Propio 28 – C - 18 de noviembre de 2007

Nada de miedo, se trata únicamente... del fin del mundo

Porque llega el Día, abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el Día que llega los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles raíz ni rama.  Pero para ustedes, los que temen mi Nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos, y saldrán brincando como terneros bien alimentados (Mal.4, 1-2a;).

Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria.

El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos.

Canten al Señor con el arpa
y al son de instrumentos musicales;
con clarines y sonidos de trompeta
aclamen al Señor, que es Rey.

Resuene el mar y todo lo que hay en él,
el mundo y todos sus habitantes;
aplaudan las corrientes del océano,
griten de gozo las montañas al unísono.

Griten de gozo delante del Señor,
porque él viene a gobernar la tierra;
él gobernará al mundo con justicia,
y a los pueblos con rectitud (sal. 98).

Les ordenamos, hermanos y hermanas, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano o hermana que lleve una vida ociosa, contrariamente a la enseñanza que recibieron de nosotros.  Porque ustedes ya saben cómo deben seguir nuestro ejemplo. Cuando estábamos entre ustedes, no vivíamos como holgazanes,  y nadie nos regalaba el pan que comíamos. Al contrario, trabajábamos duramente, día y noche, hasta cansarnos, con tal de no ser una carga para ninguno de ustedes.  Aunque teníamos el derecho de proceder de otra manera, queríamos darles un ejemplo para imitar.  En aquella ocasión les impusimos esta regla: el que no quiera trabajar, que no coma.  Ahora, sin embargo, nos enteramos de que algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y entrometiéndose en todo.  A estos les mandamos y los exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse su pan. (2 Tes.3, 6-13).

En aquel tiempo,  como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:  "De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido".  Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?".

Jesús respondió: "Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: 'Soy yo', y también: 'El tiempo está cerca'. No los sigan.  Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin".  Después les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino.  Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.  Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre,  y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.  Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.  Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos y hermanas, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.  Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.  Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas (Lc. 21,5-19).

No echemos agua en ese horno

No empequeñezcamos demasiado la fuerza de la expresión. Tampoco atenuemos, agüemos, endulcemos. El día, ardiente como un horno, anunciado por Malaquías, no es –sencillamente- una dura jornada de verano, de aire irrespirable, bochorno insoportable. Se trata del último día, descrito según la representación de aquella cultura oriental, con su lenguaje y sus imágenes apocalípticas. Pero no hay razón para ilusiones fáciles. No hay que conf8undir este horno con una sauna “benéfica”. En el horizonte no aparece una imagen tranquilizadora del “buen Dios”. Sólo se asoma, sencillamente. Es él quien someterá a juicio la historia y sus acontecimientos cambiantes, los seres humanos y sus emprendimientos. Será él quien pondrá al descubierto la mercancía escondida en los corazones. La paja no es de adorno, indica la inconsistencia, la reducción a la nada, el destino de fuego.

Honran su nombre divino, quienes toman en serio sus demandas, Los que se comprometen a ser constructores del Reino, constructores de la paz, testigos de la fraternidad, portadores del perdón. Honran su nombre quienes no se pliegan a ninguna idolatría, no se dejan cegar por ninguna falsa grandeza humana, que resisten la prepotencia, la perversidad, la arrogancia, la arbitrariedad de quienes se ven a sí mismos como iguales del único Señor.

Honran su nombre quienes se abstienen decididamente de cualquier manipulación e instrumentalización del nombre de Dios. Honran su nombre quienes viven la lógica y la práctica del amor, que se baten a cara descubierta contra la injusticia, que se presentan como guardianes de la dignidad y sacralidad de todas las personas, que se hacen solidarios con los frágiles, que se convierten en transparencia del amor del Padre.

En una frase, entre el “sol de la justicia”, Cristo mismo, y el “horno ardiente”, hay una diferencia que no es de matices, no podemos simular, hacer, que no entendemos.

