Ascensión - 20 de mayo de 2007

Ascensión

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido.

Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días”. Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Él les respondió: “No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir” (Hech. 1, 1-11).

Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra.

Él puso a los pueblos bajo nuestro yugo,
y a las naciones bajo nuestros pies;
él eligió para nosotros una herencia,
que es el orgullo de Jacob, su predilecto.

El Señor asciende entre aclamaciones,
asciende al sonido de trompetas.

Canten, canten a nuestro Dios, canten,

canten a nuestro Rey:

el Señor es el Rey de toda la tierra,
cántenle un hermoso himno.

El Señor reina sobre las naciones
el Señor se sienta en su trono sagrado.
Los nobles de los pueblos se reúnen
con el pueblo del Dios de Abraham:

del Señor son los poderosos de la tierra,
y él se ha elevado inmensamente (Salmo 47).

Doy gracias sin cesar por ustedes, recordándolos siempre en mis oraciones. Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza. Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro. El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas (Ef. 1, 16-23).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”. Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios (Lc. 24, 44-53).

Lucas es el único que tiene el coraje de usar el verbo que indica inequívocamente la separación. La jornada comienza para los discípulos con el tomar conciencia de la ausencia. Jesús se ha dejado encontrar en varias ocasiones y, ahora, se separa de los suyos. Pero esto no provoca, en esta ocasión, un sentimiento de tristeza o descontento. Regresan de Betania con gran alegría.

Lucas no explica el cambio y nosotros nos sentirnos sorprendidos. Han descubierto, deben haber descubierto, una nueva realidad que les hace enfrentar el futuro de manera diferente. Han comprendido que Jesús se había separado de ellos, pero continuaba presente.

Otro detalle importante, el último gesto de Jesús hacia los suyos es una bendición: Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Jesús da la bendición sellando su sacrificio, su pasión y muerte en la cruz, su resurrección. Esto se inserta en la Pascua y señala a la comunidad encargada de continuar su obra. Por eso tiene un valor eclesial y pastoral. Quien actúa es el Maestro de los discípulos, el Señor de los apóstoles, bendice a la Iglesia que ha de realizar en forma visible en este mundo su presencia, fuente de vida.

Un último detalle sorprendente, los discípulos en vez de irse a recorrer el mundo, van a orar al Templo de Jerusalén: permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios. El evangelio de Lucas se inicia con la escena de Zacarías ofreciendo incienso en el templo y culmina con los discípulos elevando sus oraciones, lo que es simbolizado por el incienso quemado en el templo.

La imagen parece extraña, pero la alabanza perpetua a Dios se refiere a la misión, allí toma fuerza y ánimo para seguir. La bendición es comunicación de vida, sin ella no hay vida, no hay fecundidad. Es la base misma de la comunicación del mensaje que debe producir comunión entre las personas. El templo no es un refugio, es el centro de irradiación, la bendición se irradia desde allí en toda dirección.

Algunas referencias nos ayudan a vivir plenamente las consecuencias de la Ascensión:

  1. Hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido (Hechos 1,2). Los compromete y nos compromete con él quien no permanece ausente. Nos llama a producir señales de su presencia y somos nosotros los que no hemos de estar ausentes.
  2. Permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía (Hechos 1,10). Permanecían continuamente en el Templo (Lucas 24,53). Este no es el epílogo, la conclusión de un a historia, sino que abre la mirada a una realidad aún más amplia. El viento del Espíritu abre de par en par las puertas y nos echa al mundo. Todo por mérito de aquella bendición que no concluye la aventura, sino que la abre hacia adelante.


Los discípulos, vueltos apóstoles, caen –de seguro- en la cuenta de que Jesús no había dejado el seno del Padre, como dice el evangelista Juan (1,18), volviendo al cielo no deja a los suyos, a sus amigos. Es más, tienen la impresión de recibirlo como si fuera la vez primera. Jesús se separa de ellos, pero no los abandona, se separa de nosotros pero nunca nos abandona. djc