| Propio 23 C - 14 de Octubre de 2007 La fe se hace gratitud Naamán, general del ejército del rey de Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor, porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este hombre, guerrero valeroso, padecía de una enfermedad en la piel. En una de sus incursiones, los arameos se habían llevado cautiva del país de Israel a una niña, que fue puesta al servicio de la mujer de Naamán. Ella dijo entonces a su patrona: "¡Ojalá mi señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad". Apenas el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras y dijo: "¿Acaso yo soy Dios, capaz de hacer morir y vivir, para que este me mande librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán que él está buscando un pretexto contra mí". Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, mandó a decir al rey: "¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que él venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán llegó entonces con sus caballos y su carruaje, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo mandó un mensajero para que le dijera: "Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio". Pero Naamán, muy irritado, se fue diciendo: "Yo me había imaginado que saldría él personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría al enfermo de la piel. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podía yo bañarme en ellos y quedar limpio?". Y dando media vuelta, se fue muy enojado. Pero sus servidores se acercaron para decirle: "Padre, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no la habrías dicho? ¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio!". Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio. Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él y le dijo: "Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. (2 Rey. 5, 1-3, 7-15c). ¡Aleluya! Su
obra es esplendor y majestad, Proveyó
de alimento a sus fieles Las
obras de sus manos son verdad y justicia; El
envió la redención a su pueblo, Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos y es descendiente de David. Esta es la Buena Noticia que yo predico, por la cual sufro y estoy encadenado como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso soporto estas pruebas por amor a los elegidos, a fin de que ellos también alcancen la salvación que está en Cristo Jesús y participen de la gloria eterna. Esta doctrina es digna de fe: Si hemos muerto con él, viviremos con él. Si somos constantes, reinaremos con él. Si renegamos de él, él también renegará de nosotros. Si somos infieles, él es fiel, porque no puede renegar de sí mismo. No dejes de enseñar estas cosas, ni de exhortar delante de Dios a que se eviten las discusiones inútiles, que sólo sirven para perdición de quienes las escuchan. Esfuérzate en ser digno de la aprobación de Dios, presentándote ante él como un obrero que no tienen de qué avergonzarse y como un fiel dispensador de la Palabra de verdad (2 Tim. 2, 8-15). En aquel tiempo, mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!". Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?". Y agregó: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado" (Lc. 17, 11-19). Hace ya mucho tiempo, en los comienzos de mi pastorado en una de las congregaciones a las cuales serví, me llamó una señora por teléfono. Me contó que su esposo, del que estaba divorciada hacía mucho tiempo, se encontraba internado en terapia intensiva en un sanatorio en Lanús; y, que, como era luterano aunque nunca iba a misa, me pedía que lo visitara. Y fui, tras el largo viaje en el colectivo 112 encontré fácilmente el sanatorio. Las enfermeras y enfermeros de terapia intensiva me recibieron con gran amabilidad y me explicaron que el señor estaba moribundo, que no había probabilidad de recuperación. Ahí estaba en la cama, con un respirador en su boca, suero, no podía saber si me escuchaba o no, pero había sido llamado por alguien que, aunque ya había roto la relación con él, sentía afecto por él y lo cuidaba en la medida de sus fuerzas, cuando su nueva esposa ni se atrevía casi a ir a verlo. Oré por él y con él, le hice presente el amor misericordioso de Dios en Cristo, su compañía en ese momento, le di la absolución y afirmé su salvación y salud eterna. Agradecí a los profesionales que lo atendían y me fui. Regresé al otro día pues me avisaron que iba a fallecer. Cuando llegué, la enfermera me dijo que tras la visita anterior había estado más tranquilo, pero que acababa de fallecer. Fuera estaban, al salir, su actual esposa, sus hijas, y aquella que me había llamado... Claro las acompañé, conduje la oración fúnebre, fui al cementerio... y, por varios años, cada tanto la señora que me había llamado se acercaba a nuestro templo, ella falleció no hace mucho. ¡Cuánto esfuerzo y dedicación por alguien que ya no era parte de su vida!
|