Propio 25-C  - 28 de octubre de 2007

Los fariseos y nosotros

¡Si nuestra iniquidad atestigua contra nosotros, obra, Señor, a causa de tu Nombre! Porque son muchas nuestras apostasías, hemos pecado contra ti. Señor, esperanza de Israel, su salvador en el tiempo de la angustia: ¿por qué te comportas como un extranjero en el país, como un viajero que sólo acampa para pernoctar?  ¿Por qué procedes como un hombre aturdido, como un guerrero impotente para salvar? Pero tú, Señor, estás en medio de nosotros, nosotros somos llamados con tu Nombre: ¡no nos abandones!

Así habla el Señor acerca de este pueblo: ¡Cómo les gusta vagabundear! ¡No refrenan sus pasos! Pero el Señor no se complace en ellos: ahora se va a acordar de sus faltas y va a castigar sus pecados.

Tú les dirás esta palabra: Que mis ojos se deshagan en lágrimas, día y noche, sin cesar, porque la virgen hija de mi pueblo ha sufrido un gran quebranto, una llaga incurable.  Si salgo al campo abierto, veo las víctimas de la espada; si entro en la ciudad, veo los sufrimientos del hambre. Sí, hasta el profeta y el sacerdote recorren el país y no logran comprender.  ¿Has rechazado del todo a Judá? ¿Estás disgustado con Sión? ¿Por qué nos has herido sin remedio? Se esperaba la paz, ¡y no hay nada bueno...! el tiempo de la curación, ¡y sobrevino el espanto!  Reconocemos, Señor, nuestra maldad, la iniquidad de nuestros padres, porque hemos pecado contra ti.  A causa de tu Nombre, no desprecies, no envilezcas el trono de tu Gloria: ¡acuérdate, no rompas tu Alianza con nosotros!  Entre los ídolos de las naciones, ¿hay alguien que haga llover? ¿Es el cielo el que envía los chaparrones? ¿No eres tú, Señor, nuestro Dios? Nosotros esperamos en ti, porque eres tú el que has hecho todo esto (Jer. 14, 7-10 y 17-22).

El Señor es juez y no hace distinción de personas: no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido;  no desoye la plegaria del huérfano, ni a la viuda, cuando expone su queja.  ¿No corren las lágrimas por las mejillas de la viuda y su clamor no acusa al que las hace derramar?

El que rinde el culto que agrada al Señor, es aceptado, y su plegaria llega hasta las nubes.  La súplica del humilde atraviesa las nubes y mientras no llega a su destino, él no se consuela (Ecli 35, 12-17).

¡Qué amable es tu Morada,
Señor del Universo!
Mi alma se consume de deseos
por los atrios del Señor;
mi corazón y mi carne claman ansiosos
por el Dios viviente.

Hasta el gorrión encontró una casa,
y la golondrina tiene un nido
donde poner sus pichones,
junto a tus altares, Señor del universo,
mi Rey y mi Dios.

¡Felices los que habitan en tu Casa
y te alaban sin cesar! 
¡Felices los que encuentran su fuerza en ti,
al emprender la peregrinación! (Sal. 84, 1-6).

Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima:  he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación.

Cuando hice mi primera defensa, nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron. ¡Ojalá que no les sea tenido en cuenta!  Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas, para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y llegara a oídos de todos los paganos. Así fui librado de la boca del león.  El Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial. ¡A él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén (2 Tim. 4, 6-8 y 16-18).

En aquel tiempo, Jesús, refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:  "Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.  El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.  Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'.  Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado"  (Lc. 18, 9-14).

Cuando escuchamos la palabra fariseo, ¿qué viene a nuestra mente? Quizás la expresión figurada que señala el diccionario: “Hipócrita que sólo tiene la apariencia de virtud”. O los vemos como los orgullosos de su piedad y los enemigos de Jesús. Pero, esos son estereotipos, lecturas unilaterales de su realidad, que no nos dicen todo sobre ellos.

El diccionario también dice que el término proviene del idioma griego, y que fariseo era el miembro de una secta de los judíos que afectaba rigor y una austeridad puramente exteriores. Claro que tampoco esto es toda la verdad. Decirle “secta” a un movimiento es algo despectivo, yo no llamo secta a mi propia iglesia ni a los movimientos dentro de ella, sea que simpatice o los comprenda, sea que no los vea como viables expresiones del Evangelio.

