María, Madre de Ntro. Señor-ABC15
de agosto Lc.
1, 46-55 María, Madre de Nuestro Señor IntroducciónHoy día del niño, la madre: María, princesa significa su nombre, desciende del Rey pastor, David, como también su prometido José. Una mujer sencilla, de pueblo: teje, cose, lava, cocina, charla con las vecinas, la vida dura de una joven de un pueblo pequeño, Nazaret, una de las ciudades más pequeñas de Judea y Galilea. Ella, una mujer de fe, está entre aquellos a los que el Nuevo Testamento llama los pobres de Dios, los que esperan la llegada del Mesías, del Cristo. Su situación tiene un paralelo desplazado en tiempo y espacio: La despersonalización de la sociedad moderna, la esclavización en extensas horas de trabajo, para no hablar del creciente trabajo en negro; el alejamiento entre padres e hijos no sólo por los gastos que hay que afrontar en su educación que antes realizaba la misma familia, sino por que los padres están fuera de casa muchas horas entre viajes y trabajos. Sin olvidar el cuestionamiento de los jóvenes entre 18 y 30 y pico, a los títulos ya alcanzados, la experiencia exigida supera el tiempo de trabajo real y comprobable. Los mayores a los que se habla de la capacitación necesaria y no les dan trabajo, superados por la tecnología o, mejor decir, por las condiciones económicas del mercado. Si en la época de María no había ni jubilación ni hospitales, sí había familias extensas que se hacían cargo de la educación y del cuidado de los enfermos y ancianos. 1. Las palabras de María El canto de María, sus palabras que se cumplen en la Pasión del Señor Jesús. Allí habla y canta la solidaridad con los que sufren, de Dios presente entre los sencillos, los pobres, los que sufren, los marginados de todo tipo.. Habla y canta de Dios invitando a reconocerlo en medio de un mundo ambiguo, oscurecido por el pecado, la desesperanza y la injusticia, el hambre del cuerpo y del espíritu. Dios que en este canto, nos invita a anunciarlo, a construir su Reino de justicia, su reinado de misericordia y de amor solidario, María canta alabanzas, testifica de Dios y su obra, se deja invadir por la presencia divina por medio de su Espíritu Santo. 2. La vida de María, su actuar En los eventos que aparecen en el texto evangélico: La presentación de Jesús en el Templo, la huida a Egipto (el destierro), el perderse en la peregrinación pascual y ser hallado en el Templo (trascendencia de su misión), las bodas de Caná (relacionado con el Bautismo), la requisitoria de los parientes y la alabanza de su madre por parte de una desconocida. Todas ocasiones donde Jesús subraya la prioridad de la fe en Dios. En ese vivir María su fragilidad en fidelidad a Dios, hay un llamado a nosotros. El ángel le dice: Alégrate, llena de gracia, el señor está contigo (Lc. 1, 28), y en ella nos lo dice también a nosotros. Como a nosotros también se nos dice lo que Isabel le dice a María: Feliz de ti por haber creído (Lc. 1, 45). Y María responde, y nosotros hemos de responder con ella: Yo soy la servidora del Señor (Lc. 1, 38), una respuesta de total entrega en fe al don del amor en Cristo Jesús. María tiene una fe lúcida, no ingenua, una fe en diálogo con la gracia de Dios, iniciadora de la relación con Dios y, así, con la humanidad para salvación. María no se ríe como Sara ante la promesa divina (Gn. 18, 12), ni pide certezas como Zacarías (Lc. 1, 18). María es solidaria, lo muestra su visita a Isabel (Lc. 1, 39 sgtes.), donde ella presenta a otros, por primera vez, a Jesús el Salvador. El nacimiento de Jesús es también ocasión para el testimonio de vida de María, permite a todos acercarse a él, a sabios y a sencillos pastores A María se la ve humilde a la vez que frágil y firme en el acompañar a Jesús a la crucifixión. Y en Pentecostés está entre los discípulos constituyendo la Iglesia, por el don del Espíritu Santo. 3. María, espejo de la Iglesia Imágenes en común designan a María y a la Iglesia: arca de Noé, arca de la Alianza, templo, y otras. Todas señalando que es la portadora del Salvador, la que lo muestra al mundo para que, por esa gracia divina, el mundo sea salvo por la fe. A la Iglesia se le demanda, espejada en María:
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Humildad y simplicidad en el servicio (Lc. 1, 38). - Obediencia al propósito de Dios (Lc. 1, 38). - Fe (Lc. 1, 45). - Consagración por obra del espíritu de Dios (Lc. 1, 35). - Amor y servicio (Lc. 1, 39.56, la visita a Isabel). - Pobreza, simplicidad en la entrega a Dios (Lc. 2, 7, lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón). - Piedad (vivir la Pascua en Jerusalén, que es al mismo tiempo anhelo por la pronta venida del Mesías. La saeta judía canta: Que la próxima Pascua la celebremos en Jerusalén, digo yo: en el reino de Cristo. - Disponibilidad (va a Egipto y llega hasta el pie de la cruz y Pentecostés). - Fortaleza (Jn. 19, 25-27, está al pie de la cruz). - Oración (Hech. 1, 14). María inicia su camino entregándose a la voluntad
de Dios. La fe es lanzarse a vivir sin otra garantía que Dios mismo.
Lo que importa aún más que el ser madre, es su incondicional sí a Dios
que la hace Madre. Conclusión Como Iglesia, como cristianos, se nos pide
seguir este modelo. Como dice Martín Lutero, el reformador, La dulce madre de Dios nos enseña
con el ejemplo de su experiencia y con palabras cómo debemos amar y
alabar a Dios (Magnificat, obras Completas, t. 6, pág. 382). Con su sencillez y firmeza de fe, María nos indica el camino del Evangelio,
Jesucristo. |