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5º Pascua – C - 6 de mayo de 2007 La suerte de tener la carta perdedora Los Apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los paganos habían recibido la Palabra de Dios. Y cuando Pedro regresó a Jerusalén, los creyentes de origen judío lo interpelaron, diciéndole: "¿Cómo entraste en la casa de gente no judía y comiste con ellos?". Pedro comenzó a contarles detalladamente lo que había sucedido: "Yo estaba orando en la ciudad de Jope, cuando caí en éxtasis y tuve una visión. Vi que bajaba del cielo algo parecido a un gran mantel, sostenido de sus cuatro puntas, que vino hasta mí. Lo miré atentamente y vi que había en él cuadrúpedos, animales salvajes, reptiles y aves. Y oí una voz que me dijo: 'Vamos, Pedro, mata y come'. 'De ninguna manera, Señor, respondí, yo nunca he comido nada manchado ni impuro'. Por segunda voz, oí la voz del cielo que me dijo: "No consideres manchado lo que Dios purificó". Esto se repitió tres veces, y luego, todo fue llevado otra vez al cielo. En ese momento, se presentaron en la casa donde estábamos tres hombres que habían sido enviados desde Cesarea para buscarme. El Espíritu Santo me ordenó que fuera con ellos sin dudar. Me acompañaron también los seis hermanos aquí presentes y llegamos a la casa de aquel hombre. Este nos contó en qué forma se le había aparecido un ángel, diciéndole: 'Envía a alguien a Jope, a buscar a Simón, llamado Pedro. El te anunciará un mensaje de salvación para ti y para toda tu familia'. Apenas comencé a hablar, el Espíritu Santo descendió sobre ellos, como lo hizo al principio sobre nosotros. Me acordé entonces de la palabra del Señor: 'Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo'. Por lo tanto, si Dios les dio a ellos la misma gracia que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿cómo podía yo oponerme a Dios?". Después de escuchar estas palabras se tranquilizaron y alabaron a Dios, diciendo: "También a los paganos Dios les ha concedido el don de la conversión que conduce a la Vida" (Hech.11, 1-18). ¡Aleluya! Alaben
al Señor desde el cielo, Alábenlo,
sol y luna, Alaben
el nombre del Señor, Alaben
al Señor desde la tierra, Las
montañas y todas las colinas, Los
reyes de la tierra y todas las naciones, Porque
sólo su Nombre es sublime; ¡A
él, la alabanza de todos sus fieles, Vi
un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera
tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa,
la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida
como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente
que decía desde el trono: "Esta es la morada de Dios entre los hombres:
él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con
ellos. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena,
ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó". Después
que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado
y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también
lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré
mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora
lo mismo que dije a los judíos: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'. Pero, ¿de verdad existe esa ciudad? Frente a la descripción de esa ciudad, dan ganas de pedir la ciudadanía de in mediato. Qué suerte poder vivir en un lugar donde todo huele a pintura fresca, porque todo se ha hecho nuevo, se murió la muerte, las lágrimas se han enjugado definitivamente, ya nadie llevará luto en su corazón, lo feo, triste, desgraciado, injusto ha desaparecido, la injusticia y el mal han quedado fuera; todos pueden disfrutar de la presencia bienhechora de Dios. Pero, no hay que hacerse demasiadas ilusiones. La ciudad que describe la segunda lectura es la Jerusalén celeste. El cielo nuevo y la tierra nueva son el objeto de nuestra esperanza, el punto de llegada a través de un escabroso camino. Por ahora, el cielo encima de nosotros aún se halla cubierto de oscuros nubarrones, de tormentas sin fin, y la tierra sobre la cual peregrinamos está poblada de presencias no siempre tranquilizadoras. El espectáculo al que asistimos y del cual somos también parte está conformado por las realidades del antes, no de lo que vendrá. Una semejanza desalentadora de gestos sin sentido, miserias vanas, ficciones desagradables, tonterías atroces. Y la sangre y las lágrimas corren a torrentes. La tragedia se mezcla con la más odiosa farsa. Y cuando se anuncian sensacionales novedades, vemos que son extraídas del viejo repertorio, archiconocido e insoportable. No ceder es importante Es de significación que, en la liturgia de hoy, se coloque el texto poéticamente luminoso del Apocalipsis, junto al Evangelio de Juan, el cual nos presenta al traidor que sale para entregar a Jesús que es glorificado. Así, los nuevos cielos y la nueva tierra aparecen en otra dimensión, una inalcanzable. Aquí cosechamos amarguras y traiciones, caminamos por la oscuridad. ¿Es así en verdad? Ese contraste representa eso nada más, o nos deja entrever en un paso pequeño y hasta provisorio la realidad definitiva más allá de las aparentes contradicciones? La primera lectura nos muestra el camino nuevo, de contraste con la antes establecido, para vivir en el hoy el Evangelio y compartirlo con quienes nos rodean. Un camino, un peregrinaje, que nos desafía a novedad de vida, a apertura de mente y corazón, a un caminar perseverante tras el Salvador. Y este caminar tiene su recompensa, como nos dice el Ev. según S. Lucas 22, 28-30: Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí. Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Como sigue el mismo texto, que en referencia a Pedro nos habla a nosotros, afirmando que si Satanás ha pedido poder para hacerlos pasar por la zaranda como al trigo, será Jesús quien ruegue para que la fe no nos falte, una fe que no nos constituye como cristianos –lo cual es regalo de la gracia- sino que nos fortalece a través de la prueba. En una palabra, el cielo no nos cae encima de improviso ni la tierra nueva aparece inesperadamente bajo nuestros pies. Se nos acerca paso a paso, abriéndose paso fatigosamente entre los muros de tinieblas que parecen sofocarnos, en medio de piedras que destrozan nuestros pues y nuestros corazones. Eligió la dirección equivocada El evangelio de hoy nos plantea otra paradoja. Nos dice que Jesús es glorificado Y lo afirma cuando un seguidor, un amigo, salió para entregarlo a traición. La gloria no pasa por el éxito, el triunfo, el dominio, el exterminio del adversario. El que es glorificado aparece como el vencido, el fracasado, el derrotado, el abandonado por todos. Jesús no afirma que su victoria se basa en el hacernos valer contra cualquiera por cualquier medio. Él expresa una victoria envuelta en la fragilidad, expuesta a la burla y el desprecio de los que cuentan en este mundo. En verdad, eligió la dirección, el lado equivocado.- Apostó al naipe perdedor, el del amor y la entrega. Los otros tienen cartas del poder, de fuerza, de astucia, de complicidades, corrupciones y traiciones que aseguran el éxito, no importa a qué costo. Y la paradoja se ahonda, cuando le pasa el naipe a los discípulos: Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros... Y no es un naipe que pueda jugarse a nuestra manera, sino a la de él: Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. No es amar como nos amamos a nosotros, sino amar como Cristo nos amó y nos ama. Y, además, es el pasaporte, el documento de identidad por el cual se nos reconoce, el signo secreto que nos revela al mundo: En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros. El amor revela nuestra fe. Una comunidad de fe se convierte, por necesidad, en una comunidad de amor. El creyente no ha llegado al cielo y a la tierra nueva, pero vive a través del amor esa realidad definitiva, la de aquella ciudad prometida. ¿Locura, ingenuidad, tontería, utopía? Las definiciones no importan, las etiquetas no cuenta. Lo malo, lo hermoso es que el Gran Maestro del juego, para asegurarnos la victoria, nos ha dejado en la mano aquella carta perdedora. djc |