|
Propio 22-C - 7
de octubre de 2007
Renovada presencia del Espíritu Santo
Oráculo
que el profeta Habacuc recibió en una visión. ¿Hasta cuándo, Señor, pediré
auxilio sin que tú escuches, clamaré hacia ti: "¡Violencia",
sin que tú salves? ¿Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando
la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta
la discordia. Por eso la Ley no tiene vigencia y el derecho no aparece
jamás: ¡sí, el impío asedia al justo, por eso sale a luz un derecho falseado!
Me pondré
en mi puesto de guardia y me apostaré sobre el muro; vigilaré para ver
qué me dice el Señor, y qué responde a mi reproche. El Señor me respondió
y dijo: Escribe la visión, grábala sobre unas tablas para que se la pueda
leer de corrido. Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar
a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá
seguramente, y no tardará. El que no tiene el alma recta, sucumbirá,
pero el justo vivirá por su fidelidad (Hab. 1, 1-4; 2, 1-2;).
No
te exasperes a causa de los malos,
ni envidies
a los que cometen injusticias,
porque
pronto se secarán como el pasto
y se
marchitarán como la hierba verde.
Confía
en el Señor y practica el bien;
habita
en la tierra y vive tranquilo:
que el
Señor sea tu único deleite,
y él
colmará los deseos de tu corazón.
Encomienda
tu suerte al Señor,
confía en él, y él hará su obra;
hará
brillar tu justicia como el sol
y tu
derecho, como la luz del mediodía.
Descansa
en el Señor y espera en él;
no te
exasperes por el hombre que triunfa,
ni por
el que se vale de la astucia
para
derribar al pobre y al humilde.
Domina
tu enojo, reprime tu ira;
no te
exasperes, no sea que obres mal;
porque
los impíos serán aniquilados,
y los
que esperan al Señor, poseerán la tierra.
Un
poco más, y el impío ya no existirá;
si buscas
su casa, ya no estará;
pero
los humildes poseerán la tierra
y gozarán
de una gran felicidadm (Sal. 37, 1-10).
Pablo,
Apóstol de Jesucristo, por la voluntad de Dios, para anunciar la promesa
de Vida que está en Cristo Jesús, saluda a Timoteo, su hijo muy querido.
Te deseo la gracia, la misericordia y la paz que proceden de Dios Padre
y de nuestro Señor Jesucristo.
Doy gracias
a Dios, a quien sirvo con una conciencia pura al igual que mis antepasados,
recordándote constantemente, de día y de noche, en mis oraciones. Al acordarme
de tus lágrimas, siento un gran deseo de verte, para que mi felicidad
sea completa. Porque tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que
tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y estoy convencido de que
tú también tienes.
Por eso
te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición
de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu
de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad. No te avergüences
del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero.
Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer
por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios. El nos salvó y nos
eligió con su santo llamado, no por nuestras obras, sino por su propia
iniciativa y por la gracia: esa gracia que nos concedió en Cristo Jesús,
desde toda la eternidad, y que ahora se ha revelado en la Manifestación
de nuestro Salvador Jesucristo. Porque él destruyó la muerte e hizo brillar
la vida incorruptible, mediante la Buena Noticia, de la cual he sido
constituido heraldo, Apóstol y maestro.
Por eso
soporto esta prueba. Pero no me avergüenzo, porque sé en quien he puesto
mi confianza, y estoy convencido de que él es capaz de conservar hasta
aquel Día el bien que me ha encomendado. Toma como norma las saludables
lecciones de fe y de amor a Cristo Jesús que has escuchado de mí.
Conserva lo que se te ha confiado, con la ayuda del Espíritu Santo que
habita en nosotros (2 Tim. 1, 1-14).
En
aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "Es inevitable que haya
escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le
ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que
escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado! Si
tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo.
Y si
peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo:
'Me arrepiento', perdónalo".
Los Apóstoles
dijeron al Señor: "Auméntanos la fe". El respondió: "Si
ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa
morera que está ahí: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', ella les
obedecería.
Supongamos
que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando
este regresa del campo, ¿acaso le dirá: 'Ven pronto y siéntate a la mesa'?
¿No le dirá más bien: 'Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme
hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después'? ¿Deberá
mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que
se les mande, digan: 'Somos simples servidores, no hemos hecho más que
cumplir con nuestro deber'"
(Lc. 17, 5-10).
La
segunda carta a Timoteo fue una de las últimas en ser escritas.
