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2º
Pascua – C - 15 de abril de 2007
Ver
y creer
Trajeron
a los Apóstoles y los hicieron comparecer ante el Sanedrín, y el Sumo
Sacerdote les dijo: "Nosotros les habíamos prohibido expresamente
predicar en ese Nombre, y ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina.
¡Así quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre!".
Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: "Hay que obedecer a Dios
antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús,
al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo. A él, Dios
lo exaltó con su poder, haciéndolo Jefe y Salvador, a fin de conceder
a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos
de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los
que le obedecen" (Hech. 5: 27-32).
El
Señor es mi fuerza y mi protección;
él
fue mi salvación.
Un
grito de alegría y de victoria
resuena
en las carpas de los justos:
"La
mano del Señor hace proezas,
la
mano del Señor es sublime,
la
mano del Señor hace proezas".
No,
no moriré: viviré para publicar lo que hizo el Señor.
El
Señor me castigó duramente,
pero
no me entregó a la muerte.
"Abran
las puertas de la justicia
y
entraré para dar gracias al Señor".
"Esta
es la puerta del Señor:
sólo
los justos entran por ella".
Yo
te doy gracias porque me escuchaste
y
fuiste mi salvación.
La
piedra que desecharon los constructores
es
ahora la piedra angular.
Esto
ha sido hecho por el Señor
y
es admirable a nuestros ojos.
Este
es el día que hizo el Señor:
alegrémonos
y regocijémonos en él.
Sálvanos,
Señor, asegúranos la prosperidad.
¡Bendito
el que viene en nombre del Señor!
Nosotros
los bendecimos desde la Casa del Señor:
el
Señor es Dios, y él nos ilumina.
"Ordenen
una procesión con ramas frondosas
hasta
los ángulos del altar".
Tú
eres mi Dios, y yo te doy gracias;
Dios
mío, yo te glorifico.
¡Den
gracias al Señor, porque es bueno,
porque
es eterno su amor! (Salmo 118, 14-29)
Yo,
Juan, escribo a las siete Iglesias de Asia. Llegue a ustedes la gracia
y la paz de parte de aquel que es, que era y que vendrá, y de los siete
Espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo, el Testigo
fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes
de la tierra. Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio
de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre.
¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén. Él
vendrá entre las nubes y todos lo verán, aún aquellos que lo habían traspasado.
Por él se golpearán el pecho todas las razas de la tierra. Sí, así será.
Amén. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que
era y el que vendrá, el Todopoderoso (Apoc. 1, 4-8).
En
aquel tiempo, al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana,
estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos,
por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les
dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les
mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando
vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes!
Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
Al
decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán
retenidos a los que ustedes se los retengan".
Tomás,
uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando
llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!".
Él les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos,
si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado,
no lo creeré".
Ocho
días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y
estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las
puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con
ustedes!". Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están
mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo,
sino hombre de fe". Tomás respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que
creen sin haber visto!".
Jesús
realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que
no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para
que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo,
tengan Vida en su Nombre (Jn. 20, 19-31).
Pongámonos en las sandalias
de Tomás por un momento. Si alguien amado ha fallecido hace unos
días y vinieran amigos nuestros y nos dijeran: Mirá, lo
vimos ayer., está vivo. ¿No sería sorprendente? ¿Cómo
reaccionaría? ¿Se uniría a la alegría de la
noticia o pensaría, mirándolos con pena, están un
poco deschavetados?, Seguro que es el stress.
El evangelio recuerda la ocasión en que los discípulos se
escondían, tenían miedo que lo que a Jesús le había
ocurrido, también a ellos les pasara. Se reunían en un cuarto
con la puerta bien cerrada. De alguna manera, Jesús se hace presente
en persona, carne y hueso. Los discípulos le cuenta a Tomás,
que no estaba a allí en esa ocasión, que vieron las heridas
en sus manos y en su costado y que eso los convenció de que era
Jesús en carne y hueso, no un fantasma o una visión. Todos
le cuentan entusiasmados que no hay duda en cuanto a eso, el crucificado
Jesús está vivo en verdad.
Pero, Tomás no les cree. Para él no hay duda sobre la muerte
de Jesús, no va a creer así no más lo que le cuentan.
