| 29 de julio de
2007- Santas Marta y María y San Lázaro de Betania
Marta
y María, dos modelos extremos
El Señor se apareció a Abraham junto
al encinar de Mamré, mientras él estaba sentado a la entrada
de su carpa, a la hora de más calor. Alzando los ojos, divisó
a tres hombres que estaban parados cerca de él. Apenas los vio,
corrió a su encuentro desde la entrada de la carpa y se inclinó
hasta el suelo, diciendo: "Señor mío, si quieres hacerme
un favor, te ruego que no pases de largo delante de tu servidor. Yo haré
que les traigan un poco de agua. Lávense los pies y descansen a
la sombra del árbol. Mientras tanto, iré a buscar un trozo
de pan, para que ustedes reparen sus fuerzas antes de seguir adelante.
¡Por algo han pasado junto a su servidor!". Ellos respondieron:
"Está bien. Puedes hacer lo que dijiste". Abraham fue
rápidamente a la carpa donde estaba Sara y le dijo: "¡Pronto!
Toma tres medidas de la mejor harina, amásalas y prepara unas tortas".
Después fue corriendo hasta el corral, eligió un ternero
tierno y bien cebado, y lo entregó a su sirviente, que de inmediato
se puso a prepararlo. Luego tomó cuajada, leche y el ternero ya
preparado, y se los sirvió. Mientras comían, él se
quedó de pie al lado de ellos, debajo del árbol.
Ellos le preguntaron: "¿Dónde está Sara, tu
mujer?". "Ahí en la carpa", les respondió.
Entonces uno de ellos le dijo: "Volveré a verte sin falta
en el año entrante, y para ese entonces Sara habrá tenido
un hijo" (Gn. 18,1-10ª).
Señor, ¿quién se hospedará
en tu Carpa?
¿quién habitará en tu santa Montaña?
El que procede rectamente
y practica la justicia;
el que dice la verdad de corazón
y no calumnia con su lengua.
El que no hace mal a su prójimo
ni agravia a su vecino,
el que no estima a quien Dios reprueba
y honra a los que temen al Señor.
El que no se retracta de lo que juró,
aunque salga perjudicado;
el que no presta su dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que procede así, nunca vacilará (Sal. 15).
Cristo es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito
de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las
cosas, tanto en el cielo como en la tierra los seres visibles y los invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio
de él y para él. Él existe antes que todas las cosas
y todo subsiste en él. Él es también la Cabeza del
Cuerpo, es decir, de la Iglesia. Él es el Principio, el Primero
que resucitó de entre los muertos, a fin de que él tuviera
la primacía en todo, porque Dios quiso que en él residiera
toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que
existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre
de su cruz.
Antes, a causa de sus pensamientos y sus malas obras, ustedes eran extraños
y enemigos de Dios. Pero ahora, él los ha reconciliado en el cuerpo
carnal de su Hijo, entregándolo a la muerte, a fin de que ustedes
pudieran presentarse delante de él como una ofrenda santa, inmaculada
e irreprochable. Para esto es necesario que ustedes permanezcan firmes
y bien fundados en la fe, sin apartarse de la esperanza transmitida por
la Buena Noticia que han oído y que fue predicada a todas las criaturas
que están bajo el cielo y de la cual yo mismo, Pablo, fui constituido
ministro.
Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo
que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es
la Iglesia. En efecto, yo fui constituido ministro de la Iglesia, porque
de acuerdo con el plan divino, he sido encargado de llevar a su plenitud
entre ustedes la Palabra de Dios, el misterio que estuvo oculto desde
toda la eternidad y que ahora Dios quiso manifestar a sus santos. A ellos
les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos
este misterio, que es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria.
Nosotros anunciamos a Cristo, exhortando a todas las personas e instruyéndolos
en la verdadera sabiduría, a fin de que todos alcancen su madurez
en Cristo (Col. 1,15-28).
Mientras iban caminando, Jesús entró
en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su
casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los
pies del Señor, escuchaba su Palabra. Marta, que estaba muy ocupada
con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: "Señor,
¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo?
Dile que me ayude". Pero el Señor le respondió: "Marta,
Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas
cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió
la mejor parte, que no le será quitada". El Evangelio del
Señor (Lc. 10, 38-42).
Aunque hermanas, Marta
y María aparecen como muy diferentes en carácter, en su
modo de ser.
Marta, la organizada y fuerte trabajadora, aquella de la que se puede
depender cuando hay que cumplir una tarea. Es la que prepara la comida
cuando Jesús come en su casa, luego de la resurrección de
Lázaro, cerca del tiempo de la pasión (Jn. 12, 1 sgtes.).
Es la típica organizadora de actividades en la Iglesia de hoy.
María era totalmente diferente. Nos sorprende su falta de practicidad,
ni siquiera se levanta para ayudar a su hermana en los quehaceres de la
casa ante la presencia de tantos invitados. Cuando Lázaro falleció,
fue Marta la que dejando a un lado su pena, atendió a Jesús
que, entonces, los visitaba. Salió a su encuentro mientras María
se quedaba en la casa rodeada de su propio dolor (Jn. 11, 20).
Es María, sin embargo, la que unge a Jesús con aceite perfumado
de nardo, tan caro que valdría unos 3400 denarios, unos 300 jornales
de un obrero, y que –si fuéramos prácticos como dice
Judas- se emplearía en paliar la situación de los pobres.
La protesta de Judas toma un tono de justicia social, aunque el evangelio
nos aclara que lo dijo porque era codicioso y ladrón. María
dedicó un año de salario a ungir a Jesús, un gesto
de honra por demás costoso. ¡Un desperdicio! ¿No?
Pero, Jesús, rápidamente, sale al cruce y afirma que María
lo ha hecho para prepararlo para su sepultura. A los pobres los tendrán
siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre. Al
derramar este perfume sobre mi cuerpo, ella preparó mi sepultura
(Mt. 26, 11-12).
Por cierto, Marta y María son pintadas como totalmente opuestas.
En una época activista como la nuestra, si no trabajo no como.
Hasta las predicaciones sobre este pasaje, desde mi adolescencia, hacen
piruetas para mostrar que Marta está haciendo lo adecuado, pero
que María, en fin, no está mal... del todo... Jesús
amaba a ambas, el amor de Dios era para las dos. Aunque aprecia en sus
seguidores el buen juicio y confía en su responsabilidad, defiende
a María que no llega la perfección en su tarea, no es una
“trabajólica” como Marta y como nosotros.
En realidad, Jesús hace notar su aprecio por el gesto –aunque
se lo vea como extravagante- porque la muestra al servicio de Dios en
Jesús. La actitud de María se funda en el amor que es entrega
a Dios y servicio al prójimo. No voy a caer en la trampa de decir
que Jesús ama a María más que a Marta, pero sí
es evidente que no la ama menos. Jesús ama a gente muy diversa,
no hay un sólo tipo de persona o de conducta que él aprecie,
no hay un único tipo de personalidad a la cual nos tengamos que
amoldar.
A María la alaba, y eso sí es muy importante, por su capacidad
de poner en primer lugar lo que va primero: el amor a Dios en Cristo Jesús.
Y, además, porque en fe ve el camino de la salvación a través
de la cruz.
Nosotros no somos a ser llamados: Marta o María, ni a ser eficientes
ni soñadores, sino –quizás- a tener ambas dimensiones
presentes en nuestras vidas. La fe que ve y sueña con la salvación
en Jesucristo, el Jesús de la cruz, y el servidor que se toma muy
en serio su tarea. djc
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