Propio 27-C - 11 de noviembre de 2007

La fantasía divina y las cuestiones banales de la humanidad

¡Ah, si se escribieran mis palabras y se las grabara en el bronce; si con un punzón de hierro y plomo fueran esculpidas en la roca para siempre! Porque yo sé que mi Redentor vive y que él, el último, se alzará sobre el polvo  Y después que me arranquen esta piel, yo, con mi propia carne, veré a Dios.  Sí, yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño (Job 19, 23-27a).

Ecucha, Señor, mi justa demanda,
atiende a mi clamor; presta oído a mi plegaria,
porque en mis labios no hay falsedad.

Tú me harás justicia,
porque tus ojos ven lo que es recto:
si examinas mi corazón
y me visitas por las noches,
si me pruebas al fuego,
no encontrarás malicia en mí.

Mi boca no se excedió
ante los malos tratos de los hombres;
yo obedecí fielmente a tu palabra,
y mis pies se mantuvieron firmes
en los caminos señalados:
¡mis pasos nunca se apartaron de tus huellas!

Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes:
inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras.

Muestra las maravillas de tu gracia,
tú que salvas de los agresores
a los que buscan refugio a tu derecha.

Protégeme como a la pupila de tus ojos;
escóndeme a la sombra de tus alas
de los malvados que me acosan,
del enemigo mortal que me rodea (Sal. 146).

Acerca de la Venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, les rogamos, hermanos y hermanas,  que no se dejen perturbar fácilmente ni se alarmen, sea por anuncios proféticos, o por palabras o cartas atribuidas a nosotros, que hacen creer que el Día del Señor ya ha llegado.  Que nadie los engañe de ninguna manera.

Porque antes tiene que venir la apostasía y manifestarse el ser humano impío, el Ser condenado a la perdición,  el Adversario, el que se alza con soberbia contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta llegar a instalarse en el Templo de Dios, presentándose como si fuera Dios. ¿No recuerdan que cuando estuve con ustedes les decía estas cosas?

Nosotros, por nuestra parte, siempre debemos dar gracias a Dios, a causa de ustedes, hermanos amados por el Señor. En efecto, Dios los eligió desde el principio para que alcanzaran la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad.  El los llamó, por medio de nuestro Evangelio, para que posean la gloria de nuestro Señor Jesucristo.  Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y conserven fielmente las tradiciones que aprendieron de nosotros, sea oralmente o por carta.  Que nuestro Señor Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza,  los reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena. (2 Tes. 2, 1-5. 13-17).

En aquel tiempo se acercaron a Jesús  algunos saduceos, que niegan la resurrección,  y le dijeron: "Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos.  El segundo  se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia.  Finalmente, también murió la mujer.  Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?".  Jesús les respondió: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan,  pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.  Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.  Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.  Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él" (Lc.20, 27-38).

 

Un planteo sutil y capcioso el de los saduceos en el evangelio, casi ridículo para nuestra escucha contemporánea. Una trampa, en fin.

Se cuenta que Boris Yeltsin, George Bush y Bill Gates fallecen el mismo día. Cuando llegan a las puertas del cielo la escena es impactante. San Pedro les pide disculpas y les dice que no están preparados paras recibir a la vez a huéspedes tan eminentes. Así que los tres se vuelven a la tierra. Yeltsin a su regreso dice que tiene una mala  noticias y otra pero. La mala es que Dios existe y la pero que el mundo llega a su fin. Clinton regresa y dice que tiene una buena y una mala noticia. La buena es que hay Dios y la mala es que el mundo llega su fin. Bill Gates afirma que tiene dos buenas noticias, la primera es que Dios existe y la segunda es que no necesitará producir más versiones de Windows.

El evangelio de hoy tiene buenas y malas noticias. Jesús está en el Templo de Jerusalén.

Los distintos grupos de poder religioso y político quieren cuestionarlo. Los saduceos, taimados, quieren ponerlo a prueba esperando que fracase. Lucas los describe con pocas palabras: niegan la resurrección. Jesús había anunciado que en él se cumplía la promesa de La Escritura  de la llega del tiempo de la misericordia divina (Lc.4, 16-21) y que ha venido a salvar lo perdido (Lc.19, 10), el cumplimiento del tiempo Dios, tiempo de salvación, cumplimiento del tiempo, fin del tiempo.

