5º Cuaresma- A - 9 de marzo de 2008

Vida a partir de la muerte

La mano del Señor se posó sobre mí, y el Señor me sacó afuera por medio de su espíritu y me puso en el valle que estaba lleno de huesos. Luego me hizo pasar a través de ellos en todas las direcciones, y vi que los huesos tendidos en el valle eran muy numerosos y estaban resecos. El Señor me dijo: “Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?”. Yo respondí: “Tú lo sabes, Señor”.

Él me dijo: “Profetiza sobre esos huesos, diciéndoles: Huesos secos, escuchen la palabra del Señor. Así habla el Señor a estos huesos: Yo voy a hacer que un espíritu penetre en ustedes y vivirán. Pondré nervios en ustedes, haré crecer carne  sobre ustedes, los recubriré de piel, les infundiré un espíritu, y vivirán. Así sabrán que yo soy el Señor”. Yo profeticé como se me había ordenado, y mientras profetizaba, se produjo un estruendo: hubo un temblor, y los huesos se juntaron unos con otros. Al mirar, vi que los huesos se cubrían de nervios, que brotaba la carne y se recubrían de piel, pero no había espíritu en ellos. Entonces el Señor me dijo: “Convoca proféticamente al espíritu, profetiza, hijo de hombre. Tú dirás al espíritu: Así habla el Señor: Ven, espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que revivan”. Yo profetice como él me lo había ordenado, y el espíritu penetro en ellos. Así revivieron, y se incorporaron sobre sus pies. Era un ejército inmenso.

Luego el Señor me dijo: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos dicen: “Se han secado nuestros huesos y se ha desvanecido nuestra esperanza. ¡Estamos perdidos!”. Por eso, profetiza diciéndoles: Así habla el Señor: Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo sabrán que yo soy el Señor. Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán ; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré - oráculo del Señor  (Ezequiel 37, 1-14).

Desde lo más profundo te invoco, Señor,
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido.

Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
más que el centinela la aurora.

Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor,
porque en él se encuentra la misericordia
y la redención en abundancia:
él redimirá a Israel de todos sus pecados (Salmo 130).

Ahora bien, los deseos de la carne conducen a la muerte, pero los deseos del espíritu conducen a la vida y a la paz, porque los deseos de la carne se oponen a Dios, ya que no se someten a su Ley, ni pueden hacerlo. Por eso, los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de    Cristo. Pero si    Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia (Romanos 8, 6-11).

En aquel tiempo había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta.  María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”. Al oír esto, Jesús les dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea!. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá”. Jesús les respondió: “¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”.

Después agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo”. Sus discípulos le dijeron: “Señor, si duerme, se curará”. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.  Entonces les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo”. Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”. Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacia cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. María le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del  último día”. Jesús le dijo:

“Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”

Ella le respondió: “Si, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.

Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama”. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”. Pero algunos decían: “Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?”.  Jesús conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”. Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”

Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo dijo: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero o he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”.

Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”.

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él (Juan 11, 1-45).

Los sepulcros se abren
Hoy Jesús proclama: Yo soy la Resurrección y la Vida.
La afirmación solemne de Jesús tiene más peso que los porcentajes expresados en los sondeos de opinión. Su resurrección es un hecho. Lázaro llamado a la vida es un hecho.
La resurrección es clave en nuestra fe y tiene impacto en nuestras vidas. Que la tierra sea redonda o tenga forma de una pera no influye en nuestro andar por el mundo. Pero la fe en la resurrección sí incide en nuestro camino, en el rumbo que le doy a mi existencia, en las opciones que he de tomar.


¿La muerte es el final?
La visión de Ezequiel presenta al Espíritu que altera la tranquilidad de los sepulcros. Al nuevo pueblo de Dios se lo pone de pie y se lo obliga a caminar. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor.
El creyente reconoce el señorío de Dios, no porque deba morir, sino porque está llamado a resucitar. Y cada día debe acostumbrarse a reconocer aquella voz que lo pone en pie.
Ese Espíritu que da la vida aparece también en la Carta de San Pablo a los Romanos, nuestra segunda lectura de hoy, donde se afirma que el Espíritu que da la vida habita en nosotros. Y haremos bien en no olvidar que el camino del Espíritu pasa por la cruz.
El Apóstol afirma el cambio por obra del Espíritu se da ya en nuestras vidas y hemos vivirlo en el hoy.

El misterio es: ¿qué les pasa a los que viven?
Algunos manifiestan su curiosidad por lo que haya pasado con Lázaro después de su resurrección. ¿Qué pensaba, cómo cambió su vida, qué hizo luego de su resurrección?
Sin embargo, creo que yo preferiría saber qué pasó con María y con Marta, con los otros testigos de la resurrección de Lázaro. Me gustaría saber si replantearon su vida.
¿Qué acontece en el interior de los testigos de un funeral? ¿Habrá alguno dispuesto a poner un orden nuevo en su escala de valores, a ver lo que en verdad cuenta en la vida? ¿Qué sentido tiene vivir? Sobre todo, a aprender a convivir ya ahora con la resurrección, pues la muerte es terminar de morir. djc