Bautismo del Señor – A - 13 de enero de 2008Un hombre en medio de los hombres Así habla Dios, el Señor, el que creó el cielo lo desplegó, el que extendió la tierra y lo que ella produce, el que da el aliento al pueblo que la habita y el espíritu a los que caminan por ella. Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos a los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas. ¡Yo soy el Señor, este es mi Nombre! No cederé mi gloria a ningún otro ni mi alabanza a los ídolos. Las cosas antiguas ya han sucedido y yo anuncio cosas nuevas; antes que aparezcan, yo se las hago oír a ustedes (Isaías 42, 1-9). Aclamen
al Señor, hijos de Dios, ¡La
voz del Señor sobre las aguas! !La
voz del Señor es potente, La
voz del Señor parte los cedros, La
voz del Señor lanza llamas de fuego; La
voz del Señor retuerce las encinas, El
Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales, Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo:”Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él. El envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del Bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección. Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre” (Hechos 10, 34-43). En aquel tiempo Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole:”Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!” Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. Y Juan se lo permitió. Apenas
fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los
cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse
hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy
querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mateo
3, 13-17). A una epifanía sigue otra Una nueva propuesta de luz, una nueva invitación a abrir los ojos. Continúan
las manifestaciones del Señor. El Bautismo de Jesús es una nueva ocasión
que no hay que perder, una posibilidad que se nos ofrece. La identidad
de Jesús, el develamiento del misterio de su origen y del sentido de
su misión, es ocasión para develar el ser humano frente a sí mismo,
ante su propia conciencia. El manifestarse del Uno, Dios hecho hombre,
provoca nuestro propio descubrirnos a nosotros mismos y el sentido de
nuestras vidas. Primera confrontación Comparar
el personaje presentado por Isaías con Jesús.
La presentación de ambos es casi idéntica. Este es mi Servidor,
a quien yo sostengo, mi elegido, anuncia el oráculo profético.
Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección,
dice el evangelio. Yo he puesto mi espíritu sobre él, se
afirma en Isaías. Y Mateo dice: Y vio al Espíritu de Dios descender
como una paloma y dirigirse hacia él. Así, en ambos textos, el Espíritu
acompaña y sostiene al servidor en su misión. Y recorriendo el evangelio
nos daremos cuenta de que la misión de Jesús afirma en sus grandes líneas
el cuado que presenta el oráculo del profeta. Es una
misión universal que ha de manifestar la voluntad divina de paz, justicia
y salvación entre los seres humanos y que trasciende las fronteras de
Judá. Es una empresa que se realiza con humildad, mansedumbre y comprensión,
el siervo Jesús anuncia la misericordia y el perdón. No se abre camino
aplastando a los más frágiles, sino respetando al débil y vacilante;
de nadie prescinde y a nadie deja de lado. Declara que ha venido a buscar
y salvar lo que se había perdido, podríamos decir que es una cultura
de la recuperación. Pedro, en Hechos, nos recuerda que Jesús pasó
haciendo el bien curando a todos los que habían caído en poder del demonio. Aquí se
cancelan los tonos triunfalistas y aplastantes, se subraya y hace destacar
al Mesías, al Cristo que a la vez que es el Hijo de Dios es un hombre
entre nosotros, siervo de todos, especialmente de los más débiles, solidario
con los más abandonados. Hace fila junto a los demás a orillas del Jordán
y espera su turno sin clamar un trato especial, y sobre este último
entre los últimos resuena la voz divina: Este es mi Hijo muy querido,
en quien tengo puesta toda mi predilección. Segunda confrontación Pero la
cosa se pone más difícil cuando comparamos el estilo adoptado por Jesús
en el cumplimiento de su misión y nuestras maneras de interpretar la
vocación cristiana. No podemos dejar a una
lado que en nuestro propio bautismo Dios nos llamó, nos asignó una misión,
nos señaló como muy amados y nos dio su Espíritu Santo, y esto lo hizo
también delante de todos. Si superponemos
las imágenes del bautismo de Jesús y la del nuestro se verá que el ajuste
no es completo. Esto nos permite adquirir una pizca de humildad llamándonos
a la conversión renovada, al regreso a nuestro bautismo. Podríamos
acompañar esta operación con tres ejercicios que nos ayudarán:
1.
Tender perseverantemente, a pesar de lo que
nos costará, a la semejanza con el modelo aunque no lo podamos alcanzar,
si no porque así tomamos conciencia y proclamamos nuestra realidad frente
a la de él. Es lo que en nuestra tradición llamamos confesar
que aún no lo hemos logrado, que lo intentamos y volvemos a intentar
a pesar de las caídas en nuestro caminar. Nos hemos movido, pero los
pasos a dar en el camino todavía son muchos. Y clamar que no
somos campeones en la fe ni los primeros de la clase, pero que nos esforzamos
en aprender de él y de los demás. Somos pecadores junto a otros pecadores
y esperamos que Dios en Cristo Jesús nos salve y perdone.
2.
Meditemos en la frase un teólogo contemporáneo,
E. Schillebeeckx, La luz de Dios parece que sólo puede quemar en
la tierra con el aceite de nuestra vida. Sobre todo con el aceite de
la justicia y del amor.
3.
Y si alguien pide ver a un cristiano, busquémoslo
junto con él. Los habrá donde menos lo habríamos creído, como le pasó
a pero en casa de Cornelio: Verdaderamente comprendo que Dios no
hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo
teme y practica la justicia es agradable a él. Quizás
ahora nos comencemos darnos cuenta que somos discípulos que esperamos
ser enseñados por Dios, por su Palabra que es Cristo mismo y la Biblia
que da testimonio de él, por la historia, por los otros seres humanos.
Si quiero encontrar otro cristiano he de entrar en la casa de otros.
djc |