8 de abril de 2007 Domingo de Pascua de Resurrección


El gran evadido


Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo: "Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él. Él envió su Palabra a los israelitas, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección. Y nos envió a predicar al pueblo, y atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre" (Hechos 10, 34-43).

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!

Un grito de alegría y de victoria
resuena en las carpas de los justos:
"La mano del Señor hace proezas,
la mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas".

No, no moriré:
viviré para publicar lo que hizo el Señor.
El Señor me castigó duramente,
pero no me entregó a la muerte.

"Abran las puertas de la justicia
y entraré para dar gracias al Señor".
"Esta es la puerta del Señor:
sólo los justos entran por ella".

Yo te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.

Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él (Salmo 118,
1-2 y 15-24).

Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos las personas más dignos de lástima. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Porque la muerte vino al mundo por medio de una persona, y también por medio de una persona viene la resurrección. En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su Venida. Enseguida vendrá el fin, cuando Cristo entregue el Reino a Dios, el Padre, después de haber aniquilado todo Principado, Dominio y Poder. Porque es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será vencido es la muerte (1ª Corintios 15, 19-26).

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: 'Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día'". Y las mujeres recordaron sus palabras.
Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron. Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido
(Lucas 24, 1-12).

Introducción
¡Feliz Pascua!
La felicitación se da por supuesta. Pero, si alguno asaltado por esa fórmula alegre, preguntase: ¿Por qué?
Las mujeres desearon una feliz pascua a los apóstoles anunciándoles un hecho sensacional. Y antes, los ángeles habían deseado a las mujeres una feliz pascua, pues no hay que buscar entre los muertos al que ésta vivo (comp. Lc. 24,5).

Resucita la esperanza
Colocándonos en la perspectiva pascual, nos damos cuenta que la racionalidad no está de parte del pesimismo sino de la esperanza más audaz. Hoy resucita la esperanza. La esperanza peligra de muerte cuando es demasiado tenue.
Nos limitamos a esperar salir de una enfermedad, no tengamos demasiadas desgracias, añadir un año-si es posible tranquilo- al que ya hemos cumplido. Pero hay un límite, llamado razonable, más allá del cual no podemos ir. La muerte mata a la esperanza.
La resurrección de Cristo corre ese límite más allá, es decir no hay límite. La esperanza echa abajo la barrera de lo que llamamos razonable y hace tal a la esperanza. La esperanza cristiana asume la dimensión de lo imposible.

El derrotado escapó
Parecía que el Calvario había quemado la débil semilla de la esperanza. Habían ganado los de siempre, las complicidades de siempre, la lógica de siempre, el ocio, la violencia, el fanatismo, los intereses creados, la traición, la muerte. La tierra después de un sobresalto giraba como antes, más de uno volvía a dormir tranquilo, no habría cambio alguno.
El patíbulo había cerrado la cuestión, los clavos habían resistido, lo que era bastante previsible. Los guardias para evitar tonterías no perdían de vista la tumba. Aunque la piedra que la cerraba bastaba para desanimar a cualquiera que intentara algo.
Pero, en la mañana del primer día de la semana se cambiaron las reglas de juego. En verdad, lo que apareció fue un mundo nuevo. El terreno árido del monte de la calavera no sofocó la semilla de la esperanza, ésta surgió con fuerza.
En Pascua ha vencido el amor, no la violencia. Ha vencido la fragilidad, no la fuerza. Ha vencido el perdón, no el odio.
El derrotado puede clamar: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? (1 Cor. 15, 55). El Derrotado se ha convertido en el Gran Evadido, el primero de los evadidos.
¡Guardias, no ha sido una broma de mal gusto! Nadie ha pensado en robar el cadáver, los amigos estaban demasiado asustados para hacerlo. Ustedes nada podían hacer, comenzó la fuga imposible.
Parece que aquel sepulcro se convirtió en el centro, allí se cruzan las carreras. Han estado las mujeres que, luego, corren a contar algo. Un hombre corre para ver, pero el sepulcro está vacío. Quien hasta él llega, sólo puede verificar que la última palabra no ha sido la de la muerte. Se obstinan en mirar y escuchan que es necesario buscar en otra parte, que ya no hay que buscar ente los muertos al que vive.
La muerte ha tenido que resignarse a no tener la última palabra, la última la dice la vida. El Viviente no está allí.

No te digo feliz pascua
Amigo, amiga, si aún está a oscuras, no le digo: ¡Feliz Pascua!
Ya se ha cansado de buscar, ha acumulado desilusiones. Y hay motivo para ello.
Su carne, no sólo su carne, está llena de magulladuras. Ha encajado en la vida más de un golpe. No siempre sus semejantes lo han tratado bien. Para unos la soledad es insoportable, para otros les es duro soportar la compañía. Se ha resignado a la presencia amenazante de la piedra que cierra la entrada a su prisión, que le corta el camino hacia un poco de luz, de calor, de ganas de vivir.
Hermano, hermana, se lo digo al oído porque sé que le puede molestar: Si acepta el anuncio de la Pascua, si deja que se filtre en su oscuridad un rayo de luz con esa noticia, no podrá remover la piedra y salir a la luz, pero sí que hay alguien que ha previsto remover la piedra insoportable.
Lo que debe hacer es salir fuera. Y darse cuenta que se ha inaugurado un mundo nuevo.
Yo también salgo de mi sepulcro-cárcel. Le propongo que juntos pasemos de la condición de prisioneros a la de evadidos.
Nos encontramos fuera, a la luz de la primera mañana del mundo nuevo. Nos miramos a los ojos. No le doy esperanza, sino que juntos anhelo que descubramos la esperanza, la esperanza que brota de la tumba vacía.
Y, si me lo permite, no le digo: Feliz Pascua. Sino, como los cristianos de oriente, le paso una noticia:
¡Cristo ha resucitado; en verdad ha resucitado, aleluya! djc