3º Epifanía – C  21 de enero de 2007

Un remedio contra la sordera... hacer abrir los ojos

Todo el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que está ante la puerta del Agua. Entonces dijeron a Esdras, el escriba, que trajera el libro de la Ley de Moisés, que el Señor había dado a Israel. El sacerdote Esdras trajo la Ley ante la Asamblea, compuesta por los hombres, las mujeres y por todos los que podían entender lo que se leía. Era el primer día del séptimo mes.
Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo - porque estaba más alto que todos – y cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie.
Esdras bendijo al Señor, el Dios grande y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "¡Amén! ¡Amén!". Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra.
Ellos leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura.  Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote escriba, y los levitas que instruían al pueblo, dijeron a todo el pueblo: "Este es un día consagrado al Señor, su Dios: no estén tristes ni lloren". Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley. Después añadió: "Ya pueden retirarse; coman bien, beban un buen vino y manden una porción al que no tiene nada preparado, porque este es un día consagrado a nuestro Señor. No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes" (Neh. 8, 1-3, 5-6, 8-10).

El cielo proclama la gloria de Dios
y el firmamento anuncia la obra de sus manos;
un día transmite al otro este mensaje
y las noches se van dando la noticia.

Sin hablar, sin pronunciar palabras,
sin que se escuche su voz,
resuena su eco por toda la tierra
y su lenguaje, hasta los confines del mundo.

Allí puso una carpa para el sol,
y este, igual que un esposo que sale de su alcoba,
se alegra como un atleta al recorrer su camino.

El sale de un extremo del cielo,
su órbita llega hasta el otro extremo,
y no hay nada que escape a su calor.

La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple.

Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos.

La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos.

Son más atrayentes que el oro,
que el oro más fino;
más dulces que la miel,
más que el jugo del panal.

También a mí me instruyen:
observarlos es muy provechoso.
Pero ¿quién advierte sus propios errores?

Purifícame de las faltas ocultas.
Presérvame, además, del orgullo,
para que no me domine;
entonces seré irreprochable
y me veré libre de ese gran pecado.

¡Ojalá sean de tu agrado
las palabras de mi boca,
y lleguen hasta ti mis pensamientos,
Señor, mi Roca y mi redentor! (Sal.19).

Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo.  Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y personas libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.  El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos.  Si el pie dijera: "Como no soy mano, no formo parte del cuerpo", ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él?  Y si el oído dijera: "Ya que no soy ojo, no formo parte del cuerpo", ¿acaso dejaría de ser parte de él?  Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato?  Pero Dios ha dispuesto a cada uno de los miembros en el cuerpo, según un plan establecido.  Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? De hecho, hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo.  El ojo no puede decir a la mano: "No te necesito", ni la cabeza, a los pies: "No tengo necesidad de ustedes".  Más aún, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles también son necesarios,  y los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto,  ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera. Pero Dios dispuso el cuerpo, dando mayor honor a los miembros que más lo necesitan,  a fin de que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros sean mutuamente solidarios.  ¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría.
Ustedes son el Cuerpo de    Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo.  En la Iglesia, hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores. Después vienen los que han recibido el don de hacer milagros, el don de curar, el don de socorrer a los necesitados, el don de gobernar y el don de lenguas.  ¿Acaso todos son apóstoles? ¿Todos profetas? ¿Todos doctores? ¿Todos hacen milagros?  ¿Todos tienen el don de curar? ¿Todos tienen el don de lenguas o el don de interpretarlas?  Ustedes, por su parte, aspiren a los dones más perfectos. Y ahora voy a mostrarles un camino más perfecto todavía (1 Cor. 12, 12-31ª).

En aquel tiempo Jesús volvió a Galilea con del poder el Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.  Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:  El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos  y proclamar un año de gracia del Señor.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír" (Lc. 4, 14-21).

Entre el reunirse y el disolverse

El discurso compromete a la comunidad.

