3º Adviento – A -     16 de diciembre de 2007

La paciencia activa

¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa! ¡Si, florezca como el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.
Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: "¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos".
Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotaran aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales; la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de cañas y papiros.
Allí habrá una senda y un camino que se llamará "Camino santo". No la recorrerá ningún impuro ni los necios vagaran por él; no habrá allí ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes. Por allí caminarán los redimidos, volverán los rescatados por el Señor; y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua: los acompañaran el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán (Is.35, 1-10;).

Feliz el que se apoya en el Dios de Jacob
y pone su esperanza en el Señor, su Dios:
él hizo el cielo y la tierra,
el mar y todo lo que hay en ellos.

Él mantiene su fidelidad para siempre,
hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.

El Señor libera a los cautivos,
abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados.

El Señor protege a los extranjeros
y sustenta al huérfano y a la viuda;
el Señor ama a los justos
y entorpece el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión,
a lo largo de las generaciones.
¡Aleluya! (Salmo 146, 4-9).

 

Tengan paciencia, hermanos y hermanas, hasta que llegue el Señor. Miren cómo el sembrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardando pacientemente hasta que caigan las lluvias del otoño y de la primavera.  Tengan paciencia y anímense, porque la  Venida del Señor está próxima. Hermanos y hermanas, no se quejen los unos de los otros para no ser condenados. Miren que el  Juez ya está a la puerta. Tomen como ejemplo de fortaleza y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor (Sant. 5, 7-10).

En  aquel tiempo, Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mando a dos de sus discípulos para preguntarle:¿Eres tú el que ha de venir o deberemos esperar a otro?". Jesús le respondió: "Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: "¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Que fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Que fueron a ver entonces?¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quién está escrito:

            Yo envío a mi mensajero delante de ti,
            para prepararte el camino.

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él (Mt. 11, 2-11).

 

La paciencia activa es la clave

Ya el profeta Isaías lo subraya: Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan  a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios!”

Realmente paciencia activa, sin prisa pero con pasión. Defiende y protege, no soporta. Es un se ha hecho todo, pero siempre hay algo más por hacer. No es un todo terminó, sino un ahora todo comienza. El paciente no se rinde, acepta las demoras, la misma oscuridad, las contradicciones, pero no las considera la última palabra, son provisionales.

Esta es la paciencia sustentada por la fe, por la fe que persevera, que alimenta el fuego de la fidelidad.  Y esta paciencia a la que los textos de hoy nos convocan es la misma paciencia de Dios para con nosotros.

El himno a la alegría de Isaías

Habla del regreso del exilio en Babilonia, una marcha triunfal que marca la alegría del regreso. Una alegría que alcanza a todos, en especial a los más frágiles y que no se canta al entrar en Jerusalén sino durante la marcha hacia ella. La gloria de Dios no los esperas allá, fue al destierro con ellos y con ellos regresa a través del desierto. Y el desierto es el desierto, inhóspito y hasta cruel, pero el futuro ya ha comenzado cuando lo transitan, ese duro peregrinar es anticipo de la fiesta.

Lo que no hemos de hacer es mirar obstinadamente las piedras y los espinos, a nuestros propios pies y corazones heridos, sino que hemos levantar los ojos a Dios en esperanza y recibir de él el gozo y la alegría.

Preguntarlo a los sordos

El mensajero y precursor, el que preparó el camino de quien había de venir, está en la cárcel a causa de su prédica pero, a la vez, atenazado por la duda envía a un grupo de sus discípulos para pedirle a Jesús que manifieste su identidad, que aclare la situación, es el Cristo o no?

Pero no debía dirigirse a Jesús, debía entrevistar a los ciegos, a los paralíticos, a los leprosos, a los muertos vueltos a la vida y a los sordos, ellos tranquilizarían su animo y responderían a su duda.

No consultemos a los mapas para conocer los límites y espacio del reino de Dios, no consultemos a los sabios aunque nos puedan ilustrar en la cuestión. La señal que aclara está en los corazones frágiles que son confortados, en los oprimidos que reciben justicia, en los débiles que son fortalecidos, en los sordos que escuchan y son escuchados, en los que viven en esperanza aún en medio la realidad muchas veces trágica, en los discriminados que son acogidos.

Para saber si Jesús es el que ha de venir o debemos esperar a otro, hemos de verlo sentándose a comer con todo el mundo, hablando con todos, aceptando a la gente sin menosprecios ni levantando el gesto acusador, sino presentando  en palabras y en hechos de fraternidad y misericordia..

Y si seguimos sin estar seguros, si nuestras dudas continúan,   pongámonos en la cola con los sordos, los ciegos, los paralíticos y leprosos, para que él nos sane. Y si no entendemos, preguntemos a los sordos y que nos lo expliquen los mudos. djc