|
2º Epifanía – C - 14 de enero de 2004 Variedad de dones, un Espíritu Por amor a Sión no me callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida. Las naciones contemplarán tu justicia y todos los reyes verán tu gloria; y tú serás llamada con un nombre nuevo, puesto por la boca del Señor. Serás una espléndida corona en la mano del Señor, una diadema real en las palmas de tu Dios. No te dirán más "¡Abandonada!", sino que te llamarán "Mi deleite", y a tu tierra "Desposada". Porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios (Is. 62, 1-5). Tu
misericordia, Señor, llega hasta el cielo, Tú
socorres a los seres humanos y a las bestias: Se
sacian con la abundancia de tu casa, Extiende
tu gracia sobre los que te reconocen, Con relación a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que ustedes vivan en la ignorancia. Ustedes saben que cuando todavía eran paganos, se dejaban arrastrar ciegamente al culto de dioses inanimados. Por eso les aseguro que nadie, movido por el Espíritu de Dios, puede decir: "Maldito sea Jesús". Y nadie puede decir: "Jesús es el Señor", si no está impulsado por el Espíritu Santo. Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también en el mismo Espíritu. A este se le da el don de curar, siempre en ese único Espíritu; a aquel, el don de hacer milagros; a uno, el don de profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a este, el don de lenguas; a aquel, el don de interpretarlas. Pero en todo esto, es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como él quiere (1 Cor. 12, 1-11). Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: "No tienen vino". Jesús le respondió: "Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía". Pero su madre dijo a los sirvientes: "Hagan todo lo que él les diga". Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: "Llenen de agua estas tinajas". Y las llenaron hasta el borde. "Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete". Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: "Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento". Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en (Jn. 2, 1-11). Aún los textos bíblicos con los que estamos más familiarizados, siempre tienen algo nuevo para mostrarnos. A veces, por conocerlos, creemos que sabemos ya todo lo que tienen que decirnos y no prestamos atención a lo nuevo que nos presentan. Este pasaje de la primera Carta de Pablo a los Corintios es muy conocido, su tema es la multiplicidad de los dones, regalos del Espíritu Santo, gobernados por el amor. Todo un movimiento dentro de la iglesia utiliza este capítulo de la carta para sustentar sus énfasis, es lo que se llama la renovación carismática y también se halla presente en las llamadas iglesias pentecostales. Quizás tengamos la inclinación a presumir que sólo ese movimiento o esas iglesias son a los que se aplica este texto bíblico. O, que lo que ellas afirman sea todo lo que expresa el contenido de este pasaje bíblico. Si hiciéramos cualquiera de estas dos cosas estaríamos errados por completo. Hemos de regresar una y otra vez a este pasaje y ver como San Pablo nos desafía mediante el mismo para expresar nuestra vida de fe. El Apóstol insiste aquí y en su Carta a los Romanos que hay una gran variedad de carismas, de dones, que cada cristiano ha recibido dones con los que ha de contribuir al bien común al anuncio del Evangelio. No escribe una lista completa y detallada, comparando sus cartas aparecen unos en una lista otros en otro, algunos son comunes, como si quisiera dejar abierta la nómina. Lo que desea es mostrarnos que todos, por la gracia de Dios mediante la obra del Espíritu Santo, poseemos dones, carismas, cuyo objetivo es el servicio. Algunos de esos dones pueden ser útiles en una reunión de oración o en un encuentro bíblico, otros en el culto o en la enseñanza. Otros no son para el culto comunitario sino para edificar de otras maneras el cuerpo de Cristo, como la hospitalidad (1 Ped. 4, 9-10), las obras de misericordia, el ayudar a los necesitados (Rom,. 12, 8), y a los demás (1 Cor. 12, 28). No hay dones más valiosos o privilegiados. La visión de San Pablo es amplia. Los dones son para todos. Todos tienen dones diversos, y son para servir tanto a la comunidad reunida como la dispersa. Son dones para servirnos unos a los otros en todos los aspectos de la vida, para acercar el reinado de Dios a este mundo en que vivimos. Algunos suenan como más espectaculares, otros aparecen únicamente en la adoración, otros no. Como dice el mismo Pablo: Más aún, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles también son necesarios (1 Cor. 12, 22). Nuestras celebraciones, estudios bíblicos, reuniones de ocasión, de comisiones, etc., es el reunirse de personas con dones, de un pueblo de servidores. Nos reunimos para alabar y dar gracias a Dios, para compartir la fe, ayudarnos mutuamente, enseñarnos unos a los otros. En tanto reunidos somos servidos y Dios nos habla por medio del otro o de nosotros mismos. Pero, además, cada persona es consciente cómo Dios lo ha llamado y capacitado para servir en Cristo a los demás. Cada uno trae, cada domingo, una semana de experiencias de los dones de Dios que ha expresado a través de su vida de testimonio y de servicio, de edificación en múltiples maneras del cuerpo de Cristo. djc |