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Propio 6 – C - 17 de junio de 2007 Las máscaras de la seguridad Cuando
la mujer de Urías se enteró de que su marido había muerto, estuvo de duelo
por él. Cuando dejó de estar de luto, David mandó a buscarla y la recibió
en su casa. Ella se convirtió en su esposa y le dio un hijo. Pero lo que
había hecho David desagradó al Señor. ¡Feliz
el que ha sido absuelto de su pecado Mientras
me quedé callado, Pero
yo reconocí mi pecado, Por
eso, que todos tus fieles te supliquen Tú
eres mi refugio, Yo
te instruiré, No
sean irracionales con el caballo y la mula, ¡Cuántos
son los tormentos del malvado! Nosotros somos judíos de nacimiento y no pecadores venidos del paganismo. Pero como sabemos que el ser humano no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, hemos creído en él, para ser justificados por la fe Cristo y no por las obras de la Ley: en efecto, nadie será justificado en virtud de las obras de la Ley. Ahora bien, si al buscar nuestra justificación en Cristo, resulta que también nosotros somos pecadores, entonces Cristo está al servicio del pecado. Esto no puede ser, porque si me pongo a reconstruir lo que he destruido, me declaro a mí mismo trasgresor de la Ley. Pero en virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. Yo no anulo la gracia de Dios: si la justicia viene de la Ley, Cristo ha muerto inútilmente (Gál. 2, 15-21). Un
fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó
a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse
de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco
de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y
comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los
cubría de besos y los ungía con perfume. Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes (Lc. 7, 36 – 8,3). 1 – Una seguridad inseguraPablo se sentía seguro pues estaba amarrado al pasado, incapaz de ver lo nuevo. Y esta seguridad propia la comprendía como fanatismo, lo convertía en un feroz perseguidor, un inquisidor implacable frente a los que presentaban la novedad. Su seguridad, ahora, se ha ido a pique, ha terminado en el suelo, en el polvo del camino a Damasco. Se ve obligado, entonces, a mirar hacia adelante y encontrar su seguridad no en la defensa de su postura intransigente sino en la relación con el Crucificado y Resucitado. Acepta morir para vivir, Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Por haber permitido que ese Otro crucificase su seguridad, Pablo puede ir de la verdad a la vida, al mundo, como portador de la esperanza. Y todo por quien lo amó y se entregó por él. Solamente haciéndose testigo convencido y alegre de la gracia, Pablo muestra en su vida y obra que la muerte de Cristo no ha sido inútil. 2 – Otra seguridad insegura La seguridad tiene un rostro poco tranquilizador. Si el de Pablo era tenso y amenazante, el del fariseo que invita a Jesús a su casa es desconfiado y receloso ante la aparición de la mujer fuera de programa: la pecadora. La seguridad es lóbrega y llena de sospechas, busca lo que pueda ser desaprobado y despreciado. Incluso cuando el fariseo sonríe seguro de sí mismo y sus virtudes, sonríe en contra de alguien. La seguridad del fariseo es sospecha y menosprecio. Se ve como dueño de la verdad y su mirada está llena de sospecha o de condescendencia. Aunque no lo reconozca, su situación es frágil. Su respeto formal, sus gestos sin reproche, su lenguaje controlado, su observancia ostentosa de las normas, las poses y el respeto de las formas, son la cubierta de un vacío, de la falta de sustancia interior. Jesús no se deja impresionar, su palabra agrieta el barniz externo y cuestiona la sinceridad en lo interno, no hay –ante él- apariencia que se sostenga. 3 - El buen ejemplo brindado por una pecadora — Simón, tengo algo que decirte. No se pone a discutir con él. Le cuenta una breve parábola, lo obliga a pronunciarse. Lo obliga, sobre todo, a confrontarse con el modelo de la pecadora. Y el monumento a la respetabilidad se derrumba. La comparación con el gesto realizado por la mujer despreciada es desfavorable para él. Tú no..., las tres veces “Tú no” subrayan la inobservancia del fariseo, lo acusan de poco y escaso amor. El monumento es frío, desapegado, sin amor y respeto auténticos. Jesús no se encuentra a gusto en esa casa que se afirma honorable. Gracias que, quién sabe cómo, ha entrado una mujer poco recomendable pero auténticamente capaz de gestos espontáneos e incomprendidos por el dueño de casa, pero plenos de amor y entrega: lágrimas, perfume, besos y un uso insólito de su cabello. Todo para expresar arrepentimiento y fe. La acogida del fariseo se limitó al espacio exterior, la de la mujer a la entrega desde su corazón. Jesús, con extrema delicadeza, ha perdonado los pecados de la mujer y le ha devuelto sentido, valor y libertad, a su vida: Vete en paz, le dice. Sin embargo, la máscara presuntuosa del fariseo es impenetrable, hay un orgullo tal que impide expresarse a la calidez del amor. —Simón, tengo algo que decirte... ¿por qué no dejas de poner esa cara seria, ese rostro fruncido, esa afirmación de superioridad, y recuperas la auténtica alegría? 4 – La seguridad de ser intocable Existe la seguridad del legalismo contra la que Pablo se opone. Existe la seguridad de la presunción a la que Jesús contrapone la mujer que demostrado mucho amor. Pero, también existe la seguridad de quien se considera intocable. El rey ha cometido –nos lo cuenta el pasaje del Antiguo Testamento- una serie de acciones infames protegido tras el biombo del poder: él es el rey. A un rey no se le pide que rinda cuenta de sus acciones, todo se ahoga en el ocultamiento y al pobre marido se lo asesina presentándolo, luego, como héroe de la patria y fiel al rey. Ya entonces, probablemente, se justificaba todo diciendo que los trapos sucios hay que lavarlos en casa. Lo malo es que no los lavan ni adentro ni afuera, porque el rey es el rey, el poder es el poder. Menos mal que Dios siempre encuentra un profeta lo suficientemente animoso como para afirmar: ¡Ese hombre eres tú! El rey David está a salvo en el momento en que caen sus defensas y se ve obligado a tomar debida nota de la corrupción de su corazón. David está a salvo desde el instante en que no se cobija en su de poder y se reconoce pecador: ¡He pecado contra el Señor! Conclusión Hay momentos en que es necesario aceptar que la Palabra haga añicos nuestros dogmatismos, nuestras presunciones, altanerías y silencios cómplices, que la Palabra denuncie lo peor que hay en nosotros, oculto bajo las máscaras de “nombre”, “postura” o “cargo” que hay que defender. ¡Esa persona eres tú! Ser persona es más auténtico que ser cargo, postura o función, Mejor las palabras de Natán que las de los aduladores o las de nuestra propia auto-justificación. Abandonemos las falsas seguridades, seamos sinceros y auténticos, recibiendo el perdón de Cristo y viviendo el amor que realiza la paz y la justicia del Señor, viviendo la real certeza de la fe y la esperanza en el Salvador, Cristo Jesús Resucitado. djc |