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18
de febrero de 2007 - Último
domingo de Epifanía - La Transfiguración
Blancura deslumbrante
Cuando Moisés bajó
de la montaña del Sinaí,
trayendo en sus manos las dos tablas
del Testimonio, no sabía que
su rostro se había vuelto radiante
porque había hablado con el
Señor. Al verlo, Aarón
y todos los israelitas advirtieron
que su rostro resplandecía,
y tuvieron miedo de acercarse a él.
Pero Moisés los llamó;
entonces se acercaron Aarón
y todos los jefes de la comunidad,
y él les habló. Después
se acercaron también todos
los israelitas, y él les transmitió
las órdenes que el Señor
le había dado en la montaña
del Sinaí. Cuando Moisés
terminó de hablarles, se cubrió
el rostro con un velo. Y siempre que
iba a presentarse delante del Señor
para conversar con él, se quitaba
el velo hasta que salía de
la Carpa. Al salir, comunicaba a los
israelitas lo que el Señor
le había ordenado, y los israelitas
veían que su rostro estaba
radiante. Después Moisés
volvía a poner el velo sobre
su rostro, hasta que entraba de nuevo
a conversar con el Señor (Éxodo
34, 29-35).
¡El
Señor reina! Tiemblan los pueblos.
Él tiene su trono sobre los
querubines:
la tierra vacila.
¡Grande es el Señor en
Sión!
El se alza sobre todas las naciones.
Alaben tu Nombre grande y temible.
¡Santo es el Señor!
Tú eres el rey poderoso que
ama la justicia,
tú has establecido lo que es
recto,
tú ejerces sobre Jacob el derecho
y la justicia.
Glorifiquen al Señor, nuestro
Dios,
adórenlo ante el estrado de
sus pies.
¡Santo es el Señor!
Moisés y Aarón, entre
sus sacerdotes,
y Samuel, entre los que invocaban
su Nombre,
clamaban al Señor y él
les respondía.
Dios les hablaba desde la columna
de nube;
ellos observaban sus mandamientos
y los preceptos que les había
dado.
Señor, nuestro Dios, tú
les respondías;
tú eras para ellos un Dios
indulgente,
pero te vengabas de sus malas acciones.
Glorifiquen al Señor, nuestro
Dios,
y adórenlo en su santa Montaña:
el Señor, nuestro Dios, es
santo (Salmo 99).
Animados
con esta esperanza, nos comportamos
con absoluta franqueza, y no como
Moisés, que se cubría
el rostro con un velo para impedir
que los israelitas vieran el fin de
un esplendor pasajero. Pero se les
oscureció el entendimiento,
y ese mismo velo permanece hasta el
día de hoy en la lectura del
Antiguo Testamento, porque es Cristo
el que lo hace desaparecer. Sí,
hasta el día de hoy aquel velo
les cubre la inteligencia siempre
que leen a Moisés. Pero al
que se convierte al Señor,
se le cae el velo. Porque el Señor
es el Espíritu, y donde está
el Espíritu del Señor,
allí está la libertad.
Nosotros, en cambio, con el rostro
descubierto, reflejamos, como en un
espejo, la gloria del Señor,
y somos transfigurados a su propia
imagen con un esplendor cada vez más
glorioso, por la acción del
Señor, que es Espíritu.
Por eso, investidos misericordiosamente
del ministerio apostólico,
no nos desanimamos y nunca hemos callado
nada por vergüenza, ni hemos
procedido con astucia o falsificando
la Palabra de Dios. Por el contrario,
manifestando abiertamente la verdad,
nos recomendamos a nosotros mismos,
delante de Dios, frente a toda conciencia
humana (2ª Corintios 3, 12 -
4,2).
En
aquel tiempo, unos ocho días
después de decir esto, Jesús
tomó a Pedro, Juan y Santiago,
y subió a la montaña
para orar. Mientras oraba, su rostro
cambió de aspecto y sus vestiduras
se volvieron de una blancura deslumbrante.
Y dos hombres conversaban con él:
eran Moisés y Elías,
que aparecían revestidos de
gloria y hablaban de la partida de
Jesús, que iba a cumplirse
en Jerusalén. Pedro y sus compañeros
tenían mucho sueño,
pero permanecieron despiertos, y vieron
la gloria de Jesús y a los
dos hombres que estaban con él.
Mientras estos se alejaban, Pedro
dijo a Jesús: "Maestro,
¡qué bien estamos aquí!
Hagamos tres carpas, una para ti,
otra para Moisés y otra para
Elías". El no sabía
lo que decía. Mientras hablaba,
una nube los cubrió con su
sombra y al entrar en ella, los discípulos
se llenaron de temor. Desde la nube
se oyó entonces una voz que
decía: "Este es mi Hijo,
el Elegido, escúchenlo".
Y cuando se oyó la voz, Jesús
estaba solo. Los discípulos
callaron y durante todo ese tiempo
no dijeron a nadie lo que habían
visto.
[Al día siguiente, cuando bajaron
de la montaña, una multitud
vino a su encuentro. De pronto, un
hombre gritó: "Maestro,
por favor, mira a mi hijo, el único
que tengo. Cada tanto un espíritu
se apodera de él y se pone
a gritar; lo sacude con violencia
y le hace echar espuma por la boca.
