1º de noviembre de 2007  - Día de Todos los Santos

Los santos, los del cielo y los de la tierra

Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente:  "¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero!".  Y todos los Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: "¡Amén! ¡Alabanza, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!  Y uno de los Ancianos me preguntó: "¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?".  Yo le respondí: "Tú lo sabes, señor". Y él me dijo: "Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero.  Por eso están delante del trono de Dios y le rinden culto día y noche en su Templo. El que está sentado en el trono habitará con ellos:  nunca más padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol o el calor.  Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva. Y Dios secará toda lágrima de sus ojos" (Apoc. 7, 9-17).

Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor;
que lo oigan los humildes y se alegren.

Glorifiquen conmigo al Señor,
alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: él me respondió
y me libró de todos mis temores.

Miren hacia él y quedarán resplandecientes,
y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor:
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.

El Ángel del Señor acampa
en torno de sus fieles, y los libra.

¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!
¡Felices los que en él se refugian! 
Teman al Señor, todos sus santos,
porque nada faltará a los que lo temen (Sal. 34, 1-10, 22).

¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos e hijas de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él.  Queridos míos, desde ahora somos hijos e hijas  de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. El que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro (1ª Jn. 3, 1-3).

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: "Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.  Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.  Felices los afligidos, porque serán consolados.  Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.  Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.  Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.  Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.  Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.  Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.  Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron (Mat.  5, 1-12).

Introducción

La idea de santidad, que se superpone a la de pureza y sacralidad, es común al ámbito de lo religioso. Implica separación, poder espiritual, consagración a lo divino, y-ante todo ello- la reacción de veneración y temor reverente. El termino hebreo kadosh, de origen cananita, señala a lo que se pone aparte frente a lo que es común. Los traductores del Antiguo Testamento al griego usaron el término hagiós, la menos usual de las palabras griegas, y de ahí su uso por los autores del Nuevo Testamento.

1. La santidad de Dios

Dios es santo por que es totalmente distinto de todo el universo, es lo no imaginable, lo no comprensible ni analizable. Esta idea equivale a la expresión “gloria de Dios”.

Dios es santo porque se entrega a sí mismo, anhela que los seres humanos compartan su vida divina y los acerca al ámbito de su misericordia y justicia. No es sólo una cuestión moral, sino de pertenencia distintiva, fueron liberados de la esclavitud y constituidos como pueblo.

Cuando en el Padrenuestro pedimos que el nombre de Dios sea santificado, subrayamos antes que la veneración –por cierto merecida- a la esperada pronta manifestación de la plenitud de Dios a la humanidad toda. Porque yo soy el Señor, su Dios, y ustedes tiene que santificarse y ser santos porque yo soy santo (Lev. 11, 44).

2. La santidad de Jesús y el Espíritu Santo

Las expresiones en el Nuevo Testamento que llaman a Jesús: el santo de Dios (Mc. 1, 24, etc.) o tu santo servidor Jesús a quien tú has ungido (Hech. 4, 27), significan  que Jesús es quien y a través de quien Dios cumple su obra de juicio y misericordia. Como el siervo de Isaías 53, Jesús ha sido elegido y recibe el Espíritu. Lo mismo es cuando el Nuevo Testamento habla del Espíritu Santo, se señala al origen y autoridad divino. Espíritu Santo y Espíritu de Dios son equivalentes y subrayan a Dios obrando en medio de la historia.

3. La santidad del pueblo elegido

La santidad de Dios no es algo estático, Dios es santo en tanto se entrega a sí mismo a la humanidad y obra en la historia. Su primer objetivo es reunir un pueblo santo: Serás un pueblo consagrado al Señor como él te lo ha prometido (Deum. 26, 19). Dios elige a su pueblo, el pueblo responde santificando a Dios, alabándole y comprometiéndose en la construcción de la vida. Por supuesto, como en todo emprendimiento humano, está el peligro del pecado, del orgullo que subvierte el amor divino, el sin sentido del símbolo y el olvido de vivir la justicia en las relaciones humanas.

El Nuevo Testamento enfatiza la obra de Dios que se cumple en Cristo Jesús, santifica a un nuevo pueblo, funda un nuevo templo, l cuerpo de Cristo en la tierra: la Iglesia. . El culto es el fundamento de la vida ética, los bautizados son llamados a ofrecer sus cuerpos a Dios como sacrificio vivo de adoración (Rom. 12, 1). La santidad es comunitaria y eclesial, somos miembros de un cuerpo con responsabilidades mutuas y fraternas en la comunidad en la diversidad  que es sostenida por obra del Espíritu Santo. Así organizó a los santos para la obra del servicio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef. 4, 12).

Conclusión

El Dios totalmente santo nos elige y congrega como su pueblo, nos llama santificarlo, adorarlo y servirlo, a vivir la fe en la vida cotidiana, a dar testimonio de la salvación en cristo y a reavivar nuestra esperanza en la alabanza y el culto.

Somos santos, no modelos como los del recuerdo y las hornacinas, pero somos los elegidos de Dios para la salvación en Cristo Jesús. djc