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4º domingo de Adviento
– Ciclo A - 23 de diciembre de 2008
La
fe es obediencia
Una
vez más, el Señor habló a Ajaz en estos términos: "Pide para ti un
signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las
alturas". Pero Ajaz respondió: "No lo pediré ni tentaré al Señor".
Isaías dijo: "Escuche, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta
cansar a los seres humanos, que cansan también a mi Dios. Por eso el Señor
mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz
un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel. El se alimentará de leche
cuajada y miel, cuando ya sepa desechar lo malo y elegir lo bueno. Porque
antes de que el niño sepa desechar lo malo y elegir lo bueno, quedará
abandonada la tierra de esos dos reyes , ante los cuales estás aterrorizado
(Isaías 7, 10-16).
Escucha,
Pastor de Israel,
tú
que guías a José como a un rebaño ;
tú
que tienes el trono sobre los querubines,
resplandece
ante Efraím, Benjamín y Manasés;
reafirma
tu poder y ven a salvarnos.
¡Restáuranos,
Señor de los ejércitos,
que
brille tu rostro y seremos salvados !
Señor
de los ejércitos,
¿hasta
cuándo durará tu enojo,
a
pesar de las súplicas de tu pueblo ?
Les
diste de comer un pan de lágrimas,
les
hiciste beber lágrimas a raudales ;
nos
entregaste a las disputas de nuestros vecinos,
y
nuestros enemigos se burlan de nosotros.
¡Restáuranos,
Señor de los ejércitos,
que
brille tu rostro y seremos salvados !
¡Que
perezcan ante el furor de tu mirada
los
que le prendieron fuego y la talaron !
Que
tu mano sostenga al que está a tu derecha,
al
ser humano que tú fortaleciste,
y
nunca nos apartaremos de ti ;
devuélvenos
la vida e invocaremos tu Nombre (Salmo 80, 1-7, 16-18).
Carta
de Pablo, servidor de Jesucristo, llamado para ser Apóstol, y elegido
para anunciar la buena Noticia de Dios, que él había prometido por medio
de sus Profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, Jesucristo,
nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne, y
constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu Santificador,
por su resurrección de entre los muertos. Por él hemos recibido
la gracia y la misión apostólica, a fin de conducir a la obediencia de
la fe, para la gloria de su Nombre, a todos los pueblos paganos, entre los cuales se encuentran también
ustedes, que han sido llamados por Jesucristo.
A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos,
llegue la gracia y la paz, que proceden de Dios nuestros Padre, y del
Señor Jesucristo (Romanos 1, 1-7).
Este
fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con
José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra
del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería
denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba
en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José,
hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido
engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo,
a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos
sus pecados".
Todo
esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por
el Profeta:
La Virgen
concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán
el
nombre de Emanuel,
que traducido significa "Dios con nosotros".
Al
despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó
a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a
luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús (Mateo 1, 18-25).
Creer
es un riesgo
Una fe que se hace obediencia María, José y Pablo lo ilustran
y afirman, Acaz muestra la contracara.
Poco antes Acaz y su corte habían temblado como hojas sacudidas
por el viento ante la noticia de la invasión desde el norte. Isaías
se acerca al rey temeroso y nuevamente le asegura la protección
divina y le ofrece un signo como garantía. El rey oculta su miedo
con una religiosidad hipócrita y afirma no querer tentar a Dios.
No acepta el riesgo de la fe.
Acaz negocia, intriga y, según el relato de Crónicas (2
Cr. 28), inmola sus hijos en el altar de Baal, pero se niega a recibir
un signo de Dios que lo compromete. El rey más que a sus enemigos
teme el afirmarse sólo en la fe. Rechaza el signo porque si Dios
se manifiesta claramente habrá de cumplir con lo que él
exija, habrá de comprometerse definitiva y exclusivamente con Dios.
Dios igualmente le presenta el signo: Miren la joven está embarazada
y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel,
que significa”Dios con nosotros”.
El profeta piensa en Ezequías, el hijo de Acaz, que aún
no ha nacido. Pero el anuncio va más allá de su propia comprensión
y será interpretado como anuncio de la venida del Mesías,
del Cristo. La promesa de Dios se realiza, pero trasciende la espera y
la imaginación de los seres humanos. El Emanuel está en
la continuidad de la dinastía de David, pero la carne no alcanzará
a dar cuenta de su identidad.
La entrega del amor
El signo llega a su cumplimiento. En el evangelio, estrechamente relacionado
con el texto del profeta Isaías, en lugar del vacilante y calculador
Acaz, vemos a dos humildes personas, cuya fe se presenta como obediencia
total.
María renuncia a pensar en términos de posibilidades humanas
y se confía íntegramente as la obra del espíritu
Santo. La entrega de un amor al Amor que trasciende la comprensión
y los medios humanos.
José renuncia a pensar en términos de tradiciones y derechos
sancionados por la ley religiosa de su pueblo, incluso enuncia a resolver
la situación con delicadeza, y entra en el mismo proyecto misterioso
de Dios, como ya lo ha hecho María.
Y, ahora, la imagen algo nebulosa de Exequias deja paso a los rasgos bien
definidos de Jesús. Solamente en Jesús Dios se hace Emanuel,
Dios con nosotros. Para ello fue necesario que María y José
renunciaran a su propio programa de vida, a que acogieran sin reservas
el proyecto y la promesa de Dios. Aquí se nos brinda algo muy significativo,
el ser humano renuncia a su propio futuro –a su propia proyección
hacia delante- para abrirse al adviento de Dios, a su venida en Jesús.
Esta dimensión nueva que Dios trae a la vida y a la historia humana,
obra del imprevisible Espíritu Santo es lo que los evangelios llaman
el reino de Dios.
La Iglesia también vive la fidelidad, la fe, no en la simple reproducción
del pasado sino en la novedad de la obra del Espíritu. La Iglesia,
los bautizados, se hace disponible al actuar redentor y liberador de Dios,
signo de la presencia poderosa del Espíritu Santo que convoca a
la unidad humana en la diversidad, a la justicia en el amor, a la paz
don de Dios en Cristo. djc
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