|
5º Epifanía –C - 4 de febrero de 2007 Una mano en la boca El
año de la muerte del rey Ozías, yo
vi al Señor sentado en un trono elevado
y excelso, y las orlas de su manto
llenaban el Templo. Unos serafines
estaban de pie por encima de él. Cada
uno tenía seis alas: con dos se cubrían
el rostro, y con dos se cubrían los
pies, y con dos volaban. Y uno gritaba
hacia el otro:" ¡Santo, santo,
santo es el Señor de los ejércitos!
Toda la tierra está llena de su gloria". Te
doy gracias, Señor, de todo corazón, Me
respondiste cada vez que te invoqué El
Señor está en las alturas, El
Señor lo hará todo por mí. Les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles. Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano. Les
he trasmitido en primer lugar, lo
que yo mismo recibí: Cristo murió
por nuestros pecados, conforme a la
Escritura. Fue sepultado y resucitó
al tercer día, de acuerdo con la Escritura.
Se apareció a Pedro y después a
los Doce. Luego se apareció a más
de quinientos hermanos al mismo tiempo,
la mayor parte de los cuales vive
aún, y algunos han muerto. Además,
se apareció a Santiago y de nuevo
a todos los Apóstoles. Por último,
se me apareció también a mí, que soy
como el fruto de un aborto. En
una oportunidad, la multitud se amontonaba
alrededor de Jesús para escuchar la
Palabra de Dios, y él estaba de pie
a la orilla del lago de Genesaret.
Desde allí vio dos barcas junto a
la orilla del lago; los pescadores
habían bajado y estaban limpiando
las redes. Jesús subió a una de las
barcas, que era de Simón, y le pidió
que se apartara un poco de la orilla;
después se sentó, y enseñaba a la
multitud desde la barca. Gracia de Dios y miseria humana Isaías se reconoce como hombre de labios impuros. Pablo se presenta como fruto de un aborto y no oculta su pasado de perseguidor de los cristianos. Pedro se confiesa pecador y ruega a Jesús que no se le acerque demasiado. La gracia de Dios se afirma a través de la miseria humana, el Evangelio se expresa a través del humano fracaso y pequeñez. La gloria de Dios no está confiada sólo a los serafines, también a cualquier persona desprovista no sólo de alas sino de entera y rectitud plenas. ¿Nos sorprende? No, lo que sorprende es la renuencia de Isaías a aceptar ser purificado, a reconocer sus deficiencias y culpas. Porque, para todos, la culpa siempre es de los otros, ellos la tienen, ellos la ven incluso en nosotros. Si la Palabra divina encuentra indiferencia no creemos que sea nuestro fracaso, nuestros labios torpes o nuestro corazón endurecido. No, la culpa es de otros, como se dice en la vida pública: de los medios de comunicación que tergiversan la verdad y conspiran contra nosotros. Creo que nuestro mensaje tendría todas las de ganar si nos sacáramos la mascar de la absoluta impecabilidad. Cuando nos sentimos rodeados de enemigos que nos acusan injustamente, somos tentados a pecar de orgullo o a usar de argumentos falaces para nuestra defensa. Como cuando otros nos acusan, esto nos disculpara de golpearnos el pecho arrepentidos por nuestras propias faltas y pecados. En cambio de rasgarnos las vestiduras sería más digno reconocer los que sean nuestros errores. El inclinar la cabeza, al menos alguna vez, es un ejercicio que ayuda a caminar con la frente bien alta. Al tres Santo a lo mejor le gusta oír proclamar no sólo su santidad sino nuestra humana indignidad. Ser servidores del perdón y la misericordia de Cristo significa el reconocer públicamente que nosotros también necesitamos de ese perdón. Nuestra fragilidad y debilidad no es escándalo. Escándalo es intentar ocultar la miseria humana con la gloria que de Dios tomamos prestada. No se proclama la santidad de Dios escondiendo nuestros pecados y faltas, sino dejándonos librar de ellos gracias al decisivo contacto con el fuego tomado del altar. Historias de tres llamados Volvamos a la liturgia de hoy, a los textos de hoy. Tres relatos de vocación. Uno autobiográfico. El primero dentro de la solemnidad del Templo. El de Pablo con su momento crítico en el camino a Damasco. El relato evangélico en el marco de la vida cotidiana. La llamada de Dios puede recibirse en cualquier lugar y momento. Pero todos los relatos tienen elementos en común: 1 – Dios es el protagonista clave, lo principal es su iniciativa de gracia. Él llama, elige, transforma. Dios manda, es decir asigna una tarea, confía una misión, la vocación no es un estar es un andar. Y Dios asegura la fecundidad de la misión, lo dice Pablo, lo muestra la pesca extraordinaria. 2 – La postura humana se resume en la dupla docilidad-disponibilidad para adherirse a la iniciativa divina, escucha su voz como Isaías, a comprometerse en el trabajo como lo hacen Pablo según su informe y Pedro al echar las redes. Pablo lo subraya con su empleo de los verbos recibir y transmitir; el apóstol es capaz de recibir, así puede dar y darse. El contenido del recibir son eventos concretos: la muerte de Cristo, su resurrección, pero han de convertirse en experiencia personal de encuentro, conversión, pasión del enviado. Soy fiel cuando mi testimonio es totalmente Cristo a la vez que es todo mi yo puesto en ese testimonio. Lo que decimos es confirmado por lo que somos, tocados por el fuego divino somos presencia del amor de Dios en Cristo. Somos signo, no hay que temer acercarse a los carbones ardiendo del altar divino. Conclusión Para concluir volvamos al inicio. Cuando Isaías dice: estoy perdido, la tradición dice que significa que ha sido reducido al silencio. El que habla en nombre de Dios comienza viendo que se le tapa la boca. La palabra de Dios, modesta a la vez que poderosa, irrumpe con claridad cuando nuestras palabras sabias son reducidas al silencio, cuando olvidando lo aprendido, aprendemos a Dios de nuevo. Se habla bien de Dios cuando podemos callar y escucharlo. La palabra decisiva en una civilización por demás ruidosa, puede ser el silencio, el silencio de la escucha, el silencio que habla. Dios nos manda hablar, comunicar, pero hemos de comenzar callando para contemplar la maravilla del misterio del amor de Dios. djc |