2º domingo después de Epifanía - 20 de enero de 2008 Demasiado
poco Escúchenme, costas lejanas, presten atención, pueblos remotos! El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre. Él hizo de mi boca una espada afilada, me oculto a la sombra de su mano; hizo de mi una flecha punzante, me escondió en su aljaba. Él me dijo: ”Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré". Pero yo dije: "En vano me fatigué, para nada inútilmente, he gastado mi fuerza". Sin embargo, mi derecho está junto al Señor y mi retribución, junto a mi Dios. Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el seno materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. Él dice: "Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra". Así habla el Señor, el redentor y el Santo de Israel, al que es despreciado, al abominado de la gente, al esclavo de los déspotas: Al verte, los reyes se pondrán de pie, los príncipes se postrarán, a causa del Señor, que es fiel, y del Santo de Israel, que te eligió (Is. 49, 1-7). Esperé
confiadamente en el Señor: Me
sacó de la fosa infernal, Puso
en mi boca un canto nuevo, ¡Feliz
el que pone en el Señor ¡Cuantas
maravillas has realizado, Qusiera
anunciarlos y proclamarlos, En
el libro de la Ley está escrito Proclamé
gozosamente tu justicia No
escondí tu justicia dentro de mí, Pablo,
llamado a ser Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano
Sóstenes, saludan a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los
que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto
con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo,
nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro. Llegue a ustedes la gracia
y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. En aquel tiempo, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mi viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo
no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera
manifestado a Israel”. Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu
descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no
lo conocía pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel
sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es
el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio
de que él es el Hijo de Dios”. Más allá del horizonte
Las tres lecturas de hoy tienen como clave la
apertura a una realidad más allá del horizonte. En el segundo canto
del Servidor del Señor, éste le dice: Es
demasiado poco que seas...
Su vida no puede quedar limitada a “lo
poco”. Dios nos demanda y obliga salir de “lo poco”. Le dice que no
sólo lo trajo para reunir al Israel disperso, sino para ser
luz a las naciones, para que llegue mi salvación a los confines de la
tierra. El profeta no podía alcanzar con su vista lo
que para nosotros hoy son los confines y tampoco imaginaba que Jesucristo
realizaría plenamente la figura y la misión del Servidor. La Palabra
de Dios siempre va más allá de lo que a primera vista nos dice. No puedo
vivir los contendidos de ayer atados a un tiempo y una cultura, pero
ese texto me abre el entendimiento a su significa hoy. Aceptar la palabra
de Dios es salir de “lo poco”, asomarnos más allá de lo cotidiano. Acogemos la Palabra
cuando nos sentimos con “lo poco” que somos, con “lo poco” que hacemos
y vemos. Es decir, si advertimos que lo que está más allá está fuera
de nosotros pero también en nosotros por la gracia. ¡Qué comunidad local de fe! Pablo escribe a la
iglesia de Dios que está en Corinto. Comunidad local de fe a la que
tiene en su corazón aunque sus buenos trabajos y dolores de cabeza le
ha dado. Corinto era, para entonces, una gran
metrópoli comercial y portuaria. Convivían en ella codo a codo el lujo
y la miseria, los trabajadores y los ricos mercaderes, intelectuales
y simples. En ella se da el encuentro entre la fe cristiana y el mundo
no judío, grandes experiencia de fe, la vivencia de los dones y carismas,
loas desviaciones doctrinales, los que se creen superiores en su comprensión
de la fe. Pablo se ve obligado
a dar una buena cepillada a esos feligreses a quienes aunque no les falta ningún don de la gracia han de ser corregidos
a causa de las discordias que existen entre ellos y la sabiduría particular
que unos pretenden tener por sobre los otros, cuando el Evangelio es
el mismo para todos, unidos han de discernirlo con la guía del mismo
Espíritu Santo. Pablo, a través de
los cristianos que conoce en Corinto, nos habla también a nosotros.
Nosotros también somos parte de la iglesia de Dios, la que está en donde
cada uno de nosotros estamos. Fuertes y débiles, entusiastas y no tanto,
artistas, empresarios y trabajadores corrientes, fieles y vacilantes,
seguros o dudando, todos interpelados por la misma palabra de Dios,
llamados a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor. Más allá
Juan el Bautista dice
acerca de Jesús, el Cristo, yo no lo conocía... Pero se
compromete en hacerlo conocer y lo hace –paradójicamente- como el desconocido
que se muestra así mismo. Precisamente porque está investido del espíritu
y por ello no es previsible ni comprensible con nuestras propias maneras
de ver la realidad. Diría que la tarea
de todo testigo, de todo bautizado, es presentar as un Cristo aún por
descubrir y que el ser cristiano es estar develando de contínuo, por
la gracia del Espíritu, esa realidad salvadora de Cristo Jesús para
nosotros y para todos, pues él no esta limitado a lo poco. Y, desde Corinto, que
sobre todos y cada uno llegue a ustedes la gracia y la paz
que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. djc |