Cristo Rey-C  -21 de noviembre de 2004

Un rey que no nos agrada en demasía

¡Ay de los pastores que pierden y dispersan el rebaño de mi pastizal! -oráculo del Señor-.  Por eso, así habla el Señor, Dios de Israel, contra los pastores que apacientan a mi pueblo: ustedes han dispersado mis ovejas, las han expulsado y no se han ocupado de ellas. Yo, en cambio, voy a ocuparme de ustedes, para castigar sus malas acciones -oráculo del Señor-.  Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países adonde las había expulsado, y las haré volver a sus praderas, donde serán fecundas y se multiplicarán. Yo suscitaré para ellas pastores que las apacentarán; y ya no temerán ni se espantarán, y no se echará de menos a ninguna -oráculo del Señor-. Llegarán los días -oráculo del Señor- en que suscitaré para David un germen justo; él reinará como rey y será prudente, practicará la justicia y el derecho en el país.  En sus días, Judá estará a salvo e Israel habitará seguro. Y se lo llamará con este nombre: "El Señor es nuestra justicia" (Jer. 23, 1-6).

El Señor es nuestro refugio y fortaleza,
una ayuda siempre pronta en los peligros.

Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva
y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar;
aunque bramen y se agiten sus olas,
y con su ímpetu sacudan las montañas.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.       

Los canales del Río alegran la Ciudad de Dios,
la más santa Morada del Altísimo.
El Señor está en medio de ella: nunca vacilará;
él la socorrerá al despuntar la aurora.

Tiemblan las naciones, se tambalean los reinos:
él hace oír su voz y se deshace la tierra.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.

Vengan a contemplar las obras del Señor,
él hace cosas admirables en la tierra:
elimina la guerra hasta los extremos del mundo;
rompe el arco, quiebra la lanza
y prende fuego a los escudos.

Ríndanse y reconozcan que yo soy Dios:
yo estoy por encima de las naciones,
por encima de toda la tierra.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob (Sal. 46).

Fortalecidos plenamente con el poder de su gloria, adquirirán una verdadera firmeza y constancia de ánimo,  y darán gracias con alegría al Padre, que nos ha hecho dignos de participar de la herencia luminosa de los santos.  Porque él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido,  en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados.

El es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación,  porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra los seres visibles y los invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio de él y para él.  El existe antes que todas las cosas y todo subsiste en él.  El es también la Cabeza del Cuerpo,

es decir, de la Iglesia. El es el Principio, el Primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que él tuviera la primacía en todo,  porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud.  Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz (Col. 1, 11-20).

Cuando llegaron al lugar llamado "del Cráneo", lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.  Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: "Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!". También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre,  le decían: "Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!".  Sobre su cabeza había una inscripción: "Este es el rey de los judíos".

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros".  Pero el otro lo increpaba, diciéndole: "¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?  Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo".  Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino". El le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc. 23, 33-43).

Mejor el Hebrón que el Calvario

Confesémoslo, si hubiéramos podido elegir, elegiríamos siguiendo otro texto del Leccionario C, el de 2ª Samuel 5, 1-3, donde el pueblo y sus dirigentes se reúnen y ungen a David como rey sobre todo Israel y hacen acto de sumisión ante él. Al victorioso le es más fácil convocar la lealtad, que al rey derrotado presentado en Lucas, al rey escarnecido y colgado de una cruz.

Hay una distancia abismal entre ambas escenas. Nuestro texto de Jeremías, en cambio, nos recuerda la lealtad y confiabilidad que han tener los pastores del pueblo, e incluye a los dirigentes de las naciones.

Nosotros nos hemos aferrado a Hebrón, la primera capital del reino de David. Somos reacios a pasar a la capital del otro tipo de poder, del anti-poder, el que Cristo establece en el monte del Gólgota.

Incluso cuando celebramos la fiesta de Cristo, rey del universo, un rey que ha renunciado a la fuerza, a los triunfos terrenos, al éxito, corremos el peligro de hacerlo con la mentalidad y el estilo de quien celebra las empresas de David y quisiera hacer de ellas una réplica.

Que Cristo haya rehusado la coronación, rechazando una fácil y equívoca popularidad antes de ser reducido a la impotencia, de ser liquidado por el juego de los poderosos, hacerse blanco de torturas, salivazos e insultos, y que sólo en el momento en que tocaba fondo haya sido proclamado rey, no nos impide continuar pensando y actuando según esquemas de humana grandeza.

Si no estamos atentos, la fiesta de Cristo rey corre el peligro de transformase en la celebración de nuestra huida del Calvario.

Liberación bajo la cruz

Quien nos libró del poder de las tinieblas, como dice Pablo en Colosenses, ha de librarnos también de nuestros sueños de conquista terrena.

La cruz de Cristo, la cruz a través de la cual ha realizado su obra de reconciliación y paz, constituye el desmentido total a todos nuestros proyectos de realeza calcando aspiraciones y estilos mundanos.

Cuando se exhiben triunfos, se alardea de lo conquistado, se pretende una visibilidad exterior que no se concilia con las imágenes de la semilla, la levadura, la sal. Cuando se asume el descarado lenguaje de la cruzada reivindicando derechos y privilegios, logrando el apoyo de los poderosos,  no se camina bajo la cruz del Calvario. El Reino de Cristo progresa en la modestia, el silencio, la contrariedad, la fidelidad.

Cristo no necesita de territorios, le basta con el corazón de cada uno de nosotros. Y solamente mediante el corazón  podemos intuir la realidad del Reino. Es subiendo el camino al Calvario donde se gana la cruz, la expresión del amor fiel y solidario con todas las víctimas del mundo. djc