Si pensamos en los fariseos sólo en términos negativos perdemos el sentido valioso de la parábola que presenta Jesús. Ésta pierde impacto y fuerza.

Los fariseos eran lo que hoy se ha dado en llamar un movimiento de base, no eran parte de los ya establecidos en la conducción del judaísmo contemporáneo a Jesús ni tampoco de los sacerdotes o los aliados de Roma, tampoco formaban parte de la gente más rica de Judea. De hecho eran un movimiento religioso independiente del gobierno y del templo. De ese movimiento surge la figura del rabino, a Jesús lo llamaban así. La preocupación fundamental de este movimiento era obedecer la voluntad de Dios, voluntad que veían expresada en la Ley, el Pentateuco, los libros de Moisés como dicen en otros idiomas, es decir los primeros cinco libros de nuestra Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio; a ello se añadían con igual valor: los Profetas, y en término estaban los Escritos, es decir todo nuestro Antiguo Testamento. A ello añadían la tradición oral de interpretación de la Ley. Sobre todo les importaba llevar una vida santa y justa delante de Dios, valoraban la dimensión comunitaria de la fe religiosa, la sinagoga era el lugar de oración y de estudio de las Escrituras.

Históricamente su origen se encuentra en el movimiento popular de revuelta contra el dominio griego alrededor del 200 aC, el liderazgo estaba formado por los “jasideanos”   y dirigido por los Macabeos. La palabra significaba “los piadosos”, esa historia aparece en el Antiguo Testamento en los libros de los Macabeos, que Lutero incluyó, también como otros, en su traducción de la Biblia, y los cuales recomendó su lectura para edificación.

Todos los judíos no tenían la misma perspectiva que este movimiento, tampoco todos simpatizaban con ellos. Algunos judíos aceptaban solamente los libros de la Ley, no aceptaban la tradición oral. Otros ni a esos libros los tomaban en serio. La palabra fariseo, en griego, proviene probablemente del arameo hablado por Jesús y sus contemporáneos y significaría: los “apartados” o “separados”.

Lo que fue trágico, como ha sucedido con numerosos movimientos de renovación dentro de la Iglesia, es que el intento de vivir una vida de santidad, en muchos, se convierte en gazmoñería o santurronería, palabras que no nos gustan se nos apliquen, pero que también tenemos sus modelos entre nosotros. La idea de sentirnos los “santos”, y con letras mayúsculas, mirando desde arriba a los demás, no es privilegio de algunos fariseos solamente.

Lucas introduce la parábola diciendo: Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás dijo también esta parábola (Lc. 18, 9). Lo central es que se aplica a santurrones y liberales de la fe, la justicia ante Dios –afirma- no se alcanza mediante nuestras actividades o actitudes, sino por el contrito reconocimiento de nuestro pecado y por suplicar a Dios por su misericordia. Se condena al que son sentimientos a superioridad se pone por sobre los demás desee la fe.

Esta parábola llega a nuestras vidas de hoy, podemos ver nuestros propios paralelos con las actitudes de algunos de los piadosos de aquel tiempo. ¿No era acaso el movimiento fariseo formado por quienes querían seguir la voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias, con todo compromiso de vida y bienes? Presumo que nosotros también...

Convencidos que comprendían las exigencias del discipulado, les dolía la tibieza de fe de sus contemporáneos. Y a nosotros, ¿no?

El problema es que tanto en nombre de la piedad, del compromiso, como de la liberalidad frente a ello, nos podemos llegar ensalzar a nosotros mismos y despreciar a los otros que no viven a altura de nuestras exigencias o no pertenecen a nuestro círculo de fe.

Esta parábola es retomada en su esencia por la Reforma del siglo 16, cuando subraya nuestra necesidad de confiar sólo en la gracia de Dios quien nos convoca a la fe en Jesucristo, por medio de su Espíritu Santo, para perdonar nuestro pecado y brindarnos la salvación. Nuestra respuesta es un gracias a Dios, dando testimonio de Jesucristo en palabra y obra, y sirviendo en amor a nuestro prójimo y a nuestro mundo, trabajando por la paz y la justicia. djc