24 de junio de 2007 - La Natividad de San Juan Bautista

Juan, el voceador de Cristo

La estrella de la mañana anuncia el día, el heraldo anuncia al Mesías.

Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y enseguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Ángel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos. ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos.  El se sentará para fundir y purificar: purificará a los hijos de Leví y los depurará como al oro y la plata; y ellos serán para el Señor los que presentan la ofrenda conforme a la justicia.  La ofrenda de Judá y de Jerusalén será agradable al Señor, como en los tiempos pasados, como en los primeros años (Mal. 3, 1-4).

Yo te invoco, Señor, ven pronto en mi ayuda;
escucha mi voz cuando te llamo;
que mi oración suba hasta ti como el incienso,
y mis manos en alto, como la ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, un guardián en mi boca
y un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes que mi corazón se incline a la maldad,
a cometer delitos con hombres perversos.

¡No, nunca gustaré de sus manjares!
Que el justo me golpee como amigo y me corrija,
pero que el óleo del malvado no perfume mi cabeza:
yo seguiré oponiendo mi oración a sus maldades.

Sus príncipes cayeron despeñados,
esos que se complacían en oírme decir:
"Como una piedra de molino hecha pedazos
están esparcidos nuestros huesos ante las fauces del Abismo".

Pero mis ojos, Señor, están fijos en ti:
en ti confío, no me dejes indefenso.

Protégeme del lazo que me han tendido
y de las trampas de los que hacen el mal.
¡Caigan los malvados en sus propias redes,
mientras yo paso sin hacerme daño! (Sal. 141)

Desde Pafos, donde se embarcaron, Pablo y sus compañeros llegaron a Perge de Panfilia. Juan se separó y volvió a Jerusalén,  pero ellos continuaron su viaje, y de Perge fueron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron.  Después de la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a decir: "Hermanos, si tienen que dirigir al pueblo alguna exhortación, pueden hablar".
Entonces Pablo se levantó y, pidiendo silencio con un gesto, dijo: "Escúchenme, israelitas y todos los que temen a Dios.  El Dios de este Pueblo, el Dios de Israel, eligió a nuestros padres y los convirtió en un gran Pueblo, cuando todavía vivían como extranjeros en Egipto. Luego, con el poder de su brazo, los hizo salir de allí  y los cuidó durante cuarenta años en el desierto.
Después, en el país de Canaán, destruyó a siete naciones y les dio en posesión sus tierras,  al cabo de unos cuatrocientos cincuenta años. A continuación, les dio Jueces hasta el profeta Samuel.  Pero ellos pidieron un rey y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, por espacio de cuarenta años.  Y cuando Dios desechó a Saúl, les suscitó como rey a David, de quien dio este testimonio: He encontrado en David, el hijo de Jesé, a un hombre conforme a mi corazón que cumplirá siempre mi voluntad.  De la descendencia de David, como lo había prometido, Dios hizo surgir para Israel un Salvador, que es Jesús.  Como preparación a su venida, Juan había predicado un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel.  Y al final de su carrera, Juan decía: 'Yo no soy el que ustedes creen, pero sepan que después de mí viene aquel a quien yo no soy digno de desatar las sandalias'.  Hermanos y hermanas, este mensaje de salvación está dirigido a ustedes: los descendientes de Abraham y los que temen a Dios (Hechos 13, 13-26).

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.  Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;  pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan".  Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre".  Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.  Este pidió una pizarra y escribió: "Su nombre  Juan". Todos quedaron admirados.  Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.  Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él.

[Entonces Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y dijo proféticamente: 
"Bendito sea el Señor, el Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su Pueblo,
y nos ha dado un poderoso Salvador
en la casa de David, su servidor,
como lo había anunciado mucho tiempo antes
por boca de sus santos profetas,
para salvarnos de nuestros enemigos
y de las manos de todos los que nos odian.
Así tuvo misericordia de nuestros padres
y se acordó de su santa Alianza,
del juramento que hizo a nuestro padre Abraham
de concedernos que, libres de temor,
arrancados de las manos de nuestros enemigos,
lo sirvamos en santidad y justicia bajo su mirada,
durante toda nuestra vida.
Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor preparando sus caminos,
para hacer conocer a su Pueblo la salvación
mediante el perdón de los pecados;
gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios,
que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente,
 para iluminar a los que están en las tinieblas
y en la sombra de la muerte,
y guiar nuestros pasos por el camino de la paz".

