 

Convenía, en efecto, que aquel por quien y para quien existen todas las cosas, a fin de llevar a la gloria a un gran número de hijos, perfeccionará, por medio del sufrimiento, al jefe que los conduciría a la salvación. Porque el que santifica y los que son santificados, tienen todos un mismo origen, Por eso, él no se avergüenza de llamarlos hermanos y hermanas, cuando dice : Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos y hermanas, te alabaré en medio de la asamblea. Y también : En él pondré mi confianza. Y además : Aquí estamos yo y los hijos e hijas que Dios me ha dado.

Y ya que los hijos tienen una misma sangre y una misma carne, él también debía participar de esa condición, para reducir a la impotencia, mediante su muerte, a aquel que tenía el dominio de la muerte, es decir, el demonio, y liberar de este modo a todos los que vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte.

Porque él no vino para socorrer a los ángeles, sino a los descendientes de Abraham. En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos y hermanas, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo. Y por la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba (Heb. 2, 10-18).

 

En aquel tiempo, después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo : “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, toma de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta :

            Desde Egipto llamé a mi hijo.

Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mando matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías :

            En Ramá se oyó una voz,

            hubo lágrimas y gemidos :

            es Raquel, que llora a sus hijos

            y no quiere que la consuelen,

            porque ya no existen.

Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto, y le dijo :”Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño”. José se levantó, tomo al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel. Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños , se retiró a la región de Galilea, donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno (Mt. 2, 13-23).

 

 

 

Dios vive en familia

Una expresión concreta de la encarnación es que Jesús vivió una auténtica vida de familia. Los treinta años vividos en Nazaret no son sólo algo “preparatorio” para lo que vendrá después. Muchos veces se los denomina años oscuros, pero lo son en tanto mortifican nuestra curiosidad. Yo los llamaría iluminadores por su rico sentido en cuanto a la misión de Cristo.

En primer lugar, Jesús se manifiesta en el contexto de la vida de familia, lo cotidiano transparenta lo divino, manifiesta lo divino. En el marco familiar fue educado -también en la fe-, allí creció, recibió y brindó amor, adquirió valores. La casa en Nazaret no es sólo una sala de espera, tampoco un secreto laboratorio donde se forja su misión, es lugar de la revelación, encuentro con los seres humanos, realización de su obra de redención.

Familia abierta y, a la vez, plena

Hoy se habla de familia abierta, desde la fe la damos por descontada si se refiere a la demanda de no permanecer aprisionados en el egoísmo o preocupados sólo por lo propio, excluyendo a los demás de nuestro horizonte.

Pero también hemos de recordar que celebrar la fe, la liturgia, y orar son también realidad en la familia. Que cuando hablamos de vivir el amor no nos referimos sólo a los marginados y frágiles fuera de nuestro hogar, que el amor se ejerce en la comprensión y generosidad, en la delicadeza, en el soportar con afecto los defectos ajenos, en el respeto al otro también el marco de la propia familia. Atendamos a los excluidos y no transformemos en excluidos a los más cercanos.

Cuando se habla de cristianos con compromiso, espero que también lo hagan en el anuncio, en el servicio, en la oración, en la escucha, en la manifestación de la misericordia divina dentro de las paredes del hogar.

Los textos de hoy, domingo al que muchos llaman: Fiesta de la Sagrada Familia, nos recuerdan este espacio donde se celebra insustituiblemente la fiesta de lo cotidiano, fiesta hecha de la mutua acogida, del perdón, de los gestos simples que comparten la vida en su realidad más humilde, de la paz que se construye en cada instante, del reencuentro en el amor, de las caricias que curan las heridas que el otro ha recibido, de la ternura y la gratitud por la entrega y el trabajo silencioso y repetido de los que están cerca nuestro.

La fiesta de la sagrada familia nos recuerda que cada familia nuestra, compuesta de bautizados, ha de ser una sagrada familia. Cada familia cristiana ha de cultivar, a instancias de Nazaret, ese producto indispensable para la supervivencia que es la santidad, cultivada por el amor en la oración y el diálogo, fruto de la bendición de Dios.