No fue redactada la mañana siguiente a Pentecostés, cuando
la esperanza era un torrente de alegría y fe ante el don del espíritu
recibido. Se compuso décadas después, cuando ya la Iglesia
había aprendido que la conversión del mundo a Cristo no
era tarea sencilla ni rápida, que el entusiasmo era necesario para
sustentar la fidelidad a través de las dificultades que debía
atravesar en su misión.
La propia vida de Pablo, a quien la carta se adscribe, era testimonio
de esto. Dios había obrado a través de él capacitándolo
para anunciar el evangelio en muchos lugares del Imperio Romano. En ocasiones
la respuesta era un sí de todo corazón. En otras ocasiones
era rechazado o tibiamente recibido. Incluso fue golpeado y perseguido,
amenazada su vida, por causa de su proclamación, hasta escribió
cartas desde la prisión.
Timoteo también tuvo sus altas y bajas. Las dos cartas dirigidas
a él son de aliento, se le envían a causa de los enormes
desafíos que enfrenta en llevar adelante su responsabilidad misional,
responsabilidad que Pablo mismo le ha confiado. Si hubiera sido inmune
al desaliento, estas cartas no habrían sido necesarias. Pero, Timoteo,
como cualquier otro llamado a seguir a Cristo, era humano y compartía
la fragilidad de la humanidad.
Por tanto, lo que leemos en esas cartas a Timoteo, también son
palabras que se nos dirigen a nosotros. Muchos hemos intentado permanecer
fieles a Cristo ya por varios o muchos años. Si alguna vez hemos
tenido la ingenua esperanza de que haber recibido el Espíritu Santo
en nuestro Bautismo significaba que todos los problemas y adversidades
desaparecerían de nuestra vida, la experiencia nos habrá
hecho desilusionar de esto. Participamos de los inconvenientes, de las
frustraciones, así como también Pablo los sufrió.
Sin embargo, la exhortación a Timoteo y a nosotros es una invitación
a renovar nuestro primer amor y compromiso por animar nuevamente el fuego
del Espíritu de Dios en nosotros. Lo que ahora necesitamos, es
lo que necesitamos en el mismo comienzo, vivir pro gracia del Espíritu
Santo y permitirle obrar en nuestras vidas en amor y en poder y autodominio.
Nuestro conocimiento de nuestras propias fragilidades y fracasos no ha
de dar lugar a sentimientos de auto conmiseración que nos impidan
actuar, sino que nos ha de alentar a redoblar nuestros esfuerzos para
vivir sustentados y guiados por el poder divino, el poder y fuego del
Espíritu de Dios. Los inconvenientes y las frustraciones, incluso
las derrotas, nos ayudan a ser más realistas en nuestras expectativas,
pero no han de hacernos vacilar en cuanto a la esperanza y verdad por
la que vivimos. Nuestras dificultades están para sobrellevarlas
para la gloria del Evangelio, en el cual vivimos y al cual servimos. Nuestras
dificultades han demostrarnos nuestras limitaciones y hacernos confiar
aún más en la guía y el poder del Espíritu
Santo, Dios con nosotros y en nosotros.
Hay un sobrio realismo en el consejo brindado a Timoteo, también
una confianza cierta y segura. Esta confianza no surge de negar los problemas
y dificultades, sino de reconocer que hemos sido elegidos por Dios para
cumplir su propio propósito y que nos brindará de su gracia
para llevarlos adelante, más de lo que podamos imaginar o merecer.
Porque la fuente y origen de nuestra fidelidad no está en nosotros
mismos, podemos confiar plenamente podemos confiar que en medio de toda
prueba el señor, por medio de su Espíritu Santo está
con nosotros, sosteniéndonos y alentándonos en el Evangelio.
Hemos de volvernos a Dios, manteniendo nuestra fidelidad, rogando que
nos anime, que nos capacite para compartir el Evangelio por la presencia
y el poder de su Espíritu. Rogándole que nos haga siempre
regresar a la fuente de nuestra vida, de la vida nueva y la santidad.
Somos invitados a rogar para que sea renovada en nosotros la presencia
animadora del Espíritu Santo, somos invitados a ponernos en las
manos misericordiosas de Dios para ser transformados y renovados de continuo,
somos invitados a pedir y recibir renovadamente al espíritu de
Dios para que seamos perseverantes, firmes y llenos de amor para compartir
la esperanza y vida en Cristo, nuestro Señor y Salvador. djc
|