22 de julio de 2007- Sta. María Magdalena

Tu Dios será mi Dios


Entonces se decidió a volver junto con sus nueras, abandonando los campos de Moab, porque se enteró de que el Señor había visitado a su pueblo y le había proporcionado alimento. Así abandonó, en compañía de sus nueras, el país donde había vivido. Mientras regresaban al país de Judá, Noemí dijo a sus nueras: “Váyanse, vuelvan cada una a la casa de su madre. ¡Que el Señor tenga misericordia de ustedes, como ustedes la tuvieron con mis hijos muertos y conmigo! Que el Señor les dé un lugar para vivir tranquilas, en compañía de un nuevo esposo.” Y las besó. Pero ellas prorrumpieron en sollozos y le respondieron: “No, volveremos contigo a tu pueblo”. Noemí insistió: “Regresen, hijas mías. ¿Por qué quieren venir conmigo? ¿Acaso tengo aún hijos en mi seno para que puedan ser sus esposos? Vuélvanse, hijas mías, vayan. Yo soy demasiado vieja para casarme. Y aunque dijera que todavía no perdí las esperanzas, que esta misma noche voy a unirme con un hombre, y que tendré hijos, ¿esperarían ustedes hasta que ellos se hagan grandes? ¿Dejarían por eso de casarse? No, hijas mías; mi suerte es más amarga que la de ustedes, porque la mano del Señor se ha desatado contra mí.” Ellas volvieron a prorrumpir en sollozos, pero al fin Orpá despidió a su suegra con un beso, mientras que Rut se quedó a su lado. Noemí le dijo: “Mira, tu cuñada regresa a su pueblo y a sus dioses; regresa tú también con ella”. Pro Rut le respondió: “No insistas en que te abandone y me vuelva porque yo iré adonde tú vayas y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú mueras y allí seré enterrada. Que el Señor me castigue más de lo debido, si logra separarme de ti algo que no sea la muerte.” Al ver que Rut se obstinaba en ir con ella, Noemí dejó de insistir (Rut 1, 6-18).

Pero yo estoy siempre contigo,
tú me has tomado de la mano derecha;
me guiarás con tu consejo
y después, me recibirás con gloria.

¿A quién sino a ti tengo yo en el cielo?
Si estoy contigo, no deseo nada en la tierra.
Aunque mi corazón y mi carne se consuman,
Dios es mi herencia para siempre
y la Roca de mi corazón.

Los que se apartan de ti terminan mal,
tú destruyes a los que te son infieles.
Mi dicha es estar cerca de Dios:
yo he puesto mi refugio en ti, Señor,
para proclamar todas tus acciones (Salmo 72, 23-29).

Hermanos y hermanas, este mensaje de salvación está dirigido a ustedes: los descendientes de Abraham y los que temen a Dios. En efecto, la gente de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, ni entendieron las palabras de los profetas que se leen cada sábado, pero las cumplieron sin saberlo, condenando a Jesús. Aunque no encontraron nada en él que mereciera la muerte, pidieron a Pilato que lo condenara. Después de cumplir todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del patíbulo y lo pusieron en el sepulcro. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos y durante un tiempo se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, los mismos que ahora son sus testigos delante del pueblo. Y nosotros les anunciamos a ustedes esta Buena Noticia: la promesa que Dios hizo a nuestros padres, fue cumplida por él en favor de sus hijos, que somos nosotros, resucitando a Jesús (Hech. 13, 26-33ª).

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo". Jesús le dijo: "¡María!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!". Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'". María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras (Juan 20, 1-2, 11-18).

El libro de Rut es uno de los más hermosos de la Biblia. Es muy breve, fácil de leer, es una historia simple pero conmovedora. Su trama depende de costumbres de unos tres mil años atrás, pero es fácilmente comprensible.
Sin embargo, no es sólo un relato tan simple. Ocupa un lugar en el Antiguo Testamento porque comunica un mensaje trascendente. Un mensaje acerca de la conversión y el compromiso.
La introducción nos ubica en la escena. Un israelita de Belén se vio obligado por causa de la hambruna a trasladarse a Moab. Llevó con él a su esposa Noemí y a sus dos hijos. Pasó el tiempo, él murió, sus dos hijos se casaron con mujeres de Moab. Más adelante, ellos también fallecieron. Quedaron Noemí y las esposas de sus dos hijos. Cuando Noemí tuvo noticias que la sequía había terminado, que ya no había hambruna en Israel, decidió regresar a su tierra. Decidida ya a su viaje aconsejó firmemente a sus nueras que permanecieran en Moab y que allí, en su tierra, encontraran nuevos esposos para ellas. Una de las nueras lo hizo así. La otra, Rut, decidió permanecer con Noemí y acompañarla en su regreso a Belén. Le anunció su decisión con estas hermosas y poéticas palabras:


Yo iré adonde tú vayas y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú meras y allí seré enterrada. Que el Señor me castigue más de lo debido, si logra separarme de ti algo que nos sea la muerte (Rt. 1, 16-17).


Sus palabras se han usado a menudo en la celebración de los casamientos porque expresan el compromiso mutuo de los esposos. Pero, en el libro de Rut, la nuera moabita afirma su compromiso con Noemí, su suegra, israelita. Echa sobre sus hombros la suerte de Noemí y, voluntariamente, enfrenta el incierto futuro que tienen por delante. En el mundo antiguo, por no hablar de éste, la situación de las viudas era muy precaria. Rut no seguía a Noemí para que ésta la mantuviera. En verdad, fue Ruth la que mantuvo a Noemí por medio de su humilde labor recogiendo el grano detrás de los cosechadores.
Más aún, Rut se había trasladado a tierra extranjera. ¿Cómo la tratarían los habitantes de Israel ¿Cómo tratamos a nuestros recientes inmigrantes provenientes de los países limítrofes o de lugares lejanos? ¿Qué pensaría la familia de Noemí acerca de ella? Ciertamente, enfrentaba muchas preguntas sin fácil respuesta.
El relato acerca de Ruth que se compromete a seguir a su suegra y su disposición a asumir sobre sí un futuro incierto y miserable es conmovedor. Rut se presenta como un auténtico modelo del amor humano. Pero, además, representa algo más. No sólo se comprometió a vivir y ayuda a Noemí, se comprometió a adorar y servir al Dios de Noemí. Rut, como Abraham, abandonó su tierra, el hogar de sus antepasados, y abandonó a los dioses de su pueblo, parea seguir al Señor Dios, para ella un nuevo Dios.
Por tanto, esta obra nos presenta una historia de conversión. El compromiso de Rut con su suegra Noemí es un espejo, al nivel de relación humana, de su compromiso con Dios. Así como, en amor, permanece Rut con Noemí para servirla, es la relación de Rut con Dios. Así como Rut abandonó todo para ir a Belén con su suegra, abandona todo para seguir a Dios. El compromiso de Rut con su suegra fue incondicional, el futuro era incierto y ella lo sabía; así también su compromiso de fe con Dios era absoluto.
Hemos de considerar a Rut como modelo de nuestra relación con Dios y con aquellos que Dios nos ha dado para que los amemos. Las palabras de Rut expresan el compromiso confiado con Dios y con aquellos con que él nos ha unido. El maravilloso modelo de Rut merece nuestra meditación en vista de ese mismo compromiso en nuestras propias vidas y comunidades de fe. djc