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3º Epifanía – C 21 de enero de 2007 Un remedio contra la sordera... hacer abrir los ojos Todo
el pueblo se reunió como un solo hombre
en la plaza que está ante la puerta
del Agua. Entonces dijeron a Esdras,
el escriba, que trajera el libro de
la Ley de Moisés, que el Señor había
dado a Israel. El sacerdote Esdras
trajo la Ley ante la Asamblea, compuesta
por los hombres, las mujeres y por
todos los que podían entender lo que
se leía. Era el primer día del séptimo
mes. El
cielo proclama la gloria de Dios Sin
hablar, sin pronunciar palabras, Allí
puso una carpa para el sol, Los
preceptos del Señor son rectos, La
palabra del Señor es pura, Son
más atrayentes que el oro, También
a mí me instruyen: Purifícame
de las faltas ocultas. ¡Ojalá
sean de tu agrado Así
como el cuerpo tiene muchos miembros,
y sin embargo, es uno, y estos miembros,
a pesar de ser muchos, no forman sino
un solo cuerpo, así también sucede
con Cristo. Porque todos hemos sido
bautizados en un solo Espíritu para
formar un solo Cuerpo -judíos y griegos,
esclavos y personas libres- y todos
hemos bebido de un mismo Espíritu.
El cuerpo no se compone de un solo
miembro sino de muchos. Si el pie
dijera: "Como no soy mano, no
formo parte del cuerpo", ¿acaso
por eso no seguiría siendo parte de
él? Y si el oído dijera: "Ya
que no soy ojo, no formo parte del
cuerpo", ¿acaso dejaría de ser
parte de él? Si todo el cuerpo fuera
ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si
todo fuera oído, ¿dónde estaría el
olfato? Pero Dios ha dispuesto a
cada uno de los miembros en el cuerpo,
según un plan establecido. Porque
si todos fueran un solo miembro, ¿dónde
estaría el cuerpo? De hecho, hay muchos
miembros, pero el cuerpo es uno solo.
El ojo no puede decir a la mano: "No
te necesito", ni la cabeza, a
los pies: "No tengo necesidad
de ustedes". Más aún, los miembros
del cuerpo que consideramos más débiles
también son necesarios, y los que
consideramos menos decorosos son los
que tratamos más decorosamente. Así
nuestros miembros menos dignos son
tratados con mayor respeto, ya que
los otros no necesitan ser tratados
de esa manera. Pero Dios dispuso el
cuerpo, dando mayor honor a los miembros
que más lo necesitan, a fin de que
no haya divisiones en el cuerpo, sino
que todos los miembros sean mutuamente
solidarios. ¿Un miembro sufre? Todos
los demás sufren con él. ¿Un miembro
es enaltecido? Todos los demás participan
de su alegría. En
aquel tiempo Jesús volvió a Galilea
con del poder el Espíritu y su fama
se extendió en toda la región. Enseñaba
en las sinagogas y todos lo alababan. Entre el reunirse y el disolverse El discurso compromete a la comunidad. La asamblea reunida ante Esdras, que vemos en nuestra primera lectura, se halla interpelada por la Palabra de Dios. La asamblea, de acuerdo al origen de nuestro vocablo contemporáneo: la Iglesia, es convocada para escuchar la Palabra. Podemos subrayar cuatro momentos: 1 – La asamblea se reúne porque se da cuenta de lo novedoso del evento. 2 – La asamblea manifiesta su disposición a recibir la Palabra y afirmarse en la que Dios dice: Todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "¡Amén! ¡Amén! 3 – Responde a la Palabra oída con todo su ser, También con sus sentimientos y gestos: Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra. 4 – Se dispersa luego para vivir y anunciar el mensaje de hermandad. Con este esquema es simple descubrir la debilidad en algunas de nuestras asambleas.
No es de sorprenderse. La respuesta comprometida se da cuando el desafío se hace evidente, no cuando el discurso es chato y sin novedad, del cual se sabe la conclusión antes que se lo inicie. Sobre todo la asamblea, la iglesia, reacciona cuando el discurso es simple, con lenguaje familiar, comprensible, hablando con relación a problemas y situaciones contemporáneas. La asamblea reacciona, responde, cuando encuentra una demanda y despierta a lo profundo, no cuanto se disuelve sin haberse comprometido en serio a nada. Oyentes sustancialmente sordos sólo pueden ser mudos mensajeros de la novedad del Evangelio. Uno puede preguntar si en verdad la asamblea se ha reunido. Por supuesto que uno corre el riesgo de generalizar, de subrayar sólo la oscuridad y no desplegar la luz. Donde las diferencias tienen razón de ser San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de una comunidad de fe empeñada en realizar una tarea común a través de la tarea específica a la que cada uno se compromete. La comunión entere las personas se expresa en la corresponsabilidad traducida en la diversidad de los ministerios, de los servicios que se asumen y emprenden. Aquí aparecen dos imágenes fundamentales de la asamblea, de la Iglesia: pueblo de Dios y cuerpo de Cristo. La primera nos hace a todos iguales sin privilegios; la segunda manifiesta esa unidad en la diversidad de dones, funciones, servicios, tareas. En la carta paulina de hoy las diferencias, la diversidad, aparece como oportunidad de entrega servicial y, así, la comunión se expresa en la misión común. Nadie puede echarse a tras o ponerse a un lado, nadie puede delegar en otros lo que a todos y a cada uno pertenece. La participación es la clave de la comunidad cristiana. La comunidad no se realiza cuando unos dan órdenes y los otros obedecen, sino cuando a cada uno se le reconoce su dignidad y valor en la vida y misión de la comunidad de fe. Cuando cada uno asume conscientemente su tarea en la comunidad activa, comprometiéndose sin reservas con los demás en fraterna relación. Interesados los ojos además de los oídos Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Aquí comienza la enseñanza, la enseñanza comienza con el cumplimiento, con la realización, no con la exhortación. En esta tradicional y, a la vez, insólita, liturgia de la Palabra, los oídos han tenido su parte y ahora la mirada reclama su derecho a tener la suya: Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él, y la mirada queda satisfecha: Los cautivos son liberados, los ciegos reciben la vista, los pobres reciben la buena noticia, porque se dan un acontecimiento, una presencia, que cambia su situación. Jesús presenta los hechos que expresan la realización de la promesa en su persona. Cuando los oyentes pareen tocados de sordera, les hace abrir los ojos a los hechos que dan razón de las palabras del Libro. Los oídos solo no soportan el peso de nuestras palabras, las palabras de la fe hablan con los hechos del Evangelio a través de nuestra propia vida. djc |