Miércoles de Ceniza 6 de febrero de 2008

Tiempo de regreso a Dios

¡Toquen la trompeta en Sión, hagan sonar la alarma en mi Montaña santa! ¡Tiemblen todos los habitantes del país, porque llega el Dios del Señor, porque está cerca! ¡Día de tinieblas y oscuridad, día nublado y de sombríos nubarrones! Como la aurora se extiende sobre las montañas, avanza un pueblo numeroso y fuerte como no lo hubo jamás, ni lo habrá después de él, hasta en las generaciones más lejanas.

Pero aún ahora - oráculo del Señor - vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad, y se arrepiente de sus amenazas. ¡Quién sabe si él no se volverá atrás y se arrepentirá, y dejará detrás de sí una bendición: la ofrenda y la libación para el Señor, su Dios!

¡Toquen la trompeta en Sión, prescriban un ayuno, convoquen a una reunión solemne, reúnan al pueblo, convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho! ¡Que el recién casado salga de su alcoba y la recién casada de su lecho nupcial! Entre el vestíbulo y el altar  lloren los sacerdotes, los ministros del Señor, y digan: “¡Perdona, Señor, a tu pueblo,  no entregues tu herencia al oprobio, y que las naciones no se burlen de ella! ¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?” (Joel  2, 1-2 y 12-17).

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,
por tu gran compasión, borra mis faltas !
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado !

Porque yo reconozco mis faltas
y mi pecado está siempre ante mí.
Contra  ti, contra ti solo pequé
e hice lo que es malo a tus ojos. 

Por eso, será justa tu sentencia
y tu juicio será irreprochable ;
yo soy culpable desde que nací;
pecador me concibió mi madre.

Tú amas la sinceridad del corazón
y me enseñas la sabiduría en mi interior.
Purifícame con el hisopo y quedaré limpio;
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Anúnciame el gozo y la alegría:
que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta tu vista de mis pecados
y borra todas mis faltas.
Crea en mí,  Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.

No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga:
yo enseñaré tu camino a los impíos
y los pecadores volverán a ti.

¡Líbrame de la muerte, Dios, salvador mío,
y mi lengua anunciará tu justicia !
Abre mis labios, Señor,
y mi boca proclamará tu alabanza (Salmo  51, 1-17).

Les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios. A aquel que no conoció pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él.

Y porque somos sus colaboradores, los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Porque él nos dice en la Escritura: En el momento favorable te escuché, y en el día de la salvación te socorrí. Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación. En cuanto a nosotros, no demos a nadie ninguna ocasión  de escándalo, para que no se desprestigie nuestro ministerio. Al contrario, siempre nos comportamos como corresponde a ministros de Dios, con una gran constancia: en las tribulaciones, en las adversidades, en las angustias, al soportar los golpes, en la cárcel, en las revueltas, en las fatigas, en la falta de sueño, en el hambre. Nosotros obramos con integridad, con inteligencia, con paciencia, con benignidad, con docilidad al Espíritu Santo, con un amor sincero, con la palabra de verdad, con el poder de Dios: usando las armas ofensivas y defensivas de la justicia: sea que nos encontremos en la gloria, o que estemos humillados; que gocemos de buena o de mala fama; que seamos considerados como impostores, cuando en realidad somos sinceros; como desconocidos, cuando nos conocen muy bien; como moribundos, cuando estamos llenos de vida: como castigados, aunque estemos ilesos; como tristes, aunque estamos siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como gente que no tiene nada, aunque lo poseemos todo (2 Cor. 5, 20b – 6, 10).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Tengan cuidado de no practicar su justicia  delante de los seres humanos para ser visto por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los seres humanos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los seres humanos, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt 6,1-6 y 16-21).

Aún los momentos más oscuros de la adoración cristiana tienen una chispa de alegría. El miércoles de Ceniza es parte del gran ciclo pascual. Misterio de vida en el cual la Iglesia celebra la victoria de Cristo para que tengamos vida plena.

La cuaresma era el tiempo de preparación de los catecúmenos para el bautismo y la época en que los penitentes se preparaban para el regreso a la visa sacramental, por eso es un tiempo de curación más que de castigo.

Cuaresma es tiempo de metanoia, de arrepentimiento, de regreso a Dios, de conversión. La cruz de cenizas trazada sobre la frente del cristiano no sólo recuerda la muerte, sino que es –sobre todo- prenda de resurrección. La declaración: Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás, no es establecer un sacramento de la muerte, sino plantear un desafío al combate espiritual para llegar a ser sepultados con Cristo y vivir con él hacia Dios Padre. Pero, también, son un llamado a la penitencia, al ayuno y a la compunción del corazón, a la vuelta a Dios.

La tristeza que acompaña el gozo esperanzado  es parte de la madurez en la fe, fe que se prepara para recibir la misericordia de Dios. Primero hemos de expulsar de nosotros el miedo, el miedo que nos impide amar. Si tenemos miedo del Dios de la justicia, ello no nos deja acercarnos a él como Dios de la misericordia. Las cenizas nos liberan, simbólicamente, de la aplastante carga del miedo: La penitencia no es castigo, sino que  es liberación hacia el amor de Dios.

Pero, además, el Miércoles de Cenizas es para quienes conocen concretamente, no sólo a través del discurso teórico, lo que significa estar sumergido en las aguas heladas del pecado, de la rebelión contra Dios. Es ocasión para la toma de conciencia de ésta nuestra realidad y de aceptar con esperanza y confianza el amor misericordioso de Dios en Cristo Jesús.

La misericordia es la clave. El amor y la misericordia divinos son tales que ocultan la dura exigencia de su justicia a aquellos que confían en Dios. La realidad es que aquellos que rechazan a Dios, son severos para consigo mismo y es su propia severidad la que sufren.

Ayunar, en la práctica cuaresmal, es bueno porque comer es bueno, cada cosa en su tiempo y lugar. Pero, el ayuno cuaresmal, y todo ayuno de inspiración cristiana de fe, no se realiza por motivos de salud o de estética, sino porque a través de él nos hacemos partícipes, en forma simbólica, de la muerte de Cristo Jesús: morimos con él para resucitar con él.

Así, armados de la gracia de este gran gesto religioso, sacramental, comenzamos a prepararnos para la Pascua de resurrección, lo hacemos cuatro das antes del primer domingo de la cuaresma.

Que este tiempo sea de reencuentro con nuestro Dios en Cristo Salvador, para crecer en la esperanza, recibir el perdón y caminar en los pasos del Señor. djc