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Propio 8-C - 1 de
julio de 2007
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El
Señor le dijo a Elías: "Vuelve por el mismo camino, hacia el desierto
de Damasco. Cuando llegues, ungirás a Jazael como rey de Arám. A Jehú,
hijo de Nimsí, lo ungirás rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de
Abel Mejolá, lo ungirás profeta en lugar de ti.
Elías
partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando.
Delante de él había doce yuntas de bueyes, y él iba con la última. Elías
pasó cerca de él y le echó encima su manto. Eliseo dejó sus bueyes, corrió
detrás de Elías y dijo: "Déjame besar a mi padre y a mi madre; luego
te seguiré". Elías le respondió: "Sí, puedes ir. ¿Qué hice yo
para impedírtelo?" Eliseo dio media vuelta, tomó la yunta de bueyes
y los inmoló. Luego, con los arneses de los bueyes, asó la carne y se
la dio a su gente para que comieran. Después partió, fue detrás de Elías
y se puso a su servicio (1 Rey. 19, 15-16 y 19-21).
Protégeme,
Dios mío, porque me refugio en ti.
Yo digo
al Señor:
"Señor,
tú eres mi bien, no hay nada superior a ti".
Ellos,
en cambio, dicen a los dioses de la tierra:
"Mis
príncipes, ustedes son toda mi alegría".
Multiplican
sus ídolos y corren tras ellos,
pero
yo no les ofreceré libaciones de sangre,
ni mis
labios pronunciarán sus nombres.
El
Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,
¡tú decides
mi suerte!
Me ha
tocado un lugar de delicias,
estoy
contento con mi herencia.
Bendeciré
al Señor que me aconseja,
¡hasta
de noche me instruye mi conciencia!
Tengo
siempre presente al Señor:
él
está a mi lado, nunca vacilaré.
Por
eso mi corazón se alegra,
se regocijan
mis entrañas
y todo
mi ser descansa seguro:
porque
no me entregarás la Muerte
ni dejarás
que tu amigo vea el sepulcro.
Me
harás conocer el camino de la vida,
saciándome
de gozo en tu presencia,
de felicidad
eterna a tu derecha (Sal. 16).
Esta
es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no caer
de nuevo bajo el yugo de la esclavitud.
Ustedes,
hermanos y hermanas, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren
que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales"
háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor.
Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: Amarás a
tu prójimo como a ti mismo. Pero si ustedes se están mordiendo y devorando
mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a
los otros.
Yo los
exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán
arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra
discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías,
y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que
hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios. Por el contrario, el fruto
del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad
y confianza, mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley
está de más, porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado
la carne con sus pasiones y sus malos deseos. Si vivimos animados por
el Espíritu, dejémonos conducir también por él. No busquemos la vanagloria,
provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente. (Gál. 9,
51-62).
Mientras
iban caminando, alguien le dijo a Jesús: "¡Te seguiré adonde vayas!".
Jesús le respondió: "Los zorros tienen sus cuevas y las aves del
cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza".
Y dijo a otro: "Sígueme". El respondió: "Permíteme que
vaya primero a enterrar a mi padre". Pero Jesús le respondió: "Deja
que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de
Dios". Otro le dijo: "Te seguiré, Señor, pero permíteme antes
despedirme de los míos". Jesús le respondió: "El que ha puesto
la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios"
(Lc. 9, 51-62).
A la mayoría no nos
gusta enfrentar cambios, sobre todos aquellos que se nos imponen. Nuestro
trabajo puede no ser estupendo y hasta no sentirnos nada cómodos
en él; pero si la empresa cierra, no nos gusta para nada, sobre
todo en estos tiempos de desocupación. Cambiar de vivienda o, hasta,
de ciudad de residencia, provoca dificultades dentro de la familia.. El
fallecimiento de uno de los esposos o de alguien cercano a los afectos
nos deja en el vacío y nos llena de tristeza. La lista de cambios
difíciles de aceptar puede ser más extensa, pérdida
de la salud, formas de culto antiguas que ya no dicen lo suficiente para
nuestro tiempo, limitaciones por nuestra edad avanzada, peleas en la parroquia.
Lucas realizó su evangelio teniendo como clave el cambio. En nuestro
pasaje de hoy, la clave es el inicio del viaje de Jesús hacia Jerusalén.
Hasta ese momento su ministerio lo había realizado en Galilea,
sus seguidores lo eran en su gran mayoría. Incluso Lucas no menciona
que Jesús haya regresado a Jerusalén después que
estuviera allí a los 12 años de edad.
Por tanto, Lucas muestra este viaje hacia Jerusalén como clave
en el ministerio público de Jesús y dedica gran parte de
su texto al mismo. No es un cambio de geografía, es un cambio en
el ministerio de Jesús. Bruscamente dicho, fue a Jerusalén
para morir. Ya había dicho antes a sus seguidores lo que estaba
en el futuro: El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser
rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado
a muerte y resucitar al tercer día (Lc. 9, 22). Sabía
de la inevitable conclusión de su fidelidad a la voluntad del Padre.
Sus seguidores, por el contrario, eran lentos de entendederas. Pero
ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado
de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar
a Jesús acerca de esto (Lc. 9, 45).
Cuando nos cuestas mucho aceptar un cambio nos pasa lo mismo que a estos
discípulos. ¿Qué golpe puede ser más grande
que la amenaza de ejecución del Mesías? ¿Qué
cambio puede ser mayor que el enfrentado que pasar de la Transfiguración
(Lc. 9, 28-36) al Calvario? ¿Qué demanda es mayor que la
de Jesús que los invita a seguirlo y perder su vida para ser salvos
(Lc. 9, 23-24)?
No es para sorprenderse la actitud de los discípulos. Mientas
iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba
a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían
tenían miedo (Mc. 10, 32).
¿Qué significa este caminar hacia Jerusalén para
nosotros, cristianos de hoy en día? Creo que es una advertencia:
no podremos permanecer por siempre en las colinas familiares de nuestra
Galilea y, de seguro, en el monte de la transfiguración. Hay un
momento en que somos desafiados a seguir a Jesús hacia Jerusalén.
Hemos de postrarnos junto a él en Getsemaní y unirnos a
su oración: No se haga mi voluntad sino la tuya (Lc. 22,
42).
Creo, también, que el testimonio de Lucas sobre el viaje de Jesús
a Jerusalén lo muestra brindándonos su enseñanza
(Lc. 9, 51 – 21, 37). No todo lo que Lucas dice a lo largo de esta sección
de su evangelio se aplica a cada uno de nosotros en todos los cambios
que enfrentamos. Si leemos sus palabras como dirigidas a los que confrontan
transiciones importantes, encontraremos en ellas mucho que nos hablará
a nuestra propia situación, que confrontará nuestros temores
y afirmará en el camino correcto.
Creo que Lucas tuvo como objetivo no sólo testificar la historia
sino que tenía en mente a quienes en otro tiempo y en otro lugar
abandonaríamos lo familiar y conocido para seguir tras los pasos
de Jesús en su camino hacia el Padre. djc
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