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6º
Epifanía – C - 11 de febrero de 2007
Bienaventurado
Así
habla el Señor: ¡Maldito el hombre
que confía en el hombre y busca su
apoyo en la carne, mientras su corazón
se aparta del Señor! El es como un
matorral en la estepa que no ve llegar
la felicidad; habita en la aridez
del desierto, en una tierra salobre
e inhóspita. ¡Bendito el hombre que
confía en el Señor y en él tiene puesta
su confianza! El es como un árbol
plantado al borde de las aguas, que
extiende sus raíces hacia la corriente;
no teme cuando llega el calor y su
follaje se mantiene frondoso; no se
inquieta en un año de sequía y nunca
deja de dar fruto.
Nada
más tortuoso que el corazón humano
y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo?
Yo, el Señor, sondeo el corazón y
examino las entrañas, para dar a cada
uno según su conducta, según el fruto
de sus acciones. Palabra de Dios (Jer.
17, 5-10).
¡Feliz
el ser humano
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!
Él
es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.
No
sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Por eso, no triunfarán los malvados en el juicio,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal (Sal.1).
Si
se anuncia que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de
ustedes afirman que los muertos no resucitan? ¡Si no hay resurrección,
Cristo no resucitó! Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación
y vana también la fe de ustedes. Incluso, seríamos falsos testigos de
Dios, porque atestiguamos que él resucitó a Jesucristo, lo que es imposible,
si los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco
Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y
sus pecados no han sido perdonados. En consecuencia, los que murieron
con la fe en Cristo han perecido para siempre. Si nosotros hemos puesto
nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos las personas
más dignos de lástima. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos,
el primero de todos (1 Cor. 15, 12-20).
En
aquel tiempo, al bajar Cristo con
sus discípulos se detuvo en una llanura.
Estaban allí muchos de sus discípulos
y una gran muchedumbre que había llegado
de toda la Judea, de Jerusalén y de
la región costera de Tiro y Sidón,
para escucharlo y hacerse curar de
sus enfermedades. Los que estaban
atormentados por espíritus impuros
quedaban curados; y toda la gente
quería tocarlo, porque salía de él
una fuerza que sanaba a todos.
Entonces
Jesús, fijando la mirada en sus discípulos,
dijo: "¡Felices ustedes, los
pobres, porque el Reino de Dios les
pertenece! ¡Felices ustedes, los
que ahora tienen hambre, porque serán
saciados! ¡Felices ustedes, los que
ahora lloran, porque reirán! ¡Felices
ustedes, cuando los seres humanos
los odien, los excluyan, los insulten
y los proscriban, considerándolos
infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese
día, porque la recompensa de ustedes
será grande en el cielo. De la misma
manera los padres de ellos trataban
a los profetas!
Pero
¡ay de ustedes los ricos, porque ya
tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes,
los que ahora están satisfechos, porque
tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los
que ahora ríen, porque conocerán la
aflicción y las lágrimas! ¡Ay de
ustedes cuando todos los elogien!
¡De la misma manera los padres de
ellos trataban a los falsos profetas!
(6:17-26).
Las
bienaventuranzas son tan familiares
como parte de nuestra herencia cristiana
que, en ocasiones, no atendemos a
su significado. Cuando las leemos
o las escuchamos, es muy probable
que no peguemos un respingo, ni nos
mosqueemos. Señal de que no
pescamos el punto.
A quién de nosotros si se nos
preguntara si preferimos ir a un buen
restaurante o permanecer mal comidos,
aún desnutridos no contestaríamos
ir a un restaurante, aunque no fuera
tan bueno. Sin embargo, Jesús
afirma que el hambriento es el afortunado.
¿Cuántos de nosotros
trabajamos duro para vivir y estiramos
el dinero lo que más podemos
para que alcance hasta fin de mes?¿Quién
de nosotros tiene como meta ser pobre
y andar escaso sino falto de medios?
Sin embargo, Jesús bendice
a los pobres contraponiéndolos
a los ricos.
Todos elegimos la felicidad por sobre
la tristeza y la amargura. ¿Quién
de nosotros cree que sufrir violencia
y abuso es lo mejor? Pero Jesús
afirma que son bienaventurados los
que sufren abuso, violencia e injusticia.
¿Jesús exagera el punto
para hacerse entender? ¿El
hambre y la injusticia eran, acaso,
menos dolorosos entonces? ¿Vivían
los ricos d entonces mejor que la
clase media, por lo menos la media
para arriba, mejor que hoy? ¿Hemos
de tomar en serio a las bienaventuranzas
o sólo como un recurso retórico?
Cuando Jesús pronunció
estos dichos mirando a sus discípulos
y su situación. Estos habían
abandonado lo poco o lo mucho que
poseían para seguirlo. Muchos
de los que iban tras Jesús
eran pobres, hambrientos, miserables,
sufrían injusticia y violencia.
Más tarde, la primera Iglesia
repite estas palabras del Señor.
En tiempos de la historia en el libro
de los hechos, se ve que hubo hambrunas,
padecieron persecución y muerte
por causa de su fe, fueron atropellados
por la turba, en fin más perseguidos
que ensalzados. Los primeros cristianos
no tuvieron menos problemas que nosotros
respecto a esta enseñanza.
Para ellos, las bienaventuranzas fueron
una palabra de aliento, consuelo y
fortaleza en medio de la tribulación.
Y, ¿para nosotros, hoy en día?
Palabras difíciles de aceptar
que han de escucharse junto a otras
palabras de Jesús. Como su
llamado a tomar nuestra cruz y seguirlo,
su advertencia que el discípulo
no es más importante que su
maestro. O aquellas que subrayan la
esperanza como los que entreguen su
vida por causa del evangelio descubrirán
la vida auténtica, los que
sigan a Jesús experimentarán
la resurrección, los que lo
imiten estarán siempre con
él. Las bienaventuranzas son
bendiciones, hasta subrayadas por
los "pero" de Lucas.
Las bienaventuranzas son un llamado
a atender al misterio de la cruz.
Desafían nuestros valores y
pensamiento cotidiano. Nos desafían
a revisar nuestra vida a la luz de
Cristo Jesús. Si escuchamos
con atención y cuidado las
palabras del señor caeremos
humildemente de rodillas, reconociendo
cuánto camino nos queda por
delante para que nuestras vidas, por
la gracia divina, sea renovadas, recreadas,
de acuerdo al Evangelio, Cristo Jesús.
djc
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