20 de marzo de 2008 Jueves Santo
La Cena
del Señor
Esa noche yo pasaré por el país de Egipto para exterminar a todos sus primogénitos, tanto hombres como animales, y daré un justo escarmiento a los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. La sangre les servirá de señal para indicar las casas donde ustedes estén. Al verla, yo pasaré de largo, y así ustedes se librarán del golpe del Exterminador, cuando yo castigue al país de Egipto. Este será para ustedes un día memorable y deberán solemnizarlo con una fiesta en honor del Señor. Lo celebrarán a lo largo de las generaciones como una institución perpetua (Ex. 12, 1-4 [5-10]11-14).
Tenía confianza, incluso cuando dije : “¡Que grande es mi desgracia !” Yo,
que en mi turbación
llegué a
decir: Alzaré
la copa de la
salvación ¡Que
penosa es para el
Señor Te
ofreceré un
sacrificio de alabanza,
Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez, les he transmitido, es lo siguiente : El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo : “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. De la misma manera, después de cenar, tomó la copa diciendo : “Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que beban, háganlo en memoria mía”. Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva (1 Cor. 11,: 23-26).
En
aquel tiempo, antes
de la fiesta de Pascua,
sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de
este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que
quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena,
cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo
de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús
que el Padre había puesto todo en sus manos y que él
había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó
de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató
a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó
a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la
toalla que tenía en la cintura. Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo : “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes ? Ustedes me llaman Maestro y Señor ; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les ha lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practica. “Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos : “A donde yo voy ustedes no pueden venir”. Les doy un mandamiento nuevo : ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes (Jn. 13 : 1-17, 31b-34).
Suele decirse que hoy es la fiesta de los amigos, de los amigos de Dios. Pero, también es noche de “re-membranza”, de volver a reunirse los miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, la comunidad de los que se congregan en torno al relato (la Palabra) y el pan y el vino (Cuerpo y Sangre, sacramento) y se transforman en lo que comen. Los judíos comienzan la Pascua con el relato. El más pequeño pregunta: ¿Por qué esta noche es diferente de todas las demás? El rito de la Pascua cuenta el relato de terror y muerte, cuando el ángel de Dios pasó por las puertas marcadas con la sangre del cordero sacrificado, y cuenta también el relato de las obras maravillosas de Dios a favor del Pueblo elegido, cuando lo sacó de la esclavitud y la represión, a través del desierto de Sinaí, para conducirlo a la Tierra Prometida. El rito termina con el clamor apasionado: “¡El próximo año en Jerusalén!” La remembranza es la esencia del rito, es lo que hace presente la historia del relato y las promesas. Lo que Dios hizo en el pasado por los elegidos, lo hace ahora por los que están reunidos alrededor de la mesa. La primera lectura contiene el relato del rito que hay que celebrar como memorial. Las imágenes del pan sin fermentar, el cordero y la sangre que marca a los salvados están entretejidas en el rito cristiano. Las referencias son más personales, el cordero es Jesús, nosotros por su obra redentora somos su Cuerpo, la Iglesia. En este tiempo recordamos particularmente la muerte y la resurrección de Jesús. En esta noche, en especial, la de su última comida con sus amigos, evocamos el don que les hace, su cuerpo y sangre. Este memorial está empapado de perdón, reconciliación, expiación por los pecados del pasado y por el nuevo nacimiento. Todas nuestras muertes son una sola en la muerte de Jesús. Todos nosotros somos siervos, hijos e hijas, cuyas ataduras han sido desatadas por nuestro Dios, y damos gracias entregando nuestra vida al señor en presencia de toda la comunidad. El cáliz de bendición que bebemos y compartimos proclama que confiamos en la sangre de Cristo que sana y reconcilia los dolores y las heridas del mundo, causados por el pecado, el mal, la injusticia y el odio. La sangre de Cristo es derramada sobre nuestras heridas y somos sanados y estamos atentos a los que sufren siendo capaces de comprender su dolor. Yo estoy crucificado con Cristo (Gál. 2, 19. Yo llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús (Gál. 6, 17). En la segunda lectura, se nos dice que recordemos y transmitamos lo que hemos recibido del Señor de la misma forma que nos ha sido entregado. Todo es importante, las palabras, las acciones, la motivación. Pues este es el núcleo de nuestro culto y de nuestra vida, de nuestra comunidad, y de nuestra entrega. Al comer el pan y beber del cáliz proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Al hacer memoria de nuestra salvación se salva el mundo, se destruye el poder de la muerte y se libera el amor en medio de la traición. El evangelio de hoy es la continuación del relato. Aquí no aparece expresamente la Cena. En cambio, hay otro rito eucarístico, otra manera de narrar el evento, el lavamiento de los pies de los discípulos por Jesús. Ambos ritos se arraigan en la misma realidad. El arrodillarnos obedeciendo humildemente y siguiendo el ejemplo de Jesús, es hacer memoria de él, haciéndolo presente de nuevo en nuestras comunidades. El relato es sencillo, muestra cuánto Jesús ama a los suyos pues siendo el Maestro les lava los pies. Así se honra a Dios, honrándonos los unos a los otros, especialmente a quienes son más frágiles y necesitan particular amor y ternura, libertad, justicia y esperanza. Nuestra sociedad ha perdido contacto con estos ritos de hospitalidad, servicio y honra, por eso no es sencillo darse cuenta de su sentido. Lavar es trabajo que cuesta realizar. Los discípulos lo hacían, en ocasiones, a sus maestros; pero no a la inversa. La sumisión y honra, el servicio e inclinarse ante los demás es honrar a Dios, porque en el misterio de la encarnación cuando satisfacemos las necesidades de otros y curamos sus heridas es que nos inclinamos ante Dios en adoración. ¿Comprenden?, pregunta Jesús. Una experiencia para grabar en los suyos el amor que les tiene. En esta noche se nos habla de pan y vino, cuerpo y sangre, pies y lavamiento, amor sin límites, de un Dios que se inclina ante nosotros esperando que nos tratemos con la misma consideración y dignidad que él nos muestra. Esta es la alianza nueva, el culto verdadero, vivir la comunidad y el amor. Se nos invita a comer y a beber en la mesa del señor, a dejarnos lavar los pies, a entrar en las heridas y en el corazón de Cristo, a ser sus queridos amigos. Se nos dice, también, que hagamos lo mismo que Jesús. Jesús expresó su amor en su entrega para la sanación y salvación del mundo, ahora es nuestra tarea. djc
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