Una mirada...”más allá”

Jesús, en aquel día, no estaba como para apreciar las bellezas artísticas. La calidad de las piedras del Templo, las ofrendas, nada de eso le llamaba la atención. Su mirada iba más allá y no veía un espectáculo alentador.”Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

Piedra sobre piedra... el templo - que de casa de Dios y lugar de oración se había convertido en motivo de orgullo, de presunción, de falsa seguridad nacional y, además, en mercado donde tenían lugar óptimos negocios – quedará reducido a un montón de escombros. Pero, con eso no llegará todavía el fin del mundo.

¡Cuántas otras construcciones, expresión del poder descarado, ambición, fruto de la injusticia y el robo, habrán aún de derrumbarse!

El fin del mundo, de un cierto mundo levantado sobre la violencia y la mentira, aún no ha llegado, pero está en acto, al menos en la óptica de Jesús.

Si hoy se tuviese la valentía de afrontar aquella mirada inquietante que anticipa el “último día”... El político en la cresta de la ola dejaría de contar carretadas de votos de preferencia, se daría cuenta que un millón de votos no trae la preferencia de Dios. El famoso no se sentiría sostenido por los aplausos, entendería que en el juicio no habrá aplausos, no contará la popularidad. El juicio tendrá lugar en silencio. Bastará el silencio de Dios para expresar la recepción o el rechazo.

Pero, yo también tengo hoy que aceptar esa mirada penetrante. No tengo que esperar al día final para ver que se deshacen las grandezas de artificio, las ridículas construcciones, las tambaleantes seguridades, los refugios postizos, los valores de cuatro centavos, la mercancía de dudoso gusto y de aún dudoso origen.

Hoy debo comenzar a demoler y derribar lo falso, inseguro, poco transparente, escasamente pertinente desde la perspectiva del Evangelio.

Y comenzar, hoy, a realizar algo que será salvado en el último día, cuando no quedará piedra sobre piedra, no quedará página sobre página, ni palabra sobre palabra; no quedará obra sobre obra, ficha sobre ficha, ni discurso sobre discurso, ni artículo sobre artículo, ni aparición en público sobre aparición en público.

Basta una mirada. Y el montón de paja crece a toda velocidad, desmesuradamente. Mejor es el fuego de hoy que el horno ardiente de mañana.

Cada uno en su lugar

Nada de alboroto, manda con cierta dureza el apóstol San Pablo a los cristianos en Tesalónica.  Cada uno a su sitio. Él mismo, el apóstol, había pretendido anteriormente forzar en algo los tiempos. Ahora remedia ese error de perspectiva, proponiéndose como modelo de una espera que no se juega en el frenesí inútil, en la excitación vana, en el fanatismo apocalíptico, sino en el trabajo cotidiano, perseverante.

Cristo, cuando vuelva (y nadie sabe la fecha, quién da a entender que sí, está equivocado), deberá encontrar a casa de nosotros en su puesto de trabajo, en acción en su vocación. El fin de los tiempos no nos permite evadirnos de los compromisos cotidianos. Debo vivir y actuar en la óptica de cada día, no esperar pasivamente o con frenesí apocalíptico, que es la peor forma de inercia y falta de fe. Construir la casa en la provisionalidad es totalmente diferente a negarse a hacerlo con la excusa de que será destruida. No voy a la iglesia porque tema al fin del mundo, no voy porque estoy desanimado y desilusionado, no frustrado o disgustado, sino porque pretendo empezar a crear un mundo nuevo.

Creer no es saltar por encima del tiempo presente para ponernos en el más allá, sino acoger, mediante la Palabra de Dios, un proyecto de transformación del hoy.

No me está permitido disfrazar el derrumbe de mis ilusiones con el velo de la fe en el más  allá. No me es lícito enmascarar derrotas amarguras, incapacidades, obsesiones, irresponsabilidades o incumplimientos históricos, bajo el manto de un fanatismo teñido de religiosidad.

Un creyente auténtico es San Pablo que fabrica tiendas, carpas. La tienda es la imagen por excelencia de la provisionalidad, lo opuesto a la grandiosa construcción del templo. Sin embargo, se tiene la impresión de que, precisamente, esa construcción modesta, precaria, frágil, construidas con habilidad y amor, expresión del trabajo dedicado bajo el signo de la justicia, está preparada para superar la prueba de la durabilidad, no sólo de resistir hasta el último día, sino de sostenerse en aquél día. djc