5º Epifanía –C - 4 de febrero de 2007

Una mano en la boca

El año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo.  Unos serafines estaban de pie por encima de él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, y con dos se cubrían los pies, y con dos volaban. Y uno gritaba hacia el otro:" ¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! Toda la tierra está llena de su gloria".
Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa se llenó de humo. Yo dije: "¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros; ¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!".
Uno de los serafines voló hacia mí, llevando en su mano una brasa que había tomado con unas tenazas de encima del altar. El le hizo tocar mi boca, y dijo: "Mira: esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada y tu pecado ha sido expiado".
Yo oí la voz del Señor que decía: "¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?". Yo respondí: "¡Aquí estoy: envíame!".
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"Ve, me dijo; tú dirás a este pueblo: 'Escuchen, sí, pero sin entender: miren bien, pero sin comprender'.  Embota el corazón de este pueblo, endurece sus oídos y cierra sus ojos, no sea que vea con sus ojos y oiga con sus oídos, que su corazón comprenda y que se convierta y sane".  Yo dije: "¿Hasta cuándo, Señor?". El respondió: "Hasta que las ciudades queden devastadas, sin habitantes, hasta que las casas estén sin un hombre y el suelo devastado sea una desolación. El Señor alejará a los seres humanos y será grande el abandono en medio del país. Y si queda una décima parte, ella, a su vez, será destruida. Como el terebinto y la encina que, al ser abatidos, conservan su tronco talado, así ese tronco es una semilla santa" ] (Is. 6, 1-8 [9-13]).

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
te cantaré en presencia de los ángeles.

Me postraré ante tu santo Templo,
y daré gracias a tu Nombre
por tu amor y tu fidelidad,
porque tu promesa ha superado tu renombre.

Me respondiste cada vez que te invoqué
y aumentaste la fuerza de mi alma.

Que los reyes de la tierra te bendigan
al oír las palabras de tu boca,
y canten los designios del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.

El Señor está en las alturas,
pero se fija en el humilde
y reconoce al orgulloso desde lejos.

Si camino entre peligros, me conservas la vida,
extiendes tu mano contra el furor de mi enemigo,
y tu derecha me salva.

El Señor lo hará todo por mí.
Tu amor es eterno, Señor,
¡no abandones la obra de tus manos! (Sal. 138).

Les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles. Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano.

Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura.  Se apareció a    Pedro y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto.  Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles.  Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.
Porque yo soy el último de los Apóstoles, y ni siquiera merezco ser llamado Apóstol, ya que he perseguido a la Iglesia de Dios.  Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.  En resumen, tanto ellos como yo, predicamos lo mismo, y esto es lo que ustedes han creído (1Cor. 15, 1-11).

En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret.  Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: "Navega mar adentro, y echen las redes". Simón le respondió: "Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes".  Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: "Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador". El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido;  y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: "No temas, de ahora en adelante serás pescador de personas".  Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron (Lc. 5, 1-11).

Gracia de Dios y miseria humana

Isaías se reconoce como hombre de labios impuros. Pablo se presenta como fruto de un aborto y no oculta su pasado de perseguidor de los cristianos. Pedro se confiesa pecador y ruega a Jesús que no se le acerque demasiado.

La gracia de Dios se afirma a través de la miseria humana, el Evangelio se expresa a través del humano fracaso y pequeñez.

La gloria de Dios no está confiada sólo a los serafines, también a cualquier persona desprovista no sólo de alas sino de entera y rectitud plenas.

¿Nos sorprende? No, lo que sorprende es la renuencia de Isaías a aceptar ser purificado, a reconocer sus deficiencias y culpas. Porque, para todos, la culpa siempre es de los otros, ellos la tienen, ellos la ven incluso en nosotros.

Si la Palabra divina encuentra indiferencia no creemos que sea nuestro fracaso, nuestros labios torpes o nuestro corazón endurecido. No, la culpa es de otros, como se dice en la vida pública: de los medios de comunicación que tergiversan la verdad y conspiran contra nosotros.

Creo que nuestro mensaje tendría todas las de ganar si nos sacáramos la mascar de la absoluta impecabilidad. Cuando nos sentimos rodeados de enemigos que nos acusan injustamente, somos tentados a pecar de orgullo o a usar de argumentos falaces para nuestra defensa. Como cuando otros nos acusan, esto nos disculpara de golpearnos el pecho arrepentidos por nuestras propias faltas y pecados.

En cambio de rasgarnos las vestiduras sería más digno reconocer los que sean nuestros errores. El inclinar la cabeza, al menos alguna vez, es un ejercicio que ayuda a caminar con la frente bien alta.

Al tres Santo a lo mejor le gusta oír proclamar no sólo su santidad sino nuestra humana indignidad.

Ser servidores del perdón y la misericordia de Cristo significa el reconocer públicamente que nosotros también necesitamos de ese perdón. Nuestra fragilidad y debilidad no es escándalo. Escándalo es intentar ocultar la miseria humana con la gloria que de Dios tomamos prestada.

No se proclama la santidad de Dios escondiendo nuestros pecados y faltas, sino dejándonos librar de ellos gracias al decisivo contacto con el fuego tomado del altar.

Historias de tres llamados

Volvamos a la liturgia de hoy, a los textos de hoy. Tres relatos de vocación. Uno autobiográfico.

El primero dentro de la solemnidad del Templo. El de Pablo con su momento crítico en el camino a Damasco. El relato evangélico en el marco de la vida cotidiana. La llamada de Dios puede recibirse en cualquier lugar y momento. Pero todos los relatos tienen elementos en común:

1 – Dios es el protagonista clave, lo principal es su iniciativa de gracia. Él llama, elige, transforma. Dios manda, es decir asigna una tarea, confía una misión, la vocación no es un estar es un andar. Y Dios asegura la fecundidad de la misión, lo dice Pablo, lo muestra la pesca extraordinaria.

2 – La postura humana se resume en la dupla docilidad-disponibilidad para adherirse a la iniciativa divina, escucha su voz como Isaías, a comprometerse en el trabajo como lo hacen Pablo según su informe y Pedro al echar las redes. Pablo lo subraya con su empleo de los verbos recibir y transmitir; el apóstol es capaz de recibir, así puede dar y darse. El contenido del recibir son eventos concretos: la muerte de Cristo, su resurrección, pero han de convertirse en experiencia personal de encuentro, conversión, pasión del enviado. Soy fiel cuando mi testimonio es totalmente Cristo a la vez que es todo mi yo puesto en ese testimonio. Lo que decimos es confirmado por lo que somos, tocados por el fuego divino somos presencia del amor de Dios en Cristo.

Somos signo, no hay que temer acercarse a los carbones ardiendo del altar divino.

Conclusión

Para concluir volvamos al inicio.

Cuando Isaías dice: estoy perdido, la tradición dice que significa que ha sido reducido al silencio. El que habla en nombre de Dios comienza viendo que se le tapa la boca.

La palabra de Dios, modesta a la vez que poderosa, irrumpe con claridad cuando nuestras palabras sabias son reducidas al silencio, cuando olvidando lo aprendido, aprendemos a Dios de nuevo.

Se habla bien de Dios cuando podemos callar y escucharlo.

La palabra decisiva en una civilización por demás ruidosa, puede ser el silencio, el silencio de la escucha, el silencio que habla.

Dios nos manda hablar, comunicar, pero hemos de comenzar callando para contemplar la maravilla del misterio del amor de Dios. djc