La asamblea reunida ante Esdras, que vemos en nuestra primera lectura, se halla interpelada por la Palabra de Dios. La asamblea, de acuerdo al origen de nuestro vocablo contemporáneo: la Iglesia, es convocada para escuchar la Palabra.

Podemos subrayar cuatro momentos:

1 – La asamblea se reúne porque se da cuenta de lo novedoso del evento.

2 – La asamblea manifiesta su disposición a recibir la Palabra y afirmarse en la que Dios dice: Todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "¡Amén! ¡Amén!

3 – Responde a la Palabra oída con todo su ser, También con sus sentimientos y gestos: Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra.

4 – Se dispersa luego para vivir y anunciar el mensaje de hermandad.

Con este esquema es simple descubrir la debilidad en algunas de nuestras asambleas.

  • En cambio de la novedad, la rutina como costumbre, lo repetitivo sin entusiasmo renovado.
  • El amén no expresa tanto nuestra toma de conciencia como la resignación a un ritual vacío de su contenido de firme adhesión.
  • Antes que la reacción comprometida se advierte el aburrimiento, el desencanto, la distracción, la inercia y la pasividad, en el mejor de los casos la “compostura”. Es más fácil percibir el bostezo que la alegría y el llanto.

No es de sorprenderse. La respuesta comprometida se da cuando el desafío se hace evidente, no cuando el discurso es chato y sin novedad, del cual se sabe la conclusión antes que se lo inicie.

Sobre todo la asamblea, la iglesia, reacciona cuando el discurso es simple, con lenguaje familiar, comprensible, hablando con relación a problemas y situaciones contemporáneas. La asamblea reacciona, responde, cuando encuentra una demanda y despierta a lo profundo, no cuanto se disuelve sin haberse comprometido en serio a nada. Oyentes sustancialmente sordos sólo pueden ser mudos mensajeros de la novedad del Evangelio. Uno puede preguntar si en verdad la asamblea se ha reunido.

Por supuesto que uno corre el riesgo de generalizar, de subrayar sólo la oscuridad y no desplegar la luz.

Donde las diferencias tienen razón de ser

San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de una comunidad de fe empeñada en realizar una tarea común a través de la tarea específica a la que cada uno se compromete.

La comunión entere las personas se expresa en la corresponsabilidad traducida en la diversidad de los ministerios, de los servicios que se asumen y emprenden. Aquí aparecen dos imágenes fundamentales de la asamblea, de la Iglesia: pueblo de Dios y cuerpo de Cristo. La primera nos hace a todos iguales sin privilegios; la segunda manifiesta esa unidad en la diversidad de dones, funciones, servicios, tareas. En la carta paulina de hoy las diferencias, la diversidad, aparece como oportunidad de entrega servicial y, así, la comunión se expresa en la misión común.

Nadie puede echarse a tras o ponerse a un lado, nadie puede delegar en otros lo que a todos y a cada uno pertenece. La participación es la clave de la comunidad cristiana.

La comunidad no se realiza cuando unos dan órdenes y los otros obedecen, sino cuando a cada uno se le reconoce su dignidad y valor en la vida y misión de la comunidad de fe. Cuando cada uno asume conscientemente su tarea en la comunidad activa, comprometiéndose sin reservas con los demás en fraterna relación.

Interesados los ojos además de los oídos

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

Aquí comienza la enseñanza, la enseñanza comienza con el cumplimiento, con la realización, no con la exhortación. En esta tradicional y, a la vez, insólita, liturgia de la Palabra, los oídos han tenido su parte y ahora la mirada reclama su derecho a tener la suya: Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él, y la mirada queda satisfecha: Los cautivos son liberados, los ciegos reciben la  vista, los pobres reciben la buena noticia, porque se dan un acontecimiento, una presencia, que cambia su situación.

Jesús presenta los hechos que expresan la realización de la promesa en su persona. Cuando los oyentes pareen tocados de sordera, les hace abrir los ojos a los hechos que dan razón de las palabras del Libro. Los oídos solo no soportan el peso de nuestras palabras, las palabras de la fe hablan con los hechos del Evangelio a través de nuestra propia vida. djc