Propio 9-C - 8 de julio de 2007

Éxito y prosperidad

¡Alégrense con Jerusalén y regocíjense a causa de ella, todos los que la aman! ¡Compartan su mismo gozo los que estaban de duelo por ella,  para ser amamantados y saciarse en sus pechos consoladores, para gustar las delicias de sus senos gloriosos!  Porque así habla el Señor: Yo haré correr hacia ella la prosperidad como un río, y la riqueza de las naciones como un torrente que se desborda. Sus niños de pecho serán llevados en brazos y acariciados sobre las rodillas.  Como un hombre es consolado por su madre, así yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén.  Al ver esto, se llenarán de gozo, y sus huesos florecerán como la hierba. La mano del Señor se manifestará a sus servidores, y a sus enemigos, su indignación (Is. 66,10-14).

¡Aclame al Señor toda la tierra!
¡Canten la gloria de su Nombre!
Tribútenle una alabanza gloriosa,
digan al Señor: "¡Qué admirables son tus obras!".

Por la inmensidad de tu poder,
tus enemigos te rinden pleitesía;
toda la tierra se postra ante ti,
y canta en tu honor, en honor de tu Nombre.         

Vengan a ver las obras del Señor,
las cosas admirables que hizo por los hombres:
él convirtió el Mar en tierra firme,
a pie atravesaron el Río.

Por eso, alegrémonos en él,
que gobierna eternamente con su fuerza;
sus ojos vigilan a las naciones,
y los rebeldes no pueden sublevarse.     

Bendigan, pueblos, a nuestro Dios,
hagan oír bien alto su alabanza:
él nos concedió la vida
y no dejó que vacilaran nuestros pies (Sal. 66: 1-8).

[Si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes, los que están animados por el Espíritu, corríjanlo con dulzura. Piensa que también tú puedes ser tentado.  Ayúdense mutuamente a llevar las cargas, y así cumplirán la Ley de Cristo. Si alguien se imagina ser algo, se engaña, porque en realidad no es nada. Que cada uno examine su propia conducta, y así podrá encontrar en sí mismo y no en los demás, un motivo de satisfacción. Porque cada uno tiene que llevar su propia carga.
El que recibe la enseñanza de la Palabra, que haga participar de todos sus bienes al que lo instruye.
No se engañen: nadie se burla de Dios. Se recoge lo que se siembra: el que siembra para satisfacer su carne, de la carne recogerá sólo la corrupción; y el que siembra según el Espíritu, del Espíritu recogerá la Vida eterna.  No nos cansemos de hacer el bien, porque la cosecha llegará a su tiempo si no desfallecemos. Por lo tanto, mientras estamos a tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos y hermanas en la fe.
¿Ven estas letras grandes? ¡Les estoy escribiendo con mi propia mano!  Los que quieren imponerles la circuncisión sólo buscan quedar bien exteriormente, y evitar ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo.  Porque tampoco aquellos que se hacen circuncidar observan la Ley; sólo pretenden que ustedes se circunciden para gloriarse de eso. Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.  Estar circuncidado o no estarlo, no tiene ninguna importancia: lo que importa es ser una nueva criatura.  Que todos los que practican esta norma tengan paz y misericordia, lo mismo que el Israel de Dios (Gál. 6:[1-6], 7-16).

En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.  ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.  Al entrar en una casa, digan primero: '¡Que descienda la paz sobre esta casa!'.  Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.  Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.  En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: 'El Reino de Dios está cerca de ustedes'.  Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:  '¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca'.

El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza, rechaza a aquel que me envió (Lc. 10: 1-11, 16-20).

Dios consuela con la prosperidad
Tema de moda, nos afecta. Por fin la palabra mágica, acelera los latidos del corazón y abre los oídos.
Isaías promete a quienes regresan del exilio la prosperidad material además de las bendiciones espirituales. La verdad, una estupenda invitación a la alegría.
La misma está de acuerdo con la antigua tradición de que el bienestar económico es señal de bendición. Los depósitos llenos son premio a una vida de piedad, de fidelidad a Dios.
Dios consuela con la riqueza, hoy –la verdad- parece que es al revés.
El bienestar económico, en cambio de ser visto como respuesta a la fidelidad a Dios, se lo ve como la ocasión de librarse de Dios para siempre. Encima es una voz que pide cuentas, exige honestidad y participación de los bienes a los más pobres.
Nuestro problema actual es caer en cuenta de la presencia de Dios no en la prosperidad sino a pesar de ella. Intuir que se tiene todo con el riesgo de ser pobres en lo esencial para ser humanos. Hoy tenemos más bien necesidad que Dios nos consuele por lo que tenemos y nos estorba, necesitamos que nos brinde algo que va más allá de los bienes.


Dios asegura el éxito
También gusta del éxito. Los setenta, expresión de la Iglesia en misión, vuelven contentos, han tenido éxito. Pero el éxito no es el propósito de su misión, no es contar los resultados sino que lo que cuenta es su fidelidad, su fe.
Allá en el cielo no se controlan las estadísticas, sino que se toma nota de la paciencia, la entrega, la pasión en sembrar.
Esa misión nace de la oración a Dios, se hace posible por la entrega humilde, sin impedimentos materiales o de cualquier clase, por la pobreza. En el monto en el que no tiene cuenta o tarjeta no existe, aquí cuenta, pesa, la simplicidad y la pasión en compartir a cristo.
Esta misión tampoco es posible por el saber académico, se da por la sabiduría divina que obra en el amor verificado en la cruz del Calvario. Su palabra clave es “paz” y su mensaje: El Reino está cerca de ustedes, Jesucristo está cerca de ustedes.
Los misioneros, la comunidad cristiana toda, no detenta ni el saber ni el poder. Su misión es invitación, propuesta, convocatoria.
Los misioneros son frágiles, hay que ser corderos como Cristo es Cordero de Dios para nuestra salvación. djc