Los saduceos intentan hacer quedar a Jesús en ridículo. Le cuentan la historia de la mujer que, según la tradición, al no tener hijo con el primer marido, se casa con el hermano del primer esposo, y así la historia se repite hasta el séptimo. Finalmente la mujer muere y la pregunta es: ¿De quién será esposa?

Este relato refleja la práctica del tiempo de los patriarcas y de Moisés. Se basaba en la necesidad de que el nombre familiar perdurara, algo así –y todavía hoy muchos Así lo afirman muchos hoy en día, sin ser ni saduceos ni nada que se les parezca. Por otra parte, ese sistema ofrecía a la mujer cierta seguridad social, una familia que la protegía y sustentaba.

De hecho el relato se plantea para hacer tropezar a Jesús. Él contesta: En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. No necesitan  que perdure su apellido como signo de inmortalidad. La muerte, le dice a los saduceos, no es el fin es el comienzo.

Los saduceos eran muy conservadores en su fe, sólo aceptaban los primeros cinco libros del Antiguo Testamento. Estaban muy bien ubicados tanto en lo económico como en sus relaciones con el imperio romano, por eso eran defensores de la situación como estaba y no querían cambio alguno, Jesús era para ellos una amenaza. Los cristianos luteranos, a diferencia de los saduceos, no tienen  una particular y limitada lista de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Nuestra tradición afirma que somos totalmente libres frente a nuestra realización como personas y servidores totalmente sujetos a Dios. Los saduceos sólo hablaban de ser totalmente libres, como los que hoy afirman ser dueños de su propio destino  hasta que una sequía o una grave enfermedad los hiere.  Y la última respuesta de

Jesús es la que afirmamos todos juntos al confesar el creo en: la resurrección de la carne y la vida perdurable. No es una simple creencia en la perdurabilidad de la persona porque le es a su esencia, a su humana realidad, no es inmortalidad el uso común del término. La creencia bíblica es dinámica, vital diría yo, es afirmar que por gracia Dios nos concede la vida por siempre a través de la muerte y resurrección de Cristo Jesús, Dios Hijo, como un regalo de su amor y no como posesión que me pertenece. Necesitamos de Dios para que sostenga nuestra vida aquí y ahora, y en el más allá. La fe en la resurrección es buena noticia y es mala noticia. Es mala para quienes piensan y creen que todo el poder está en ellos mismos, que son inmortales. La fe en la resurrección reconoce nuestra mortalidad, nuestra finitud. No es un secreto que todos, de una u otra manera, estamos  llenos de ansiedad ante nuestra propia muerte, cuando lloramos la muerte de alguien apreciado, lamentamos también nuestra finitud. Morimos mil muertes cuando nuestros esquemas de trabajo, de emprendimientos personales, de relaciones familiares u otras, se nos vienen abajo. Cuando alguien querido muere, morimos; cuando perdemos el trabajo o fracasamos económicamente, morimos, cuando el novio o la novia nos deja, morimos. Cada cambio importante en nuestra vida, y cuál no lo es en estos tiempos, es una amenaza de muerte. La fe en la resurrección ve a la muerte como la frontera que no podemos cruzar por nosotros mismos, la última palabra desde nosotros mismos.

Pero la fe en la resurrección también es una buena noticia. El evangelio es el anuncio de que Dios ha traspasado y quebrado la frontera, Cristo ha resucitado de entre los muertos. Dios ha obrado lo que ni tú, ni yo, ni nadie, puede hacer por sí mismo: Dios ha vencido a la muerte. Ésta es la buena noticia para todos, somos libres para llorar nuestras pérdidas porque vivimos de la esperanza. Donde quiera hay fe en la resurrección, hay vida, ya no gobiernan sobre nosotros el fracaso, la pérdida, el cambio y la misma muerte. La fe en la resurrección es la clave  que nos ayuda a mirar desde este mundo el porvenir.

Martín Lutero afirma  en la explicación del tercer artículo del Credo en su Catecismo Menor: En esta Iglesia él me perdona todos los pecados a mí y a todos los creyentes, diaria y abundantemente, y en el postrar día me resucitará a mí y a todos los muertos y me dará en cristo, juntamente con todos los creyentes, la vida eterna. Esto es con toda certeza la verdad.

Que nuestro Señor Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos amó y dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, los reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena. (2 Tes.2, 16-17).Amén.djc