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2º Cuaresma - A-
17 de febrero de 2008
Levantado
en alto
El
Señor dijo a Abrám: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve
al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré;
engrandeceré tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan
y maldeciré al que te maldiga, y por ti se bendecirán todos los pueblos
de la tierra”. Abrám partió, como el Señor se lo había ordenado, y Lot
se fue con él (Génesis 12, 1-4a).
Levanto
mis ojos a las montañas:
¿de dónde
me vendrá la ayuda ?
La ayuda
me viene del Señor,
que hizo
el cielo y la tierra.
El
no dejará que resbale tu pie:
¡tu guardián
no duerme !
No, no
duerme ni dormita
el guardián
de Israel.
El
Señor es tu guardián,
es la
sombra protectora a tu derecha:
de día,
no te dañará el sol,
ni la
luna de noche.
El
Señor te protegerá de todo mal
y cuidará
tu vida.
El te
protegerá en la partida y el regreso,
ahora
y para siempre (Salmo 121).
Y
qué diremos de Abraham, nuestro padre según la carne? Si él hubiera sido
justificado por las obras tendría de qué gloriarse, pero no delante de
Dios. Porque, ¿qué dice la Escritura? : Abraham creyó en Dios y esto
le fue tenido en cuenta para su justificación. Ahora bien, al que trabaja
no se le da el salario como un regalo, sino como algo que se le debe.
Pero al que no hace nada, sino que cree en aquel que justifica al impío,
se le tiene en cuenta la fe para su justificación.
En efecto,
la promesa de recibir el mundo en herencia, hecha a Abraham y a su posteridad,
no le fue concedida en virtud de la Ley, sino por la justicia que precede
de la fe. Porque si la herencia pertenece a los que están bajo la Ley,
la fe no tiene objeto y la promesa carece de valor, ya que la Ley provoca
la ira y donde no hay Ley tampoco hay transgresión. Por eso, la herencia
se obtiene por medio de la fe, a fin de que esa herencia sea gratuita
y la promesa quede asegurada para todos los descendientes de Abraham,
no sólo los que lo son por la Ley, sino también los que lo son por la
fe. Porque él es nuestro padre común como dice la Escritura: Te he constituido
padre de muchas naciones. Abraham es nuestro padre a los ojos de aquel
en quien creyó: el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia
a las cosas que no existen (Romanos 4, 1-5 y 13-17).
En
aquel tiempo, había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que
era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y
le dijo: “Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar,
porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con
él”. Jesús le respondió: “Te aseguro que el que no renace de lo alto no
puede ver el Reino de Dios”.
Nicodemo
le preguntó: “¿Cómo una persona puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso
puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?”.
Jesús le respondió: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu
no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne,
lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho:
“Ustedes tienen que renacer de lo alto”. El viento sopla donde quiere:
tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede
con todo el que ha nacido del Espíritu”.
“¿Cómo
es posible todo esto?”, le volvió a preguntar Nicodemo. Jesús le respondió:
“¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas?
Te aseguro
que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos
visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando
les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de
las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del
cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la
misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también
es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos
los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amo tanto al mundo, que
entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino
que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él (Juan 3, 1-17).
El tema de hoy
Todo
lo que Jesucristo realiza es descender de los cielos, un eco al prólogo
del mismo evangelio: Al principio existía la Palabra, y la palabra
estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios... Y la palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que
recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Jn. 1,
1.14). Lo que hace Jesús es descender de los cielos para realizar
la voluntad del Padre.
El
movimiento que subraya el relato evangélico: Cristo viniendo a este mundo
y regresando hacia el Padre o, como nos dice el evangelio de hoy, levantado
en alto. Esta imagen intenta comunicarnos una triple elevación, la
de la cruz, la de su resurrección y la de su ascensión. Lo que, en definitiva,
son tres maneras de expresar su elevación a los cielos, al Padre.
Jesús
enriquece el contenido de esta imagen recordando cuando Moisés elevó,
levantó, la serpiente de bronce en el desierto. Este incidente es mencionado
en tres ocasiones en el Antiguo Testamento y el recodarlas enriquecerá
nuestra comprensión del pasaje evangélico.
- Y
el Señor le dijo: “Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre
un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado”.
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando
alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de
bronce y quedaba curado (Núm. 21, 8,9). Números describe en varias
ocasiones que los hebreos se quejaron del trato que Dios les brindaba
en el desierto. Aquí, como castigo, les envía serpientes venenosas.
Ante el arrepentimiento del pueblo y la intercesión de Moisés, Dios
ordena levantar sobre un asta la serpiente de bronce, para que quienes
obedecieran mirándola, se sanaran. Lo que así aconteció.
- Hizo
desaparecer los lugares altos, rompió las piedras conmemorativas, taló
el poste sagrado e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho
Moisés, porque hasta esos días los israelitas le quemaban incienso,
se la llamaba Nejustán (2 Rey. 18, 4). Pasan quinientos años antes
que se mencione nuevamente a la serpiente de bronce. Estamos en la época
del rey Exequias quien combate la idolatría y destruye el asta y la
serpiente de bronce que se habían convertido en dios en lugar de Dios,
en objeto de idolatría. ¿Por qué Jesús menciona a la serpiente de bronce?
- En
efecto, aquel que se volvía hacia ella era salvado, no por lo que contemplaba,
sino por ti, el Salvador de todos (Sab.16, 7). Quien salva es Dios,
no la serpiente. El pueblo lo olvidó y trató al metal si fuera Dios,
Ezequías tuvo –entonces- que destruirlo.
La elevación de Jesucristo
¿Cómo
se aplica a la cruz, la resurrección y la ascensión de Cristo Jesús lo
que hemos visto en los textos del Antiguo Testamento? Jesús mismo plantea
su interpretación particular.
Como
la serpiente, Jesús es levantado sobre un poste para que la gente sea
salva si confía en él. Pero, a diferencia de la serpiente de bronce, Jesús
mismo es la fuente de la salvación. Jesús salva a los que vuelven hacia
él su mirada de fe porque él es el Verbo, la Palabra, que bajó, descendió,
de los cielos, que vino de Dios, que es Dios; el mismo Dios que salvó
a Israel por medio de la serpiente de bronce que levantó Moisés en el
desierto. Ahora, Dios salva a través de Cristo Jesús, ciertamente Dios
hecho persona humana, viene a nosotros sobre la cruz para nuestra redención.
El Salvador para
todos
No
es extraño, entonces, que Jesús invoque la memoria de la serpiente de
bronce elevada en el desierto. Porque Dios amó tanto al mundo, que
entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino
que tenga Vida eterna (Jn. 3, 16). djc
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