6ºPascua- C - 13 de mayo de 2007

La paz de Cristo es el cumplirse el plan redentor de Dios

Durante la noche, Pablo tuvo una visión. Vio a un macedonio de pie, que le rogaba: "Ven hasta Macedonia y ayúdanos". Apenas tuvo esa visión, tratamos de partir para Macedonia, convencidos de que Dios nos llamaba para que la evangelizáramos.
Nos embarcamos en Tróade y fuimos derecho a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis.  De allí fuimos a Filipos, ciudad importante de esta región de Macedonia y colonia romana. Pasamos algunos días en esta ciudad,  y el sábado nos dirigimos a las afueras de la misma, a un lugar que estaba a orillas del río, donde se acostumbraba a hacer oración. Nos sentamos y dirigimos la palabra a las mujeres que se habían reunido allí. Había entre ellas una, llamada Lidia, negociante en púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios. El Señor le tocó el corazón para que aceptara las palabras de Pablo.  Después de bautizarse, junto con su familia, nos pidió: "Si ustedes consideran que he creído verdaderamente en el Señor, vengan a alojarse en mi casa"; y nos obligó a hacerlo (Hech. 16: 9-15).

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio,
y su victoria entre las naciones.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!

Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!

La tierra ha dado su fruto:
el Señor, nuestro Dios, nos bendice.
Que Dios nos bendiga,
y lo teman todos los confines de la tierra (Salmo 67 ).

Me llevó en espíritu a una montaña de enorme altura, y me mostró la Ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios.

No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero.  Las naciones caminarán a su luz y los reyes de la tierra le ofrecerán sus tesoros.  Sus puertas no se cerrarán durante el día y no existirá la noche en ella. Se le entregará la riqueza y el esplendor de las naciones.  Nada impuro podrá entrar en ella, ni tampoco entrarán los que haya practicado la abominación y el engaño. Únicamente podrán entrar los que estén inscritos en el Libro de la Vida del Cordero.
Después el Ángel me mostró un río de agua de vida, claro como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero,  en medio de la plaza de la Ciudad. A ambos lados del río, había árboles de vida que fructificaban doce veces al año, una vez por mes, y sus hojas servían para curar a los pueblos. Ya no habrá allí ninguna maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la Ciudad, y sus servidores lo adorarán. Ellos contemplarán su rostro y llevarán su Nombre en la frente. Tampoco existirá la noche, ni les hará falta la luz de las lámparas ni la luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y ellos reinarán por los siglos de los siglos (Apoc. 21, 10, 22-22:5).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:  "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.  Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.  Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman!  Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.  Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean (Jn. 14, 23-29).

En el transcurso de la última cena, Jesús dijo a sus discípulos que pronto los habría de dejar, de abandonar. A continuación les habló de los regalos que les hacía al despedirse, Esos dones los disfrutarían cuando él estuviera corporalmente ausente.  Prometió que les daría el Espíritu Santo, que les regalaría la paz, una paz que trascendía la que en el mundo pudieran recibir.
Sobre el don del Espíritu mucho se habla. Pero ¿hemos pensado, alguna vez, sobre el don de la paz que Cristo nos da? ¿Qué es la paz de Cristo? ¿Cómo relacionar ese don de la paz con el don de Espíritu Santo que también promete en esa ocasión?
Tanto en arameo, el idioma que Jesús hablaba, como en hebreo en el cual está escrito la mayor parte del Antiguo Testamento,  es shalom. Palabra que hemos escuchado muchas ocasiones como saludo en el hebreo moderno. La idea que comunica, en el original, es la idea de ser sano, íntegro moral y espiritualmente, completo, pleno. No es simplemente que no haya conflictos o guerras, que no discriminemos, que nos aceptemos los unos a los otros; antes bien significa un estado de plenitud, de cumplimiento y realización plenas de la persona y de la comunidad humanas.
La paz que Cristo nos brinda no es para que estemos tranquilos, sin peleas de ninguna clase; es un más que eso, es un estado de plenitud, de cumplimiento pleno de nuestro ser personas y ser comunidad. San Pablo dice:
"Porque Cristo es nuestra paz: él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba, y aboliendo en su propia carne la Ley con sus mandamientos y prescripciones. Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. Y él vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban lejos, paz también para aquellos que estaban cerca. Porque por medio de Cristo, todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu" (Ef. 2, 14-18).

En el transcurso de la última cena, Jesús dijo a sus discípulos que pronto los habría de dejar, de abandonar. A continuación les habló de los regalos que les hacía al despedirse, Esos dones los disfrutarían cuando él estuviera corporalmente ausente. Prometió que les daría el Espíritu Santo, que les regalaría la paz, una paz que trascendía la que en el mundo pudieran recibir.
Sobre el don del Espíritu mucho se habla. Pero ¿hemos pensado, alguna vez, sobre el don de la paz que Cristo nos da? ¿Qué es la paz de Cristo? ¿Cómo relacionar ese don de la paz con el don de Espíritu Santo que también promete en esa ocasión?
Tanto en arameo, el idioma que Jesús hablaba, como en hebreo en el cual está escrito la mayor parte del Antiguo Testamento, es shalom. Palabra que hemos escuchado muchas ocasiones como saludo en el hebreo moderno. La idea que comunica, en el original, es la idea de ser sano, íntegro moral y espiritualmente, completo, pleno. No es simplemente que no haya conflictos o guerras, que no discriminemos, que nos aceptemos los unos a los otros; antes bien significa un estado de plenitud, de cumplimiento y realización plenas de la persona y de la comunidad humanas.
La paz que Cristo nos brinda no es para que estemos tranquilos, sin peleas de ninguna clase; es un más que eso, es un estado de plenitud, de cumplimiento pleno de nuestro ser personas y ser comunidad. San Pablo dice:
Porque Cristo es nuestra paz: él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba, y aboliendo en su propia carne la Ley con sus mandamientos y prescripciones. Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. Y él vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban lejos, paz también para aquellos que estaban cerca. Porque por medio de Cristo, todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu (Ef. 2, 14-18).
San Pablo habla de la reconciliación en Cristo entre judíos y no judíos, y la reconciliación de ambos con el Padre celestial. Esta paz se logra no por la ausencia de conflictos, sino por la incorporación de todos a Cristo Jesús. Una paz entre la humanidad y Dios, y una paz entre los seres humanos, paz que logra Cristo Jesús por el camino de la crucifixión y la resurrección.
Nuestra reconciliación con Dios significa que podemos acercarnos a él sin barrera alguna, como él así se acerca a nosotros en Jesús. Significa que por obra de Cristo podemos entrar en diálogo y comunión los unos con los otros, manifestando la paz de Jesucristo.
djc