Desafía la razón y su experiencia. Sabe que la angustia
produce resultados extraños en la mente de los dolientes. Sólo
cree si ve las heridas y p0one su mano en ellas.
Démosle crédito. No deja de lado la posibilidad de que haya
visto a Jesús. Si no, les hubiera dicho que están obnubilados,
enloquecidos. Espera que lo convenzan con la experiencia de lo real.
Hay ocasiones en que nuestra fe se fortalece porque apreciamos en verdad
la presencia de Dios en su respuesta a nuestra oración, en la proclamación
de su Palabra, en el recobrarse un ser querido en su salud, en que alguien
cercano llegue a la fe en cristo. Muchos hemos apreciado la cercanía
de Dios en tiempos de prueba o enfermedad, aún de dolor por la
partida de alguien a quien amamos. En esas ocasiones experimentamos su
amor cercano a nuestro corazón.
Pero, también hay ocasiones en que dudamos, nos preguntamos si
en verdad Dios nos toma en cuenta, si está ahí, a la mano.
Nos pasa cuando un pequeño está enfermo, a las puertas de
la muerte; cuando el egotismo humano lleva la guerra y a la violencia,
cuando perdemos el trabajo, cuando se rompe un matrimonio, cuando los
hijos nos causan problemas angustiantes. ¿Cuántas veces
oramos y nada pasa?
Tomás experimentó la crucifixión de Jesús,
su muerte y sepultura, esto lo hizo sentirse muy dolido y, además,
confuso sobre quién era Jesús en verdad. Como muchos de
nosotros en similar circunstancia, sentía que Dios estaba muy lejos.
Cómo muchos de nosotros en similar circunstancia se preguntaba
qué sentido tiene todo esto, incluso lo que le comunican sus amigos.
En nosotros hay algo de Tomás. La fuerza o fragilidad de nuestra
fe depende –en muchas ocasiones- de nuestra experiencia, de la evidencia
que nos hace presente a Dios lo oculta de nosotros. Así es como
Dios nos ha creado, a pegados a lo terrenal, a lo que se vive ye experimenta.
Nuestros sentimientos determinan en muchas ocasiones la presencia o la
ausencia de Dios en nuestras vidas.
Cuando Jesús se presentó ante los discípulos, Tomás
no estaba, Jesús podía haber asumido la actitud de decir:
Si no estabas, acepta lo que tus amigos te cuentan. Pero, no hizo eso.
Se presenta, se acerca a Tomás y lo invita a aceptar la resurrección
de primera mano, a experimentarla. La vista de Jesús resucitado
le es suficiente y exclama: ¡Señor mío y Dios mío!
Si nuestra fe dependiera de la experiencia, subiría y bajaría
como un yo-yo todo el día. Si dependiera de nuestra experiencia,
¿qué haríamos cuando la angustia y la tristeza, la
enfermedad y la muerte nos confrontan?
Llega la ocasión en que, a despecho de las circunstancias en que
vivimos, sin prueba directa del amor y poder de Dios, continuamos confianza
en él. Creemos aunque no vemos. La fe se mantiene aunque no vemos
a la mano de Dios obrando.
San pablo, perseguido, golpeado y preso, continúa confiando en
Dios. Bonhoeffer era pastor para sus compañeros de prisión
y murió por sus ideas. La Madre teresa continuaba ayudando a los
pobres y moribundos en Calcuta. Aunque veía triunfar a la miseria,
jamás perdió de vista a Dios, amor en Jesucristo.
Hay ocasiones en que creemos aunque no hay evidencia obvia de Dios cerca
de nosotros. Jesús dice: ¡Felices los que creen sin haber
visto! La fe es eso, confiar en Dios aunque la experiencia no nos confirme
lo que creemos. La fe es creer que Dios cumple lo que dice, que jampas
nos abandona. Jesús se acercó a Tomás con comprensión
y compasión. Ayudó a Tomás en su fe, como nos ayuda
cuando comenzamos a dudar acerca de Dios.
De tiempo en tiempo, se nos permite tocar y sentir su presencia. En otras
ocasiones nos sostenemos sobre la experiencia de Dios en el pasado. Vivimos,
entonces, de la promesa. ¡Felices los que creen sin haber visto!
djc
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