El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.] (Lc.1, 57-66 [67-80]).

1.¿Quién eres?

La pregunta surge a partir del contexto y las esperanzas de su tiempo. El tiempo de Herodes, títere del Imperio Romano, pero poderoso, arbitrario y cruel en su propio dominio. Él edificó un nuevo Templo en Jerusalén y permitió la edificación de sinagogas. Pero,  bajo la guía de Teudas y Judas Galileo hubo levantamientos socio-religiosos contra sus exacciones y brutalidad.

El tiempo de las expectativas, están los que esperan la pronta llegada del Día del Señor: los esenios, los sencillos o pobres de espíritu como Simeón, Ana, María, Zacarías e Isabel.

¿Quién eres, Juan? Desde su nacimiento: Nazareno, consagrado a Dios, ¿se acuerdan de Sansón? También era nazareno. En esa disciplina de vida consagrada no bebía vino, se alimentaba con suma simplicidad, usaba largos cabellos y barba, ropa sencilla y nada más. Su escuela era el desierto hasta quizás en contacto con un grupo similar o idéntico a  los esenios.

¿Quién eres?¿Elías, el precursor del día del juicio de Dios, precursor del Mesías, el Elías resucitado a quien el profeta Malaquías anunciara?  No soy Elías resucitado. ¿Eres, acaso, el Profeta, el nuevo Moisés al que el primero anunciara. Para el pueblo de Israel antes que legislador, Moisés era el profeta modelo, una de las imágenes del Mesías. A la pregunta contesta que no.

Repiten la cuestión: ¿Eres tú el Mesías, el Cristo? Quizás, ahora, no a la imagen de Moisés o, a la también corriente, de Aarón sacerdote como lo veían los esenios; sino como descendiente de David, el rey. Y también contesta: No.

... Bueno... entonces... ¿Quién eres? Y  la respuesta de Juan Nazareno, conocido por el Bautista, es una cita de Isaías: Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!...¡Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente porque ha hablado la boca del Señor(Is. 40,3-5). Juan se identifica con la voz que clama, se presenta el que anuncia y prepara la venida del Rey, es el voceador de la buena nueva: Cristo viene ya.

2. Su mensaje

El mensaje de Juan Bautista es sucinto, poderoso, claro, exigente: ¡Conviértanse! Cambien totalmente de dirección, den una vuelta en U, regresen hacia el lugar de donde se alejaron. Demanda un acto de decisión personal, un ejercicio de lo humano.

Una cara de la moneda es la fe, la otra es la conversión, el arrepentimiento... En verdad, mis monedas no son como las comunes, las mías siempre caen de canto-... No es más importante una cara que la otra, ambas la fe y la conversión, tienen el mismo valor, son dos caras de una misma realidad.

Dios no nos exige la fe, ésta es un regalo. Dios nos demanda el arrepentimiento, la vuelta a Dios.

La conversión nos lleva a pedir perdón por nuestros pecados, del pecado como rebelión contra Dios y de los pecados, frutos de esa rebelión que afectan destructivamente nuestra relación con nosotros, con los demás y con el mundo. Por el Bautismo, Dios, nos regala el nacer como hijos e hijas de Dios; y nos brinda nuestra vocación –nuestro llamado- a servir en amor a quienes nos rodean, al mundo.

3. Nosotros y Juan

Nosotros también podemos tener el poder que Juan tuvo, el Espíritu divino. Lutero nos dice que recibimos el Espíritu Santo para creer en el amor redentor de Dios en Cristo, para evangelizar y para servir en amor. Así como la luz de la aurora toca los picos más altos y desciende luego iluminando los valles, así el Espíritu que hizo brillar a los profetas de antaño y a Juan, el más cercano, espera descender y llenarnos de su poder. Poder no sólo para creer, sino la unción para el servicio del Evangelio, para dar testimonio acerca de Cristo Jesús con nuestra propia vida, para trabajar a favor de la paz, la justicia, la solidaridad, la salvación de todos.

Detengámonos un poco en el trajín cotidiano, pidamos a Dios que nos imparta lo que prometió en Jesús.

Atrévanse a creer, el poder de la divina gracia no cesó luego del primer Pentecostés. djc