3º Pascua-  C   - 22 de abril de 2007

Futuro, ¿qué hay de él?

Saulo, que todavía respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de traer encadenados a Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor que encontrara, hombres o mujeres.  Y mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor.  Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?".  El preguntó: "¿Quién eres tú, Señor?". "Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le respondió la voz.  Ahora levántate, y entra en la ciudad: allí te dirán qué debes hacer". 

[Los que lo acompañaban quedaron sin palabra, porque oían la voz, pero no veían a nadie.  Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco.  Allí estuvo tres días sin ver, y sin comer ni beber.
Vivía entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en una visión: "¡Ananías!". El respondió: "Aquí estoy, Señor".  El Señor le dijo: "Ve a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a un tal Saulo de Tarso.  El está orando y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para devolverle la vista". Ananías respondió: "Señor, oí decir a muchos que este hombre hizo un gran daño a tus santos en Jerusalén.  Y ahora está aquí con plenos poderes de los jefes de los sacerdotes para llevar presos a todos los que invocan tu Nombre".  El Señor le respondió: "Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel.  Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre".  Ananías fue a la casa, le impuso las manos y le dijo: "Saulo, hermano mío, el Señor Jesús –el mismo que se te apareció en el camino- me envió a ti para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo".  En ese momento, cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado.  Después comió algo y recobró sus fuerzas. Saulo permaneció algunos días con los discípulos que vivían en Damasco, y luego comenzó a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios]. (Hech. 9, 1-6 [7-20])

Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste
y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.
Señor, Dios mío, clamé a ti y tú me sanaste.

Tú, Señor, me levantaste del Abismo
y me hiciste revivir,
cuando estaba entre los que bajan al sepulcro.

Canten al Señor, sus fieles;
den gracias a su santo Nombre,
porque su enojo dura un instante,
y su bondad, toda la vida:
si por la noche se derraman lágrimas,
por la mañana renace la alegría.

Yo pensaba muy confiado:
"Nada me hará vacilar".
Pero eras tú, Señor, con tu gracia,
el que me afirmaba sobre fuertes montañas,
y apenas ocultaste tu rostro,
quedé conturbado.

Entonces te invoqué, Señor,
e imploré tu bondad:
"¿Qué se ganará con mi muerte
o con que yo baje al sepulcro?

¿Acaso el polvo te alabará
o proclamará tu fidelidad?

Escucha, Señor, ten piedad de mí;
ven a ayudarme, Señor".

Tú convertiste mi lamento en júbilo,
me quitaste el luto y me vestiste de fiesta,
para que mi corazón te cante sin cesar.
¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! (Salmo 30)

 

Y después oí la voz de una multitud de Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Seres Vivientes y de los Ancianos. Su número se contaba por miles y millones,  y exclamaban con voz potente: "El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza".  También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían: "Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos".  Los cuatro Seres Vivientes decían: "¡Amén!", y los Ancianos se postraron en actitud de adoración (Apoc. 5, 11-14).

Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón    Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.  Simón    Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él.  Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No". Él les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla.  El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón    Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.  Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan.  Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar".  Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.  Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que era el Señor.  Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.  Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". Él le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".  Le volvió a decir por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Él le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas".  Le preguntó por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?".  Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas.  Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras".  De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: "Sígueme" (Jn. 21, 1-19).

 

Introducción
La república golpeada, podemos, síganme, deuda externa, chicos de la calle, droga... ¿Qué futuro? ¿Hay alguno?...

El texto
Apocalipsis no goza de prestigio ni aceptación en nuestras iglesias. Salvo la referencia a Cristo como alfa y omega, dudo de su uso en los púlpitos, yo –por lo menos- no escuché predicación alguna sobre este libro del Nuevo Testamento.
¡Ah!, me olvidaba, también en la carta a Laodicea, el que está a la puertas y llama, el cuadro conocido de Hollman: Cristo, portando una lámpara, llamando a la puerta del corazón humano. Por eso, Apocalipsis es usado por iglesias y sectas como libro cifrado del acontecer futuro. ¿Es fantasía, vaticinio, o qué?
Y aquí, de nuevo aparece este libro como texto para el tiempo pascual.

El hoy y el ayer
Hoy: Desocupación y crisis económica en el mundo y aquí, conflictos armados en el planeta, conflictos de trabajo en todo lugar, políticos aquí y en otras partes, nosotros la lucha electoral...
Ayer: Domiciano (81-86dC) perseguidor de la Iglesia. Juan, el preso político-religioso, regresa de Patmos. No escribe cartas como Pablo, ni evangelios como Mateo y los otros, él escribe una gran visión. Comienza hablando a iglesias concretas que enfrentan persecución y divisiones internas doctrinales y de luchas de poder, los capítulos 1 a 4. En el capítulo 4 a aparece Dios, como Padre Creador y Juez. En el 5, aparece el Cordero, Cristo Jesús, el Hijo de Dios.
El libro y quien lo abre: El que explica y expone su sentido es Cristo Jesús. La historia es presentada como providencia divina, como exposición al amor de Dios. Sólo uno la comprende y puede explicarla, es el que muere y resucita, Jesús el Cristo. Él lleva a su culminación la historia humana y le da sentido, es el Cordero de Dios. La resurrección es evento que interpreta la historia.
La adoración, culto público y eucarístico, del Cordero: La respuesta clara del pueblo de Dios a la revelación (Apocalipsis) de Jesús, que muerto en la cruz resucita victorioso. El culto eucarístico muestra el sentido a la historia, afirma que en Cristo resucitado comienza una época nueva; transforma a su pueblo –los que creen- en pueblo de sacerdotes -mediadores, intercesores- para la salvación del mundo, los transforma en reyes -amos del poder de la vida en este mundo- para comunicarla a todos. Sacerdotes que, al estilo del Señor, que testifican de la salvación. Reyes que, al estilo del Señor, su vida es testimonio de la buena nueva. Todo se reúne y resume en el canto de alabanza al Cordero, es decir en la liturgia pascual.
La historia humana, no importa lo confusa u oscura que aparezca, tiene a Cristo como soberano y la adoración a él como meta.

¿Cuál futuro? ¿Qué del futuro?
Grandes expectativas en medicina, tecnología, comunicaciones, informática. También grandes incógnitas y frustraciones: economía en crisis a todo nivel y en toda región, guerras y terrorismo, aborto y droga, pobreza e injusticia, violencia...
Cristo es luz que comienza a alumbrar en la alborada de la resurrección. Jesús no es el
dirigente de una secreta conspiración para el bien que, de todas maneras y aunque no lo parezca, gobierna al mundo. Apocalipsis reconoce los poderes infernales de la muerte y de la maldad, Diocleciano era real. Apocalipsis sabe que la historia es forjada por seres humanos y poderes opuestos al amor y a la gracia divina. La irracionalidad y la violencia del imperio tiene hoy también expresiones crueles en este mundo.
Pero, Jesús abre los sellos, no lo hace el dictador sino el Cordero crucificado y resucitado. En su fragilidad venció al imperio de la violencia representado por Pilato, en su obediencia al Padre celestial venció al vicio del poder orgulloso y egoísta, en su amor venció al pecado y a la muerte.
La cuestión no es que uno sepa, por medio del libro del cual los sellos son abiertos, predecir el futuro; sino que el futuro está en las manos del Cordero Victorioso, que el juicio de Dios está a la puerta, que no hay resignación sino victoria del amor y de la paz. djc