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Bautismo del Señor - 7 de enero de 2007 Bautizado con el Espíritu Y ahora, así habla el Señor, el que te creó, Jacob, el que te formó, Israel: No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú me perteneces. Si cruzas por las aguas, yo estaré contigo, y los ríos no te anegarán; si caminas por el fuego, no te quemarás, y las llamas no te abrasarán. Porque yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador. Yo entregué a Egipto parta tu rescate, a Cus y a Sebá a cambio de ti. Porque tú eres de gran precio a mis ojos, porque eres valioso, y yo te amo, entrego hombres a cambio de ti y pueblos a cambio de tu vida. No temas, porque yo estoy contigo: traeré a tu descendencia desde Oriente y te reuniré desde Occidente. Yo diré al Norte: "¡Dámelo!", y al Sur: "¡No lo retengas, trae a mis hijos desde lejos y a mis hijas desde el extremo de la tierra: a todos los que son llamados con mi Nombre, a los que he creado para mi gloria, a los que yo mismo hice y formé!" (Is. 43, 1-7). ¡Aclamen
al Señor, hijos de Dios! Cuando los Apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo. Porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo (Hech.8, 14-17). Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: "Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección" (Lc. 3, 15-17 y 21-22). En los cuatro evangelios, Mt. 3, 11; Mc. 1,8; Lc. 3,16 y Jn. 1,33, Jesús es presentado como quien bautiza con el Espíritu Santo. Ésta es la forma particular en que el Precursor presenta a Jesús: el que bautiza con el Espíritu Santo. Palabras que el mismo Jesús confirma en sus palabras a los discípulos antes de su ascensión: Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de los alto (Lc. 24, 49). Promesa que es bien recordada por los seguidores de Jesús. Cuando pedro relata su encuentro con Cornelio, el militar romano, lo ve como el cumplimiento de la promesa de Jesús: me acordé entonces de la Palabra del Señor: “Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo (Hech. 11, 16). Había leído estos pasajes muchas veces, pero han tomado en esta Epifanía un renovado sentido para mí. El Espíritu Santo no es una doctrina ni una idea, sino la presencia personal de Dios en nuestra vida. La promesa a los apóstoles no fue sólo para ellos ni tampoco es una expresión piadosa. Es la promesa de Jesús, el unigénito de Dios, que se cumple en ti y en mí, por mi Bautismo y el tuyo, a lo largo de nuestras vidas sentimos la calidez del fuego de Dios, la fuerza sanadora y alentadora de su presencia. Pero el fuego se tiende a apagar si no se lo alienta, hemos de perseverar en la fe y profundizar en la comprensión del Evangelio. No hemos de dar por hecha nuestra fe, algo que va quedando como novedad en la historia pasada, sino que siempre se está haciendo, siempre es novedad presente. Jamás hemos dudado, seguro de las verdades de la fe, pero no hemos mantenido, no mantenemos la actitud expectante ante la vida. Ser bautizado, vivir la presencia del Espíritu, no es un evento que pasa, es un proceso de vida y de por vida, tiene su inicio en nuestro Bautismo. Tiene puntos notables a lo largo de nuestra vida, ritos como la primera comunión y la confirmación, o de personales encuentros con el salvador, o del mamado a la vida como vocación. Pero siempre estamos en la necesidad de recibir y vivir por el poder del Espíritu. La vida del cristiano no es, meramente, un intentar ser guiados por sus mandamientos tratar de evitar el pecado. En el fondo, la vida es una relación personal con Dios, relación posible por la presencia del Espíritu de Dios en nuestra vida, presencia transformadora. Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir, ¡Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él (Rom. 8, 14-17). Su obra no termina con nuestro bautismo, como la obra de los padres no termina con el nacimiento de sus hijos. Juan dijo que Jesús bautizaría con el Espíritu Santo y fuego. Jesús dijo a sus discípulos que esperaran y rogaran por el poder y la presencia del Espíritu. Necesitamos ser encendidos de nuevo en el fuego del Espíritu Santo, recibir de continuo su poder en nuestras vidas. djc |