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Propio 21-C - 30 de septiembre de 2007 No está prohibido pensar ¡Ay
de los que se sienten seguros en Sión y de los que viven confiados en
la montaña de Samaría, esos notables de la primera de las naciones, a
los que acude la casa de Israel! ¡Aleluya! No
confíen en los poderosos, Feliz
el que se apoya en el Dios de Jacob El
mantiene su fidelidad para siempre, El
Señor libera a los cautivos, El
Señor protege a los extranjeros el
Señor ama a los justos El
Señor reina eternamente, Sí,
es verdad que la piedad reporta grandes ganancias, pero solamente si va
unida al desinterés. Porque nada trajimos cuando vinimos al mundo, y
al irnos, nada podremos llevar. Contentémonos con el alimento y el abrigo.
Los que desean ser ricos se exponen a la tentación, caen en la trampa
de innumerables ambiciones, y cometen desatinos funestos que los precipitan
a la ruina y a la perdición. Porque la avaricia es la raíz de todos los
males, y al dejarse llevar por ella, algunos perdieron la fe y se ocasionaron
innumerables sufrimientos. En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'. 'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'. El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'. Abraham respondió: 'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'. 'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'. Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'" (Lc. 16, 19-31). No te olvides de pensarAmós es poco diplomático. Lanza invectivas a los poderosos de Samaria porque están tumbados descansado y disfrutando de la vida cuando están al borde del desastre nacional. Lo único que le preocupa es no pensar, no pensar en lo que viene. La amenaza sobre la humanidad no es el hambre, la huelga, el agujero en la capa de ozono, sino olvidarse de pensar. Aparentemente los despreocupados de Samaria y el hombre rico, en la parábola que presenta Jesús, piensan, piensan en sí mismos, en su bienestar, en sus placeres, pero no se preocupan por la persona, por lo que los hace personas. Se preocupan de disfrutar de la vida, pero se olvidan de vivir. Se pueden mostrar estadísticas tranquilizadoras, emprendimientos venturosos, aturdirse con el éxito inmediato o a corto plazo, pero fracasar en la empresa de llegar a ser personas. Pueden obsesionarse con hacerse de nombre y no saber sui propio nombre, su ser esencial. Y matan el tiempo, lo ignoran, lo engañan, lo pierden lo vacían de contenido, no lo aprovechan, no sacan de él nada importante. En verdad, no saben qué hacer con él, no les interesa, lo dejan pasar. Se pueden organizar fiestas y banquetes y correr el riesgo de morir sobrealimentado. En ciertas fiestas el Lázaro que está fuera es el dueño de casa. Así, los despreocupados de hoy y de siempre piensan en todo pero superficialmente, no piensan en sí mismos. Engañan al tiempo y estafan a su misma vida por que la dejan sin valor alguno que la sustente. Demasiado tarde para pensar La parábola del hombre rico subraya otra carencia trágica relacionada con el pensar. Éste, que cada día hacía espléndidos banquetes, no repara en el pobre, no le interesa el prójimo. Por eso está perdido, porque excluye al otro de su horizonte de vida. El prójimo es visto como un estorbo, un fastidio. Al que es pobre, frágil, víctima de la injusticia, se lo mantiene lejos porque es una nota desafinada para la música que se está dispuesto a escuchar. Ni siquiera migajas de atención para el que está fuera de nosotros y lo nuestro. Cuando el rico de la parábola se decide a verlo, ya es tarde, demasiado tarde, ya jugó su vida. No hay repetición de cinta. Lázaro pudo haber sido su salvación si sólo lo hubiera visto. Pero, no lo vio y la fiesta se acabó. Además, el rico no sólo se acuerda tarde de Lázaro, sino incluso de su propia familia, de sus hermanos que continúan la fiesta. Un muerto los alertará –piensa- y actuarán en consecuencia. Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán (Lc. 16, 31). Para abrir los ojos no se necesitan visiones, hay que escuchar, nada más que escuchar. djc |