A duras penas se aparta de él,
dejándolo extenuado. Les pedí
a tus discípulos que lo expulsaran,
pero no pudieron". Jesús
le respondió: "Generación
incrédula y perversa, ¿hasta
cuándo estaré con ustedes
y tendré que soportarlos? Trae
aquí a tu hijo". El niño
se estaba acercando, cuando el demonio
lo arrojó al suelo y lo sacudió
violentamente. Pero Jesús increpó
al espíritu impuro, curó
al niño y lo entregó
a su padre. Todos estaban maravillados
de la grandeza de Dios.] (Lucas (9:28-36
[37-43]).
Falta
la televisión
Se podría pensar que alguno
pensara: Qué lástima
que aún no existiera la televisión.
Una escena como esa pegaría.
Algún canal querría
la exclusiva. En verdad, Jesús
también eligió al grupo
espectador de ese memorable acontecimiento,
llevó consigo a Pedro, Juan
y Santiago. Los demás quedaron
excluidos. Vivimos la civilización
de la imagen. La fiesta de hoy parece
hecha a medida para el gusto de nuestra
época.
Pero, ¿estamos seguros que
es esencialmente para nuestros ojos?
Habría que dudarlo.
Cuando uno se encuentra en la oscuridad
Los apóstoles tenían
la impresión de haber caído
en la oscuridad. Poco antes Jesús
había hecho pedazos sus sueños
de un triunfo inmediato, había
anunciado su pasión.
La Transfiguración es para
ello como una luz que desgarra la
oscuridad que los rodea, ven más
allá del calvario al Cristo
de la gloria. Ven al Maestro cuya
humillación y muerte se anuncia,
transformado en el Hijo del hombre
descrito por Daniel: el Señor
de la gloria que domina el universo
y la historia.
También nosotros estamos en
la oscuridad de nuestro tiempo. Necesitamos
no sólo pan, sino luz. Para
ver claro, para vencer las tinieblas
que nos envuelven.
Para nosotros, en nuestra época,
la Palabra de Dios es el equivalente
a la Transfiguración. Más
que un relámpago que pronto
se desvanece, pues a continuación
sólo vieron a Jesús
que estaba solo (Lc.9, 36), han
visto confirmada la palabra de los
profetas, y ustedes hacen bien en
prestar atención a ella, como
a una lámpara que brilla en
un lugar oscuro hasta que despunte
el día y aparezca el lucero
de la mañana en sus corazones
(2 Ped. 1, 19).
¿Tienes una montaña?
Mientras oraba, su rostro cambió
de aspecto y sus vestiduras se volvieron
de una blancura deslumbrante (Lc.
9, 29). También el episodio
de la Transfiguración es colocado
por Lucas en el marco que él
prefiere: la oración.
Nosotros, también, tenemos
a disposición, siempre que
lo queramos, un lugar apartado, un
monte, un espacio, una dimensión,
donde es posible ver el otro lado
de las cosas: la oración, precisamente.
La oración no es una fuga,
es una transfiguración de la
realidad. La persona de oración
va más allá de las cosas
y los acontecimientos, las obliga
a mostrar su secreto de luz. La oración
nos hace frecuentar el misterio y
nos ayuda a descubrir la clave de
eternidad de la que somos portadores.
La oración es un desafío
a la opacidad, al peso oscuro de la
realidad que nos rodea.
Gracias a la transfiguración
obrada por la oración, la realidad
adquiere transparencia, vamos más
allá de lo evidente, más
allá de nosotros mismos.
Lucy, la impertinente e incorregible
protagonista de Rabanitos de Charles
Schultz, el primer día del
año tira, enojada, su almanaque
y protesta: me da la impresión
que han encajado un año usado.
Sí, hoy como ayer, como siempre,
las mismas cosas, las mismas preocupaciones,
la misma opacidad y oscuridad.
Lucy encuentra a Linus y le pregunta:
¡Eh! ¿Cómo va
tu año?. Y éste le contesta:
Ya no es mi año... lo he devuelto.
Los meses, las semanas, iban bien;
pero, tenía un montón
de días feos. Fueron muy amables
en aceptar la devolución...
¡han dicho que sucede continuamente!
No tenemos la actitud de Lucy ni la
suerte de Linus. No podemos devolver
los días insoportables u opacos.
Antes bien, hemos de rescatarlos,
ver más allá de su opacidad,
de la oscuridad que nos transmiten.
La oración rompe la opacidad
y oscuridad, nos rescata del sin sentido
de lo cotidiano, de la amenaza del
día a día. La oración
nos muestra lo sorprendente en la
trascendencia, del más allá
de nuestros límites.
Podemos utilizar la expresión
de Pedro: ¡Qué bien estamos
aquí! (Lc. 9, 33), en otras
circunstancias, en la tierra llama
de todos los días. Por la oración
podemos ver que es hermoso acampar
en lo cotidiano, no escapar de los
compromisos de todos los días,
ensanchar los espacios y horizontes
del día a día; sin abandonar
nuestro lugar, donde realizamos nuestra
vocación, nuestro llamado de
Dios a la fe que sirve y construye
la paz y la justicia. Descubriendo
a través de este vivir comprometido
que despunta el día (comp..
1 Ped. 1. 19). djc
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